¿Qué hacemos con el SIAPA? Parte 3

Tras haber revisado en las entregas anteriores la anemia financiera y la esclerosis institucional operativa del Sistema Intermunicipal de los Servicios de Agua Potable y Alcantarillado (SIAPA), toca ahora hablar de lo que realmente importa: la reconstrucción. Pero antes de sacar la calculadora y el vernier, nos toca mirarnos al espejo como sociedad.
1. Descolonizar el grifo: Más allá del fetiche de la tubería
Durante décadas, en el Área Metropolitana de Guadalajara (AMG) hemos asumido que la gestión del agua sea un “asunto de ingenieros”. Con el respeto que merece la disciplina, pero la gestión hidrosanitaria ha sido colonizada por una visión puramente física que reduce el ciclo del agua a un sistema de presiones, análisis químicos, válvulas y diámetros. Hemos olvidado que el agua no fluye solo por tubos, sino por realidades sociales, marcos jurídicos, vulnerabilidades de salud y equilibrios ecosistémicos.
Es urgente descolonizar el conocimiento hidrosanitario. Necesitamos sentar a la mesa no solo al que sabe de hidráulica o saneamiento, sino al economista que entiende de elasticidad de la demanda, al sociólogo que comprende la segregación urbana, al abogado que defiende el derecho humano al agua y, sobre todo, al ciudadano que recibe el “chocolate” líquido en su casa.
En el bréte mexicano de “querer ser siempre el niño en el bautizo, el novio en la boda y el muerto en el entierro”, nos hemos olvidado de que la construcción conjunta no es un concurso de egos; en este caso, es nuestra balsa de salvamento.
Si no somos capaces de generar consensos y evitar protagonismos estériles, seguiremos ahogándonos en un vaso de agua… sucia. La solución debe ser multidimensional o no será.
2. La arquitectura de la solución: Orientarse a resultados.
Para aquellos que creen que la administración pública es solo “imaginarse en el futuro”, “echarle ganas” o peor, salir en videos, permítanme ejemplificar un ejercicio de Cadena de Valor Público aplicado a la potabilización, ese proceso místico que el SIAPA parece haber olvidado en algún cajón de la colonia moderna.
A. El diagnóstico del lodo
La problemática es clara: Agua con parámetros de turbiedad y presencia de metales fuera de norma en puntos críticos de la red. Las causas no son “el destino” o “el crecimiento urbano”; son el desdén del diseño institucional y su operación: la obsolescencia o caducidad de las plantas potabilizadoras —como Miravalle—, la falta de mantenimiento en los sedimentadores y una red de distribución que parece colador romano.
B. La solución lógica
No se trata de comprar más cloro, sino de atacar las causas: sustitución de tecnologías para el retiro de metales, modernización tecnológica de las plantas y sectorización de la red para evitar la recontaminación.
C. La Cadena de Valor (El “cómo” sin cuentos)
1. Objetivo de resultado (Propósito): Los usuarios del AMG reciben agua que cumple con la NOM-127-SSA1-1994 (o su actualización) directamente en sus grifos.
Riesgo externo: El estrés hídrico extremo que altere la calidad química de las fuentes superficiales (Chapala/Calderón) o profundas (a mayor profundidad, más contaminación geogénica).
2. Objetivos de producto (Componentes): Plantas separadoras de contaminantes químicos y metales, instaladas; potabilizadoras rehabilitadas y sistemas de filtración avanzada operando al 100%.
3. Objetivos de proceso (Actividades): Licitación transparente de tecnologías, mantenimiento preventivo de lechos filtrantes y dosificación automatizada de reactivos.
D. El tablero de control (M&E)
Para que no nos den “atole con el dedo”, necesitamos indicadores de verdad:
Indicador de resultado: IR = [(Muestras dentro de norma) / (Total de muestras en domicilio) × 100]. Fuente: Auditorías externas aleatorias (no las del propio SIAPA).
Indicador de producto: IP = [(Caudal potabilizado bajo norma) / (Caudal de entrada) × 100]. Fuente: Registros de supervisión de producto, al salir de la planta y al ingreso al predio.
Indicador de proceso: IPr = [(Número de datos de verificación aleatoria de proceso de mantenimiento preventivo con cumplimiento / Número total de datos de verificación aleatoria de proceso de mantenimiento preventivo) × 100].
3. ¿Privatizar? El espejismo de la eficiencia empresarial
Aquí es donde el debate se pone picante. Existe una pulsión casi erótica en ciertos sectores por privatizarlo todo, bajo la premisa de que “el gobierno es inepto por naturaleza”. Pero cuidado, la historia de México está llena de instituciones diseñadas deliberadamente para fallar, creando el caldo de cultivo perfecto para la “salvación” privada, que suele ser más cara y menos santa.
El SIAPA es un monopolio natural. Sea público o privado, usted no puede elegir que otra empresa le ponga un tubo diferente en su casa. Por ello, el problema no es la propiedad, sino el arbitraje. La variable crítica no es quién opera, sino cómo se regula, supervisa y sanciona.
El espejo de Aguascalientes (Veolia 1993-2023)
Para quienes suspiran por una concesión privada, miremos el caso documentado por el ITESM (2012). Tras 30 años de concesión a Veolia, una empresa internacional “experta” en agua, los resultados son una bofetada a la lógica del libre mercado:
Problemas estructurales:
1. Especulación vs. realidad: Se planeó y permitieron crecer la ciudad con criterios inmobiliarios mientras se sobreexplotaba la escasa agua subterránea.
2. Contratos leoninos: Un título de concesión que no sancionaba el incumplimiento y protegía solo a la empresa.
3. Autoridad omisa: La CCAPAMA (el regulador municipal) terminó siendo un espectador decorativo de los abusos empresariales.
La numeralia del desastre:
Asimetría obscena: La autoridad cargaba con el 89% de la responsabilidad, pero la empresa se quedaba con el 98% de los ingresos. ¡El negocio soñado!
Eficiencia global de risa: Apenas el 30%. Es decir, de cada 10 litros, 7 se perdían entre fugas y mala cobranza.
El robo del tiempo: Se practicaban retrasos voluntarios en la impresión de recibos para cobrar el agua con tarifas indexadas (más caras) meses después del consumo real.
Salud en riesgo: El agua distribuida incumplía la norma de salud por contaminación geogénica (arsénico y flúor).
Conclusión: El balón está en nuestra cancha
Privatizar no es la respuesta; es solo cambiar de amo en un sistema que carece de látigo (arbitraje). La solución estructural para el SIAPA requiere tres pilares: diseño lógico multidimensional, arbitraje externo estricto y un esquema de asignación de recursos que priorice la equidad, no el beneficio político del gobernante en turno.
Como tapatíos, el reto es mayúsculo. ¿Podremos soltar ese “pequeño marranito exigente” del ego y exigir que el SIAPA deje de ser la “caja chica” (o grande) de la política estatal? ¿Podremos descolonizar nuestra mente y entender que el agua es un derecho, no una mercancía ni un botín electoral?
El comienzo de la solución no está en un nuevo director, ni en “la danza de los millones”, ni en una concesión milagrosa; pasa por enfrentar nuestros propios demonios como sociedad: la fragmentación, la desconfianza, la tentación del atajo y dejar de ser espectadores de nuestro propio desabasto. Si seguimos permitiendo que la gestión del agua sea un secreto de Estado entre ingenieros y políticos, lo único que tendremos garantizado en el futuro será sed… y una cuenta muy alta por pagar.
Es hora de actuar. Por el agua, por la ciudad, por nuestros hijos.
Sobre el autor
Sergio E. Gómez Partida es consultor en evaluación, gestión para resultados y planificación en sectores público y privado. Información de contacto: sgpartida@gmail.com; en X: @SergioGmezP.
Guadalajara y su caótico transporte público. Parte 3

En Jalisco, durante años, los gobiernos de todos los colores han repetido la misma liturgia burocrática: más rutas, más unidades, más inversión, más modernización.
Cambian los logotipos, las campañas y las promesas, pero el viacrucis del usuario permanece intacto. El caos ya no es una falla del sistema. El caos es el sistema.
La burocracia mexicana posee una habilidad admirable para medir aquello que menos importa. Nos dicen cuántos millones se invirtieron, cuántos camiones se compraron o cuántos kilómetros se “modernizaron”. Pero evitan cuidadosamente responder las preguntas incómodas: ¿cuántas horas pierde una persona cada semana esperando un camión que nunca pasó?, ¿cuántas mujeres sienten miedo al regresar de noche en transporte público?, ¿cuántos usuarios terminan viajando hacinados como mercancía de traslado y no como ciudadanos?, ¿cuántas personas renunciaron al transporte público por su pésimo servicio?
Una política pública que mide únicamente el gasto o el esfuerzo, pero ignora el resultado, termina confundiendo movimiento con progreso. Guadalajara lleva años moviéndose en círculos.
El transporte público es, por naturaleza, un monopolio natural. El usuario no puede “cambiar de proveedor” cuando la ruta falla. Si el camión no pasa, pasa lleno o simplemente ignora la parada, el ciudadano queda atrapado. Esa asimetría obliga al Estado a regular con firmeza. El problema es que aquí la regulación parece haberse diseñado con la delicadeza del pétalo de una rosa en la mano pública de quien no quiere incomodar a nadie, especialmente a los concesionarios.
Es una de las grandes contradicciones del modelo tapatío: los subsidios multimillonarios entregados a empresas privadas que operan el servicio sin que existan mecanismos serios y transparentes de evaluación del desempeño-resultados se convierten en incentivos perversos. La lógica termina siendo tan absurda como predecible: si el concesionario sabe que el dinero llegará de cualquier manera, ¿para qué mejorar el servicio?, ¿para qué invertir en mantenimiento?, ¿para qué capacitar operadores?, ¿para qué reducir tiempos de espera o evitar sobrecupos? El subsidio deja de ser una herramienta de equilibrio social y se convierte en premio institucional a la mediocridad.
Bajo este esquema, se socializan las pérdidas y se privatizan las ganancias. El ciudadano financia el sistema mediante impuestos o tarifa, soporta el mal servicio y todavía debe agradecer que el camión aparezca. Una obra maestra de la administración pública latinoamericana: convertir al usuario en rehén financiero de su propio deterioro.
Mientras tanto, la autoridad presume convenios “innovadores”. Hace apenas unos días, la Secretaría de Transporte de Jalisco anunció un acuerdo con Uber para otorgar traslados gratuitos a mujeres en situación de violencia. La medida fue presentada como un avance humanitario. Y en el caso individual, ciertamente puede representar ayuda urgente para muchas mujeres. El problema no está en la víctima. El problema es el mensaje político detrás de la solución. El Estado acaba admitiendo, sin decirlo abiertamente, que el propio sistema público que regula no puede garantizar seguridad mínima a las personas.
La solución no consistió en mejorar paraderos, iluminar zonas inseguras, aumentar frecuencias nocturnas o profesionalizar operadores. No. La salida rápida fue delegar la responsabilidad a una aplicación privada que cobra tarifas elevadas, se apropia de 1/3 del valor del negocio sin asumir riesgo ni inversión y llena el vacío dejado por el desastre institucional.
La ironía es clara: después de décadas hablando de fortalecer el transporte público, la solución oficial parece resumirse en una frase vergonzosa y simple: “si el camión no sirve, tome Uber”. Hablamos de una versión gubernamental de poner cubetas cuando el techo lleva veinte años colapsándose.
La violencia en el transporte no comienza cuando aparece un delito. Comienza mucho antes, como lo señalaba Galtung: la violencia estructural empieza cuando el Estado falla y una persona debe esperar cuarenta minutos en una parada oscura. Empieza cuando una unidad va tan saturada que el cuerpo deja de tener espacio propio y, si logra entrar, asume las condiciones de un cuadrúpedo en traslado al matadero. Por eso resulta tan revelador que los funcionarios presuman reuniones, adquisiciones o videos estéticamente editados en sus redes sociales; el secuestro comunicacional cosmético es parte del mismo caos y pasa en todos los sectores de la vida pública. Sucede que medir resultados obliga a rendir cuentas. Y rendir cuentas arruina muchas narrativas oficiales.
La tragedia de Guadalajara no es solamente técnica. Es moral. Una ciudad revela sus verdaderas prioridades en la manera en que mueve a quienes la sostienen todos los días. No en los renders futuristas, no en los discursos sobre innovación, no en las conferencias llenas de Canvas y adjetivos motivacionales. Una ciudad se define por el respeto que tiene hacia el tiempo, la seguridad y el agotamiento de su gente.
La pregunta ya no es si el sistema necesita cambios. Eso resulta evidente incluso para quienes jamás se han subido a un camión… que casualmente suelen ser quienes diseñan buena parte de estas políticas públicas. La verdadera pregunta es cuánto tiempo más seguiremos confundiendo subsidios con soluciones, ocurrencias mediáticas con transformación y movilidad con simple capacidad de sobrevivir al trayecto diario. Cuando una ciudad normaliza que trasladarse sea una forma cotidiana de desgaste, termina erosionando algo más profundo que la eficiencia urbana: erosiona la confianza pública.
Sobre el autor
Sergio E. Gómez Partida es consultor en evaluación, gestión para resultados y planificación en sectores público y privado. Información de contacto: sgpartida@gmail.com; en X: @SergioGmezP.
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México: Un Estado capturado y erosionado

El Estado surgió entre los siglos 16 y 18 como solución a la violencia feudal, a las guerras incitadas por la religión y a la excesiva dispersión del poder. Cuando los individuos se reunieron para constituir una entidad soberana, en la cual delegaron un poder absoluto sobre ellos, lo hicieron para protegerse y poder vivir con seguridad en sus bienes y en su persona.
Surgió así el Estado con la promesa fundacional de centralizar autoridad, monopolizar la violencia legítima y producir previsibilidad para enfrentar entornos inestables e inciertos. La teoría política lo concibe como un aparato racional diseñado para limitar y regular conductas, contener el caos y garantizar seguridad, impuestos y justicia.
El Estado moderno en México, y el que sentó las bases para lo que tenemos en la actualidad, surgió después de la Revolución iniciada en 1910, de ahí surgió un régimen para controlar el proceso de distribución del poder político y las instituciones que buscaban materializar los preceptos del proceso revolucionario. Conocidos estos antecedentes, ¿cómo podemos clasificar en la actualidad al Estado mexicano? De un tiempo a esta parte se han suscitado debates en torno a la eficacia y funcionalidad del Estado en nuestro país. Algunos consideran que estamos en un Estado fallido. Yo no soy de los que piensan así.
Un Estado fallido se materializa cuando se ha perdido por completo la capacidad de ejercer control efectivo sobre el territorio, garantizar seguridad básica, monopolizar el uso legítimo de la fuerza y sostener instituciones funcionales. En el caso de México, aplicar esa categoría exige mesura en el análisis, porque el país todavía mantiene capacidades firmes en materia fiscal, diplomática, financiera y administrativa. Lo que no se puede negar es que existen ciertos episodios que muestran zonas de fragilidad institucional, captura criminal y erosión de la potestad operativa que alimentan ese debate.
¿Qué es lo que estimula esa narrativa? Dos casos recientes han sido utilizados para estimularla. Las versiones sobre una presunta participación de la Agencia Central de Inteligencia (CIA, por sus siglas en inglés) en operaciones vinculadas con Chihuahua y las acusaciones políticas y judiciales contra Rubén Rocha Moya en el contexto de investigaciones criminales impulsadas desde Estados Unidos (sobre lo cual escribí en mi colaboración anterior). Ambos episodios permiten analizar qué dimensiones de la gobernabilidad muestran deterioro.
El problema aparece en la desigualdad territorial del poder del Estado. Hay regiones donde grupos criminales ejercen funciones propias del Estado tales como control social, seguridad, movilidad, tributaciones, economía local y coerción. Esa fragmentación parcial del monopolio de la fuerza genera percepciones de que el Estado no mantiene con éxito ciertas atribuciones que le son propias. Por ello, una categoría más precisa para México sería la de un Estado con capacidades erosionadas en ciertas regiones.
Hasta el momento, no existe todavía evidencia pública concluyente que pruebe una intervención unilateral abierta de la CIA en Chihuahua fuera de los mecanismos de cooperación bilateral en seguridad. Sin embargo, el simple hecho de que esas versiones resulten creíbles para amplios sectores sociales revela una pérdida de confianza en la autonomía operativa del Estado mexicano, y ahí habita un punto nodal de la gobernabilidad, porque cuando un Estado no logra convencer plenamente de que controla su seguridad interior, se abre espacio para narrativas de tutela externa. Si bien es cierto que la cooperación entre México y Estados Unidos en inteligencia no es nueva y que existe desde hace décadas en temas de narcotráfico, terrorismo, lavado de dinero y tráfico de armas, el problema surge cuando la cooperación no es del todo transparente y alimenta posibilidades de opacidad, las autoridades mexicanas se perciben como subordinadas y las agencias extranjeras parecen tener más capacidad de investigación que las instituciones locales.
Por otro lado, las acusaciones y señalamientos en contra de Rubén Rocha Moya deben analizarse bajo las ópticas jurídicas y políticas. Hasta ahora, muchas versiones han circulado en medios, columnas y rumores vinculados a investigaciones estadounidenses sobre narcotráfico y redes de protección política. No obstante, todavía no existe una sentencia judicial firme que pruebe responsabilidad penal directa del gobernador, pero el daño político no depende exclusivamente de una condena judicial. En materia de gobernabilidad, la percepción pública importa, y mucho, porque impacta la legitimidad institucional.
En el caso Rocha Moya se perciben, por lo menos, tres aristas. La dificultad para separar poder político y estructuras criminales en regiones históricamente penetradas por el narcotráfico; la dependencia creciente de información e investigaciones provenientes de Estados Unidos, y la debilidad de las capacidades mexicanas para cerrar rápidamente controversias mediante investigaciones transparentes y creíbles. Cuando las acusaciones más graves sobre actores políticos mexicanos parecen investigarse más enérgicamente fuera del país que dentro del mismo, surge una percepción de vacío institucional o de encubrimiento, ambos igual de graves. Eso fortalece la narrativa de fragilidad estatal.
Estos dos botones de muestra nos revelan que un grave riesgo para la gobernabilidad mexicana es la normalización gradual de esquemas excepcionales como la dependencia de inteligencia extranjera; la existencia de gobiernos subnacionales colonizados y condicionados por grupos del crimen organizado, así como la normalización y aceptación social de que existen zonas en donde la ley opera parcialmente. Todo ello conlleva una erosión gradual de la legitimidad institucional del Estado.
En términos prospectivos, el desafío para el Estado mexicano no es sólo combatir al crimen organizado, sino reconstruir capacidad institucional civil, credibilidad judicial y soberanía operativa. Si esos elementos no se fortalecen, la discusión sobre un Estado fallido seguirá apareciendo cada vez que surjan casos donde el poder criminal, la presión estadounidense y la fragilidad política parezcan cruzarse.
Siguiendo los criterios clásicos, México no es un Estado fallido, pero exhibe con progresiva claridad los síntomas de un Estado disfuncional, capturado y erosionado con regiones en donde el crimen organizado cogobierna y el gobierno no puede o no quiere ejercer su potestad y atribuciones.
Sobre el autor
José de Jesús Gómez Valle es analista político. Profesor Investigador en el CUCSH de la UdeG. Contacta: jose.gomezvalle@gmail.com y en X: @jgomezvalle.
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