Opinión
La crisis de seguridad en Guadalajara y la pérdida del asombro

Las crisis de seguridad en Guadalajara no son nuevas…
Las ejecuciones que vivimos en múltiples puntos de Guadalajara, la semana pasada, forman parte de un patrón de violencia que ya tiene varios años repitiéndose en nuestra ciudad. Si bien la escalada de crímenes se enmarca en la tendencia nacional, la Perla Tapatía aún conserva su capacidad de asombro ante hechos como esos. Capacidad que, no obstante, va erosionándose peligrosamente, con cada nuevo reporte de las atrocidades cometidas.
Pero sería iluso pensar en Guadalajara como la ciudad provinciana e idílica donde “antes esto no pasaba”. Las ciudades, en cuanto que espacios urbanos físicos, pero también simbólicos, son depositarias de los elementos que sus habitantes deciden otorgarles.
Retomando lo escrito por Sergi Valera (1997), la Guadalajara de 2018 no es simplemente la víctima de condiciones externas, sino que se vuelve “la expresión de ideologías sociales imperantes en un determinado contexto”. El interior y el exterior tienen la misma capacidad transformadora, porque nuestra metrópoli no es un espacio estático.
La Guadalajara de los contrastes
Es decir, esta ciudad nos representa a los tapatíos, al servir de espejo para nuestros anhelos, obsesiones, errores, triunfos y creencias. “Guadalajara es lo que los tapatíos hacen de ella”, me atrevo a decir, parafraseando a Alexander Wendt, un teórico de las Relaciones Internacionales. Lo “bueno” y lo “malo” (como cada quien decida interpretarlo) están presentes en un mismo espacio, porque quienes vivimos en esta ciudad le vamos dando forma, día con día.
Fieles a los conceptos que tenemos sobre la identidad mexicana (de Bonfil Batalla a Paz), podemos decir que Guadalajara tiene una raíz doble. Pero estas líneas no son una incursión antropológica sobre la identidad nacional o tapatía (ni me atrevería a intentarlo). No, lo que me interesa rescatar es otro tipo de naturaleza doble; la que percibimos todos los días, cuando caminamos la ciudad y notamos sus amplios contrastes.

Foto: Especial
Fundación y muerte
14 de febrero de 1542: Después de tres asentamientos previos, ordenados por Nuño Beltrán de Guzmán, la ciudad de Guadalajara queda fundada en el Valle de Atemajac por Cristóbal de Oñate. Es establecida con el rango de ciudad, al obtener el título de Carlos I. De acuerdo con las crónicas de la época (según lo rescatado por el Instituto Nacional para el Federalismo y el Desarrollo Municipal del Gobierno de Jalisco), la nueva ciudad sufrió una serie de enfrentamientos, desde los primeros intentos por asentarse.
Un año antes de la fundación definitiva, los conquistadores se enfrentaron con los indígenas de la zona, en la llamada Guerra del Mixtón. Pero la batalla también se libró en el frente religioso, pues una vez que la resistencia indígena fue derrotada, se invocó a San Miguel Arcángel como uno de los primeros protectores o “patrones” de la ciudad. La epopeya bíblica de un Miguel comandando ejércitos, se reprodujo en la Nueva España; quizá anunciando el arraigo católico que Guadalajara conserva hasta nuestros días.
Episodio más escabroso
25 de noviembre de 2011: en uno de los episodios más escabrosos de nuestra historia metropolitana, tres camionetas con las luces encendidas y las puertas abiertas quedaron abandonadas debajo de los Arcos del Milenio. Al poco tiempo, la policía fue alertada y, repartidos en los vehículos, se encontraron 26 cadáveres. Tenían signos de asfixia y uno de los cuerpos yacía decapitado. Las víctimas estaban acompañadas de un mensaje alusivo a la guerra entre cárteles rivales del narcotráfico; además de una amenaza al gobierno del estado, que por entonces lideraba Emilio González Márquez.
Todo ello, a unos días de iniciar la Feria Internacional del Libro de Guadalajara, y en pleno año de los Juegos Panamericanos. Casi cinco siglos después de la fundación, la ciudad estuvo bajo una especie de “asedio interno”, presa del miedo. La tarde todavía expone las sombras de aquellos cuerpos sin vida, sobre la obra de Sebastián.
El rumor de la discordia
10 de septiembre de 2016: El Frente Nacional de la Familia, a través de su Capítulo Jalisco, se sumó a la marcha contra el matrimonio igualitario que tuvo lugar en varias ciudades del país. Los manifestantes exigieron una reforma a la constitución para que el matrimonio fuese considerado como tal, sólo si estaba conformado por un hombre y una mujer. El mensaje se centró en la defensa de lo que, a su juicio, debía ser una familia tradicional; además del derecho a educar a sus hijos sin “ideologías de género”.
Las pancartas mostraban mensajes que reproduzco justo como los vi: “el matrimonio es entre un hombre y una mujer”, “a mis hijos los educo yo”, y “no queremos 2 papas ni 2 mamas”. Los requisitos incluyeron vestir de blanco, llevar globos azules y rosas, entre otros de carácter simbólico. La buena ortografía en los carteles fue opcional. En cuanto al número de asistentes, la cantidad cambiaba en función de quién daba la cifra: los organizadores dijeron que en La Minerva partieron con un contingente de casi 200,000 personas. Protección Civil de Jalisco, por su parte, no reportó más de 60,000 asistentes.
11 de septiembre de 2016: Afuera del Teatro Degollado –cuyo frontispicio se adorna con la frase “que nunca llegue el rumor de la discordia”–, tuvo lugar una propuesta de matrimonio. Apolo, las nueve musas y quienes pasamos por ahí, fuimos testigos de cómo un chico le pidió a otro que se casara con él.
“Que nunca llegue el rumor de la discriminación”, parecía decir la fachada.
La ciudad de La Minerva
Febrero de 1542: “Señores, el Rey es mi gallo y soy de parecer que nos pasemos al Valle de Atemajac”. Esa es la frase que se le atribuye a Doña Beatriz Hernández, cuyo monumento se encuentra cerca de la Plaza Fundadores. De acuerdo con las crónicas, ella y su esposo, Juan Sánchez de Olea, encabezaron una de las sesenta y tantas familias que se establecieron en la recién fundada Guadalajara.
Famosa por ser “desenvuelta y con pensamiento propio”, seguramente se le describía con recelo, en la época a la que perteneció. La placa que acompaña su escultura (realizada por Ignacio Garibay en 1987), describe su determinación como instrumental en el asentamiento definitivo de la ciudad; según se dice, logró convencer al resto de familias españolas para establecerse en el espacio que hoy ocupa Guadalajara, estando segura de las condiciones favorables que ofrecía el Valle de Atemajac.
Independientemente de la versión romántica de la historia tapatía, la figura de Hernández es una invitación a la reflexión. En la narración que se hace de los procesos históricos, ¿no termina siempre minimizada la participación femenina? Guadalajara se distingue por ser paradigmática.
Contradicciones, la Minerva
Abril de 2017: el año pasado, Guadalajara se volvió parte de una estadística nada honrosa. Según lo reportado por la Universidad de Guadalajara, los feminicidios en Jalisco se incrementaron un 130 por ciento, durante los últimos veinte años. Muchos de los casos de violencia de género, ocurren en la Zona Metropolitana. Apunta el estudio que, “en la mayoría de los casos, las mujeres son asesinadas por sus propias parejas. En muchos de ellos, tienen órdenes de protección que no resultan efectivas porque no hay un seguimiento adecuado”.
Guadalajara también se distingue por sus contradicciones. La Minerva, símbolo imponente del carácter femenino de la ciudad, es al mismo tiempo la custodia y la testigo silenciada.

Foto: Agencia enfoque
Pura tierra mojada
En Guadalajara, el viento ondea las fotos de los desparecidos que cuelgan de la Glorieta Niños Héroes, con la misma intensidad que transporta el aroma de las tortas ahogadas, por las calles de los mercados. La ciudad representa la contaminación audiovisual que trae consigo el periodo electoral, pero también al hombre que vi llorar en una banca de Chapultepec, hace unas semanas. Sin importarle que lo juzgasen por ello, se atrevió a recordarnos nuestra humanidad. Pese a los tiempos que corren, todavía podemos sentir.
Esta ciudad es el frenesí de consumo en épocas decembrinas, pero también es un niño de ocho años, entrando por primera vez al tianguis navideño que solía estar enfrente de la Casa de Los Perros, allá por el año 2000. Es todos los encuentros que ocurren en el área de llegadas del aeropuerto, cada que el Año Nuevo está cerca.
Siendo hogar de la FIL, tiene casi una vocación renacentista, aunque está perennemente atascada en Mariano Otero y López Mateos, en las horas pico. Pese a sus aspiraciones cosmopolitas, le voltea la cara a los migrantes centroamericanos que transitan por Avenida Inglaterra. Es el Silicon Valley mexicano, que a la vez no encuentra cómo resolver el problema del transporte público, y construye una nueva línea del Tren Ligero, cada cierto número de décadas.
Después de todo, es la ciudad de los claroscuros
Unas veces, es la rueda de fuego que Shakespeare recuperó de la mitología griega, para relatar el ciclo de castigos que el Rey Lear debió aceptar; otras, es la ciudad al filo de la eternidad, con la que soñaba Gene Roddenberry en el idealismo más universal. En el sentido de Kawabata, es lo bello y también lo triste.
Pero con todo y su naturaleza doble, la ciudad es nuestra. En ella conviven muchas Guadalajaras. Y aunque las lluvias tarden en asomarse, también es la que huele a tierra mojada.
Cristian J. Vargas Díaz es licenciado en Relaciones Internacionales por la Universidad de Guadalajara, e “intrigoso” como consecuencia. Les debe a Ray Bradbury, Juan Rulfo y Thomas Mann su gusto por la literatura y su vejez prematura. Cinéfilo y “seriéfago” enfermizo, sigue aprendiendo a escribir.
Opinión
Ojo, así se roban tus datos personales

Estimado lector, para mí es un privilegio volver a escribir estas líneas luego de una muy larga ausencia. Sin embargo volveremos a encontrarnos en esta columna cada quincena, analizando los temas de actualidad relacionados con la protección de nuestros datos personales y la privacidad que acontecen tanto en nuestro País como en el mundo.
Evidentemente no podemos dejar de comentar lo sucedido en días pasados en Guadalajara, donde existía -y seguramente siguen existiendo- un call center debidamente instalado para llevar a cabo extorsiones que se extendían no solo al resto de Jalisco, sino hasta a otros veinte estados más de nuestra República, afectando a más de 26 mil personas con llamadas fraudulentas y extorsiones.
Afortunadamente se desmanteló y según declaraciones oficiales se están realizando colaboraciones con instituciones de las demás entidades afectadas, para descubrir a todas las víctimas y por supuesto, invitarlas a denunciar, lo que resulta en una tarea titánica para las autoridades; pero al parecer no lo fue para aquellos cuyo modus vivendi consistía en realizar este tipo de nada honrosas actividades.
Datos personales de los afectados
En ese sentido caben muchas reflexiones, pero la primera es preguntarnos de dónde obtenían la materia prima, es decir, los datos personales de aquellos afectados. Aunque las respuestas pueden variar, quiero que centremos nuestra atención en dos fuentes principales.
La primera y la originaria por excelencia siempre seremos, desafortunadamente, Usted y yo, querido lector. Es decir, nosotros como titulares, dueños de esos datos personales que elegimos, muchas veces sin pararnos a reflexionar en ello, a quién, cómo y para qué le compartimos esta importantísima información.
Y digo que muchas veces sin reflexionarlo lo suficiente, porque participamos a otras personas de manera voluntaria, para poder obtener un bien o servicio; para pedir nuestros alimentos cuando no tenemos tiempo de prepararlos en casa; al inscribirnos a un curso o a nuestros hijos a la escuela, por citar ejemplos cotidianos. Pero también lo hacemos de manera involuntaria, por ejemplo cuando descargamos aplicaciones en nuestro teléfono inteligente o tableta y compartimos datos que no son necesarios; cuando somos poco discretos en una conversación o bien, ¿cuántas veces no hemos tirado a la basura documentación que contiene nuestro nombre u otros datos más sensibles, como nuestra CLABE interbancaria? Seguramente, muchas veces.
Ignoramos el valor de nuestros datos
La segunda causa de obtención de esta información es por medio de aquellos que manejan datos personales, es decir, los responsables si son particulares, o bien los sujetos obligados de orden público. Según me ha tocado atestiguar, parece que cuando la información no nos pertenece, dejamos de tener cuidado en su manejo. Se despersonaliza y solo vemos números, estadísticas, pero olvidamos que detrás de esas cifras, direcciones o palabras, se encuentra una persona que puede verse perjudicada por nuestro descuido de custodia de la información durante el ciclo de vida de los datos personales.
En fin, aunque difícilmente sabremos cómo se obtuvo esa información, es una realidad que decenas de miles de personas se vieron seriamente perjudicadas no solo en su patrimonio, sino muy seguramente hasta en su tranquilidad diaria, por este tipo de acciones ilegales. La invitación es a que le demos la importancia debida a esta información que es tan importante. La que nada más y nada menos, nos hace únicos y nos permite interactuar con el resto de quienes nos rodean. Si tenemos conciencia de la importancia de nuestros datos personales, seguramente nos daremos cuenta de la relevancia que también tiene la información relativa a otras personas.
La tarea primordial
En un entorno tan cambiante como el que vive nuestro mundo y especialmente, nuestro Estado de Derecho, la tarea primordial con la que contamos es velar porque nuestros derechos a la protección de datos personales y la privacidad no sean violentados y es más, que puedan ser garantizados, sobre todo ante la inminente desaparición de los Órganos Garantes en la materia, de lo que hablaremos en nuestra próxima entrega.
Sobre la autora
Ana Olvera es profesora investigadora de tiempo completo en la Universidad Autónoma del Estado de Hidalgo, con intereses en privacidad, bioética y neuroderechos.
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Opinión
La extinción de los institutos de transparencia: ¿falta de empatía o indiferencia?

A veces, hablar de datos personales, de su protección y nuestra privacidad, resulta sumamente abstracto. Aunque incluso trabajemos con ellos, pensemos en la recepcionista de un consultorio médico o el propio profesional de la salud. O en la persona a la que le pedimos la pizza o la comida que consumiremos en ese momento.
Ahora pensemos en las veces que entramos a ciertas redes sociales, como X, Facebook o LinkedIn y encontramos explicaciones acerca de lo importante que es proteger nuestros datos personales, o bien, explicaciones de las resoluciones (que a veces se adjuntan completas) y que más bien, parecen para un público un poco más especializado, que tal vez no seremos nosotros -que solo buscamos un momento de distracción-. En no pocas ocasiones, este tipo de situaciones pasan desapercibidas hasta que somos víctimas de robo de identidad, alguna extorsión o una estafa.
En este sentido cabe preguntarnos al menos dos cosas. La primera, la razón por la que optamos por la indiferencia ante la violación de la privacidad, que se arraiga en una compleja red de factores. La omnipresencia de la tecnología ha normalizado la vigilancia, desensibilizando a muchos ante la vulneración de sus datos personales. La complejidad de las políticas de privacidad y los algoritmos opacos genera una sensación de impotencia, alimentando la resignación. Además, la gratificación inmediata de los servicios digitales y la falta de consecuencias tangibles de la pérdida de privacidad fomentan una actitud apática e incluso, indolente. A esto se suma la polarización social, que fragmenta la empatía y dificulta la acción colectiva en defensa de un derecho fundamental.
La falta de involucramiento nos aísla de nuestra comunidad. Nos desconectamos de los problemas que nos afectan a todos, como la pobreza, la desigualdad, la violencia, la inseguridad y el cambio climático. Nos volvemos indiferentes al sufrimiento de los demás, perdiendo nuestra capacidad de empatía y solidaridad.
Pero la segunda es igualmente preocupante. ¿Qué pasó con el trabajo de los organismos garantes? ¿Fue acaso incapacidad de transmitir e incluso educar al pueblo mexicano? ¿De “conectar”, empatizar? Por que los festivales, las fotos, los congresos o simposios, salvo muy honrosas excepciones, siempre iban dirigidos a cualquier público distinto a lo que han dado por llamar “el ciudadano de a pie”. O como dirían los políticos en este momento histórico, “el pueblo bueno”, ese que difícilmente, con la pobre comunicación de los “expertos” y además con pocos recursos a la mano, comprendió la importancia de un andamiaje institucional como el que logró crearse en materia de transparencia y protección de datos personales. Tal vez eso explique la indiferencia en su defensa.
No cabe duda que asistimos y en gran mayoría, las y los mexicanos solo estamos meramente atestiguando los cambios estructurales que nuestro país esta viviendo. En ese sentido, claro que vivimos una transformación. No sé cuál. Pero bien haríamos en hacer a un lado esa indiferencia, para al menos intentar entender cómo afectarán al ejercicio y garantía de nuestros derechos fundamentales.
No involucrarse en la vida del país también tiene un costo personal. Cuando nos alejamos de los asuntos públicos, renunciamos a nuestro derecho a ser escuchados y a contribuir al bienestar de nuestra sociedad. Nos convertimos en meros espectadores de nuestro propio destino, sin voz ni voto. En un mundo cada vez más interconectado, los problemas que enfrentamos son complejos y requieren soluciones colectivas. La participación ciudadana es esencial para construir un futuro más justo, próspero y sostenible para todos. No podemos permitirnos el lujo de la indiferencia.
Es hora de despertar de la apatía y asumir nuestra responsabilidad como mexicanos. Involucrémonos en los asuntos públicos, hagamos oír nuestra voz, exijamos transparencia y rendición de cuentas. Solo así podremos construir el país que queremos y merecemos.
Sobre la autora
Ana Olvera es profesora investigadora de tiempo completo en la Universidad Autónoma del Estado de Hidalgo, con intereses en privacidad, bioética y neuroderechos.
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