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Opinión

Museos hacia el futuro

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Los museos son considerados como espacios de memoria que preservan, conservan y exhiben objetos, estas instituciones, que tienen un rol en la sociedad y algunas se mantienen de nuestros impuestos, llevan tiempo cuestionándose cuál es su papel en la actualidad y cuáles son las barreras que se han impuesto para que solo un tipo de público sea el que visite y asista a las carteleras de actividades que se ofrecen.

Desde 2019 el Consejo Internacional de Museos (ICOM) lanzó una convocatoria para que en colectivo se redactara una nueva definición de museo, ya que no se había discutido por décadas el significado y por ende muchas de estas instituciones habían operado con la misma fórmula: abrir para exhibir la colección y no salir a buscar públicos.

Este mayo pasado fue histórico para los museos del mundo, no solo por ser el mes que conmemora a estos espacios, sino porque se presentaron cinco propuestas de definición gracias a la activa participación de 116 Comités del ICOM, sin embargo, una definición no es la fórmula mágica para que todos los museos se actualicen y sean inundados por filas de visitantes queriendo entrar.

También en mayo se cumplieron 50 años de «La Mesa de Santiago», un hito para los trabajadores de museos donde se expuso una declaratoria clave que comenzó a cambiar la forma de percibir al museo y se expuso la necesidad de construir un “museo integral” que ofreciera experiencias para el visitante, ya que sin visitantes el museo no tiene razón de ser. La museología social o nueva museología es un término que desde aquella mesa de diálogo se discute como un fenómeno histórico y como un sistema de valores; una museología de acción que está en sintonía con la comunidad para la que trabaja.

Se valora el edificio donde está instalado, que en muchas ocasiones es patrimonial, es considerado invaluable lo que se exhibe. Y quienes laboran en él, museógrafos, museólogos y curadores en ocasiones durante la inauguración de exposiciones solo se hablan a sí mismo en los discursos. 

Algunos museos no consideran siquiera el contexto vecinal que podría ser su público inmediato, incluso cautivo de cada exhibición.

En México ya son muchos los museos en transición a este tipo de museología, por dar algunos ejemplos, el Museo Interactivo de Economía (MIDE), ubicado en la CDMX, se anuncia en otros estados por medio de publicidad en para buses puesto que cuenta con un museo virtual con actividades en línea para diferentes edades y es que durante la planeación y apertura de este museo ellos -el personal del museo- comentan que se trabajó con los públicos potenciales del museo para la creación del contenido, es decir preguntaron ¿qué les interesa?  y ¿cómo lo comunicamos?, considerar al visitante como parte central del museo es lo que la nueva museología tiene como premisa.

Jalisco tiene museos especializados para diferentes intereses, museos de sitio como Guachimontones, el Cabañas considerado Patrimonio de la Humanidad o museos premiados por su curaduría como el Museo de Paleontología, también museos donde su arquitectura como el MUSA de la UdeG impone cada que pasamos sobre Avenida Vallarta y Enrique Díaz de León, este último invita del 14 de junio al 6 de agosto a la presencia de su artista residente Paola Avalos, quien es especialista en encáustica una técnica milenaria empleada por egipcios, romanos y artistas mexicanos como Diego Rivera y José Clemente Orozco.

El programa Artista en residencia del Musa tiene la finalidad de poner en contacto al visitante del museo con las diferentes etapas del proceso creativo de la autora. En la sala se puede interactuar con la artista y participar directamente en su trabajo.

La directora del MUSA, Maribel Arteaga, refiere que la residencia está dirigida a las y los artistas jaliscienses para que enseñen al público en el MUSA, gracias al financiamiento del Legado Grodman y la colaboración de la University of Guadalajara Foundation USA.

Talvez se podrá polemizar que algunos museos apenas tienen un presupuesto ya etiquetado para operar, pero de ahí parte que los trabajadores de estos espacios tengan perfiles de gestión cultural y procuración de fondos que hagan posibles los vínculos necesarios para presentar actividades como el ejemplo anterior que suma a vivir una experiencia diferente a solo pasar a contemplar en silencio y no tocar las obras. 

 

 

 

Sobre la autora
Cristina Martínez Avendaño es licenciada en Diseño para la Comunicación Gráfica por la Universidad Enrique Díaz de León y maestra Gestión y Desarrollo Cultural por la Universidad de Guadalajara.

 

 

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1 Comment

1 Comments

  1. Vanessa Cabuto

    28/06/2022 at 17:39

    Muy interesante el artículo. Da para cuestionarnos los tipos de museos que tenemos y los que nos gustaría tener en nuestro estado. Gracias por orientarme con tu opinión. Saludos. 🙂

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Opinión

Ojo, así se roban tus datos personales

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Columna de Ana Olvera sobre el robo de datos personales

Estimado lector, para mí es un privilegio volver a escribir estas líneas luego de una muy larga ausencia. Sin embargo volveremos a encontrarnos en esta columna cada quincena, analizando los temas de actualidad relacionados con la protección de nuestros datos personales y la privacidad que acontecen tanto en nuestro País como en el mundo.

Evidentemente no podemos dejar de comentar lo sucedido en días pasados en Guadalajara, donde existía -y seguramente siguen existiendo- un call center debidamente instalado para llevar a  cabo extorsiones que se extendían no solo al resto de Jalisco, sino hasta a otros veinte estados más de nuestra República, afectando a más de 26 mil personas con llamadas fraudulentas y extorsiones.

Afortunadamente se desmanteló y según declaraciones oficiales se están realizando colaboraciones con instituciones de las demás entidades afectadas, para descubrir a todas las víctimas y por supuesto, invitarlas a denunciar, lo que resulta en una tarea titánica para las autoridades; pero al parecer no lo fue para aquellos cuyo modus vivendi consistía en realizar este tipo de nada honrosas actividades.

Datos personales de los afectados

En ese sentido caben muchas reflexiones, pero la primera es preguntarnos de dónde obtenían la materia prima, es decir, los datos personales de aquellos afectados. Aunque las respuestas pueden variar, quiero que centremos nuestra atención en dos fuentes principales.

La primera y la originaria por excelencia siempre seremos, desafortunadamente, Usted y yo, querido lector. Es decir, nosotros como titulares, dueños de esos datos personales que elegimos, muchas veces sin pararnos a reflexionar en ello, a quién, cómo y para qué le compartimos esta importantísima información.

Y digo que muchas veces sin reflexionarlo lo suficiente, porque participamos a otras personas de manera voluntaria, para poder obtener un bien o servicio; para pedir nuestros alimentos cuando no tenemos tiempo de prepararlos en casa; al inscribirnos a un curso o a nuestros hijos a la escuela, por citar ejemplos cotidianos. Pero también lo hacemos de manera involuntaria, por ejemplo cuando descargamos aplicaciones en nuestro teléfono inteligente o tableta y compartimos datos que no son necesarios; cuando somos poco discretos en una conversación o bien, ¿cuántas veces no hemos tirado a la basura documentación que contiene nuestro nombre u otros datos más sensibles, como nuestra CLABE interbancaria? Seguramente, muchas veces.

Ignoramos el valor de nuestros datos

La segunda causa de obtención de esta información es por medio de aquellos que manejan datos personales, es decir, los responsables si son particulares, o bien los sujetos obligados de orden público. Según me ha tocado atestiguar, parece que cuando la información no nos pertenece, dejamos de tener cuidado en su manejo. Se despersonaliza y solo vemos números, estadísticas, pero olvidamos que detrás de esas cifras, direcciones o palabras, se encuentra una persona que puede verse perjudicada por nuestro descuido de custodia de la información durante el ciclo de vida de los datos personales.

En fin, aunque difícilmente sabremos cómo se obtuvo esa información, es una realidad que decenas de miles de personas se vieron seriamente perjudicadas no solo en su patrimonio, sino muy seguramente hasta en su tranquilidad diaria, por este tipo de acciones ilegales. La invitación es a que le demos la importancia debida a esta información que es tan importante. La que nada más y nada menos, nos hace únicos y nos permite interactuar con el resto de quienes nos rodean. Si tenemos conciencia de la importancia de nuestros datos personales, seguramente nos daremos cuenta de la relevancia que también tiene la información relativa a otras personas. 

La tarea primordial

En un entorno tan cambiante como el que vive nuestro mundo y especialmente, nuestro Estado de Derecho, la tarea primordial con la que contamos es velar porque nuestros derechos a la protección de datos personales y la privacidad no sean violentados y es más, que puedan ser garantizados, sobre todo ante la inminente desaparición de los Órganos Garantes en la materia, de lo que hablaremos en nuestra próxima entrega.

Sobre la autora

Ana Olvera es profesora investigadora de tiempo completo en la Universidad Autónoma del Estado de Hidalgo, con intereses en privacidad, bioética y neuroderechos.

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Opinión

La extinción de los institutos de transparencia: ¿falta de empatía o indiferencia?

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A veces, hablar de datos personales, de su protección y nuestra privacidad, resulta sumamente abstracto. Aunque incluso trabajemos con ellos, pensemos en la recepcionista de un consultorio médico o el propio profesional de la salud. O en la persona a la que le pedimos la pizza o la comida que consumiremos en ese momento.

Ahora pensemos en las veces que entramos a ciertas redes sociales, como X, Facebook o LinkedIn y encontramos explicaciones acerca de lo importante que es proteger nuestros datos personales, o bien, explicaciones de las resoluciones (que a veces se adjuntan completas) y que más bien, parecen para un público un poco más especializado, que tal vez no seremos nosotros -que solo buscamos un momento de distracción-. En no pocas ocasiones, este tipo de situaciones pasan desapercibidas hasta que somos víctimas de robo de identidad, alguna extorsión o una estafa.

En este sentido cabe preguntarnos al menos dos cosas. La primera, la razón por la que optamos por la indiferencia ante la violación de la privacidad, que se arraiga en una compleja red de factores. La omnipresencia de la tecnología ha normalizado la vigilancia, desensibilizando a muchos ante la vulneración de sus datos personales. La complejidad de las políticas de privacidad y los algoritmos opacos genera una sensación de impotencia, alimentando la resignación. Además, la gratificación inmediata de los servicios digitales y la falta de consecuencias tangibles de la pérdida de privacidad fomentan una actitud apática e incluso, indolente. A esto se suma la polarización social, que fragmenta la empatía y dificulta la acción colectiva en defensa de un derecho fundamental.

La falta de involucramiento nos aísla de nuestra comunidad. Nos desconectamos de los problemas que nos afectan a todos, como la pobreza, la desigualdad, la violencia, la inseguridad y el cambio climático. Nos volvemos indiferentes al sufrimiento de los demás, perdiendo nuestra capacidad de empatía y solidaridad.

Pero la segunda es igualmente preocupante. ¿Qué pasó con el trabajo de los organismos garantes? ¿Fue acaso incapacidad de transmitir e incluso educar al pueblo mexicano? ¿De “conectar”, empatizar? Por que los festivales, las fotos, los congresos o simposios, salvo muy honrosas excepciones, siempre iban dirigidos a cualquier público distinto a lo que han dado por llamar “el ciudadano de a pie”. O como dirían los políticos en este momento histórico, “el pueblo bueno”, ese que difícilmente, con la pobre comunicación de los “expertos” y además con pocos recursos a la mano, comprendió la importancia de un andamiaje institucional como el que logró crearse en materia de transparencia y protección de datos personales. Tal vez eso explique la indiferencia en su defensa.

No cabe duda que asistimos y en gran mayoría, las y los mexicanos solo estamos meramente atestiguando los cambios estructurales que nuestro país esta viviendo. En ese sentido, claro que vivimos una transformación. No sé cuál. Pero bien haríamos en hacer a un lado esa indiferencia, para al menos intentar entender cómo afectarán al ejercicio y garantía de nuestros derechos fundamentales.

No involucrarse en la vida del país también tiene un costo personal. Cuando nos alejamos de los asuntos públicos, renunciamos a nuestro derecho a ser escuchados y a contribuir al bienestar de nuestra sociedad. Nos convertimos en meros espectadores de nuestro propio destino, sin voz ni voto. En un mundo cada vez más interconectado, los problemas que enfrentamos son complejos y requieren soluciones colectivas. La participación ciudadana es esencial para construir un futuro más justo, próspero y sostenible para todos. No podemos permitirnos el lujo de la indiferencia.

Es hora de despertar de la apatía y asumir nuestra responsabilidad como mexicanos. Involucrémonos en los asuntos públicos, hagamos oír nuestra voz, exijamos transparencia y rendición de cuentas. Solo así podremos construir el país que queremos y merecemos.

Sobre la autora

Ana Olvera es profesora investigadora de tiempo completo en la Universidad Autónoma del Estado de Hidalgo, con intereses en privacidad, bioética y neuroderechos.
 

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