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El robo de identidad, ¡ojo con lo que compartes!

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ana olvera

En la mañana del día en que escribí estas líneas, veía en el noticiero el enésimo reportaje acerca de personas que, de alguna manera, son estafadas en transacciones que realizan en medios digitales o bien, sufren la pérdida de su identidad en el mundo digital, las estadísticas tanto nacionales como por entidad federativa acerca del robo de identidad señalan que las transacciones y plataformas digitales son utilizadas sin la menor cautela y con absoluta confianza acerca de que, aquellos con quienes interactuamos, no tienen malas intenciones.

Este asunto me llama poderosamente la atención, pues en los casos que he conocido de primera mano, subyace un elemento común como causa de que las personas sean víctimas de estos delitos y es la confianza, tal vez excesiva, en la honorabilidad de las personas y las instituciones, pero también, en que sus datos no serán compartidos o robados, por ejemplo. Es decir, que dan por hecho contar con expectativa de privacidad y que el responsable o sujeto obligado cuenta con las medidas de seguridad pertinentes para llevar a cabo el tratamiento de sus datos personales. Y hacia este punto quiero llevar la reflexión de estas líneas, es decir, que no deberíamos ser víctimas de robo de identidad, pues no tendrían que existir incidentes relacionados con el incumplimiento del deber de seguridad por parte de los sujetos obligados.

¿Qué pasa si, además, añadimos el otorgamiento de un consentimiento por mera fórmula, que de ninguna manera sea informado? Aunado a lo anterior, ¿cuál es la razón, entonces, de que la gente no valore correctamente sus datos personales o esté dispuesta a ceder parte de su privacidad a cambio de bienes y servicios que difícilmente son equivalentes al valor de lo entregado y sin asegurarse de que existen garantías de su tratamiento correcto?

El teórico estadounidense Daniel Solove, lo explora desde el punto de vista en que los responsables, sobre todo entes gubernamentales, justifican el tratamiento excesivo de los datos personales, con pretexto incluso de salvaguardar la seguridad de los usuarios del servicio (como en el caso del Fan ID en la Liga MX o el Aeropuerto Felipe Ángeles), pero que desde mi perspectiva, son argumentos que ayudan a perpetuar las malas prácticas que los titulares tenemos para con nuestros datos personales, lo que consecuentemente nos lleva a enfrentar efectos indeseados como el robo de identidad.

Así, nos pregunta Solove: “Si no tienes nada que esconder, ¿qué temes?”; “si no haces nada malo, ¿qué escondes?”.  Y coincidimos con el autor que la privacidad ha sido mal estimada e incluso despreciada, principalmente por los titulares de los datos personales que, al no reconocer su valor y los efectos nocivos de su custodia negligente, no pueden defender su privacidad y por lo mismo, difícilmente serán conscientes de la importancia de respetar la legislación en materia de protección de datos si asumen el papel de responsable del tratamiento o de sujeto obligado.

Cualquier persona cuenta con asuntos que no quisiera fueran revelados, que no necesariamente son conductas o hechos ilegales, pero que desea preservar fuera del ojo público por pertenecer a su esfera privada o incluso, íntima. Muy difícilmente, además, podrían preverse las consecuencias en un futuro a mediano o largo plazo del consentimiento para tratar esos datos personales que, llegados a ese punto, probablemente no desearíamos que se conocieran.

Por ello, considero que el respeto a la privacidad y la debida protección a los datos personales debe valorarse, en principio, desde nuestro ámbito particular como personas, despojándonos de los roles en los que nos desempeñemos, para reflexionar a fondo acerca de qué tanto estamos dispuestos a compartir con el resto de las personas, pero también, cuáles son las consecuencias que esto nos traerá, sobre todo a largo plazo. ¿Realmente deseamos volver de dominio público nuestra esfera más íntima? Y, quienes estamos en el servicio público, ¿qué estamos realizando para dar tratamiento en apego estricto a la ley, y así evitar incidentes como los mencionados al principio de este texto?

 

Sobre la autora
Ana Olvera es hidalguense, con intereses en protección de datos, privacidad y bioética.

 

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Opinión

Ojo, así se roban tus datos personales

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Columna de Ana Olvera sobre el robo de datos personales

Estimado lector, para mí es un privilegio volver a escribir estas líneas luego de una muy larga ausencia. Sin embargo volveremos a encontrarnos en esta columna cada quincena, analizando los temas de actualidad relacionados con la protección de nuestros datos personales y la privacidad que acontecen tanto en nuestro País como en el mundo.

Evidentemente no podemos dejar de comentar lo sucedido en días pasados en Guadalajara, donde existía -y seguramente siguen existiendo- un call center debidamente instalado para llevar a  cabo extorsiones que se extendían no solo al resto de Jalisco, sino hasta a otros veinte estados más de nuestra República, afectando a más de 26 mil personas con llamadas fraudulentas y extorsiones.

Afortunadamente se desmanteló y según declaraciones oficiales se están realizando colaboraciones con instituciones de las demás entidades afectadas, para descubrir a todas las víctimas y por supuesto, invitarlas a denunciar, lo que resulta en una tarea titánica para las autoridades; pero al parecer no lo fue para aquellos cuyo modus vivendi consistía en realizar este tipo de nada honrosas actividades.

Datos personales de los afectados

En ese sentido caben muchas reflexiones, pero la primera es preguntarnos de dónde obtenían la materia prima, es decir, los datos personales de aquellos afectados. Aunque las respuestas pueden variar, quiero que centremos nuestra atención en dos fuentes principales.

La primera y la originaria por excelencia siempre seremos, desafortunadamente, Usted y yo, querido lector. Es decir, nosotros como titulares, dueños de esos datos personales que elegimos, muchas veces sin pararnos a reflexionar en ello, a quién, cómo y para qué le compartimos esta importantísima información.

Y digo que muchas veces sin reflexionarlo lo suficiente, porque participamos a otras personas de manera voluntaria, para poder obtener un bien o servicio; para pedir nuestros alimentos cuando no tenemos tiempo de prepararlos en casa; al inscribirnos a un curso o a nuestros hijos a la escuela, por citar ejemplos cotidianos. Pero también lo hacemos de manera involuntaria, por ejemplo cuando descargamos aplicaciones en nuestro teléfono inteligente o tableta y compartimos datos que no son necesarios; cuando somos poco discretos en una conversación o bien, ¿cuántas veces no hemos tirado a la basura documentación que contiene nuestro nombre u otros datos más sensibles, como nuestra CLABE interbancaria? Seguramente, muchas veces.

Ignoramos el valor de nuestros datos

La segunda causa de obtención de esta información es por medio de aquellos que manejan datos personales, es decir, los responsables si son particulares, o bien los sujetos obligados de orden público. Según me ha tocado atestiguar, parece que cuando la información no nos pertenece, dejamos de tener cuidado en su manejo. Se despersonaliza y solo vemos números, estadísticas, pero olvidamos que detrás de esas cifras, direcciones o palabras, se encuentra una persona que puede verse perjudicada por nuestro descuido de custodia de la información durante el ciclo de vida de los datos personales.

En fin, aunque difícilmente sabremos cómo se obtuvo esa información, es una realidad que decenas de miles de personas se vieron seriamente perjudicadas no solo en su patrimonio, sino muy seguramente hasta en su tranquilidad diaria, por este tipo de acciones ilegales. La invitación es a que le demos la importancia debida a esta información que es tan importante. La que nada más y nada menos, nos hace únicos y nos permite interactuar con el resto de quienes nos rodean. Si tenemos conciencia de la importancia de nuestros datos personales, seguramente nos daremos cuenta de la relevancia que también tiene la información relativa a otras personas. 

La tarea primordial

En un entorno tan cambiante como el que vive nuestro mundo y especialmente, nuestro Estado de Derecho, la tarea primordial con la que contamos es velar porque nuestros derechos a la protección de datos personales y la privacidad no sean violentados y es más, que puedan ser garantizados, sobre todo ante la inminente desaparición de los Órganos Garantes en la materia, de lo que hablaremos en nuestra próxima entrega.

Sobre la autora

Ana Olvera es profesora investigadora de tiempo completo en la Universidad Autónoma del Estado de Hidalgo, con intereses en privacidad, bioética y neuroderechos.

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Opinión

La extinción de los institutos de transparencia: ¿falta de empatía o indiferencia?

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A veces, hablar de datos personales, de su protección y nuestra privacidad, resulta sumamente abstracto. Aunque incluso trabajemos con ellos, pensemos en la recepcionista de un consultorio médico o el propio profesional de la salud. O en la persona a la que le pedimos la pizza o la comida que consumiremos en ese momento.

Ahora pensemos en las veces que entramos a ciertas redes sociales, como X, Facebook o LinkedIn y encontramos explicaciones acerca de lo importante que es proteger nuestros datos personales, o bien, explicaciones de las resoluciones (que a veces se adjuntan completas) y que más bien, parecen para un público un poco más especializado, que tal vez no seremos nosotros -que solo buscamos un momento de distracción-. En no pocas ocasiones, este tipo de situaciones pasan desapercibidas hasta que somos víctimas de robo de identidad, alguna extorsión o una estafa.

En este sentido cabe preguntarnos al menos dos cosas. La primera, la razón por la que optamos por la indiferencia ante la violación de la privacidad, que se arraiga en una compleja red de factores. La omnipresencia de la tecnología ha normalizado la vigilancia, desensibilizando a muchos ante la vulneración de sus datos personales. La complejidad de las políticas de privacidad y los algoritmos opacos genera una sensación de impotencia, alimentando la resignación. Además, la gratificación inmediata de los servicios digitales y la falta de consecuencias tangibles de la pérdida de privacidad fomentan una actitud apática e incluso, indolente. A esto se suma la polarización social, que fragmenta la empatía y dificulta la acción colectiva en defensa de un derecho fundamental.

La falta de involucramiento nos aísla de nuestra comunidad. Nos desconectamos de los problemas que nos afectan a todos, como la pobreza, la desigualdad, la violencia, la inseguridad y el cambio climático. Nos volvemos indiferentes al sufrimiento de los demás, perdiendo nuestra capacidad de empatía y solidaridad.

Pero la segunda es igualmente preocupante. ¿Qué pasó con el trabajo de los organismos garantes? ¿Fue acaso incapacidad de transmitir e incluso educar al pueblo mexicano? ¿De “conectar”, empatizar? Por que los festivales, las fotos, los congresos o simposios, salvo muy honrosas excepciones, siempre iban dirigidos a cualquier público distinto a lo que han dado por llamar “el ciudadano de a pie”. O como dirían los políticos en este momento histórico, “el pueblo bueno”, ese que difícilmente, con la pobre comunicación de los “expertos” y además con pocos recursos a la mano, comprendió la importancia de un andamiaje institucional como el que logró crearse en materia de transparencia y protección de datos personales. Tal vez eso explique la indiferencia en su defensa.

No cabe duda que asistimos y en gran mayoría, las y los mexicanos solo estamos meramente atestiguando los cambios estructurales que nuestro país esta viviendo. En ese sentido, claro que vivimos una transformación. No sé cuál. Pero bien haríamos en hacer a un lado esa indiferencia, para al menos intentar entender cómo afectarán al ejercicio y garantía de nuestros derechos fundamentales.

No involucrarse en la vida del país también tiene un costo personal. Cuando nos alejamos de los asuntos públicos, renunciamos a nuestro derecho a ser escuchados y a contribuir al bienestar de nuestra sociedad. Nos convertimos en meros espectadores de nuestro propio destino, sin voz ni voto. En un mundo cada vez más interconectado, los problemas que enfrentamos son complejos y requieren soluciones colectivas. La participación ciudadana es esencial para construir un futuro más justo, próspero y sostenible para todos. No podemos permitirnos el lujo de la indiferencia.

Es hora de despertar de la apatía y asumir nuestra responsabilidad como mexicanos. Involucrémonos en los asuntos públicos, hagamos oír nuestra voz, exijamos transparencia y rendición de cuentas. Solo así podremos construir el país que queremos y merecemos.

Sobre la autora

Ana Olvera es profesora investigadora de tiempo completo en la Universidad Autónoma del Estado de Hidalgo, con intereses en privacidad, bioética y neuroderechos.
 

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