Opinión
Pronapred, un subsidio que nació y murió en la opacidad

Pronapred, un subsidio opaco…
El Programa Nacional de Prevención del Delito (Pronapred) operó durante cuatro años dentro de la opacidad y sin mecanismos de rendición de cuentas en Jalisco y en los municipios de la Zona Metropolitana de Guadalajara.
Tanto al Gobierno de Jalisco como a los de Guadalajara, Zapopan, Tlaquepaque, Tonalá, Tlajomulco de Zúñiga y El Salto, se les preguntó: ¿cuáles son los mecanismos de rendición de cuentas que tuvieron las actividades financiadas con el subsidio del Pronapred? y ¿cómo se informó a la ciudadanía sobre los resultados de las actividades?
¿Creen que respondieron?… Pues nada relacionado con los mecanismos de rendición de cuentas del Pronapred.
La respuesta
El Gobierno de Jalisco respondió que su mecanismo de rendición de cuentas fue la plataforma Pitágoras. Lamento informarle al Consejo Estatal de Seguridad que la plataforma Pitágoras no es un mecanismo de rendición de cuentas, sino un software.
De cómo se informó a la ciudadanía, dijo que se hizo por publicaciones anuales de resultados. ¿Dónde están dichas publicaciones?
Dentro de los Lineamientos del subsidio Pronapred, los estados, en este caso el Gobierno de Jalisco, operó el recurso, por lo que debía rendir cuentas, sin embargo, dentro de los Lineamientos no se especifican los compromisos del Estado; ni el Gobierno Estatal toma el principio de transparencia proactiva para rendir cuentas a la ciudadanía sobre las acciones, ejercicio y gasto.
Se declararon incompetentes
En el caso de los municipios ya mencionados, todos respondieron que la respuesta no era de su competencia y remitieron al Gobierno del Estado y al portal “Nos mueve la paz”, el cual ya fue dado de baja, con lo que se pierde el archivo digital del Pronapred. Aunque no estuvo completo, sí era una fuente de información para enterarse de las actividades y gasto del Pronapred.
Y era la manera en que la Federación informaba a la ciudadanía de este subsidio sin previa solicitud de información.
Guadalajara dijo sobre los mecanismos de rendición de cuentas que no eran de su competencia, pero respondió que informó de las acciones por medio del perifoneo, volanteo casa por casa, así como la difusión por redes sociales, entre otros, es decir, mediante medios no oficiales, en su mayoría. Estas acciones tenían como fin invitar a la ciudadanía a participar de los talleres y acciones en el municipio.
Por qué rendir cuentas
¿Pero por qué es importante la rendición de cuentas?
Andreas Schelder, el estudioso de este tema, señala que la rendición de cuentas posee dos dimensiones básicas: “la obligación de políticos y funcionarios de informar sobre sus decisiones y de justificarlas en público (answerability), y la capacidad de sancionar a políticos y funcionarios en caso de que hayan violado sus deberes públicos (enforcement)”.
Es decir que tanto los políticos como funcionarios tienen que hacerse responsables de sus acciones, explicarlas, argumentar el para qué y convencer del porqué de lo realizado, todo desde el ámbito público y bajo la transparencia, donde es posible evitar los espacios de opacidad.
Un punto relevante es la capacidad de sancionar a quienes incurran en prácticas corruptas.
Hace unos meses presenté mi tesis de maestría que fue dedicada a los mecanismos de rendición de cuentas y la transparencia del Pronapred.
Esta colaboración es un resumen de los hallazgos presentados; en el tema de la transparencia, es posible decir que imperó en Jalisco la opacidad del subsidio.
En noviembre pasado el colectivo ciudadano Jalisco Cómo Vamos, presentó una investigación cualitativa que les recomiendo leer, aquí comparto el enlace: http://www.jaliscocomovamos.org/2644, donde se revisa el perfil y seguimiento de los beneficios de actividades patrocinadas con este subsidio.
El acceso a la información es nuestro derecho. A ejercerlo.
Mayra Torres de la O es maestra en Transparencia y Protección de Datos Personales. Ha sido periodista en medios locales como Público y el Informador.
Opinión
Ojo, así se roban tus datos personales

Estimado lector, para mí es un privilegio volver a escribir estas líneas luego de una muy larga ausencia. Sin embargo volveremos a encontrarnos en esta columna cada quincena, analizando los temas de actualidad relacionados con la protección de nuestros datos personales y la privacidad que acontecen tanto en nuestro País como en el mundo.
Evidentemente no podemos dejar de comentar lo sucedido en días pasados en Guadalajara, donde existía -y seguramente siguen existiendo- un call center debidamente instalado para llevar a cabo extorsiones que se extendían no solo al resto de Jalisco, sino hasta a otros veinte estados más de nuestra República, afectando a más de 26 mil personas con llamadas fraudulentas y extorsiones.
Afortunadamente se desmanteló y según declaraciones oficiales se están realizando colaboraciones con instituciones de las demás entidades afectadas, para descubrir a todas las víctimas y por supuesto, invitarlas a denunciar, lo que resulta en una tarea titánica para las autoridades; pero al parecer no lo fue para aquellos cuyo modus vivendi consistía en realizar este tipo de nada honrosas actividades.
Datos personales de los afectados
En ese sentido caben muchas reflexiones, pero la primera es preguntarnos de dónde obtenían la materia prima, es decir, los datos personales de aquellos afectados. Aunque las respuestas pueden variar, quiero que centremos nuestra atención en dos fuentes principales.
La primera y la originaria por excelencia siempre seremos, desafortunadamente, Usted y yo, querido lector. Es decir, nosotros como titulares, dueños de esos datos personales que elegimos, muchas veces sin pararnos a reflexionar en ello, a quién, cómo y para qué le compartimos esta importantísima información.
Y digo que muchas veces sin reflexionarlo lo suficiente, porque participamos a otras personas de manera voluntaria, para poder obtener un bien o servicio; para pedir nuestros alimentos cuando no tenemos tiempo de prepararlos en casa; al inscribirnos a un curso o a nuestros hijos a la escuela, por citar ejemplos cotidianos. Pero también lo hacemos de manera involuntaria, por ejemplo cuando descargamos aplicaciones en nuestro teléfono inteligente o tableta y compartimos datos que no son necesarios; cuando somos poco discretos en una conversación o bien, ¿cuántas veces no hemos tirado a la basura documentación que contiene nuestro nombre u otros datos más sensibles, como nuestra CLABE interbancaria? Seguramente, muchas veces.
Ignoramos el valor de nuestros datos
La segunda causa de obtención de esta información es por medio de aquellos que manejan datos personales, es decir, los responsables si son particulares, o bien los sujetos obligados de orden público. Según me ha tocado atestiguar, parece que cuando la información no nos pertenece, dejamos de tener cuidado en su manejo. Se despersonaliza y solo vemos números, estadísticas, pero olvidamos que detrás de esas cifras, direcciones o palabras, se encuentra una persona que puede verse perjudicada por nuestro descuido de custodia de la información durante el ciclo de vida de los datos personales.
En fin, aunque difícilmente sabremos cómo se obtuvo esa información, es una realidad que decenas de miles de personas se vieron seriamente perjudicadas no solo en su patrimonio, sino muy seguramente hasta en su tranquilidad diaria, por este tipo de acciones ilegales. La invitación es a que le demos la importancia debida a esta información que es tan importante. La que nada más y nada menos, nos hace únicos y nos permite interactuar con el resto de quienes nos rodean. Si tenemos conciencia de la importancia de nuestros datos personales, seguramente nos daremos cuenta de la relevancia que también tiene la información relativa a otras personas.
La tarea primordial
En un entorno tan cambiante como el que vive nuestro mundo y especialmente, nuestro Estado de Derecho, la tarea primordial con la que contamos es velar porque nuestros derechos a la protección de datos personales y la privacidad no sean violentados y es más, que puedan ser garantizados, sobre todo ante la inminente desaparición de los Órganos Garantes en la materia, de lo que hablaremos en nuestra próxima entrega.
Sobre la autora
Ana Olvera es profesora investigadora de tiempo completo en la Universidad Autónoma del Estado de Hidalgo, con intereses en privacidad, bioética y neuroderechos.
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Opinión
La extinción de los institutos de transparencia: ¿falta de empatía o indiferencia?

A veces, hablar de datos personales, de su protección y nuestra privacidad, resulta sumamente abstracto. Aunque incluso trabajemos con ellos, pensemos en la recepcionista de un consultorio médico o el propio profesional de la salud. O en la persona a la que le pedimos la pizza o la comida que consumiremos en ese momento.
Ahora pensemos en las veces que entramos a ciertas redes sociales, como X, Facebook o LinkedIn y encontramos explicaciones acerca de lo importante que es proteger nuestros datos personales, o bien, explicaciones de las resoluciones (que a veces se adjuntan completas) y que más bien, parecen para un público un poco más especializado, que tal vez no seremos nosotros -que solo buscamos un momento de distracción-. En no pocas ocasiones, este tipo de situaciones pasan desapercibidas hasta que somos víctimas de robo de identidad, alguna extorsión o una estafa.
En este sentido cabe preguntarnos al menos dos cosas. La primera, la razón por la que optamos por la indiferencia ante la violación de la privacidad, que se arraiga en una compleja red de factores. La omnipresencia de la tecnología ha normalizado la vigilancia, desensibilizando a muchos ante la vulneración de sus datos personales. La complejidad de las políticas de privacidad y los algoritmos opacos genera una sensación de impotencia, alimentando la resignación. Además, la gratificación inmediata de los servicios digitales y la falta de consecuencias tangibles de la pérdida de privacidad fomentan una actitud apática e incluso, indolente. A esto se suma la polarización social, que fragmenta la empatía y dificulta la acción colectiva en defensa de un derecho fundamental.
La falta de involucramiento nos aísla de nuestra comunidad. Nos desconectamos de los problemas que nos afectan a todos, como la pobreza, la desigualdad, la violencia, la inseguridad y el cambio climático. Nos volvemos indiferentes al sufrimiento de los demás, perdiendo nuestra capacidad de empatía y solidaridad.
Pero la segunda es igualmente preocupante. ¿Qué pasó con el trabajo de los organismos garantes? ¿Fue acaso incapacidad de transmitir e incluso educar al pueblo mexicano? ¿De “conectar”, empatizar? Por que los festivales, las fotos, los congresos o simposios, salvo muy honrosas excepciones, siempre iban dirigidos a cualquier público distinto a lo que han dado por llamar “el ciudadano de a pie”. O como dirían los políticos en este momento histórico, “el pueblo bueno”, ese que difícilmente, con la pobre comunicación de los “expertos” y además con pocos recursos a la mano, comprendió la importancia de un andamiaje institucional como el que logró crearse en materia de transparencia y protección de datos personales. Tal vez eso explique la indiferencia en su defensa.
No cabe duda que asistimos y en gran mayoría, las y los mexicanos solo estamos meramente atestiguando los cambios estructurales que nuestro país esta viviendo. En ese sentido, claro que vivimos una transformación. No sé cuál. Pero bien haríamos en hacer a un lado esa indiferencia, para al menos intentar entender cómo afectarán al ejercicio y garantía de nuestros derechos fundamentales.
No involucrarse en la vida del país también tiene un costo personal. Cuando nos alejamos de los asuntos públicos, renunciamos a nuestro derecho a ser escuchados y a contribuir al bienestar de nuestra sociedad. Nos convertimos en meros espectadores de nuestro propio destino, sin voz ni voto. En un mundo cada vez más interconectado, los problemas que enfrentamos son complejos y requieren soluciones colectivas. La participación ciudadana es esencial para construir un futuro más justo, próspero y sostenible para todos. No podemos permitirnos el lujo de la indiferencia.
Es hora de despertar de la apatía y asumir nuestra responsabilidad como mexicanos. Involucrémonos en los asuntos públicos, hagamos oír nuestra voz, exijamos transparencia y rendición de cuentas. Solo así podremos construir el país que queremos y merecemos.
Sobre la autora
Ana Olvera es profesora investigadora de tiempo completo en la Universidad Autónoma del Estado de Hidalgo, con intereses en privacidad, bioética y neuroderechos.
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