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Opinión

Profesionalización del gestor cultural

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cristina martienez avendaño opinion

¿Por qué una persona decide que quiere dedicarse a la gestión cultural de forma profesional? ¿Para ser gestor cultural se estudia, no basta con la experiencia práctica? La introducción a la academia del gestor cultural es algo relativamente contemporáneo si lo comparamos con otras profesiones. En México, un país que es conocido a nivel mundial como ícono de cultura, sin saberlo tenía esta necesidad y hace casi 20 años fue que comenzaron a detonar las interrogantes anteriores.

El Conaculta comenzó a realizar con la Universidad de Guadalajara (UDG) pequeños cursos sobre animación social cultural con Ana Cecilia Montilla y José Antonio Mac Gregor, ambos trabajaban en Conaculta y Montilla era la encargada del sistema información cultural, al ver que los cursos tenían éxito fue que Conaculta le ofreció a la UDG la iniciativa de crear un maestría en gestión cultural.

Un gran reto que empezó de cero, ya que no existía bibliografía en el tema, algunas opiniones referían que la gestión cultural como contenido no eran suficientes para crear una maestría, uno de los grandes obstáculos durante el proceso fue que los “expertos” en gestión cultural no tenían maestría y se habían formado en el trabajo y de manera improvisada. No obstante, se comenzó a justificar la necesidad del posgrado gracias al

apoyo de Winston Licona de Colombia y Ernesto Piedras de México, estos economistas empezaban hablar de la importancia de la cultura en la economía lo cual ayudó a sostener teóricamente y académicamente la maestría.

La Maestría en Gestión y Desarrollo Cultural de la UDG se ubicó en el Centro Universitario de Arte Arquitectura y Diseño (CUAAD) donde en 2004 arrancó con la primera generación de estudiantes, la primera titulada fue la Mtra. Maribel Arteaga, actual directora del Museo de las Artes de la UDG. Hasta el momento ya son más de 160 egresados y en el mes de septiembre 2022 se lanzó la convocatoria de la generación número 10, un posgrado que ha evolucionado, aprendido y sigue en constante actualización para poder formar gestores comprometidos y preparados para los retos actuales como la reciente contingencia ambiental, la virtualidad y las brechas de desigualdad que han generado que los grupos vulnerables no consideren a la cultura como un derecho humano.

Este posgrado, pionero en UDG, fue inspiración de egresados y académicos de la Universidad ITESO a formar nuevos programas académicos como la licenciatura en gestión cultural que ya tiene más de 10 años de existencia y varias generaciones de gestores comprometidos como mediadores y enlaces entre las manifestaciones culturales y la comunidad.

La importancia de las iniciativas creadas y gestionadas por los profesionales en el área cultural, parten de proyectos como el de Marco Enríquez actual estudiante de la maestría en gestión y desarrollo cultural UDG, quien se interesó en profesionalizarse para aprender sobre investigación y procesos de sistematización al diseñar proyectos de animación cultural. Durante el posgrado Marco creó el Diplomado para la dinamización cultural de los archivos, es el primer programa educativo en Latinoamérica especializado en la difusión del patrimonio documental, dirigido a personal que labora en archivos de la administración pública y privada de Iberoamérica así como profesionales de otras ramas que estén interesados en el tema, buscando fortalecer el desarrollo profesional de los trabajadores de archivo en el dominio de difusión y mercadotecnia para sensibilizar a la sociedad sobre la función social de los archivos.

Durante la convocatoria del diplomado se recibieron inscripciones desde doce países de Latinoamérica relacionados con alguna institución archivística de importancia, como cinco generales pertenecientes a diferentes naciones que no cuentan con un área de comunicación, gracias al proyecto del diplomado y a los más de 30 interesados inscritos, el beneficio y el impacto de la iniciativa tendrá un alcance significativo en el rubro.

Los gestores culturales en conjunto con la academia buscan formarse en procesos de investigación y reflexión de diversas problemáticas en las que se puede incidir,  la profesionalización de formalizar los procesos, conlleva el florecimiento de proyectos con fines positivos enfocados al bien común de la sociedad, permite implementar estrategias que generan contenidos viables y escalables para la continuidad y replica de planes exitosos que integren y generen una cercanía de la cultura a la población y lo conciban como una herramienta de cambio positivo con, por y para las comunidades.

 

Sobre la autora
Cristina Martínez Avendaño es licenciada en Diseño para la Comunicación Gráfica por la Universidad Enrique Díaz de León y maestra Gestión y Desarrollo Cultural por la Universidad de Guadalajara.

 

 

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Opinión

Ojo, así se roban tus datos personales

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Columna de Ana Olvera sobre el robo de datos personales

Estimado lector, para mí es un privilegio volver a escribir estas líneas luego de una muy larga ausencia. Sin embargo volveremos a encontrarnos en esta columna cada quincena, analizando los temas de actualidad relacionados con la protección de nuestros datos personales y la privacidad que acontecen tanto en nuestro País como en el mundo.

Evidentemente no podemos dejar de comentar lo sucedido en días pasados en Guadalajara, donde existía -y seguramente siguen existiendo- un call center debidamente instalado para llevar a  cabo extorsiones que se extendían no solo al resto de Jalisco, sino hasta a otros veinte estados más de nuestra República, afectando a más de 26 mil personas con llamadas fraudulentas y extorsiones.

Afortunadamente se desmanteló y según declaraciones oficiales se están realizando colaboraciones con instituciones de las demás entidades afectadas, para descubrir a todas las víctimas y por supuesto, invitarlas a denunciar, lo que resulta en una tarea titánica para las autoridades; pero al parecer no lo fue para aquellos cuyo modus vivendi consistía en realizar este tipo de nada honrosas actividades.

Datos personales de los afectados

En ese sentido caben muchas reflexiones, pero la primera es preguntarnos de dónde obtenían la materia prima, es decir, los datos personales de aquellos afectados. Aunque las respuestas pueden variar, quiero que centremos nuestra atención en dos fuentes principales.

La primera y la originaria por excelencia siempre seremos, desafortunadamente, Usted y yo, querido lector. Es decir, nosotros como titulares, dueños de esos datos personales que elegimos, muchas veces sin pararnos a reflexionar en ello, a quién, cómo y para qué le compartimos esta importantísima información.

Y digo que muchas veces sin reflexionarlo lo suficiente, porque participamos a otras personas de manera voluntaria, para poder obtener un bien o servicio; para pedir nuestros alimentos cuando no tenemos tiempo de prepararlos en casa; al inscribirnos a un curso o a nuestros hijos a la escuela, por citar ejemplos cotidianos. Pero también lo hacemos de manera involuntaria, por ejemplo cuando descargamos aplicaciones en nuestro teléfono inteligente o tableta y compartimos datos que no son necesarios; cuando somos poco discretos en una conversación o bien, ¿cuántas veces no hemos tirado a la basura documentación que contiene nuestro nombre u otros datos más sensibles, como nuestra CLABE interbancaria? Seguramente, muchas veces.

Ignoramos el valor de nuestros datos

La segunda causa de obtención de esta información es por medio de aquellos que manejan datos personales, es decir, los responsables si son particulares, o bien los sujetos obligados de orden público. Según me ha tocado atestiguar, parece que cuando la información no nos pertenece, dejamos de tener cuidado en su manejo. Se despersonaliza y solo vemos números, estadísticas, pero olvidamos que detrás de esas cifras, direcciones o palabras, se encuentra una persona que puede verse perjudicada por nuestro descuido de custodia de la información durante el ciclo de vida de los datos personales.

En fin, aunque difícilmente sabremos cómo se obtuvo esa información, es una realidad que decenas de miles de personas se vieron seriamente perjudicadas no solo en su patrimonio, sino muy seguramente hasta en su tranquilidad diaria, por este tipo de acciones ilegales. La invitación es a que le demos la importancia debida a esta información que es tan importante. La que nada más y nada menos, nos hace únicos y nos permite interactuar con el resto de quienes nos rodean. Si tenemos conciencia de la importancia de nuestros datos personales, seguramente nos daremos cuenta de la relevancia que también tiene la información relativa a otras personas. 

La tarea primordial

En un entorno tan cambiante como el que vive nuestro mundo y especialmente, nuestro Estado de Derecho, la tarea primordial con la que contamos es velar porque nuestros derechos a la protección de datos personales y la privacidad no sean violentados y es más, que puedan ser garantizados, sobre todo ante la inminente desaparición de los Órganos Garantes en la materia, de lo que hablaremos en nuestra próxima entrega.

Sobre la autora

Ana Olvera es profesora investigadora de tiempo completo en la Universidad Autónoma del Estado de Hidalgo, con intereses en privacidad, bioética y neuroderechos.

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La extinción de los institutos de transparencia: ¿falta de empatía o indiferencia?

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A veces, hablar de datos personales, de su protección y nuestra privacidad, resulta sumamente abstracto. Aunque incluso trabajemos con ellos, pensemos en la recepcionista de un consultorio médico o el propio profesional de la salud. O en la persona a la que le pedimos la pizza o la comida que consumiremos en ese momento.

Ahora pensemos en las veces que entramos a ciertas redes sociales, como X, Facebook o LinkedIn y encontramos explicaciones acerca de lo importante que es proteger nuestros datos personales, o bien, explicaciones de las resoluciones (que a veces se adjuntan completas) y que más bien, parecen para un público un poco más especializado, que tal vez no seremos nosotros -que solo buscamos un momento de distracción-. En no pocas ocasiones, este tipo de situaciones pasan desapercibidas hasta que somos víctimas de robo de identidad, alguna extorsión o una estafa.

En este sentido cabe preguntarnos al menos dos cosas. La primera, la razón por la que optamos por la indiferencia ante la violación de la privacidad, que se arraiga en una compleja red de factores. La omnipresencia de la tecnología ha normalizado la vigilancia, desensibilizando a muchos ante la vulneración de sus datos personales. La complejidad de las políticas de privacidad y los algoritmos opacos genera una sensación de impotencia, alimentando la resignación. Además, la gratificación inmediata de los servicios digitales y la falta de consecuencias tangibles de la pérdida de privacidad fomentan una actitud apática e incluso, indolente. A esto se suma la polarización social, que fragmenta la empatía y dificulta la acción colectiva en defensa de un derecho fundamental.

La falta de involucramiento nos aísla de nuestra comunidad. Nos desconectamos de los problemas que nos afectan a todos, como la pobreza, la desigualdad, la violencia, la inseguridad y el cambio climático. Nos volvemos indiferentes al sufrimiento de los demás, perdiendo nuestra capacidad de empatía y solidaridad.

Pero la segunda es igualmente preocupante. ¿Qué pasó con el trabajo de los organismos garantes? ¿Fue acaso incapacidad de transmitir e incluso educar al pueblo mexicano? ¿De “conectar”, empatizar? Por que los festivales, las fotos, los congresos o simposios, salvo muy honrosas excepciones, siempre iban dirigidos a cualquier público distinto a lo que han dado por llamar “el ciudadano de a pie”. O como dirían los políticos en este momento histórico, “el pueblo bueno”, ese que difícilmente, con la pobre comunicación de los “expertos” y además con pocos recursos a la mano, comprendió la importancia de un andamiaje institucional como el que logró crearse en materia de transparencia y protección de datos personales. Tal vez eso explique la indiferencia en su defensa.

No cabe duda que asistimos y en gran mayoría, las y los mexicanos solo estamos meramente atestiguando los cambios estructurales que nuestro país esta viviendo. En ese sentido, claro que vivimos una transformación. No sé cuál. Pero bien haríamos en hacer a un lado esa indiferencia, para al menos intentar entender cómo afectarán al ejercicio y garantía de nuestros derechos fundamentales.

No involucrarse en la vida del país también tiene un costo personal. Cuando nos alejamos de los asuntos públicos, renunciamos a nuestro derecho a ser escuchados y a contribuir al bienestar de nuestra sociedad. Nos convertimos en meros espectadores de nuestro propio destino, sin voz ni voto. En un mundo cada vez más interconectado, los problemas que enfrentamos son complejos y requieren soluciones colectivas. La participación ciudadana es esencial para construir un futuro más justo, próspero y sostenible para todos. No podemos permitirnos el lujo de la indiferencia.

Es hora de despertar de la apatía y asumir nuestra responsabilidad como mexicanos. Involucrémonos en los asuntos públicos, hagamos oír nuestra voz, exijamos transparencia y rendición de cuentas. Solo así podremos construir el país que queremos y merecemos.

Sobre la autora

Ana Olvera es profesora investigadora de tiempo completo en la Universidad Autónoma del Estado de Hidalgo, con intereses en privacidad, bioética y neuroderechos.
 

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