Opinión
La ola de despidos masivos, post Covid-19

Además de la cuesta de enero, el primer mes de 2023 ha traído una enorme cantidad de sucesos, tanto en temas locales, nacionales e internacionales, que auguran un año intenso y movido, gracias a la reactivación de prácticamente todas las actividades que habían sido restringidas desde que comenzó la pandemia. En 2022 hubo una gran disminución en las restricciones alrededor del mundo; muchas personas volvieron a las aulas y oficinas, se reanudaron las competencias deportivas, los conciertos nuevamente fueron masivos y poco a poco el mundo fue retomando su forma después de dos años de ausencia gracias al virus SARS-CoV-2.
Tal como lo previeron varios expertos, el mundo no fue el mismo después de la pandemia, y aunque quizá esto no se vea reflejado en cambios dentro de nuestros hábitos de consumo, es un hecho que nuestra dinámica de vida ha sido otra después del encierro en el que nos mantuvo el Covid-19. Uno de estos factores tiene que ver con la alta digitalización que se generó ante la imposibilidad de realizar actividades de manera presencial. El desarrollo de diversos softwares, plataformas, herramientas, aparatos, apps e infinidad de tecnología con el objetivo de subsanar las carencias que trajo consigo la emergencia sanitaria, hoy en día se mantienen vigentes, haciéndonos la vida más sencilla y ampliando las oportunidades que ofrece la interconectividad gracias al internet.
Una de las empresas que tuvo un crecimiento exponencial durante la pandemia fue Amazon; situándose como la respuesta a las necesidades de las personas que requerían comprar cosas sin salir de casa; el auge de la empresa norteamericana alrededor del mundo, trajo consigo la necesidad de ampliar su base laboral, para dar soporte a la alta demanda de productos, compradores y vendedores, siendo un importante nicho laboral para profesionales que se desempeñaban en la rama de la tecnología. A la par de Amazon, empresas como Spotify, Google, Microsoft, IBM entre otras, gracias a la modalidad “home office”, ampliaron la variedad de servicios que ofrecían, para brindar una mejor atención a los usuarios, que dadas las condiciones sanitarias, pasaban gran parte del día conectados y a través del internet se realizaban prácticamente todas las actividades.
Hoy la realidad es otra, la vuelta a la presencialidad, ha traído consigo una serie de cambios, y por ende los empleos no son la excepción, ya que precisamente gracias a la digitalización y automatización de muchos procesos, las empresas hoy en día no requieren la misma cantidad de trabajadores para sus operaciones, aunado a que la demanda de productos disminuyó con la reapertura y reanudación de actividades desde el año pasado. Esta situación se ha visto reflejada en la ola de despidos masivos en las grandes empresas tecnológicas, el día 5 de enero, Amazon anunció el despido de 18.000 trabajadores; el 18 de enero Microsoft informó de un recorte de plantilla de 10.000 personas; dos días después, la empresa matriz de Google, Alphabet, despidió a 12 mil empleados y el pasado lunes 23, la plataforma de música por stream, Spotify, anunció el despido de 600 empleados, por mencionar tan solo algunos casos de las más de 15 empresas del sector que han cesado a su personal, principalmente en las áreas de comercio electrónico, redes sociales, supermercado online, delivery y ventas online.
Por fortuna para las y los trabajadores del área de las tecnologías, esta rama cada vez va en aumento y en distintos giros se requieren los servicios de algún profesional especializado en ello, por lo tanto no tardarán en encontrar trabajo. Esto a su vez, representa la oportunidad para que estos expertos en tecnología, puedan desarrollar sus ideas, emprender un proyecto y generar nuevas oportunidades de empleo a otras personas; en este sentido, los gobiernos que logren aprovechar esta situación y generar una serie de apoyos e incentivos para desarrollar tecnología y nuevos proyectos, se verán altamente beneficiados al evitar la fuga de cerebros y desarrollar proyectos tecnológicos de escala internacional, lo veremos en los próximos meses…
Nos leemos la siguiente semana con mejores noticias y recuerda luchar, luchar siempre, pero siempre luchar, desde espacios más informados, que construyen realidades menos desiguales y pacíficas.
Opinión
Ojo, así se roban tus datos personales

Estimado lector, para mí es un privilegio volver a escribir estas líneas luego de una muy larga ausencia. Sin embargo volveremos a encontrarnos en esta columna cada quincena, analizando los temas de actualidad relacionados con la protección de nuestros datos personales y la privacidad que acontecen tanto en nuestro País como en el mundo.
Evidentemente no podemos dejar de comentar lo sucedido en días pasados en Guadalajara, donde existía -y seguramente siguen existiendo- un call center debidamente instalado para llevar a cabo extorsiones que se extendían no solo al resto de Jalisco, sino hasta a otros veinte estados más de nuestra República, afectando a más de 26 mil personas con llamadas fraudulentas y extorsiones.
Afortunadamente se desmanteló y según declaraciones oficiales se están realizando colaboraciones con instituciones de las demás entidades afectadas, para descubrir a todas las víctimas y por supuesto, invitarlas a denunciar, lo que resulta en una tarea titánica para las autoridades; pero al parecer no lo fue para aquellos cuyo modus vivendi consistía en realizar este tipo de nada honrosas actividades.
Datos personales de los afectados
En ese sentido caben muchas reflexiones, pero la primera es preguntarnos de dónde obtenían la materia prima, es decir, los datos personales de aquellos afectados. Aunque las respuestas pueden variar, quiero que centremos nuestra atención en dos fuentes principales.
La primera y la originaria por excelencia siempre seremos, desafortunadamente, Usted y yo, querido lector. Es decir, nosotros como titulares, dueños de esos datos personales que elegimos, muchas veces sin pararnos a reflexionar en ello, a quién, cómo y para qué le compartimos esta importantísima información.
Y digo que muchas veces sin reflexionarlo lo suficiente, porque participamos a otras personas de manera voluntaria, para poder obtener un bien o servicio; para pedir nuestros alimentos cuando no tenemos tiempo de prepararlos en casa; al inscribirnos a un curso o a nuestros hijos a la escuela, por citar ejemplos cotidianos. Pero también lo hacemos de manera involuntaria, por ejemplo cuando descargamos aplicaciones en nuestro teléfono inteligente o tableta y compartimos datos que no son necesarios; cuando somos poco discretos en una conversación o bien, ¿cuántas veces no hemos tirado a la basura documentación que contiene nuestro nombre u otros datos más sensibles, como nuestra CLABE interbancaria? Seguramente, muchas veces.
Ignoramos el valor de nuestros datos
La segunda causa de obtención de esta información es por medio de aquellos que manejan datos personales, es decir, los responsables si son particulares, o bien los sujetos obligados de orden público. Según me ha tocado atestiguar, parece que cuando la información no nos pertenece, dejamos de tener cuidado en su manejo. Se despersonaliza y solo vemos números, estadísticas, pero olvidamos que detrás de esas cifras, direcciones o palabras, se encuentra una persona que puede verse perjudicada por nuestro descuido de custodia de la información durante el ciclo de vida de los datos personales.
En fin, aunque difícilmente sabremos cómo se obtuvo esa información, es una realidad que decenas de miles de personas se vieron seriamente perjudicadas no solo en su patrimonio, sino muy seguramente hasta en su tranquilidad diaria, por este tipo de acciones ilegales. La invitación es a que le demos la importancia debida a esta información que es tan importante. La que nada más y nada menos, nos hace únicos y nos permite interactuar con el resto de quienes nos rodean. Si tenemos conciencia de la importancia de nuestros datos personales, seguramente nos daremos cuenta de la relevancia que también tiene la información relativa a otras personas.
La tarea primordial
En un entorno tan cambiante como el que vive nuestro mundo y especialmente, nuestro Estado de Derecho, la tarea primordial con la que contamos es velar porque nuestros derechos a la protección de datos personales y la privacidad no sean violentados y es más, que puedan ser garantizados, sobre todo ante la inminente desaparición de los Órganos Garantes en la materia, de lo que hablaremos en nuestra próxima entrega.
Sobre la autora
Ana Olvera es profesora investigadora de tiempo completo en la Universidad Autónoma del Estado de Hidalgo, con intereses en privacidad, bioética y neuroderechos.
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Opinión
La extinción de los institutos de transparencia: ¿falta de empatía o indiferencia?

A veces, hablar de datos personales, de su protección y nuestra privacidad, resulta sumamente abstracto. Aunque incluso trabajemos con ellos, pensemos en la recepcionista de un consultorio médico o el propio profesional de la salud. O en la persona a la que le pedimos la pizza o la comida que consumiremos en ese momento.
Ahora pensemos en las veces que entramos a ciertas redes sociales, como X, Facebook o LinkedIn y encontramos explicaciones acerca de lo importante que es proteger nuestros datos personales, o bien, explicaciones de las resoluciones (que a veces se adjuntan completas) y que más bien, parecen para un público un poco más especializado, que tal vez no seremos nosotros -que solo buscamos un momento de distracción-. En no pocas ocasiones, este tipo de situaciones pasan desapercibidas hasta que somos víctimas de robo de identidad, alguna extorsión o una estafa.
En este sentido cabe preguntarnos al menos dos cosas. La primera, la razón por la que optamos por la indiferencia ante la violación de la privacidad, que se arraiga en una compleja red de factores. La omnipresencia de la tecnología ha normalizado la vigilancia, desensibilizando a muchos ante la vulneración de sus datos personales. La complejidad de las políticas de privacidad y los algoritmos opacos genera una sensación de impotencia, alimentando la resignación. Además, la gratificación inmediata de los servicios digitales y la falta de consecuencias tangibles de la pérdida de privacidad fomentan una actitud apática e incluso, indolente. A esto se suma la polarización social, que fragmenta la empatía y dificulta la acción colectiva en defensa de un derecho fundamental.
La falta de involucramiento nos aísla de nuestra comunidad. Nos desconectamos de los problemas que nos afectan a todos, como la pobreza, la desigualdad, la violencia, la inseguridad y el cambio climático. Nos volvemos indiferentes al sufrimiento de los demás, perdiendo nuestra capacidad de empatía y solidaridad.
Pero la segunda es igualmente preocupante. ¿Qué pasó con el trabajo de los organismos garantes? ¿Fue acaso incapacidad de transmitir e incluso educar al pueblo mexicano? ¿De “conectar”, empatizar? Por que los festivales, las fotos, los congresos o simposios, salvo muy honrosas excepciones, siempre iban dirigidos a cualquier público distinto a lo que han dado por llamar “el ciudadano de a pie”. O como dirían los políticos en este momento histórico, “el pueblo bueno”, ese que difícilmente, con la pobre comunicación de los “expertos” y además con pocos recursos a la mano, comprendió la importancia de un andamiaje institucional como el que logró crearse en materia de transparencia y protección de datos personales. Tal vez eso explique la indiferencia en su defensa.
No cabe duda que asistimos y en gran mayoría, las y los mexicanos solo estamos meramente atestiguando los cambios estructurales que nuestro país esta viviendo. En ese sentido, claro que vivimos una transformación. No sé cuál. Pero bien haríamos en hacer a un lado esa indiferencia, para al menos intentar entender cómo afectarán al ejercicio y garantía de nuestros derechos fundamentales.
No involucrarse en la vida del país también tiene un costo personal. Cuando nos alejamos de los asuntos públicos, renunciamos a nuestro derecho a ser escuchados y a contribuir al bienestar de nuestra sociedad. Nos convertimos en meros espectadores de nuestro propio destino, sin voz ni voto. En un mundo cada vez más interconectado, los problemas que enfrentamos son complejos y requieren soluciones colectivas. La participación ciudadana es esencial para construir un futuro más justo, próspero y sostenible para todos. No podemos permitirnos el lujo de la indiferencia.
Es hora de despertar de la apatía y asumir nuestra responsabilidad como mexicanos. Involucrémonos en los asuntos públicos, hagamos oír nuestra voz, exijamos transparencia y rendición de cuentas. Solo así podremos construir el país que queremos y merecemos.
Sobre la autora
Ana Olvera es profesora investigadora de tiempo completo en la Universidad Autónoma del Estado de Hidalgo, con intereses en privacidad, bioética y neuroderechos.
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