Ciudad Erótica

Tarifa de humedad

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Noté enseguida que no dejaba de mirarme el escote. Me había pedido que me fuera en el asiento del copiloto porque los taxistas andaban muy cabrones. Accedí porque tampoco estaba dispuesta a verme en medio de una riña entre un conductor de Uber y otro de taxi tradicional, de los amarillos pues.

La oscuridad apenas me dejaba ver la avenida que tenía al frente. Confieso que para entonces ya no podía mirar hacia otro lado porque el nerviosismo se me había colado a las rodillas. Tuve miedo de que notara que estaba temblando. Apenas de reojo observé sus bellos ojos en el retrovisor y noté que tenía unas enormes pestañas y poblada la ceja.

El trayecto se prolongaba y él se había mojado los labios varias veces. Su perfume parecía ser un arma letal, lo mismo que sus entallados pantalones vaqueros que señalaban un pene nada pequeño. Sí, para entonces ese aroma fresco y varonil me había quitado algunas inhibiciones. Abrí mi bolso para observar en la pantalla de mi celular la hora. Tres menos cuarto, “la hora del diablo” decían en el pueblo de mi mamá.

Será el sereno, pero aquellas copas de más que había estado bebiendo con un par de amigos habían dejado mi sobriedad y propiedad de lado. Mentiría si dijera que desde que solicité el servicio no me llamó la atención su foto. Ya de cerca, observé que tenía buena estatura, era delgado pero de ancha espalda, y con una de esas sonrisas que en cuestión de segundos son capaces de humedecerte la ropa interior.

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El volante que hasta entonces era controlado por sus dos manos, pasó únicamente a la izquierda y apoyó suavemente la derecha en su pierna, mientras la acariciaba. Sentí su mirada nuevamente en el abismo de mi escote, fueron apenas un par de segundos antes de regresar la vista al frente.

Suspiré al mirar que su mano había pasado a su miembro erecto que comenzó a acariciar sin mayor pudor. Esta vez, no pude desviar la mirada.

—¿Quieres que me detenga? —dijo con la voz entrecortada—.

Negué con la cabeza, mientras me mojaba los labios. Quería tocar, sentirlo, mover mi mano de arriba abajo y ayudarlo a terminar. Para entonces ya se había desviado del camino.

—Voy a buscar dónde detenernos, si tú quieres.

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Claro que quise, nadie me esperaba en casa y no tenía miedo, al contrario, tenía ganas, muchas ganas. Era una calle apenas iluminada donde se estacionó. Había un taller mecánico y todo lo que se escuchaba eran los coches de Avenida Vallarta como un murmullo. Se quitó el cinturón de seguridad y lo hice también. Me giré para ayudarle con mi mano a continuar aquello que él había empezado.

 

Foto: Pinterest

Estaba duro y muy húmedo. Cerró los ojos y recargó su cabeza hacia atrás dejando escapar un leve gemido.

—Sigue, no te detengas por favor.

No lo hice, continué mientras él acariciaba con avidez mis senos ahora desnudos. Mis pezones erectos lo reclamaban, así que se los acerqué a la boca. Sentir su lengua recorriéndolos, el aliento de un desconocido en mi cuello y los besos milagrosos que me mojaron enseguida, eran apenas el comienzo.

—Súbete, súbete para que lo sientas —dijo con desesperación—.

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Sentí su mano por debajo de mis pantaletas, sus dedos en mi clítoris y luego entrando y saliendo del lugar que ya lo reclamaba, que lo esperaba, que lo necesitaba. Mi humedad fue la puerta que lo invitó a llegar hasta el final. Me bajó los pantalones y él deslizó los suyos hasta los tobillos. Al principio fue difícil que entrara, pero una vez en el lugar preciso, viajamos al paraíso. Comenzó despacito y luego con una fuerza que no había sentido. Me aferré a su espalda, mientras él recorría el asiento hacia atrás y me suplicaba que no me detuviera.

Cambiamos de posición como el deseo nos dio a entender. Una vez abajo, pude sentirlo aún más dentro, más firme, incontrolable. Me tomó de ambas manos y las aferró a su pecho para que lo acariciara, mientras metía su lengua muy dentro de mi boca. Un estremecimiento mutuo nos anunció la llegada al máximo placer.

 

Foto: Internet

—No pares —supliqué—.

Después, el silencio apenas interrumpido por un hondo suspiro. Estábamos casi desnudos en medio de la noche y de la nada. Regresé a mi asiento, me subí las pantaletas y me acomodé el resto de la ropa, mientras él hacía lo mismo.

Condujo en silencio, se detuvo frente a mi casa, abrí la puerta y me giré para besarlo de nuevo. Le dije que fue un placer y me respondió con esa sonrisa que minutos antes me había hecho caer. Apenas entré a mi habitación cuando recibí una alerta de Uber en mi celular. Era la tarifa más alta que pagué jamás y que sin duda, volvería a pagar.

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