Barro canelo de Tonalá, por la denominación de origen

El barro canelo quiere su denominación de origen. La comunidad El Rosario, en el municipio de Tonalá, es la tierra del barro canelo; ahí 180 familias luchan por conservar esta tradición ancestral, que tiene presencia desde hace más de dos mil años en esta zona de Jalisco. Y que ahora busca su denominación de origen.
El barro canelo o también conocido como de olor es parte de la cultura tonalteca desde antes de la llegada de los españoles y, como otras técnicas precolombinas, permanece como parte de la identidad del mexicano.
Ya hay un avance en el proceso de denominación de origen, afirma Manuel Prieto, jefe de Patrimonio Cultural en Tonalá.
El documento incluirá el aspecto histórico, cultural y social, ya que debe estar sustentado para que el municipio emita la declaratoria, luego ésta se enviará al Congreso local y así a la Secretaría de Cultura y al Instituto Mexicano de Propiedad Intelectual.

Foto: Facebook Pablo Pajarito.
Buscan darle su lugar
El objetivo de buscar la denominación de origen es preservar y dar el lugar que merece esta técnica alfarera de los maestros artesanos El Rosario, quienes con mucho misticismo trabajan para conservar esta tradición.
José Luis Flores Martínez, director de Casa del Artesano de Tonalá, asegura que el barro canelo únicamente lo da la tierra tonalteca y, es por ello, que es muy importante para los alfareros del pueblo El Rosario obtener la denominación de origen de esta técnica que se ha transmitido de generación en generación.
Explica que se le llama barro canelo por la semejanza de sus colores al de la canela, e insiste en que es especial porque la artesanía se pinta con la misma tierra con la que se hace y, lo más sorprendente, es que casi no se ve en el proceso de elaboración, pero en cuanto se hornea, le brotan los colores.
“Los colores son morado, rosa, rojo y amarillo, pero lo que resalta de esta técnica para propios y extraños es que los cuatro tonos lo sacamos de la misma tierra”, dice Flores Martínez, quien proviene de una familia de alfareros de El Rosario, Tonalá.

Facebook Fernando Jimón.
Barro de olor
“Los nativos de El Rosario originalmente le nombraban barro de olor y su figura principal era el botellón para el agua; después con la llegada de los españoles se le llamó barro mágico, porque en cada mano, en cada proceso que sufre cambia de color; y luego se le denominó barro canelo, por su similitud al color de flor de la canela”, dijo.
La característica principal de esta artesanía es que la gente la identifica por el olor y sabor que le da al agua natural.
“En todas las exposiciones que tenemos es curioso escuchar que la gente recuerda que sus abuelitas tenían botellones de barro canelo para el agua y dicen que conserva el agua muy rica”.

Foto: Facebook Pablo Pajarito.
Rica variedad
Es muy importante lograr la denominación de origen para que donde quiera que vaya una pieza de barro canelo, se sepa que es del pueblo de El Rosario.
“Para nosotros el barro canelo, sin desmeritar ninguna otra artesanía de Tonalá, es la joya de la corona, pues es la que ya estaba aquí cuando llegaron los españoles”, afirmó.
El barro canelo es rico en su variedad, porque se puede encontrar desde en aretes y collares, en piezas de ornato, de decoración, así como en los típicos botellones, jarras y tinajas, entre muchas otras cosas.
Barro canelo miniatura de la familia Jimón
https://www.facebook.com/cuarta.mx/videos/295962657549224/
Barro canelo de la familia Pajarito
https://www.facebook.com/cuarta.mx/videos/309011032911053/
Con información de Notimex.
Etiquetas: GoodNews Artesanías de México Tonalá
Postres mexicanos que no pueden faltar en tu mesa esta Navidad

En México también nos lucimos con los postres. Nuestra gastronomía aporta sabores y tradiciones que se han vuelto parte esencial de la Navidad. Por eso, aquí te compartimos algunos postres navideños made in México que no pueden faltar en la mesa durante estas fechas.
Los buñuelos
Estas crujientes tostadas forman parte del acervo culinario de gran parte de la República Mexicana y cuentan con múltiples variantes regionales. En Veracruz, por ejemplo, existen versiones hervidas que se preparan con jaiba, piña o arroz; mientras que en Oaxaca son fritos en manteca, espolvoreados con azúcar y servidos sobre hojas secas de maíz, lo que les da un sello muy particular. Hay muchas formas de disfrutarlos, pero todos conservan ese sabor festivo tan característico.
Los tejocotes en dulce
Este postre es una delicia de herencia novohispana con raíces prehispánicas. Su presencia en la temporada navideña se debe a que el tejocote es una fruta que abunda en estos meses. Tradicionalmente se cocina con guayaba y ralladura de naranja, y se endulza con piloncillo o azúcar, dando como resultado un dulce reconfortante y lleno de tradición.

Pan de elote
El elote es uno de los ingredientes más consumidos en México y su sabor permite crear una gran variedad de recetas. En esta temporada, cuando se antoja un café o un chocolate caliente, el pan de elote se convierte en el acompañante ideal. Para su elaboración suelen utilizarse ingredientes como queso fresco, mantequilla y azúcar, que le aportan una textura suave y un sabor inconfundible.
Polvorones de harina
Aunque su origen se atribuye a España, los polvorones de harina llegaron a México y se adaptaron hasta convertirse en un clásico de la Navidad. Son de los dulces más económicos de la temporada, ya que se elaboran con ingredientes sencillos como harina de trigo, grasa de cerdo, azúcar y almendra. Su bajo costo no les resta sabor, y por el contrario, los mantiene como favoritos en muchas mesas.
Las hojarascas
Reciben este nombre porque se deshacen en la boca. Estas galletas tradicionales se preparan de distintas maneras según la región. En Pátzcuaro, Michoacán, la masa se elabora con harina, yemas de huevo, mantequilla, manteca de cerdo y miel, y se aromatiza con especias como clavo, canela y anís. En Nuevo León, en cambio, se preparan con azúcar, canela, harina de trigo o maíz, manteca vegetal, huevo, vainilla y leche. Una vez horneadas, se revuelcan en azúcar y canela molida.

Alfeñiques, creatividad y dulzura del sincretismo

La elaboración de alfeñiques en territorio mexicano se registró por primera vez en el siglo XVII, durante el periodo colonial.
La técnica para cocer y moldear azúcar llegó a la Nueva España como parte de los intercambios culturales impuestos por el dominio europeo, aunque su permanencia fue resultado de la adaptación y apropiación local.
Esta práctica tiene sus antecedentes en la confitería árabe-andalusí, difundida previamente en la península ibérica. En el contexto novohispano, la técnica se transformó al integrarse a las tradiciones y rituales de los pueblos originarios.
La palabra alfeñique proviene del árabe hispánico al-faníq y se relaciona con un dulce elaborado a base de azúcar cocida. Su significado, “delicado”, alude tanto a la textura del material como al trabajo minucioso requerido para su elaboración artesanal.
Alfeñiques, un arraigo comunitario
Con el paso del tiempo, la producción de alfeñiques dejó de ser una técnica importada y se integró a la confitería tradicional mexicana.
Su elaboración se consolidó en distintas regiones del País, entre ellas Puebla, Michoacán, Guanajuato, Estado de México, Aguascalientes, Guerrero, Nayarit y Oaxaca.
En Toluca, Estado de México, esta tradición dio origen a la Feria del Alfeñique, una de las celebraciones más antiguas vinculadas a la producción artesanal de dulces.
Esta feria se realiza cada año en noviembre y reúne a artesanas y artesanos que elaboran figuras de azúcar, chocolate, amaranto y otros ingredientes, manteniendo prácticas transmitidas por generaciones.
Aunque los alfeñiques se asocian principalmente con celebraciones como el Día de Muertos, las posadas y la Navidad, pero su presencia no se limita a estas fechas.
En diversos mercados del País, estos dulces forman parte de la economía local y de la continuidad de los saberes artesanales.

Alfeñiques, elaboración artesanal
El proceso de elaboración del alfeñique requiere control del calor y la humedad. El azúcar de caña se mezcla con agua y se somete al fuego hasta obtener una pasta moldeable, a la que se incorporan ingredientes como claras de huevo, aceite de almendras y gotas de jugo de limón.
La pasta se moldea a mano o con moldes tradicionales, generalmente de yeso. De este proceso surgen figuras como animales, frutas y angelitos, así como las calaveritas de azúcar, que adquirieron un significado particular en el contexto del Día de Muertos.
En las ofrendas, las calaveras de alfeñique representan la memoria y la relación entre la vida y la muerte desde una visión cultural propia. Más que un símbolo fúnebre, funcionan como un elemento de diálogo entre generaciones y como expresión de identidad colectiva.
En diversas comunidades, la elaboración de alfeñiques es reconocida como parte del patrimonio cultural inmaterial.
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