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Opinión

Los pros y los contras de la Reforma Electorera

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opinión Luis Sánchez Pérez

En la entrega anterior, hicimos un breve análisis de la Reforma Electoral que propuso el Presidente Andrés Manuel López Obrador (AMLO), en abril pasado y que en días recientes comenzó su discusión en el Congreso. A estas alturas, los argumentos que más resuenan cuando se habla de ella tienen que ver con la desaparición del INE y su transformación en el Instituto Nacional Electoral y de Consultas (INEC), el cual seguiría siendo autónomo; la elección directa de las autoridades electorales; la eliminación de los organismos públicos locales y la eliminación de legisladores plurinominales. Las modificaciones constitucionales que se deben realizar si la reforma se aprueba, cambiarían por completo la forma del juego electoral (algo que es urgente desde hace varios años).

Hace unas semanas, Brasil tuvo unas elecciones presidenciales históricas y polarizadas entre el conservador Jair Bolsonaro y el ex presidente y líder social, Luis Ignacio Lula da Silva, quien resultó victorioso, pero no fue hasta la segunda vuelta electoral o balotaje, como se le conoce en algunos países de Latinoamérica, ya que en la primera elección no logró conseguir el 51 por ciento del apoyo popular. Por otro lado, el voto electrónico permitió conocer al ganador de la contienda, tan solo un par de horas después de haber cerrado las casillas. Este tipo de modificaciones e implementaciones, son las acciones que a nuestro sistema electoral le urgen, para poder avanzar a ejercicios democráticos cada vez más representativos, incluyentes y legítimos. El problema actual con la reforma electoral que se discute en el Congreso, es que entre tanto ruido se están dejando de ver modificaciones, que lejos de ser un avance democrático, representan un riesgo de concentración de poder para el partido en turno. Algo que a Morena le cae como anillo al dedo, con dos elecciones importantes en puerta previo al 2024, ya que se juega el próximo año, las gubernaturas del Estado de México y Coahuila, bastiones históricos para el PRI, donde nunca ha perdido una elección.

Desde una primera lectura, la iniciativa tiene aspectos positivos que fortalecen a la democracia, ya que la elección directa de las autoridades electorales, abriría nuevas posibilidades para la participación ciudadana en el proceso de integración de los órganos rectores del sistema electoral, trayendo consigo una ampliación en los derechos políticos de los ciudadanos, a partir de una mayor incidencia de la participación en los procesos electorales, así como una mayor responsabilidad. En consecuencia, la lógica nos dice que habría mayor confianza hacia las autoridades electorales, lo que generaría una renovación de la vida institucional. Sin embargo, como si fuera un caballo de Troya, la reforma electoral propuesta por el Ejecutivo, trae consigo una serie de riesgos al convertir a las autoridades electorales, en juez y parte del juego por el poder, ya que además de quitar el aspecto técnico e institucional para llevarlo al plano de la elección dependiendo el humor político o afinidad a cierto candidato por su campaña, abre la puerta a que los partidos sean quienes mediante acuerdos impongan a los candidatos, ya que en ningún lado se establece ningún candado que evite que las personas candidatas al Consejo General del INEC y la Sala Superior del TEPJF tengan algún tipo de vínculo con los partidos políticos, como sí ocurre en los requisitos para otros cargos públicos.

Por otro lado, al eliminar los plurinominales y dejar que cada estado emita la lista de los legisladores, se borran las formas de acceder al poder para otros partidos que no logran la representación directa, generando un sistema de pesos y contrapesos, ya que los partidos políticos más sólidos, recibirán la mayoría de la votación, en este caso, Morena. Por lo que si esta reforma se aprueba dentro del presente periodo de sesiones que concluye el 15 de diciembre próximo, las elecciones del 2023 y 2024 tendrán una lógica muy distinta, favoreciendo principalmente al partido en el poder, por ello, la reforma debe analizarse con detenimiento y poner especial énfasis en los criterios que nos lleven a ser más democráticos, no a darle más poder al poder, porque entonces hablamos de una mera reforma electorera…

Nos leemos la siguiente semana con mejores noticias y recuerda luchar, luchar siempre, pero siempre luchar, desde espacios más informados, que construyen realidades menos desiguales y pacíficas.

 

 

Sobre el autor
Luis Sánchez Pérez es doctorante y maestro en Políticas y Seguridad Públicas en IEXE Universidad, abogado por la Universidad de Guadalajara. Profesor de asignatura en la Universidad de Guadalajara y en la Universidad Enrique Díaz de León. Investigador de medios de comunicación y participación ciudadana en el Laboratorio de Innovación Democrática. Colaborador semanal en Milenio, El Occidental y El Semanario.

 

 

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Opinión

Ojo, así se roban tus datos personales

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Columna de Ana Olvera sobre el robo de datos personales

Estimado lector, para mí es un privilegio volver a escribir estas líneas luego de una muy larga ausencia. Sin embargo volveremos a encontrarnos en esta columna cada quincena, analizando los temas de actualidad relacionados con la protección de nuestros datos personales y la privacidad que acontecen tanto en nuestro País como en el mundo.

Evidentemente no podemos dejar de comentar lo sucedido en días pasados en Guadalajara, donde existía -y seguramente siguen existiendo- un call center debidamente instalado para llevar a  cabo extorsiones que se extendían no solo al resto de Jalisco, sino hasta a otros veinte estados más de nuestra República, afectando a más de 26 mil personas con llamadas fraudulentas y extorsiones.

Afortunadamente se desmanteló y según declaraciones oficiales se están realizando colaboraciones con instituciones de las demás entidades afectadas, para descubrir a todas las víctimas y por supuesto, invitarlas a denunciar, lo que resulta en una tarea titánica para las autoridades; pero al parecer no lo fue para aquellos cuyo modus vivendi consistía en realizar este tipo de nada honrosas actividades.

Datos personales de los afectados

En ese sentido caben muchas reflexiones, pero la primera es preguntarnos de dónde obtenían la materia prima, es decir, los datos personales de aquellos afectados. Aunque las respuestas pueden variar, quiero que centremos nuestra atención en dos fuentes principales.

La primera y la originaria por excelencia siempre seremos, desafortunadamente, Usted y yo, querido lector. Es decir, nosotros como titulares, dueños de esos datos personales que elegimos, muchas veces sin pararnos a reflexionar en ello, a quién, cómo y para qué le compartimos esta importantísima información.

Y digo que muchas veces sin reflexionarlo lo suficiente, porque participamos a otras personas de manera voluntaria, para poder obtener un bien o servicio; para pedir nuestros alimentos cuando no tenemos tiempo de prepararlos en casa; al inscribirnos a un curso o a nuestros hijos a la escuela, por citar ejemplos cotidianos. Pero también lo hacemos de manera involuntaria, por ejemplo cuando descargamos aplicaciones en nuestro teléfono inteligente o tableta y compartimos datos que no son necesarios; cuando somos poco discretos en una conversación o bien, ¿cuántas veces no hemos tirado a la basura documentación que contiene nuestro nombre u otros datos más sensibles, como nuestra CLABE interbancaria? Seguramente, muchas veces.

Ignoramos el valor de nuestros datos

La segunda causa de obtención de esta información es por medio de aquellos que manejan datos personales, es decir, los responsables si son particulares, o bien los sujetos obligados de orden público. Según me ha tocado atestiguar, parece que cuando la información no nos pertenece, dejamos de tener cuidado en su manejo. Se despersonaliza y solo vemos números, estadísticas, pero olvidamos que detrás de esas cifras, direcciones o palabras, se encuentra una persona que puede verse perjudicada por nuestro descuido de custodia de la información durante el ciclo de vida de los datos personales.

En fin, aunque difícilmente sabremos cómo se obtuvo esa información, es una realidad que decenas de miles de personas se vieron seriamente perjudicadas no solo en su patrimonio, sino muy seguramente hasta en su tranquilidad diaria, por este tipo de acciones ilegales. La invitación es a que le demos la importancia debida a esta información que es tan importante. La que nada más y nada menos, nos hace únicos y nos permite interactuar con el resto de quienes nos rodean. Si tenemos conciencia de la importancia de nuestros datos personales, seguramente nos daremos cuenta de la relevancia que también tiene la información relativa a otras personas. 

La tarea primordial

En un entorno tan cambiante como el que vive nuestro mundo y especialmente, nuestro Estado de Derecho, la tarea primordial con la que contamos es velar porque nuestros derechos a la protección de datos personales y la privacidad no sean violentados y es más, que puedan ser garantizados, sobre todo ante la inminente desaparición de los Órganos Garantes en la materia, de lo que hablaremos en nuestra próxima entrega.

Sobre la autora

Ana Olvera es profesora investigadora de tiempo completo en la Universidad Autónoma del Estado de Hidalgo, con intereses en privacidad, bioética y neuroderechos.

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Opinión

La extinción de los institutos de transparencia: ¿falta de empatía o indiferencia?

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A veces, hablar de datos personales, de su protección y nuestra privacidad, resulta sumamente abstracto. Aunque incluso trabajemos con ellos, pensemos en la recepcionista de un consultorio médico o el propio profesional de la salud. O en la persona a la que le pedimos la pizza o la comida que consumiremos en ese momento.

Ahora pensemos en las veces que entramos a ciertas redes sociales, como X, Facebook o LinkedIn y encontramos explicaciones acerca de lo importante que es proteger nuestros datos personales, o bien, explicaciones de las resoluciones (que a veces se adjuntan completas) y que más bien, parecen para un público un poco más especializado, que tal vez no seremos nosotros -que solo buscamos un momento de distracción-. En no pocas ocasiones, este tipo de situaciones pasan desapercibidas hasta que somos víctimas de robo de identidad, alguna extorsión o una estafa.

En este sentido cabe preguntarnos al menos dos cosas. La primera, la razón por la que optamos por la indiferencia ante la violación de la privacidad, que se arraiga en una compleja red de factores. La omnipresencia de la tecnología ha normalizado la vigilancia, desensibilizando a muchos ante la vulneración de sus datos personales. La complejidad de las políticas de privacidad y los algoritmos opacos genera una sensación de impotencia, alimentando la resignación. Además, la gratificación inmediata de los servicios digitales y la falta de consecuencias tangibles de la pérdida de privacidad fomentan una actitud apática e incluso, indolente. A esto se suma la polarización social, que fragmenta la empatía y dificulta la acción colectiva en defensa de un derecho fundamental.

La falta de involucramiento nos aísla de nuestra comunidad. Nos desconectamos de los problemas que nos afectan a todos, como la pobreza, la desigualdad, la violencia, la inseguridad y el cambio climático. Nos volvemos indiferentes al sufrimiento de los demás, perdiendo nuestra capacidad de empatía y solidaridad.

Pero la segunda es igualmente preocupante. ¿Qué pasó con el trabajo de los organismos garantes? ¿Fue acaso incapacidad de transmitir e incluso educar al pueblo mexicano? ¿De “conectar”, empatizar? Por que los festivales, las fotos, los congresos o simposios, salvo muy honrosas excepciones, siempre iban dirigidos a cualquier público distinto a lo que han dado por llamar “el ciudadano de a pie”. O como dirían los políticos en este momento histórico, “el pueblo bueno”, ese que difícilmente, con la pobre comunicación de los “expertos” y además con pocos recursos a la mano, comprendió la importancia de un andamiaje institucional como el que logró crearse en materia de transparencia y protección de datos personales. Tal vez eso explique la indiferencia en su defensa.

No cabe duda que asistimos y en gran mayoría, las y los mexicanos solo estamos meramente atestiguando los cambios estructurales que nuestro país esta viviendo. En ese sentido, claro que vivimos una transformación. No sé cuál. Pero bien haríamos en hacer a un lado esa indiferencia, para al menos intentar entender cómo afectarán al ejercicio y garantía de nuestros derechos fundamentales.

No involucrarse en la vida del país también tiene un costo personal. Cuando nos alejamos de los asuntos públicos, renunciamos a nuestro derecho a ser escuchados y a contribuir al bienestar de nuestra sociedad. Nos convertimos en meros espectadores de nuestro propio destino, sin voz ni voto. En un mundo cada vez más interconectado, los problemas que enfrentamos son complejos y requieren soluciones colectivas. La participación ciudadana es esencial para construir un futuro más justo, próspero y sostenible para todos. No podemos permitirnos el lujo de la indiferencia.

Es hora de despertar de la apatía y asumir nuestra responsabilidad como mexicanos. Involucrémonos en los asuntos públicos, hagamos oír nuestra voz, exijamos transparencia y rendición de cuentas. Solo así podremos construir el país que queremos y merecemos.

Sobre la autora

Ana Olvera es profesora investigadora de tiempo completo en la Universidad Autónoma del Estado de Hidalgo, con intereses en privacidad, bioética y neuroderechos.
 

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