Guadalajara se ahoga en 13 milímetros. Parte 1

Cada junio, Guadalajara repite el ritual del alcohólico funcional: promete que ahora sí va a cambiar, se pone seria frente al espejo y, a la primera tormenta, vuelve a despertar tirada en López Mateos. Flotan los autos, se paralizan el BRT y el Tren Ligero —tan modernos hasta que cae agua— y aparece el funcionario de turno —da igual si es del Siapa, CEA o Segia, todos comparten guion—, con impermeable moral y libreto reciclado, a invocar a la vieja confiable: la “lluvia atípica”.
Esa criatura fantástica, tan útil como indemostrable, que sirve para explicar todo y responsabilizar a nadie. El problema, para mala suerte del discurso oficial, es que los datos tienen la pésima costumbre de no pedir permiso: dicen justo lo contrario.
Empecemos por lo que cualquier tapatío cercano a los cincuenta años recuerda: la Guadalajara de los años setenta era una ciudad fresca, arbolada, de camellones con jardín y lluvias copiosas que jamás se consideraron una tragedia. Cinco décadas de mala planificación y especulación inmobiliaria después —con sus respectivos cárteles, esos que sí saben manipular expedientes, aunque no el clima—, la Ciudad perdió áreas verdes por habitante a un ritmo que ningún departamento de Ecología logró frenar, invadió cauces con fraccionamientos y selló con concreto y viviendas la capacidad de infiltración que antes amortiguaba cualquier aguacero.
Convertimos a la naturaleza en nuestro enemigo mientras nos acostumbraron al desorden, al grado que hasta un monumento costoso e inerme nos impusieron, a manera de instituto. La naturaleza no cambió radicalmente de comportamiento; la ciudad sí, y para peor; de alguna manera, los tapatíos nos hemos acostumbrado a gobiernos que venden humo con maestría: prometen infraestructura hidráulica y entregan discursos, mientras las colonias populares, especialmente, se convierten en ríos cada temporal.
Veamos la incómoda aritmética. La escala oficial de precipitación —1 milímetro equivale a 1 litro de agua por metro cuadrado— clasifica como “lluvia torrencial” todo lo que supera 75 mm en 24 horas (Semar, s. f.). El día más lluvioso de la última década en el Área Metropolitana de Guadalajara fue el 13 de junio de 2022, con 158 mm: récord absoluto en cuarenta años, superando incluso la marca de 1983 (Milenio, 2022). Ese sí fue un evento extraordinario. Pero ese no es el promedio que inunda la ciudad cada temporal.
El desglose diario de probabilidad e intensidad de lluvia para el AMG —construido a partir del registro histórico de las estaciones meteorológicas de la última década para los cuatro meses de temporal de lluvia que tenemos cada año— muestra que julio, el mes más crítico, combina una probabilidad promedio de 65 %, veinticinco días con probabilidad superior a 60 % y una lluvia promedio de apenas 8.8 mm.
Agosto sostiene 23 días por encima de ese umbral, con un máximo de 7.5 mm. Es decir: los días que más se repiten no traen diluvios bíblicos, traen entre 7 y 13 milímetros. Ninguna ciudad con drenaje funcional se inunda con eso; si 13 mm anegan tu ciudad, tu ciudad está mal diseñada, punto. No importa cuántos programas de “resiliencia urbana” anuncien en ruedas de prensa. No importa cuántas veces nos digan que “estamos trabajando en ello”. El agua no cree en promesas de campaña.
Veámoslo gráficamente:

La gráfica destruye el argumento de la “lluvia atípica”, que se cae por su propio peso. Si más de 600 puntos de inundación se activan con lluvias moderadas —no con la tormenta récord de 2022, sino con el aguacero ordinario de cualquier martes de julio—, lo que tenemos no es un fenómeno meteorológico extraordinario, es una falla estructural ordinaria, repetida, presupuestada y, aparentemente, tolerada. El gobernador lo reconoció sin pretender disfrazarlo, pero olvidó revisar la información cuando afirmó que el drenaje profundo de la ciudad tiene entre 40 y 50 años y su renovación costará unos 9 mil millones de pesos, a desembolsar “poco a poco” durante todo el sexenio (El Informador, 2025). Sucede que en Guadalajara no existe un sistema de “drenaje profundo” como el de Ciudad de México; la ciudad opera con una red de drenaje semicombinado (aguas pluviales y residuales juntas), con algunos tramos diseñados para recibir volúmenes de agua de lluvia, como el colector intermedio oriente, que explotó en 1992 y fue reconstruido posterior a la tragedia. Mientras tanto, el Imeplan ya identificó 35 túneles de “alta prioridad” que pueden anegarse en minutos durante cualquier tormenta (El Informador, 2025).
Pero nuestra especialidad para dejar las cosas mal hechas o para después ya tiene un monumento literal a la desidia: ahí están los Arcos del Milenio, presupuestados en 12 millones de pesos en 1999, inflados a 70 millones con apenas tres de los cuatro arcos construidos, inconclusos hasta hoy, veintiséis años después (Gaceta UdeG, 2022). En ese punto, la avenida que corre debajo se inunda con regularidad casi litúrgica, casualmente desde 2007, en la época de su construcción; en algún momento después se proyectó un colector de 38 millones de pesos, estrenado en 2018 para resolver justamente ese punto, pero fracasó en su primera prueba de fuego (Newsweek en Español, 2018). Ese arco de metal sin terminar es, sin proponérselo, la escultura más honesta que tiene la ciudad: un monumento al dispendio que no resuelve nada, parado justo encima del encharcamiento de agua que logró enaltecer y consolidar en el recuerdo de quienes cruzamos por ese desafortunado punto.
La conclusión técnica, antes de pasar a la factura social que se cobra distinto según el código postal —tema de la segunda entrega—, es esta: el patrón climático explica la temporada de riesgo, pero la magnitud de las inundaciones en el AMG apunta a drenaje insuficiente, impermeabilización acelerada y una planeación urbana que decidió, hace mucho, que ante todo van primero los negocios propios y de amigos, y que, periódicamente, el agua era un problema de otro sexenio.
Sobre el autor
Sergio E. Gómez Partida es consultor en evaluación, gestión para resultados y planificación en sectores público y privado. Información de contacto: sgpartida@gmail.com; en X: @SergioGmezP.
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Gwen
30/06/2026 at 13:16
La mejor poesía nace cuando la realidad incomoda.
@SergioGmezP.
evelin eva quispe huaman
04/08/2026 at 11:02
Nos hacemos los sorprendidos con problemas que ya tienen nombre y apellido.
Si las autoridades no los estudian ni priorizan, todo lo atribuimos a la naturaleza o a la «mala suerte».
evelin eva quispe huaman
04/08/2026 at 11:05
Nos hacemos los sorprendidos con problemas que ya tienen nombre y apellido. Si las autoridades no los estudian ni priorizan, todo lo atribuimos a la naturaleza o a la «mala suerte».