Connect with us

Opinión

¿Cuál es la importancia de los archivos para el destino de México?

Publicada

Laboratorio-de-Innovación-Democratica-LID-Democracia

En los últimos años, para analizar y construir las aspiraciones democráticas de este país hemos articulado un discurso que, entre otros elementos, versa sobre la protección de los derechos humanos, la seguridad, el combate a la pobreza, la transparencia, la rendición de cuentas, la impunidad y el combate a la corrupción. Dando un paso atrás, fuera de este contexto se encuentran otros conceptos que se asocian a los mínimos que se deben implementar para lograr un “buen gobierno”.

Imaginemos un futuro donde el impulso democrático se lleve a cabo desde el gobierno y, por otra parte, también desde las distintas organizaciones de la sociedad civil, medios de comunicación, academia, organismos internacionales y demás actores que inciden de alguna forma en la manera que se gobierna en este país.

Los temas que competen al país

Ante la falta de confianza que prevalece sobre el accionar del gobierno en sus distintos niveles, un parámetro indispensable para tener un punto de partida de las exigencias ciudadanas, sociales e incluso políticas, es, sin duda, la información que genera el gobierno.

Con independencia del tema del que se trate, ya sean detenciones arbitrarias, desapariciones forzadas, contrataciones de gobierno, gasto en publicidad oficial, presupuesto destinado a programas de combate a la pobreza, un mecanismo que existe para cambiar la realidad del país consiste en acceder a la información que genera el gobierno, analizarla y, en consecuencia, tomar decisiones o presionar por un cambio específico.

El problema, no obstante, es el enfoque sobre la gestión de la información en nuestro país, el cuál ha sido muy básico. Comprende, en general, la función de conservar la historia del país.

No tanto como el marco de acción que permite adecuados procesos de gestión documental, no sólo de aspectos históricos, sino aquellos que se relacionan con nuestras luchas cotidianas.

Laboratorio-de-Innovación-Democratica-LID-Democracia

Imagen: Pinterest

¿En México vamos hacia una política pública de gestión documental o hacia una simulación más de las aspiraciones democráticas mal planeadas?

La reciente aprobación de la Ley General de Archivos será un tema fundamental por sus implicaciones en este discurso del “buen gobierno” que hemos avalado y promovido.

Desde la perspectiva académica, en el sistema de rendición de cuentas se dice comúnmente que no se pueden rendir cuentas si no hay cuentas.

Es decir, ni siquiera podemos juzgar si un funcionario o un político hizo bien o mal las cosas, si no existe información sobre su accionar.

En este sentido, durante años la pugna se ha concentrado en el acceso a la información del gobierno, a través de los mecanismos que ha generado la Ley General de Transparencia y sus predecesoras.

Pero una posibilidad siempre existente es que desde la administración pública se indique la ausencia de contenidos, expedientes o documentos relacionados con la temática a la que se desea acceder a la información.

Además, la realidad de este tema -la gestión documental- se valora muy distinto dependiendo el nivel del gobierno donde nos encontramos.

Municipios, más rezagados

Los gobiernos estatales y el federal, en general, tienen procesos de gestión de información que deben reforzarse y homologarse, pero en algunos casos existe un avance. No obstante, a nivel municipal este avance es muy reducido en la mayoría de los casos.

No es lo mismo, por ejemplo, la gestión de información que existe en el sector educativo o el sector salud, sobre expedientes escolares o clínicos, respecto a otros tipos de expedientes, como los registros de apoyos otorgados por becas deportivas o las bitácoras sobre la recolección de basura o la pintura de calles.

Los mismos responsables de la información han identificado que los expedientes clínicos son más valiosos, que deben existir algunas formas de resguardo.

Desde el otro ángulo, existen responsables de otro tipo de información que incluso no consideran que sus actividades -como las bitácoras sobre la recolección de basura- deban ser documentados en absoluto.

En ambos casos, no obstante, la ciudadanía y la sociedad civil organizada pierde, ante la ausencia de un parámetro mínimo sobre cómo debe gestionar la información que genera el gobierno.

No todo es voluntad política

Implementar las lógicas que se aprobaron en la Ley General de Archivos no solo implica voluntad política, también una gran cantidad de recursos presupuestarios y organizativos.

Los resultados de un buen gobierno, ese que permite tener información sobre la gestión de sus acciones y desde el cual se puede combatir la impunidad y la corrupción, dependen, estructuralmente, de un avance en esta materia.

Los escenarios serán muy sencillos de observar. Si desde el presupuesto de la federación y de las propias entidades federativas no se destinan recursos para implementar esta política pública, difícilmente lograremos construir un futuro con las aspiraciones democráticas que hemos venido deseando.

Democracia y buen gobierno no son sinónimos. Para las exigencias de nuestra sociedad actual requerimos instituciones competentes, abiertas y responsables. No sólo en los dichos, sino en la información que documentan en su día a día.

 

Mauricio Hernández estudió políticas públicas, ha trabajado en temas de rendición de cuentas, educación y democracia desde el gobierno. Actualmente está vinculado en proyectos del LID, relacionados con participación ciudadana y transparencia.

 

 

Bolígrafo     Laboratorio de Innovación Democrática 

Continúa leyendo
Advertisement
Comenta

Leave a Reply

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Opinión

Ojo, así se roban tus datos personales

Publicada

on

Columna de Ana Olvera sobre el robo de datos personales

Estimado lector, para mí es un privilegio volver a escribir estas líneas luego de una muy larga ausencia. Sin embargo volveremos a encontrarnos en esta columna cada quincena, analizando los temas de actualidad relacionados con la protección de nuestros datos personales y la privacidad que acontecen tanto en nuestro País como en el mundo.

Evidentemente no podemos dejar de comentar lo sucedido en días pasados en Guadalajara, donde existía -y seguramente siguen existiendo- un call center debidamente instalado para llevar a  cabo extorsiones que se extendían no solo al resto de Jalisco, sino hasta a otros veinte estados más de nuestra República, afectando a más de 26 mil personas con llamadas fraudulentas y extorsiones.

Afortunadamente se desmanteló y según declaraciones oficiales se están realizando colaboraciones con instituciones de las demás entidades afectadas, para descubrir a todas las víctimas y por supuesto, invitarlas a denunciar, lo que resulta en una tarea titánica para las autoridades; pero al parecer no lo fue para aquellos cuyo modus vivendi consistía en realizar este tipo de nada honrosas actividades.

Datos personales de los afectados

En ese sentido caben muchas reflexiones, pero la primera es preguntarnos de dónde obtenían la materia prima, es decir, los datos personales de aquellos afectados. Aunque las respuestas pueden variar, quiero que centremos nuestra atención en dos fuentes principales.

La primera y la originaria por excelencia siempre seremos, desafortunadamente, Usted y yo, querido lector. Es decir, nosotros como titulares, dueños de esos datos personales que elegimos, muchas veces sin pararnos a reflexionar en ello, a quién, cómo y para qué le compartimos esta importantísima información.

Y digo que muchas veces sin reflexionarlo lo suficiente, porque participamos a otras personas de manera voluntaria, para poder obtener un bien o servicio; para pedir nuestros alimentos cuando no tenemos tiempo de prepararlos en casa; al inscribirnos a un curso o a nuestros hijos a la escuela, por citar ejemplos cotidianos. Pero también lo hacemos de manera involuntaria, por ejemplo cuando descargamos aplicaciones en nuestro teléfono inteligente o tableta y compartimos datos que no son necesarios; cuando somos poco discretos en una conversación o bien, ¿cuántas veces no hemos tirado a la basura documentación que contiene nuestro nombre u otros datos más sensibles, como nuestra CLABE interbancaria? Seguramente, muchas veces.

Ignoramos el valor de nuestros datos

La segunda causa de obtención de esta información es por medio de aquellos que manejan datos personales, es decir, los responsables si son particulares, o bien los sujetos obligados de orden público. Según me ha tocado atestiguar, parece que cuando la información no nos pertenece, dejamos de tener cuidado en su manejo. Se despersonaliza y solo vemos números, estadísticas, pero olvidamos que detrás de esas cifras, direcciones o palabras, se encuentra una persona que puede verse perjudicada por nuestro descuido de custodia de la información durante el ciclo de vida de los datos personales.

En fin, aunque difícilmente sabremos cómo se obtuvo esa información, es una realidad que decenas de miles de personas se vieron seriamente perjudicadas no solo en su patrimonio, sino muy seguramente hasta en su tranquilidad diaria, por este tipo de acciones ilegales. La invitación es a que le demos la importancia debida a esta información que es tan importante. La que nada más y nada menos, nos hace únicos y nos permite interactuar con el resto de quienes nos rodean. Si tenemos conciencia de la importancia de nuestros datos personales, seguramente nos daremos cuenta de la relevancia que también tiene la información relativa a otras personas. 

La tarea primordial

En un entorno tan cambiante como el que vive nuestro mundo y especialmente, nuestro Estado de Derecho, la tarea primordial con la que contamos es velar porque nuestros derechos a la protección de datos personales y la privacidad no sean violentados y es más, que puedan ser garantizados, sobre todo ante la inminente desaparición de los Órganos Garantes en la materia, de lo que hablaremos en nuestra próxima entrega.

Sobre la autora

Ana Olvera es profesora investigadora de tiempo completo en la Universidad Autónoma del Estado de Hidalgo, con intereses en privacidad, bioética y neuroderechos.

TAMBIÉN TE PUEDE INTERESAR: LA EXTINCIÓN DE LOS INSTITUTOS DE TRANSPARENCIA: ¿FALTA DE EMPATÍA O INDIFERENCIA?

Continúa leyendo

Opinión

La extinción de los institutos de transparencia: ¿falta de empatía o indiferencia?

Publicada

on

A veces, hablar de datos personales, de su protección y nuestra privacidad, resulta sumamente abstracto. Aunque incluso trabajemos con ellos, pensemos en la recepcionista de un consultorio médico o el propio profesional de la salud. O en la persona a la que le pedimos la pizza o la comida que consumiremos en ese momento.

Ahora pensemos en las veces que entramos a ciertas redes sociales, como X, Facebook o LinkedIn y encontramos explicaciones acerca de lo importante que es proteger nuestros datos personales, o bien, explicaciones de las resoluciones (que a veces se adjuntan completas) y que más bien, parecen para un público un poco más especializado, que tal vez no seremos nosotros -que solo buscamos un momento de distracción-. En no pocas ocasiones, este tipo de situaciones pasan desapercibidas hasta que somos víctimas de robo de identidad, alguna extorsión o una estafa.

En este sentido cabe preguntarnos al menos dos cosas. La primera, la razón por la que optamos por la indiferencia ante la violación de la privacidad, que se arraiga en una compleja red de factores. La omnipresencia de la tecnología ha normalizado la vigilancia, desensibilizando a muchos ante la vulneración de sus datos personales. La complejidad de las políticas de privacidad y los algoritmos opacos genera una sensación de impotencia, alimentando la resignación. Además, la gratificación inmediata de los servicios digitales y la falta de consecuencias tangibles de la pérdida de privacidad fomentan una actitud apática e incluso, indolente. A esto se suma la polarización social, que fragmenta la empatía y dificulta la acción colectiva en defensa de un derecho fundamental.

La falta de involucramiento nos aísla de nuestra comunidad. Nos desconectamos de los problemas que nos afectan a todos, como la pobreza, la desigualdad, la violencia, la inseguridad y el cambio climático. Nos volvemos indiferentes al sufrimiento de los demás, perdiendo nuestra capacidad de empatía y solidaridad.

Pero la segunda es igualmente preocupante. ¿Qué pasó con el trabajo de los organismos garantes? ¿Fue acaso incapacidad de transmitir e incluso educar al pueblo mexicano? ¿De “conectar”, empatizar? Por que los festivales, las fotos, los congresos o simposios, salvo muy honrosas excepciones, siempre iban dirigidos a cualquier público distinto a lo que han dado por llamar “el ciudadano de a pie”. O como dirían los políticos en este momento histórico, “el pueblo bueno”, ese que difícilmente, con la pobre comunicación de los “expertos” y además con pocos recursos a la mano, comprendió la importancia de un andamiaje institucional como el que logró crearse en materia de transparencia y protección de datos personales. Tal vez eso explique la indiferencia en su defensa.

No cabe duda que asistimos y en gran mayoría, las y los mexicanos solo estamos meramente atestiguando los cambios estructurales que nuestro país esta viviendo. En ese sentido, claro que vivimos una transformación. No sé cuál. Pero bien haríamos en hacer a un lado esa indiferencia, para al menos intentar entender cómo afectarán al ejercicio y garantía de nuestros derechos fundamentales.

No involucrarse en la vida del país también tiene un costo personal. Cuando nos alejamos de los asuntos públicos, renunciamos a nuestro derecho a ser escuchados y a contribuir al bienestar de nuestra sociedad. Nos convertimos en meros espectadores de nuestro propio destino, sin voz ni voto. En un mundo cada vez más interconectado, los problemas que enfrentamos son complejos y requieren soluciones colectivas. La participación ciudadana es esencial para construir un futuro más justo, próspero y sostenible para todos. No podemos permitirnos el lujo de la indiferencia.

Es hora de despertar de la apatía y asumir nuestra responsabilidad como mexicanos. Involucrémonos en los asuntos públicos, hagamos oír nuestra voz, exijamos transparencia y rendición de cuentas. Solo así podremos construir el país que queremos y merecemos.

Sobre la autora

Ana Olvera es profesora investigadora de tiempo completo en la Universidad Autónoma del Estado de Hidalgo, con intereses en privacidad, bioética y neuroderechos.
 

Continúa leyendo

LO MÁS VISTO