Opinión
Desplazados, turistas o empresarios

Pude vivir las tres perspectivas de un fenómeno urbano, que con sigilo lleva décadas metiéndose como la humedad en nuestras dinámicas sociales, “Detrás de los escombros” es una puesta en escena de la compañía de teatro “Súbete el cierre, arte y acción” que por medio de la experiencia te clasifican al azar para hacerte parte de la obra y a la vez crear conciencia sobre el rol que vivimos en nuestra sociedad, pues los treintañeros y más ya estamos sintiendo la ansiedad de saber qué hacer para tener un patrimonio, pues a diferencia de nuestros padres, las oportunidades de adquirir un techo se van complicando cada vez más.
¿De qué estamos hablando? Gentrificación – Elitización por decirlo así, en 1964, la socióloga Ruth Glass lo define como: (…) proceso mediante el cual la población original de un espacio urbano, por lo general céntrico y popular, es progresivamente desplazada por otra de nivel adquisitivo mayor…
Si se te vienen a la mente municipios como Ajijic que presume ser un pueblo gringo o colonias de la Zona Metropolitana de Guadalajara como: Santa Tere, Chapultepec, Barrio Libertad, Mexicaltzingo, La Moderna, Jocotán, etc… estás cayendo en cuenta que de un tiempo para acá ocurrió una conquista urbana y la población que habitaba estos barrios centrales por generaciones ahora ya no se ve más, incluso los comercios locales fueron desplazados a la periferia y en su lugar está la población dominante local que ahora busca pertenecer al espacio de moda.
Y es que no estamos en contra de la dignificación y renovación urbana que no implica un desplazamiento de la población, como se puede ver que nuestros impuestos se ven reflejados en concreto hidráulico para la colonia La Martinica o más centros culturales en zonas de marginación como podría confundirse. La gentrificación va más allá de las transformaciones espaciales y dinámicas de convivencia en los espacios, trayendo consigo políticas urbanas de corte clasista disfrazadas de buenas intenciones —Mi Bici — que a futuro solo benefician a unos pocos.
La gentrificación lleva por lo menos dos décadas desplazando pobladores por todo el país, San Miguel Allende, Puerto Escondido, San Cristóbal de las Casas o Mérida han gentrificado la vida cotidiana de miles de residentes originales, cambiando el estatus social de la zona, haciendo que los pobres empiecen a estorbar para los nuevos habitantes y las inmobiliarias los orillen a vender o dejar de rentar en la colonia, por la demanda de la ubicación todo se encarece y así las personas deben moverse a lugares más accesibles para subsistir.
Las etapas de la gentrificación de un barrio:
- Degradación de los servicios básicos (educación, salud etc.)
- Los medios de comunicación denuncian inseguridad y pobreza
- Las propiedades bajan su precio, puede durar más de una década
- Los grandes grupos inmobiliarios compran un sinnúmero de propiedades
- Sube el costo de vida “nuevas amenidades accesibles para pocos”
- Expulsión de vecinos originarios por convenios o por la fuerza
- El barrio se pone de moda las propiedades suben de precio en pocos años.
¿Cuáles son los factores para que se dé este fenómeno? Para empezar de acuerdo con la OCDE el sector de la construcción es el segundo donde ocurren más sobornos, por ende, no hay una administración en los permisos, no hay un control de rentas para la vivienda digna lo que hace que la avaricia de los dueños que renten y vendan casas a sobre precio a los clasemedieros que deciden vivir para pagar.
¡Barrio libre no se vende, barrio libre se defiende! Algunos medios de comunicación, como éste (Siker), pueden aliarse a visibilizar y apoyar a los grupos vecinales que en estos momentos son presa de la especulación inmobiliaria, el despojo de su cotidianidad, recuerdos y patrimonio histórico; defendámonos, expongamos las causas injustas y protejamos lo que nos queda para las generaciones venideras.
Opinión
Ojo, así se roban tus datos personales

Estimado lector, para mí es un privilegio volver a escribir estas líneas luego de una muy larga ausencia. Sin embargo volveremos a encontrarnos en esta columna cada quincena, analizando los temas de actualidad relacionados con la protección de nuestros datos personales y la privacidad que acontecen tanto en nuestro País como en el mundo.
Evidentemente no podemos dejar de comentar lo sucedido en días pasados en Guadalajara, donde existía -y seguramente siguen existiendo- un call center debidamente instalado para llevar a cabo extorsiones que se extendían no solo al resto de Jalisco, sino hasta a otros veinte estados más de nuestra República, afectando a más de 26 mil personas con llamadas fraudulentas y extorsiones.
Afortunadamente se desmanteló y según declaraciones oficiales se están realizando colaboraciones con instituciones de las demás entidades afectadas, para descubrir a todas las víctimas y por supuesto, invitarlas a denunciar, lo que resulta en una tarea titánica para las autoridades; pero al parecer no lo fue para aquellos cuyo modus vivendi consistía en realizar este tipo de nada honrosas actividades.
Datos personales de los afectados
En ese sentido caben muchas reflexiones, pero la primera es preguntarnos de dónde obtenían la materia prima, es decir, los datos personales de aquellos afectados. Aunque las respuestas pueden variar, quiero que centremos nuestra atención en dos fuentes principales.
La primera y la originaria por excelencia siempre seremos, desafortunadamente, Usted y yo, querido lector. Es decir, nosotros como titulares, dueños de esos datos personales que elegimos, muchas veces sin pararnos a reflexionar en ello, a quién, cómo y para qué le compartimos esta importantísima información.
Y digo que muchas veces sin reflexionarlo lo suficiente, porque participamos a otras personas de manera voluntaria, para poder obtener un bien o servicio; para pedir nuestros alimentos cuando no tenemos tiempo de prepararlos en casa; al inscribirnos a un curso o a nuestros hijos a la escuela, por citar ejemplos cotidianos. Pero también lo hacemos de manera involuntaria, por ejemplo cuando descargamos aplicaciones en nuestro teléfono inteligente o tableta y compartimos datos que no son necesarios; cuando somos poco discretos en una conversación o bien, ¿cuántas veces no hemos tirado a la basura documentación que contiene nuestro nombre u otros datos más sensibles, como nuestra CLABE interbancaria? Seguramente, muchas veces.
Ignoramos el valor de nuestros datos
La segunda causa de obtención de esta información es por medio de aquellos que manejan datos personales, es decir, los responsables si son particulares, o bien los sujetos obligados de orden público. Según me ha tocado atestiguar, parece que cuando la información no nos pertenece, dejamos de tener cuidado en su manejo. Se despersonaliza y solo vemos números, estadísticas, pero olvidamos que detrás de esas cifras, direcciones o palabras, se encuentra una persona que puede verse perjudicada por nuestro descuido de custodia de la información durante el ciclo de vida de los datos personales.
En fin, aunque difícilmente sabremos cómo se obtuvo esa información, es una realidad que decenas de miles de personas se vieron seriamente perjudicadas no solo en su patrimonio, sino muy seguramente hasta en su tranquilidad diaria, por este tipo de acciones ilegales. La invitación es a que le demos la importancia debida a esta información que es tan importante. La que nada más y nada menos, nos hace únicos y nos permite interactuar con el resto de quienes nos rodean. Si tenemos conciencia de la importancia de nuestros datos personales, seguramente nos daremos cuenta de la relevancia que también tiene la información relativa a otras personas.
La tarea primordial
En un entorno tan cambiante como el que vive nuestro mundo y especialmente, nuestro Estado de Derecho, la tarea primordial con la que contamos es velar porque nuestros derechos a la protección de datos personales y la privacidad no sean violentados y es más, que puedan ser garantizados, sobre todo ante la inminente desaparición de los Órganos Garantes en la materia, de lo que hablaremos en nuestra próxima entrega.
Sobre la autora
Ana Olvera es profesora investigadora de tiempo completo en la Universidad Autónoma del Estado de Hidalgo, con intereses en privacidad, bioética y neuroderechos.
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Opinión
La extinción de los institutos de transparencia: ¿falta de empatía o indiferencia?

A veces, hablar de datos personales, de su protección y nuestra privacidad, resulta sumamente abstracto. Aunque incluso trabajemos con ellos, pensemos en la recepcionista de un consultorio médico o el propio profesional de la salud. O en la persona a la que le pedimos la pizza o la comida que consumiremos en ese momento.
Ahora pensemos en las veces que entramos a ciertas redes sociales, como X, Facebook o LinkedIn y encontramos explicaciones acerca de lo importante que es proteger nuestros datos personales, o bien, explicaciones de las resoluciones (que a veces se adjuntan completas) y que más bien, parecen para un público un poco más especializado, que tal vez no seremos nosotros -que solo buscamos un momento de distracción-. En no pocas ocasiones, este tipo de situaciones pasan desapercibidas hasta que somos víctimas de robo de identidad, alguna extorsión o una estafa.
En este sentido cabe preguntarnos al menos dos cosas. La primera, la razón por la que optamos por la indiferencia ante la violación de la privacidad, que se arraiga en una compleja red de factores. La omnipresencia de la tecnología ha normalizado la vigilancia, desensibilizando a muchos ante la vulneración de sus datos personales. La complejidad de las políticas de privacidad y los algoritmos opacos genera una sensación de impotencia, alimentando la resignación. Además, la gratificación inmediata de los servicios digitales y la falta de consecuencias tangibles de la pérdida de privacidad fomentan una actitud apática e incluso, indolente. A esto se suma la polarización social, que fragmenta la empatía y dificulta la acción colectiva en defensa de un derecho fundamental.
La falta de involucramiento nos aísla de nuestra comunidad. Nos desconectamos de los problemas que nos afectan a todos, como la pobreza, la desigualdad, la violencia, la inseguridad y el cambio climático. Nos volvemos indiferentes al sufrimiento de los demás, perdiendo nuestra capacidad de empatía y solidaridad.
Pero la segunda es igualmente preocupante. ¿Qué pasó con el trabajo de los organismos garantes? ¿Fue acaso incapacidad de transmitir e incluso educar al pueblo mexicano? ¿De “conectar”, empatizar? Por que los festivales, las fotos, los congresos o simposios, salvo muy honrosas excepciones, siempre iban dirigidos a cualquier público distinto a lo que han dado por llamar “el ciudadano de a pie”. O como dirían los políticos en este momento histórico, “el pueblo bueno”, ese que difícilmente, con la pobre comunicación de los “expertos” y además con pocos recursos a la mano, comprendió la importancia de un andamiaje institucional como el que logró crearse en materia de transparencia y protección de datos personales. Tal vez eso explique la indiferencia en su defensa.
No cabe duda que asistimos y en gran mayoría, las y los mexicanos solo estamos meramente atestiguando los cambios estructurales que nuestro país esta viviendo. En ese sentido, claro que vivimos una transformación. No sé cuál. Pero bien haríamos en hacer a un lado esa indiferencia, para al menos intentar entender cómo afectarán al ejercicio y garantía de nuestros derechos fundamentales.
No involucrarse en la vida del país también tiene un costo personal. Cuando nos alejamos de los asuntos públicos, renunciamos a nuestro derecho a ser escuchados y a contribuir al bienestar de nuestra sociedad. Nos convertimos en meros espectadores de nuestro propio destino, sin voz ni voto. En un mundo cada vez más interconectado, los problemas que enfrentamos son complejos y requieren soluciones colectivas. La participación ciudadana es esencial para construir un futuro más justo, próspero y sostenible para todos. No podemos permitirnos el lujo de la indiferencia.
Es hora de despertar de la apatía y asumir nuestra responsabilidad como mexicanos. Involucrémonos en los asuntos públicos, hagamos oír nuestra voz, exijamos transparencia y rendición de cuentas. Solo así podremos construir el país que queremos y merecemos.
Sobre la autora
Ana Olvera es profesora investigadora de tiempo completo en la Universidad Autónoma del Estado de Hidalgo, con intereses en privacidad, bioética y neuroderechos.
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JulioZ
13/07/2022 at 13:19
Muy interesante el análisis más a profundidad de la gentrificación y las consecuencias , felicidades.