Opinión
Apple Music y Spotify, la batalla por el streaming

Esos días de descargar canciones para tenerlas en tu celular y rezar para que los virus no dañaran tu equipo han quedado muy lejos, Spotify y Apple Music se han encargado de ponernos todas las rolas al instante, uno con paga forzada y el otro con la opción además de escucharla tipo radio, pero ¿qué hay detrás de ellas?
Nomás para tener un poquito más de contexto, deje le comento antes algo. YouTube de Google tuvo la oportunidad de quedarse con todo el pastel de las reproducciones en streaming, pero desairó la idea para quedarse solo con video, a pesar de los millones de reproducciones que tenían las canciones en su plataforma que los usuarios subían con una edición bastante precaria, de Windows Maker, básicamente; pero no vieron el negocio a pesar de que lo tenían en sus narices, y digo, ¿quién ponía esos videos para verla la ‘fabulosa’ edición casera? Nadie, nunca.
Spotify entra como startup en el mercado de las apps en 2011 acá en occidente, nació en 2006 en Suecia, tuvo presencia por años en Europa, pero hasta que inició su expansión en el continente Americano fue cuando comenzó a tomar presencia, cosa que Apple no le preocupó, pues con iTunes ellos buscaban estar en el mercado de la música, pero a diferencia de Spotify, sí existía una descarga, es decir, tus compras ocupaban espacio en tus equipos.
Rápidamente Spotify se posicionó, ofreciendo dos versiones al descargar la app, la normal tipo radio, en la que puedes escoger una rola de vez en cuando, y chutarte 10 más que arroja la aplicación, más comerciales; y se encuentra la versión Premium, con una mensualidad de 99 pesos en la que puedes escuchar todo su material streaming, además de poder descargar en playlist tus canciones favoritas.
Ahora que sale a la bolsa de valores, Spotify reveló que tiene 159 millones de usuarios, de los cuales, 79 millones están con la cuenta Premium, mientras que Apple Music solo cuenta con 38 millones de usuarios, eso sí, todos de paga, porque esta app no permite escuchar nada a menos que pagues por el streaming, vayas a iTunes y pagues descargas, o de plano de manera pirata le pongas las canciones a tu iPhone.
Pero si será raro el mundo de los negocios, uno podría creer que con esa cantidad de personas suscritas a Spotify no tendrían problemas económicos, pero la verdad dolorosa es que perdieron mil 200 millones de dólares en 2017, ¿whaaaaat? D:
De ahí su urgencia de salir a la bolsa para fondearse y recapitalizarse. Mientras que Apple, pues creció dos millones de seguidores en el mismo lapso, según reportan, pero esto no quiere decir que le va ganando en la competencia del streaming, está muy por debajo de hacerlo, pero a diferencia del otro mantiene un paso firme hasta el momento.
Ambas compañías acaparan el ‘pastel’ de usuarios, han dejado migajas a compañías como Pandora, Google Music Play, Deezer o TIDAL, y han hecho quebrar a otras tantas que quisieron jugarle al vivo, pero lo cierto es que el pago de las regalías por reproducción y licencias se las comieron.
¿Regalías por reproducción? ¿Licencias? ¿De qué rayos hablas Tio Rich? Pues de que cada que reproduces una canción en tu smartphone unos centavitos se destinan para pagar el derecho de que suene en tus oídos, algo así como 0.0064 centavos de dólar en el caso de Apple Music, y Spotify 0.0038 centavos.
Pero ya me extendí de más, por lo pronto aquí le dejamos porque existen otros temas que tratar sobre estas dos aplicaciones, como la configuración de sus playlist, como Apple ha incluido curadores de élite para conformarlas, y demás monadas.
Ricardo Gómez es periodista. Escribe para diarios de Guadalajara y se ha desempeñado como productor y conductor de radio y televisión. Fundador de cuarta.
Opinión
Ojo, así se roban tus datos personales

Estimado lector, para mí es un privilegio volver a escribir estas líneas luego de una muy larga ausencia. Sin embargo volveremos a encontrarnos en esta columna cada quincena, analizando los temas de actualidad relacionados con la protección de nuestros datos personales y la privacidad que acontecen tanto en nuestro País como en el mundo.
Evidentemente no podemos dejar de comentar lo sucedido en días pasados en Guadalajara, donde existía -y seguramente siguen existiendo- un call center debidamente instalado para llevar a cabo extorsiones que se extendían no solo al resto de Jalisco, sino hasta a otros veinte estados más de nuestra República, afectando a más de 26 mil personas con llamadas fraudulentas y extorsiones.
Afortunadamente se desmanteló y según declaraciones oficiales se están realizando colaboraciones con instituciones de las demás entidades afectadas, para descubrir a todas las víctimas y por supuesto, invitarlas a denunciar, lo que resulta en una tarea titánica para las autoridades; pero al parecer no lo fue para aquellos cuyo modus vivendi consistía en realizar este tipo de nada honrosas actividades.
Datos personales de los afectados
En ese sentido caben muchas reflexiones, pero la primera es preguntarnos de dónde obtenían la materia prima, es decir, los datos personales de aquellos afectados. Aunque las respuestas pueden variar, quiero que centremos nuestra atención en dos fuentes principales.
La primera y la originaria por excelencia siempre seremos, desafortunadamente, Usted y yo, querido lector. Es decir, nosotros como titulares, dueños de esos datos personales que elegimos, muchas veces sin pararnos a reflexionar en ello, a quién, cómo y para qué le compartimos esta importantísima información.
Y digo que muchas veces sin reflexionarlo lo suficiente, porque participamos a otras personas de manera voluntaria, para poder obtener un bien o servicio; para pedir nuestros alimentos cuando no tenemos tiempo de prepararlos en casa; al inscribirnos a un curso o a nuestros hijos a la escuela, por citar ejemplos cotidianos. Pero también lo hacemos de manera involuntaria, por ejemplo cuando descargamos aplicaciones en nuestro teléfono inteligente o tableta y compartimos datos que no son necesarios; cuando somos poco discretos en una conversación o bien, ¿cuántas veces no hemos tirado a la basura documentación que contiene nuestro nombre u otros datos más sensibles, como nuestra CLABE interbancaria? Seguramente, muchas veces.
Ignoramos el valor de nuestros datos
La segunda causa de obtención de esta información es por medio de aquellos que manejan datos personales, es decir, los responsables si son particulares, o bien los sujetos obligados de orden público. Según me ha tocado atestiguar, parece que cuando la información no nos pertenece, dejamos de tener cuidado en su manejo. Se despersonaliza y solo vemos números, estadísticas, pero olvidamos que detrás de esas cifras, direcciones o palabras, se encuentra una persona que puede verse perjudicada por nuestro descuido de custodia de la información durante el ciclo de vida de los datos personales.
En fin, aunque difícilmente sabremos cómo se obtuvo esa información, es una realidad que decenas de miles de personas se vieron seriamente perjudicadas no solo en su patrimonio, sino muy seguramente hasta en su tranquilidad diaria, por este tipo de acciones ilegales. La invitación es a que le demos la importancia debida a esta información que es tan importante. La que nada más y nada menos, nos hace únicos y nos permite interactuar con el resto de quienes nos rodean. Si tenemos conciencia de la importancia de nuestros datos personales, seguramente nos daremos cuenta de la relevancia que también tiene la información relativa a otras personas.
La tarea primordial
En un entorno tan cambiante como el que vive nuestro mundo y especialmente, nuestro Estado de Derecho, la tarea primordial con la que contamos es velar porque nuestros derechos a la protección de datos personales y la privacidad no sean violentados y es más, que puedan ser garantizados, sobre todo ante la inminente desaparición de los Órganos Garantes en la materia, de lo que hablaremos en nuestra próxima entrega.
Sobre la autora
Ana Olvera es profesora investigadora de tiempo completo en la Universidad Autónoma del Estado de Hidalgo, con intereses en privacidad, bioética y neuroderechos.
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Opinión
La extinción de los institutos de transparencia: ¿falta de empatía o indiferencia?

A veces, hablar de datos personales, de su protección y nuestra privacidad, resulta sumamente abstracto. Aunque incluso trabajemos con ellos, pensemos en la recepcionista de un consultorio médico o el propio profesional de la salud. O en la persona a la que le pedimos la pizza o la comida que consumiremos en ese momento.
Ahora pensemos en las veces que entramos a ciertas redes sociales, como X, Facebook o LinkedIn y encontramos explicaciones acerca de lo importante que es proteger nuestros datos personales, o bien, explicaciones de las resoluciones (que a veces se adjuntan completas) y que más bien, parecen para un público un poco más especializado, que tal vez no seremos nosotros -que solo buscamos un momento de distracción-. En no pocas ocasiones, este tipo de situaciones pasan desapercibidas hasta que somos víctimas de robo de identidad, alguna extorsión o una estafa.
En este sentido cabe preguntarnos al menos dos cosas. La primera, la razón por la que optamos por la indiferencia ante la violación de la privacidad, que se arraiga en una compleja red de factores. La omnipresencia de la tecnología ha normalizado la vigilancia, desensibilizando a muchos ante la vulneración de sus datos personales. La complejidad de las políticas de privacidad y los algoritmos opacos genera una sensación de impotencia, alimentando la resignación. Además, la gratificación inmediata de los servicios digitales y la falta de consecuencias tangibles de la pérdida de privacidad fomentan una actitud apática e incluso, indolente. A esto se suma la polarización social, que fragmenta la empatía y dificulta la acción colectiva en defensa de un derecho fundamental.
La falta de involucramiento nos aísla de nuestra comunidad. Nos desconectamos de los problemas que nos afectan a todos, como la pobreza, la desigualdad, la violencia, la inseguridad y el cambio climático. Nos volvemos indiferentes al sufrimiento de los demás, perdiendo nuestra capacidad de empatía y solidaridad.
Pero la segunda es igualmente preocupante. ¿Qué pasó con el trabajo de los organismos garantes? ¿Fue acaso incapacidad de transmitir e incluso educar al pueblo mexicano? ¿De “conectar”, empatizar? Por que los festivales, las fotos, los congresos o simposios, salvo muy honrosas excepciones, siempre iban dirigidos a cualquier público distinto a lo que han dado por llamar “el ciudadano de a pie”. O como dirían los políticos en este momento histórico, “el pueblo bueno”, ese que difícilmente, con la pobre comunicación de los “expertos” y además con pocos recursos a la mano, comprendió la importancia de un andamiaje institucional como el que logró crearse en materia de transparencia y protección de datos personales. Tal vez eso explique la indiferencia en su defensa.
No cabe duda que asistimos y en gran mayoría, las y los mexicanos solo estamos meramente atestiguando los cambios estructurales que nuestro país esta viviendo. En ese sentido, claro que vivimos una transformación. No sé cuál. Pero bien haríamos en hacer a un lado esa indiferencia, para al menos intentar entender cómo afectarán al ejercicio y garantía de nuestros derechos fundamentales.
No involucrarse en la vida del país también tiene un costo personal. Cuando nos alejamos de los asuntos públicos, renunciamos a nuestro derecho a ser escuchados y a contribuir al bienestar de nuestra sociedad. Nos convertimos en meros espectadores de nuestro propio destino, sin voz ni voto. En un mundo cada vez más interconectado, los problemas que enfrentamos son complejos y requieren soluciones colectivas. La participación ciudadana es esencial para construir un futuro más justo, próspero y sostenible para todos. No podemos permitirnos el lujo de la indiferencia.
Es hora de despertar de la apatía y asumir nuestra responsabilidad como mexicanos. Involucrémonos en los asuntos públicos, hagamos oír nuestra voz, exijamos transparencia y rendición de cuentas. Solo así podremos construir el país que queremos y merecemos.
Sobre la autora
Ana Olvera es profesora investigadora de tiempo completo en la Universidad Autónoma del Estado de Hidalgo, con intereses en privacidad, bioética y neuroderechos.
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