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Opinión

Estrategias para juzgar las propuestas de los candidatos

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Elecciones 2018, trucos para analizar propuestas de campañas

Por David López García*

Después de meses de especulación finalmente sabemos quiénes son los virtuales candidatos tanto a la presidencia de México como a la gubernatura de Jalisco. En lo que respecta al ámbito federal,  Andrés Manuel López Obrador es el candidato de Morena, José Antonio Meade el del PRI, y Ricardo Anaya el de la coalición formada por el PAN, PRD y MC. En lo que toca a las elecciones locales en Jalisco, Enrique Alfaro será el candidato de MC y Miguel Castro el del PRI.

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Ahora, pasaremos a la etapa en que los candidatos tratarán de obtener el voto del electorado con sus propuestas de campaña. En esta etapa, los candidatos tratarán de convencernos de que su plataforma política merece ganar la elección. Ahora bien, hay de propuestas a propuestas, y el objetivo de este texto es proponer un marco de referencia para observar y juzgar las propuestas con las que los candidatos nos van a bombardear durante los próximos meses…

Mi invitación es a evaluar lo que vamos a escuchar con base en un continuo entre lo superficial y lo estructural de las propuestas: una vara de medir imaginaria en la cual podamos ubicar las plataformas de los candidatos. En un extremo de este continuo se encontrarían las propuestas de campaña que yo llamo superficiales. En el otro extremo del continuo se ubicarían las propuestas a las que yo les llamo estructurales. Entre estos dos extremos del continuo se encontrarían muchas posibles combinaciones, pero el objetivo del ejercicio es ubicarlas en algún punto del continuo, ya sea más cercanas a las propuestas superficiales o más cercanas a las estructurales.

La diferencia entre las propuestas superficiales y las estructurales tiene que ver con la naturaleza de las opciones de políticas para enfrentar los problemas públicos. Por un lado, las propuestas superficiales son aquellas que se enfocan más en atacar los síntomas de los problemas, que en atacar sus causas estructurales. Por otro lado, las propuestas estructurales son aquellas que se enfocan más en atacar las causas profundas de los problemas, más que mitigar sus síntomas.

Tomemos por ejemplo el problema de la pobreza. Este problema tiene causas estructurales y también tiene formas de manifestarse. Por un lado, las causas estructurales del problema tienen que ver con la forma en que generamos la riqueza del país y la forma en que repartimos esa riqueza. Por otro lado, algunas formas en las que la pobreza se manifiesta son, por ejemplo, la falta de recursos para comprar alimentos, pagar el transporte público, o comprar útiles escolares para los niños. Las políticas públicas como instalar comedores para darle de comer a los pobres, subsidiar el transporte público, o regalar útiles escolares, son políticas que, si bien ayudan a la población más necesitada, desafortunadamente no van más allá de atacar los síntomas de la pobreza. Si hacemos una analogía con el campo de la medicina, estas políticas serían como recetar aspirinas para mitigar el dolor de forma momentánea y efímera.

En cambio, las propuestas estructurales son mucho más invasivas. Serían como hacer cirugía mayor para atacar los problemas de fondo, desde su raíz. Este tipo de políticas se enfocan en cambiar los arreglos institucionales que están generando los problemas, no en mitigar sus síntomas. Es decir, se enfocan en cambiar las reglas del juego de la vida en sociedad que podrían ser las causas profundas de los problemas públicos. Las propuestas estructurales para enfrentar la pobreza posiblemente tienen que ver más con cambiar las reglas del acceso a las oportunidades económicas, las reglas de la seguridad social, y con repartir la riqueza del país de forma más equitativa.

Por supuesto que se puede hacer el argumento de que este tipo de reformas, más estructurales, no son responsabilidad de los titulares de los poderes ejecutivos, sino que más bien son responsabilidad de los diputados y senadores. Este argumento sería correcto, pero deja de lado el hecho de que el presidente y los gobernadores también son líderes políticos importantes en el país. Es más, no sería exagerado afirmar que son los máximos líderes políticos del país. Debido a ello, por supuesto que es pertinente esperar que los presidentes y los gobernadores encabecen los esfuerzos políticos para reformas las instituciones y alcanzar reformas estructurales.

Con estas reflexiones en mente, a través de este texto hago un llamado a los votantes a mirar las propuestas de los candidatos de una forma diferente. A juzgar las plataformas políticas con base en su potencial para atacar los problemas del país de forma más estructural. A dejar de darle nuestro voto a las propuestas superficiales, que no hacen más que recetar aspirinas para problemas que son muy graves. Lo que necesitamos en México es una cirugía mayor, una intervención que se meta de fondo con las reglas que estructuran las relaciones socio económicas en nuestra sociedad.

Además, también hago un llamado a participar en las elecciones y ejercer el voto. El abstenerse de votar también es una manifestación política, que por supuesto es muy respetable. Pero al abstenerse de votar también se está renunciado a la posibilidad de tener una influencia en la agenda política del país. Al abstenerse de votar, inconscientemente se está beneficiando a los candidatos que cuentan con mayor capacidad organizacional para movilizar los votos el día de las elecciones. Al abstenerse de votar, se está dejando de participar en el banquete de la democracia. Y, como dicen los que saben de política, cuando no estás sentado en la mesa del banquete lo más seguro es que estés en el menú.

*David López García. Es Coordinador del Laboratorio de Innovación Democrática (LID). 

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Opinión

Guadalajara y su caótico transporte público. Parte 3

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Guadalajara y su caótico transporte. Parte 3, escribe Sergio E. Gómez Partida

En Jalisco, durante años, los gobiernos de todos los colores han repetido la misma liturgia burocrática: más rutas, más unidades, más inversión, más modernización.
Cambian los logotipos, las campañas y las promesas, pero el viacrucis del usuario permanece intacto. El caos ya no es una falla del sistema. El caos es el sistema.

La burocracia mexicana posee una habilidad admirable para medir aquello que menos importa. Nos dicen cuántos millones se invirtieron, cuántos camiones se compraron o cuántos kilómetros se “modernizaron”. Pero evitan cuidadosamente responder las preguntas incómodas: ¿cuántas horas pierde una persona cada semana esperando un camión que nunca pasó?, ¿cuántas mujeres sienten miedo al regresar de noche en transporte público?, ¿cuántos usuarios terminan viajando hacinados como mercancía de traslado y no como ciudadanos?, ¿cuántas personas renunciaron al transporte público por su pésimo servicio?

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Una política pública que mide únicamente el gasto o el esfuerzo, pero ignora el resultado, termina confundiendo movimiento con progreso. Guadalajara lleva años moviéndose en círculos.

El transporte público es, por naturaleza, un monopolio natural. El usuario no puede “cambiar de proveedor” cuando la ruta falla. Si el camión no pasa, pasa lleno o simplemente ignora la parada, el ciudadano queda atrapado. Esa asimetría obliga al Estado a regular con firmeza. El problema es que aquí la regulación parece haberse diseñado con la delicadeza del pétalo de una rosa en la mano pública de quien no quiere incomodar a nadie, especialmente a los concesionarios.
Es una de las grandes contradicciones del modelo tapatío: los subsidios multimillonarios entregados a empresas privadas que operan el servicio sin que existan mecanismos serios y transparentes de evaluación del desempeño-resultados se convierten en incentivos perversos. La lógica termina siendo tan absurda como predecible: si el concesionario sabe que el dinero llegará de cualquier manera, ¿para qué mejorar el servicio?, ¿para qué invertir en mantenimiento?, ¿para qué capacitar operadores?, ¿para qué reducir tiempos de espera o evitar sobrecupos? El subsidio deja de ser una herramienta de equilibrio social y se convierte en premio institucional a la mediocridad.

Bajo este esquema, se socializan las pérdidas y se privatizan las ganancias. El ciudadano financia el sistema mediante impuestos o tarifa, soporta el mal servicio y todavía debe agradecer que el camión aparezca. Una obra maestra de la administración pública latinoamericana: convertir al usuario en rehén financiero de su propio deterioro.

Mientras tanto, la autoridad presume convenios “innovadores”. Hace apenas unos días, la Secretaría de Transporte de Jalisco anunció un acuerdo con Uber para otorgar traslados gratuitos a mujeres en situación de violencia. La medida fue presentada como un avance humanitario. Y en el caso individual, ciertamente puede representar ayuda urgente para muchas mujeres. El problema no está en la víctima. El problema es el mensaje político detrás de la solución. El Estado acaba admitiendo, sin decirlo abiertamente, que el propio sistema público que regula no puede garantizar seguridad mínima a las personas.
La solución no consistió en mejorar paraderos, iluminar zonas inseguras, aumentar frecuencias nocturnas o profesionalizar operadores. No. La salida rápida fue delegar la responsabilidad a una aplicación privada que cobra tarifas elevadas, se apropia de 1/3 del valor del negocio sin asumir riesgo ni inversión y llena el vacío dejado por el desastre institucional.
La ironía es clara: después de décadas hablando de fortalecer el transporte público, la solución oficial parece resumirse en una frase vergonzosa y simple: “si el camión no sirve, tome Uber”. Hablamos de una versión gubernamental de poner cubetas cuando el techo lleva veinte años colapsándose.

La violencia en el transporte no comienza cuando aparece un delito. Comienza mucho antes, como lo señalaba Galtung: la violencia estructural empieza cuando el Estado falla y una persona debe esperar cuarenta minutos en una parada oscura. Empieza cuando una unidad va tan saturada que el cuerpo deja de tener espacio propio y, si logra entrar, asume las condiciones de un cuadrúpedo en traslado al matadero. Por eso resulta tan revelador que los funcionarios presuman reuniones, adquisiciones o videos estéticamente editados en sus redes sociales; el secuestro comunicacional cosmético es parte del mismo caos y pasa en todos los sectores de la vida pública. Sucede que medir resultados obliga a rendir cuentas. Y rendir cuentas arruina muchas narrativas oficiales.

La tragedia de Guadalajara no es solamente técnica. Es moral. Una ciudad revela sus verdaderas prioridades en la manera en que mueve a quienes la sostienen todos los días. No en los renders futuristas, no en los discursos sobre innovación, no en las conferencias llenas de Canvas y adjetivos motivacionales. Una ciudad se define por el respeto que tiene hacia el tiempo, la seguridad y el agotamiento de su gente.
La pregunta ya no es si el sistema necesita cambios. Eso resulta evidente incluso para quienes jamás se han subido a un camión… que casualmente suelen ser quienes diseñan buena parte de estas políticas públicas. La verdadera pregunta es cuánto tiempo más seguiremos confundiendo subsidios con soluciones, ocurrencias mediáticas con transformación y movilidad con simple capacidad de sobrevivir al trayecto diario. Cuando una ciudad normaliza que trasladarse sea una forma cotidiana de desgaste, termina erosionando algo más profundo que la eficiencia urbana: erosiona la confianza pública.


Sobre el autor

Sergio E. Gómez Partida es consultor en evaluación, gestión para resultados y planificación en sectores público y privado. Información de contacto: sgpartida@gmail.com; en X: @SergioGmezP.

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Opinión

México: Un Estado capturado y erosionado

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México, un estado capturado y erosionado

El Estado surgió entre los siglos 16 y 18 como solución a la violencia feudal, a las guerras incitadas por la religión y a la excesiva dispersión del poder. Cuando los individuos se reunieron para constituir una entidad soberana, en la cual delegaron un poder absoluto sobre ellos, lo hicieron para protegerse y poder vivir con seguridad en sus bienes y en su persona.

Surgió así el Estado con la promesa fundacional de centralizar autoridad, monopolizar la violencia legítima y producir previsibilidad para enfrentar entornos inestables e inciertos. La teoría política lo concibe como un aparato racional diseñado para limitar y regular conductas, contener el caos y garantizar seguridad, impuestos y justicia.

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El Estado moderno en México, y el que sentó las bases para lo que tenemos en la actualidad, surgió después de la Revolución iniciada en 1910, de ahí surgió un régimen para controlar el proceso de distribución del poder político y las instituciones que buscaban materializar los preceptos del proceso revolucionario. Conocidos estos antecedentes, ¿cómo podemos clasificar en la actualidad al Estado mexicano? De un tiempo a esta parte se han suscitado debates en torno a la eficacia y funcionalidad del Estado en nuestro país. Algunos consideran que estamos en un Estado fallido. Yo no soy de los que piensan así. 

Un Estado fallido se materializa cuando se ha perdido por completo la capacidad de ejercer control efectivo sobre el territorio, garantizar seguridad básica, monopolizar el uso legítimo de la fuerza y sostener instituciones funcionales. En el caso de México, aplicar esa categoría exige mesura en el análisis, porque el país todavía mantiene capacidades firmes en materia fiscal, diplomática, financiera y administrativa. Lo que no se puede negar es que existen ciertos episodios que muestran zonas de fragilidad institucional, captura criminal y erosión de la potestad operativa que alimentan ese debate.

¿Qué es lo que estimula esa narrativa? Dos casos recientes han sido utilizados para estimularla.  Las versiones sobre una presunta participación de la Agencia Central de Inteligencia (CIA, por sus siglas en inglés) en operaciones vinculadas con Chihuahua y las acusaciones políticas y judiciales contra Rubén Rocha Moya en el contexto de investigaciones criminales impulsadas desde Estados Unidos (sobre lo cual escribí en mi colaboración anterior). Ambos episodios permiten analizar qué dimensiones de la gobernabilidad muestran deterioro. 

El problema aparece en la desigualdad territorial del poder del Estado. Hay regiones donde grupos criminales ejercen funciones propias del Estado tales como control social, seguridad, movilidad, tributaciones, economía local y coerción. Esa fragmentación parcial del monopolio de la fuerza genera percepciones de que el Estado no mantiene con éxito ciertas atribuciones que le son propias. Por ello, una categoría más precisa para México sería la de un Estado con capacidades erosionadas en ciertas regiones. 

Hasta el momento, no existe todavía evidencia pública concluyente que pruebe una intervención unilateral abierta de la CIA en Chihuahua fuera de los mecanismos de cooperación bilateral en seguridad. Sin embargo, el simple hecho de que esas versiones resulten creíbles para amplios sectores sociales revela una pérdida de confianza en la autonomía operativa del Estado mexicano, y ahí habita un punto nodal de la gobernabilidad, porque cuando un Estado no logra convencer plenamente de que controla su seguridad interior, se abre espacio para narrativas de tutela externa. Si bien es cierto que la cooperación entre México y Estados Unidos en inteligencia no es nueva y que existe desde hace décadas en temas de narcotráfico, terrorismo, lavado de dinero y tráfico de armas, el problema surge cuando la cooperación no es del todo transparente y alimenta posibilidades de opacidad, las autoridades mexicanas se perciben como subordinadas y las agencias extranjeras parecen tener más capacidad de investigación que las instituciones locales.

Por otro lado, las acusaciones y señalamientos en contra de Rubén Rocha Moya deben analizarse bajo las ópticas jurídicas y políticas. Hasta ahora, muchas versiones han circulado en medios, columnas y rumores vinculados a investigaciones estadounidenses sobre narcotráfico y redes de protección política. No obstante, todavía no existe una sentencia judicial firme que pruebe responsabilidad penal directa del gobernador, pero el daño político no depende exclusivamente de una condena judicial. En materia de gobernabilidad, la percepción pública importa, y mucho, porque impacta la legitimidad institucional.

En el caso Rocha Moya se perciben, por lo menos, tres aristas. La dificultad para separar poder político y estructuras criminales en regiones históricamente penetradas por el narcotráfico; la dependencia creciente de información e investigaciones provenientes de Estados Unidos, y la debilidad de las capacidades mexicanas para cerrar rápidamente controversias mediante investigaciones transparentes y creíbles. Cuando las acusaciones más graves sobre actores políticos mexicanos parecen investigarse más enérgicamente fuera del país que dentro del mismo, surge una percepción de vacío institucional o de encubrimiento, ambos igual de graves. Eso fortalece la narrativa de fragilidad estatal.

Estos dos botones de muestra nos revelan que un grave riesgo para la gobernabilidad mexicana es la normalización gradual de esquemas excepcionales como la dependencia de inteligencia extranjera; la existencia de gobiernos subnacionales colonizados y condicionados por grupos del crimen organizado, así como la normalización y aceptación social de que existen zonas en donde la ley opera parcialmente. Todo ello conlleva una erosión gradual de la legitimidad institucional del Estado.

En términos prospectivos, el desafío para el Estado mexicano no es sólo combatir al crimen organizado, sino reconstruir capacidad institucional civil, credibilidad judicial y soberanía operativa. Si esos elementos no se fortalecen, la discusión sobre un Estado fallido seguirá apareciendo cada vez que surjan casos donde el poder criminal, la presión estadounidense y la fragilidad política parezcan cruzarse.

Siguiendo los criterios clásicos, México no es un Estado fallido, pero exhibe con progresiva claridad los síntomas de un Estado disfuncional, capturado y erosionado con regiones en donde el crimen organizado cogobierna y el gobierno no puede o no quiere ejercer su potestad y atribuciones. 


Sobre el autor

José de Jesús Gómez Valle es analista político. Profesor Investigador en el CUCSH de la UdeG. Contacta: jose.gomezvalle@gmail.com y en X: @jgomezvalle.

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