Opinión
¿Comparamos lo que es importante comparar en México?

Comparemos a México con otras naciones
Una forma inmediata de tomar distancia de un fenómeno, observarlo y replantear nuevas interrogantes es, sin duda, la experiencia comparada. La necesidad de esta experiencia incluso es mayor cuando este fenómeno es la situación de un país, de una sociedad cuya nación ha transitado bajo distintas narrativas en un lapso de tiempo.
Migración, narcotráfico, democracia, libre mercado, medio ambiente, inseguridad, alimentación y cualquier otro tema que nos hace pensar, a grandes rasgos, que lo vivido en México es algo “similar” a lo que acontece en otras latitudes o viceversa.
Influencia por el vecino del norte
Definitivamente, la relación de nuestro país con el vecino del norte, nos ha marcado en distintos niveles, cada vez más profundos o invisibles. Usualmente tenemos la noción de ver hacia el norte, sus ciudades, infraestructura, servicios y luego traducir esto en un déficit sobre lo que debería tener nuestro México. Damos por sentado que otras realidades no imperan y que domina aquella del vecino, incluso, aquella del vecino en su cara más urbana y desarrollada.
Desde la hermandad latinoamericana practicamos el mismo ejercicio cuando viajamos a otras ciudades, ya sea Buenos Aires, Bogotá, Lima o un largo etcétera. Posiblemente ahí, nuestro marco de comparación se ajuste aún más a otros procesos -principalmente históricos y sociales- donde el revisionismo sobre la realidad mexicana encuentra explicaciones más similares. Asuntos como la pobreza, el mercado informal o la religión tienen ámbitos que se comunican entre sí de cierto modo.
En ocasiones estos comparativos sirven para reafirmar lo que el propio país, en este caso México, es o no es, de manera aún más categórica. Me explico. Al visitar medio oriente, por ejemplo, uno identifica que algún país es religioso o muy rico, e incluso la evidencia refuerza la idea que otro, puede ser México, no lo es de igual forma. En el agregado, el resultado de la comparación es tan evidente que uno genera categorías donde el asunto simplemente existe o no existe. Si bien esa apreciación no es del todo correcta, a primera vista.
La globalización haciendo lo suyo
Luego tenemos otros ámbitos de comparación donde la propia globalización marca la pauta entre los países. Principalmente en términos económicos y de comercialización, están las referencias sobre la presencia de ciertos servicios, empresas y marcas que nos hacen sentir parte de un mundo global. Ya sea que uno esté en Berlín, Sao Paulo o Panamá, hay parámetros de referencia sobre sistemas de transporte o comportamientos sociales en determinados sectores de la ciudad. No hablemos de centros comerciales o malls, donde esta comparación es cada vez más fácil de llevar a cabo.
En conclusión. Uno se puede perder en un sinfín de aspectos que son materia de comparación, análisis y reflexión. Igualmente, uno se puede confundir y generar una visión “malinchista” que modifique el punto de partida de estos procesos. Por ello cabe reflexionar en dos aspectos generales: la relevancia del ejercicio de comparación y, en una visión más crítica, la calidad de este ejercicio.
¿Por qué es importante la comparación como punto de referencia para la realidad de un país?
En primera instancia, como politólogo, diría que su relevancia radica en el hecho que todos los países se constituyeron, en un inicio, bajo la idea de un Estado-Nación. Es decir, tuvieron un mismo dilema para garantizar ciertos estándares a su población —básicamente de seguridad— y para ello fundamentaron una relación entre el territorio, su población y la administración de éstos. En otras palabras, prevalece una inquietud respecto a conocer qué nivel de desarrollo ha alcanzado un país a partir de este punto de partida.
Desde otra visión, diría que la comparación es relevante en el mundo actual por los procesos complejos, esos que se conjugan con elementos históricos, sociales o de la propia globalización, para identificar ciertas ventajas que una sociedad goza y que no está dispuesta a perder. Al final, una síntesis de esta noción es el tipo de relación que existe entre el Estado y la sociedad, cómo prevalece y se modifica, independientemente de su riqueza.
¿Cómo se valora un territorio o región en dicho país?
Con esta reflexión me despido en este texto.
Aprovechemos la complejidad de nuestro México y de otros países, para así profundizar en estos procesos de comparación y ubicar elementos que permitan conocer las verdaderas relaciones o modelos de Estado-Sociedad que vivimos actualmente.
Si bien lo podemos hacer a través de los viajes, que es lo más enriquecedor, también podemos involucrarnos a través de los medios de comunicación, la prensa, o las redes sociales. ¿Cómo se valora un territorio o región en dicho país? ¿Qué importancia tienen las generaciones pasadas y futuras de esa nación? ¿Qué papel tienen los recursos naturales para la sociedad actual de ese país? ¿Cuáles son las principales diferencias entre el Estado de ese país y el tuyo? ¿Cómo afectan las acciones de ese Estado a su sociedad? ¿Qué tipo de gobierno tiene ese Estado?
Lo importante es saber que “hubo algo antes y hay algo más allá del México que vivimos actualmente” y qué algo similar se encuentra en otro lugar del mundo, incluso en este preciso momento. Sin estos parámetros de referencia, desafortunadamente, las dinámicas internas de un país -como aquellas vinculadas con el proceso electoral mexicano- nos limitarán cada vez más para construir nuevos futuros y evitar viejas realidades.
Mauricio Hernández estudió políticas públicas, ha trabajado en temas de rendición de cuentas, educación y democracia desde el gobierno. Actualmente está vinculado en proyectos del LID, relacionados con participación ciudadana y transparencia.
Opinión
Ojo, así se roban tus datos personales

Estimado lector, para mí es un privilegio volver a escribir estas líneas luego de una muy larga ausencia. Sin embargo volveremos a encontrarnos en esta columna cada quincena, analizando los temas de actualidad relacionados con la protección de nuestros datos personales y la privacidad que acontecen tanto en nuestro País como en el mundo.
Evidentemente no podemos dejar de comentar lo sucedido en días pasados en Guadalajara, donde existía -y seguramente siguen existiendo- un call center debidamente instalado para llevar a cabo extorsiones que se extendían no solo al resto de Jalisco, sino hasta a otros veinte estados más de nuestra República, afectando a más de 26 mil personas con llamadas fraudulentas y extorsiones.
Afortunadamente se desmanteló y según declaraciones oficiales se están realizando colaboraciones con instituciones de las demás entidades afectadas, para descubrir a todas las víctimas y por supuesto, invitarlas a denunciar, lo que resulta en una tarea titánica para las autoridades; pero al parecer no lo fue para aquellos cuyo modus vivendi consistía en realizar este tipo de nada honrosas actividades.
Datos personales de los afectados
En ese sentido caben muchas reflexiones, pero la primera es preguntarnos de dónde obtenían la materia prima, es decir, los datos personales de aquellos afectados. Aunque las respuestas pueden variar, quiero que centremos nuestra atención en dos fuentes principales.
La primera y la originaria por excelencia siempre seremos, desafortunadamente, Usted y yo, querido lector. Es decir, nosotros como titulares, dueños de esos datos personales que elegimos, muchas veces sin pararnos a reflexionar en ello, a quién, cómo y para qué le compartimos esta importantísima información.
Y digo que muchas veces sin reflexionarlo lo suficiente, porque participamos a otras personas de manera voluntaria, para poder obtener un bien o servicio; para pedir nuestros alimentos cuando no tenemos tiempo de prepararlos en casa; al inscribirnos a un curso o a nuestros hijos a la escuela, por citar ejemplos cotidianos. Pero también lo hacemos de manera involuntaria, por ejemplo cuando descargamos aplicaciones en nuestro teléfono inteligente o tableta y compartimos datos que no son necesarios; cuando somos poco discretos en una conversación o bien, ¿cuántas veces no hemos tirado a la basura documentación que contiene nuestro nombre u otros datos más sensibles, como nuestra CLABE interbancaria? Seguramente, muchas veces.
Ignoramos el valor de nuestros datos
La segunda causa de obtención de esta información es por medio de aquellos que manejan datos personales, es decir, los responsables si son particulares, o bien los sujetos obligados de orden público. Según me ha tocado atestiguar, parece que cuando la información no nos pertenece, dejamos de tener cuidado en su manejo. Se despersonaliza y solo vemos números, estadísticas, pero olvidamos que detrás de esas cifras, direcciones o palabras, se encuentra una persona que puede verse perjudicada por nuestro descuido de custodia de la información durante el ciclo de vida de los datos personales.
En fin, aunque difícilmente sabremos cómo se obtuvo esa información, es una realidad que decenas de miles de personas se vieron seriamente perjudicadas no solo en su patrimonio, sino muy seguramente hasta en su tranquilidad diaria, por este tipo de acciones ilegales. La invitación es a que le demos la importancia debida a esta información que es tan importante. La que nada más y nada menos, nos hace únicos y nos permite interactuar con el resto de quienes nos rodean. Si tenemos conciencia de la importancia de nuestros datos personales, seguramente nos daremos cuenta de la relevancia que también tiene la información relativa a otras personas.
La tarea primordial
En un entorno tan cambiante como el que vive nuestro mundo y especialmente, nuestro Estado de Derecho, la tarea primordial con la que contamos es velar porque nuestros derechos a la protección de datos personales y la privacidad no sean violentados y es más, que puedan ser garantizados, sobre todo ante la inminente desaparición de los Órganos Garantes en la materia, de lo que hablaremos en nuestra próxima entrega.
Sobre la autora
Ana Olvera es profesora investigadora de tiempo completo en la Universidad Autónoma del Estado de Hidalgo, con intereses en privacidad, bioética y neuroderechos.
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Opinión
La extinción de los institutos de transparencia: ¿falta de empatía o indiferencia?

A veces, hablar de datos personales, de su protección y nuestra privacidad, resulta sumamente abstracto. Aunque incluso trabajemos con ellos, pensemos en la recepcionista de un consultorio médico o el propio profesional de la salud. O en la persona a la que le pedimos la pizza o la comida que consumiremos en ese momento.
Ahora pensemos en las veces que entramos a ciertas redes sociales, como X, Facebook o LinkedIn y encontramos explicaciones acerca de lo importante que es proteger nuestros datos personales, o bien, explicaciones de las resoluciones (que a veces se adjuntan completas) y que más bien, parecen para un público un poco más especializado, que tal vez no seremos nosotros -que solo buscamos un momento de distracción-. En no pocas ocasiones, este tipo de situaciones pasan desapercibidas hasta que somos víctimas de robo de identidad, alguna extorsión o una estafa.
En este sentido cabe preguntarnos al menos dos cosas. La primera, la razón por la que optamos por la indiferencia ante la violación de la privacidad, que se arraiga en una compleja red de factores. La omnipresencia de la tecnología ha normalizado la vigilancia, desensibilizando a muchos ante la vulneración de sus datos personales. La complejidad de las políticas de privacidad y los algoritmos opacos genera una sensación de impotencia, alimentando la resignación. Además, la gratificación inmediata de los servicios digitales y la falta de consecuencias tangibles de la pérdida de privacidad fomentan una actitud apática e incluso, indolente. A esto se suma la polarización social, que fragmenta la empatía y dificulta la acción colectiva en defensa de un derecho fundamental.
La falta de involucramiento nos aísla de nuestra comunidad. Nos desconectamos de los problemas que nos afectan a todos, como la pobreza, la desigualdad, la violencia, la inseguridad y el cambio climático. Nos volvemos indiferentes al sufrimiento de los demás, perdiendo nuestra capacidad de empatía y solidaridad.
Pero la segunda es igualmente preocupante. ¿Qué pasó con el trabajo de los organismos garantes? ¿Fue acaso incapacidad de transmitir e incluso educar al pueblo mexicano? ¿De “conectar”, empatizar? Por que los festivales, las fotos, los congresos o simposios, salvo muy honrosas excepciones, siempre iban dirigidos a cualquier público distinto a lo que han dado por llamar “el ciudadano de a pie”. O como dirían los políticos en este momento histórico, “el pueblo bueno”, ese que difícilmente, con la pobre comunicación de los “expertos” y además con pocos recursos a la mano, comprendió la importancia de un andamiaje institucional como el que logró crearse en materia de transparencia y protección de datos personales. Tal vez eso explique la indiferencia en su defensa.
No cabe duda que asistimos y en gran mayoría, las y los mexicanos solo estamos meramente atestiguando los cambios estructurales que nuestro país esta viviendo. En ese sentido, claro que vivimos una transformación. No sé cuál. Pero bien haríamos en hacer a un lado esa indiferencia, para al menos intentar entender cómo afectarán al ejercicio y garantía de nuestros derechos fundamentales.
No involucrarse en la vida del país también tiene un costo personal. Cuando nos alejamos de los asuntos públicos, renunciamos a nuestro derecho a ser escuchados y a contribuir al bienestar de nuestra sociedad. Nos convertimos en meros espectadores de nuestro propio destino, sin voz ni voto. En un mundo cada vez más interconectado, los problemas que enfrentamos son complejos y requieren soluciones colectivas. La participación ciudadana es esencial para construir un futuro más justo, próspero y sostenible para todos. No podemos permitirnos el lujo de la indiferencia.
Es hora de despertar de la apatía y asumir nuestra responsabilidad como mexicanos. Involucrémonos en los asuntos públicos, hagamos oír nuestra voz, exijamos transparencia y rendición de cuentas. Solo así podremos construir el país que queremos y merecemos.
Sobre la autora
Ana Olvera es profesora investigadora de tiempo completo en la Universidad Autónoma del Estado de Hidalgo, con intereses en privacidad, bioética y neuroderechos.
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