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Opinión

Qué le pasa a nuestras instituciones, entre ellas la Fiscalía de Nuevo León

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ana olvera

*Sean estas líneas un muy sencillo homenaje a todas aquellas personas víctimas de la violencia que se ha vuelto una costumbre en nuestro México, así como a sus familias, con especial mención a aquellas que fueron víctimas de feminicidio o transfeminicidio. Nos faltarán siempre todas ustedes.

Hace un par de semanas fui invitada a dar una plática acerca de la bioética en México a una institución pública de salud. Además de este, se abordaron otros temas con distintos profesionales, que nos llevaron a charlar acerca de las solicitudes de información que los sujetos obligados reciben.

Entonces me hicieron una pregunta que me sorprendió, pero al mismo tiempo, no. Me explico. El primer caso fue porque a muchísimos años de ver la luz la diversa legislación en materia de transparencia y acceso a la información la siguen haciendo. Pero no me sorprendió porque eso explica la situación generalizada que vivimos, en el que cada día atestiguamos y también somos víctimas del resultado del derrumbe de lo poco que queda de nuestro Estado de Derecho.

La pregunta, amable lector o lectora, fue que por qué la gente podía mandar solicitudes de acceso a la información de forma anónima y que, además, deberían mencionar para qué necesitan esa información, pues atenderlas les quita mucho tiempo. En ese momento agradecí usar mascarilla, pues ya imagino la expresión facial que se asomó.

Por supuesto, le recordé que era servidora pública y le sugerí reflexionar acerca de sus palabras, que demostraron que entre sus prioridades no estaba garantizar el derecho de acceso a la información, y mucho menos, pensé para mis adentros, el de acceso a la salud. ¿Qué pasa entonces con la información que le solicita uno de sus pacientes? ¿Si la pregunta le parece, a discreción, por supuesto, tonta o impertinente, simplemente se abstiene de responder? Seguramente así es, aunque esté mal por adelantar juicios.

Pero, sobre todo, le recordé que en este país, en que los derechos humanos solo son letra muerta en una Constitución venerada por su edad, pero pisoteada en cada oportunidad, vivimos una situación de violación sistemática de esos derechos humanos que consagra y por eso necesitamos dotar de mecanismos que los garanticen, aunque a nosotros como servidores públicos nos cueste más minutos de nuestro valioso tiempo atenderlos.

En diez años que llevo en el servicio público me he encontrado de todo, pero las raras avis son las personas que quieren aprender y servir, no servirse del erario. Las últimas hasta convierten la vocación del servicio público en una bonita utopía. Como he dicho muchísimas veces, se nos olvida que no por ser funcionarios dejamos de ser mexicanos y mexicanas. Antes de ser otra cosa y ponernos múltiples títulos “nobiliarios”, académicos o laborales, somos Ana, Pedro, Juana o José. La única ventaja de ese nombramiento es que tenemos el honor de servir a nuestra comunidad, no el salario fijo con prestaciones y la impunidad que lo rodea con frecuencia.

Por eso escuchar al papá de Debanhi me parte el alma. Tiene razón: ¿cómo es posible que no la encontraron antes? ¿Acaso “sembraron” el cuerpo de su hija? Pero su pregunta se traslada (sin banalizarla y salvando las distancias) a cualquier ámbito: ¿cómo que no aparece mi expediente? ¿Cómo que se le traspapeló mi solicitud? ¿Cómo que se le olvidó notificar mi asunto? O peor aún, ¿notificarme? Está en todo su derecho y es lógico que no confíe en las autoridades a cargo del caso de su hija. Y me atrevo a decir que ninguno confiamos ya en las instituciones de este país, porque las hemos sufrido o porque al ser parte de ellas, sabemos cuán podridas se encuentran sus entrañas.

No quiero ser injusta y también es cierto que esas raras avis, en su mayoría sufren condiciones de trabajo por no ser parte del sistema, tales como ver truncado su crecimiento profesional. Se encuentran en la disyuntiva de cumplir con la garantía de derechos humanos que cuando ellos exigen para sí mismos, no resultan más que objetos de burla de sus superiores y su única alternativa es aguatar o renunciar. Muchos no pueden hacerlo por necesidad.

¿Qué debemos hacer entonces para echar a andar un verdadero diseño institucional en el que el marco jurídico se vea efectivamente aplicado? Con esta interrogante me quedo en esta entrega, que escribo con mucho miedo, frustración y rabia, por todas aquellas personas que ya no están con nosotros y porque cualquiera podríamos ser la siguiente víctima. Porque contrario a lo que la clase política piensa, ninguno estamos exentos de vivir esos horrores.

 

Sobre la autora
Ana Olvera es hidalguense, con intereses en protección de datos, privacidad y bioética.

 

 

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Opinión

Ojo, así se roban tus datos personales

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Columna de Ana Olvera sobre el robo de datos personales

Estimado lector, para mí es un privilegio volver a escribir estas líneas luego de una muy larga ausencia. Sin embargo volveremos a encontrarnos en esta columna cada quincena, analizando los temas de actualidad relacionados con la protección de nuestros datos personales y la privacidad que acontecen tanto en nuestro País como en el mundo.

Evidentemente no podemos dejar de comentar lo sucedido en días pasados en Guadalajara, donde existía -y seguramente siguen existiendo- un call center debidamente instalado para llevar a  cabo extorsiones que se extendían no solo al resto de Jalisco, sino hasta a otros veinte estados más de nuestra República, afectando a más de 26 mil personas con llamadas fraudulentas y extorsiones.

Afortunadamente se desmanteló y según declaraciones oficiales se están realizando colaboraciones con instituciones de las demás entidades afectadas, para descubrir a todas las víctimas y por supuesto, invitarlas a denunciar, lo que resulta en una tarea titánica para las autoridades; pero al parecer no lo fue para aquellos cuyo modus vivendi consistía en realizar este tipo de nada honrosas actividades.

Datos personales de los afectados

En ese sentido caben muchas reflexiones, pero la primera es preguntarnos de dónde obtenían la materia prima, es decir, los datos personales de aquellos afectados. Aunque las respuestas pueden variar, quiero que centremos nuestra atención en dos fuentes principales.

La primera y la originaria por excelencia siempre seremos, desafortunadamente, Usted y yo, querido lector. Es decir, nosotros como titulares, dueños de esos datos personales que elegimos, muchas veces sin pararnos a reflexionar en ello, a quién, cómo y para qué le compartimos esta importantísima información.

Y digo que muchas veces sin reflexionarlo lo suficiente, porque participamos a otras personas de manera voluntaria, para poder obtener un bien o servicio; para pedir nuestros alimentos cuando no tenemos tiempo de prepararlos en casa; al inscribirnos a un curso o a nuestros hijos a la escuela, por citar ejemplos cotidianos. Pero también lo hacemos de manera involuntaria, por ejemplo cuando descargamos aplicaciones en nuestro teléfono inteligente o tableta y compartimos datos que no son necesarios; cuando somos poco discretos en una conversación o bien, ¿cuántas veces no hemos tirado a la basura documentación que contiene nuestro nombre u otros datos más sensibles, como nuestra CLABE interbancaria? Seguramente, muchas veces.

Ignoramos el valor de nuestros datos

La segunda causa de obtención de esta información es por medio de aquellos que manejan datos personales, es decir, los responsables si son particulares, o bien los sujetos obligados de orden público. Según me ha tocado atestiguar, parece que cuando la información no nos pertenece, dejamos de tener cuidado en su manejo. Se despersonaliza y solo vemos números, estadísticas, pero olvidamos que detrás de esas cifras, direcciones o palabras, se encuentra una persona que puede verse perjudicada por nuestro descuido de custodia de la información durante el ciclo de vida de los datos personales.

En fin, aunque difícilmente sabremos cómo se obtuvo esa información, es una realidad que decenas de miles de personas se vieron seriamente perjudicadas no solo en su patrimonio, sino muy seguramente hasta en su tranquilidad diaria, por este tipo de acciones ilegales. La invitación es a que le demos la importancia debida a esta información que es tan importante. La que nada más y nada menos, nos hace únicos y nos permite interactuar con el resto de quienes nos rodean. Si tenemos conciencia de la importancia de nuestros datos personales, seguramente nos daremos cuenta de la relevancia que también tiene la información relativa a otras personas. 

La tarea primordial

En un entorno tan cambiante como el que vive nuestro mundo y especialmente, nuestro Estado de Derecho, la tarea primordial con la que contamos es velar porque nuestros derechos a la protección de datos personales y la privacidad no sean violentados y es más, que puedan ser garantizados, sobre todo ante la inminente desaparición de los Órganos Garantes en la materia, de lo que hablaremos en nuestra próxima entrega.

Sobre la autora

Ana Olvera es profesora investigadora de tiempo completo en la Universidad Autónoma del Estado de Hidalgo, con intereses en privacidad, bioética y neuroderechos.

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Opinión

La extinción de los institutos de transparencia: ¿falta de empatía o indiferencia?

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A veces, hablar de datos personales, de su protección y nuestra privacidad, resulta sumamente abstracto. Aunque incluso trabajemos con ellos, pensemos en la recepcionista de un consultorio médico o el propio profesional de la salud. O en la persona a la que le pedimos la pizza o la comida que consumiremos en ese momento.

Ahora pensemos en las veces que entramos a ciertas redes sociales, como X, Facebook o LinkedIn y encontramos explicaciones acerca de lo importante que es proteger nuestros datos personales, o bien, explicaciones de las resoluciones (que a veces se adjuntan completas) y que más bien, parecen para un público un poco más especializado, que tal vez no seremos nosotros -que solo buscamos un momento de distracción-. En no pocas ocasiones, este tipo de situaciones pasan desapercibidas hasta que somos víctimas de robo de identidad, alguna extorsión o una estafa.

En este sentido cabe preguntarnos al menos dos cosas. La primera, la razón por la que optamos por la indiferencia ante la violación de la privacidad, que se arraiga en una compleja red de factores. La omnipresencia de la tecnología ha normalizado la vigilancia, desensibilizando a muchos ante la vulneración de sus datos personales. La complejidad de las políticas de privacidad y los algoritmos opacos genera una sensación de impotencia, alimentando la resignación. Además, la gratificación inmediata de los servicios digitales y la falta de consecuencias tangibles de la pérdida de privacidad fomentan una actitud apática e incluso, indolente. A esto se suma la polarización social, que fragmenta la empatía y dificulta la acción colectiva en defensa de un derecho fundamental.

La falta de involucramiento nos aísla de nuestra comunidad. Nos desconectamos de los problemas que nos afectan a todos, como la pobreza, la desigualdad, la violencia, la inseguridad y el cambio climático. Nos volvemos indiferentes al sufrimiento de los demás, perdiendo nuestra capacidad de empatía y solidaridad.

Pero la segunda es igualmente preocupante. ¿Qué pasó con el trabajo de los organismos garantes? ¿Fue acaso incapacidad de transmitir e incluso educar al pueblo mexicano? ¿De “conectar”, empatizar? Por que los festivales, las fotos, los congresos o simposios, salvo muy honrosas excepciones, siempre iban dirigidos a cualquier público distinto a lo que han dado por llamar “el ciudadano de a pie”. O como dirían los políticos en este momento histórico, “el pueblo bueno”, ese que difícilmente, con la pobre comunicación de los “expertos” y además con pocos recursos a la mano, comprendió la importancia de un andamiaje institucional como el que logró crearse en materia de transparencia y protección de datos personales. Tal vez eso explique la indiferencia en su defensa.

No cabe duda que asistimos y en gran mayoría, las y los mexicanos solo estamos meramente atestiguando los cambios estructurales que nuestro país esta viviendo. En ese sentido, claro que vivimos una transformación. No sé cuál. Pero bien haríamos en hacer a un lado esa indiferencia, para al menos intentar entender cómo afectarán al ejercicio y garantía de nuestros derechos fundamentales.

No involucrarse en la vida del país también tiene un costo personal. Cuando nos alejamos de los asuntos públicos, renunciamos a nuestro derecho a ser escuchados y a contribuir al bienestar de nuestra sociedad. Nos convertimos en meros espectadores de nuestro propio destino, sin voz ni voto. En un mundo cada vez más interconectado, los problemas que enfrentamos son complejos y requieren soluciones colectivas. La participación ciudadana es esencial para construir un futuro más justo, próspero y sostenible para todos. No podemos permitirnos el lujo de la indiferencia.

Es hora de despertar de la apatía y asumir nuestra responsabilidad como mexicanos. Involucrémonos en los asuntos públicos, hagamos oír nuestra voz, exijamos transparencia y rendición de cuentas. Solo así podremos construir el país que queremos y merecemos.

Sobre la autora

Ana Olvera es profesora investigadora de tiempo completo en la Universidad Autónoma del Estado de Hidalgo, con intereses en privacidad, bioética y neuroderechos.
 

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