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Opinión

Repensemos el modelo de transporte público de Guadalajara

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ruta-empresa, transporte público guadalajara

Por David López García*

Han pasado semanas desde el último paro camionero que vivimos en Guadalajara y, desde entonces, no ha sucedido mucho en esta agenda. Las cosas han vuelto a la normalidad. Prácticamente ya no se escuchan voces discutiendo el incidente o sus implicaciones. Pero no debemos dejar que el evento quede en el olvido.

Necesitamos aprovechar esta oportunidad para discutir con seriedad la conveniencia del sistema de concesiones privadas, y cuáles serían las alternativas viables.

Existen modelos formales para evaluar el nivel de involucramiento del sector privado en los servicios públicos. Discutiré uno de ellos con el objetivo de aportar marcos de referencia para cuestionarnos si el modelo actual es el más adecuado para una zona metropolitana como Guadalajara.

Los cuatro modelos

En el año 2000, la profesora Rebecca Blank de la Universidad de Wisconsin-Madison publicó un modelo para ayudar a los gobernantes a decidir el nivel más conveniente de privatización de los servicios públicos. En su modelo, Blank propone la existencia de cuatro posibles combinaciones: Modelo 1) propiedad y administración privada con regulación gubernamental; Modelo 2) propiedad privada con (quizá) regulación gubernamental y financiamiento para subsidiar a los usuarios de bajos ingresos; Modelo 3) propiedad gubernamental, pero con contratos con el sector privado para la administración y operación de los servicios; y Modelo 4) propiedad y administración gubernamental.

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Además, la profesora Blank propuso tres criterios para decidir cuál de las diferentes combinaciones es la más conveniente.

El primer criterio es evaluar el nivel de las asimetrías de información entre los prestadores de los servicios y los usuarios –cuando existe poca información sobre la calidad de los servicios, la calidad tiende a bajar.

El segundo criterio son los posibles problemas de agencia de los usuarios –hay ocasiones en que los usuarios en realidad no tienen muchas opciones para elegir y se ven obligados a usar un servicio por default.

El tercer criterio son los problemas distributivos entre la población –hay ocasiones en que las personas no tienen los recursos económicos para acceder a los servicios a través del sector privado.

Ahora bien, la metodología de la profesora Blank consiste en hacernos tres preguntas para determinar el nivel de involucramiento del sector privado en la provisión de los servicios públicos:

1)

¿Qué tan graves son los problemas de información para garantizar la calidad de los servicios?

2)

¿Qué tan graves son los problemas de agencia de los usuarios?

3)

¿Qué tan graves son los problemas distributivos entre la población para acceder a los servicios?

Modelo 4

De acuerdo con Blank, si la calidad del servicio es observable, y si no hay problemas distributivos ni de agencia, entonces el Modelo 1 es viable. Si la calidad del servicio es observable y no hay problemas de agencia, pero sí hay problemas distributivos, entonces el Modelo 2 sería posible. Cuando la calidad de los servicios es observable, pero hay problemas tanto de agencia como distributivos, entonces el Modelo 3 es el mejor.

Finalmente, cuando existen problemas tanto de asimetrías de información, como de agencia y distributivos, entonces el Modelo 4 es el más conveniente.

En el caso del servicio de transporte público de Guadalajara, hasta finales de los años setenta usábamos el modelo 4 –propiedad y administración gubernamental.

Sin embargo, la combinación entre el crecimiento poblacional y el déficit de las finanzas públicas durante los años ochenta y noventa nos hizo transitar hacia lo que tenemos hoy, el modelo 2 –propiedad privada con regulación gubernamental y financiamiento para subsidiar a los usuarios de bajos ingresos.

Distinto nombre, mismo modelo

La opción de política que ha logrado un consenso entre los actores involucrados es transitar hacia lo que han llamado el modelo ruta-empresa. Sin embargo, por más innovador que pueda sonar este término, en realidad no se trata más que de una forma diferente de llamarle al modelo 2 que ya está operando en la ciudad. Pero debemos cuestionarnos si este modelo es el más adecuado para una ciudad como Guadalajara.

En realidad, yo no tengo una respuesta, pero hago un llamado a aprovechar la oportunidad que nos brinda la crisis del transporte público para discutir el modelo actual con mayor profundidad.

*David López García es coordinador del Laboratorio de Innovación Democrática (LID).

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Opinión

Ojo, así se roban tus datos personales

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Columna de Ana Olvera sobre el robo de datos personales

Estimado lector, para mí es un privilegio volver a escribir estas líneas luego de una muy larga ausencia. Sin embargo volveremos a encontrarnos en esta columna cada quincena, analizando los temas de actualidad relacionados con la protección de nuestros datos personales y la privacidad que acontecen tanto en nuestro País como en el mundo.

Evidentemente no podemos dejar de comentar lo sucedido en días pasados en Guadalajara, donde existía -y seguramente siguen existiendo- un call center debidamente instalado para llevar a  cabo extorsiones que se extendían no solo al resto de Jalisco, sino hasta a otros veinte estados más de nuestra República, afectando a más de 26 mil personas con llamadas fraudulentas y extorsiones.

Afortunadamente se desmanteló y según declaraciones oficiales se están realizando colaboraciones con instituciones de las demás entidades afectadas, para descubrir a todas las víctimas y por supuesto, invitarlas a denunciar, lo que resulta en una tarea titánica para las autoridades; pero al parecer no lo fue para aquellos cuyo modus vivendi consistía en realizar este tipo de nada honrosas actividades.

Datos personales de los afectados

En ese sentido caben muchas reflexiones, pero la primera es preguntarnos de dónde obtenían la materia prima, es decir, los datos personales de aquellos afectados. Aunque las respuestas pueden variar, quiero que centremos nuestra atención en dos fuentes principales.

La primera y la originaria por excelencia siempre seremos, desafortunadamente, Usted y yo, querido lector. Es decir, nosotros como titulares, dueños de esos datos personales que elegimos, muchas veces sin pararnos a reflexionar en ello, a quién, cómo y para qué le compartimos esta importantísima información.

Y digo que muchas veces sin reflexionarlo lo suficiente, porque participamos a otras personas de manera voluntaria, para poder obtener un bien o servicio; para pedir nuestros alimentos cuando no tenemos tiempo de prepararlos en casa; al inscribirnos a un curso o a nuestros hijos a la escuela, por citar ejemplos cotidianos. Pero también lo hacemos de manera involuntaria, por ejemplo cuando descargamos aplicaciones en nuestro teléfono inteligente o tableta y compartimos datos que no son necesarios; cuando somos poco discretos en una conversación o bien, ¿cuántas veces no hemos tirado a la basura documentación que contiene nuestro nombre u otros datos más sensibles, como nuestra CLABE interbancaria? Seguramente, muchas veces.

Ignoramos el valor de nuestros datos

La segunda causa de obtención de esta información es por medio de aquellos que manejan datos personales, es decir, los responsables si son particulares, o bien los sujetos obligados de orden público. Según me ha tocado atestiguar, parece que cuando la información no nos pertenece, dejamos de tener cuidado en su manejo. Se despersonaliza y solo vemos números, estadísticas, pero olvidamos que detrás de esas cifras, direcciones o palabras, se encuentra una persona que puede verse perjudicada por nuestro descuido de custodia de la información durante el ciclo de vida de los datos personales.

En fin, aunque difícilmente sabremos cómo se obtuvo esa información, es una realidad que decenas de miles de personas se vieron seriamente perjudicadas no solo en su patrimonio, sino muy seguramente hasta en su tranquilidad diaria, por este tipo de acciones ilegales. La invitación es a que le demos la importancia debida a esta información que es tan importante. La que nada más y nada menos, nos hace únicos y nos permite interactuar con el resto de quienes nos rodean. Si tenemos conciencia de la importancia de nuestros datos personales, seguramente nos daremos cuenta de la relevancia que también tiene la información relativa a otras personas. 

La tarea primordial

En un entorno tan cambiante como el que vive nuestro mundo y especialmente, nuestro Estado de Derecho, la tarea primordial con la que contamos es velar porque nuestros derechos a la protección de datos personales y la privacidad no sean violentados y es más, que puedan ser garantizados, sobre todo ante la inminente desaparición de los Órganos Garantes en la materia, de lo que hablaremos en nuestra próxima entrega.

Sobre la autora

Ana Olvera es profesora investigadora de tiempo completo en la Universidad Autónoma del Estado de Hidalgo, con intereses en privacidad, bioética y neuroderechos.

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Opinión

La extinción de los institutos de transparencia: ¿falta de empatía o indiferencia?

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A veces, hablar de datos personales, de su protección y nuestra privacidad, resulta sumamente abstracto. Aunque incluso trabajemos con ellos, pensemos en la recepcionista de un consultorio médico o el propio profesional de la salud. O en la persona a la que le pedimos la pizza o la comida que consumiremos en ese momento.

Ahora pensemos en las veces que entramos a ciertas redes sociales, como X, Facebook o LinkedIn y encontramos explicaciones acerca de lo importante que es proteger nuestros datos personales, o bien, explicaciones de las resoluciones (que a veces se adjuntan completas) y que más bien, parecen para un público un poco más especializado, que tal vez no seremos nosotros -que solo buscamos un momento de distracción-. En no pocas ocasiones, este tipo de situaciones pasan desapercibidas hasta que somos víctimas de robo de identidad, alguna extorsión o una estafa.

En este sentido cabe preguntarnos al menos dos cosas. La primera, la razón por la que optamos por la indiferencia ante la violación de la privacidad, que se arraiga en una compleja red de factores. La omnipresencia de la tecnología ha normalizado la vigilancia, desensibilizando a muchos ante la vulneración de sus datos personales. La complejidad de las políticas de privacidad y los algoritmos opacos genera una sensación de impotencia, alimentando la resignación. Además, la gratificación inmediata de los servicios digitales y la falta de consecuencias tangibles de la pérdida de privacidad fomentan una actitud apática e incluso, indolente. A esto se suma la polarización social, que fragmenta la empatía y dificulta la acción colectiva en defensa de un derecho fundamental.

La falta de involucramiento nos aísla de nuestra comunidad. Nos desconectamos de los problemas que nos afectan a todos, como la pobreza, la desigualdad, la violencia, la inseguridad y el cambio climático. Nos volvemos indiferentes al sufrimiento de los demás, perdiendo nuestra capacidad de empatía y solidaridad.

Pero la segunda es igualmente preocupante. ¿Qué pasó con el trabajo de los organismos garantes? ¿Fue acaso incapacidad de transmitir e incluso educar al pueblo mexicano? ¿De “conectar”, empatizar? Por que los festivales, las fotos, los congresos o simposios, salvo muy honrosas excepciones, siempre iban dirigidos a cualquier público distinto a lo que han dado por llamar “el ciudadano de a pie”. O como dirían los políticos en este momento histórico, “el pueblo bueno”, ese que difícilmente, con la pobre comunicación de los “expertos” y además con pocos recursos a la mano, comprendió la importancia de un andamiaje institucional como el que logró crearse en materia de transparencia y protección de datos personales. Tal vez eso explique la indiferencia en su defensa.

No cabe duda que asistimos y en gran mayoría, las y los mexicanos solo estamos meramente atestiguando los cambios estructurales que nuestro país esta viviendo. En ese sentido, claro que vivimos una transformación. No sé cuál. Pero bien haríamos en hacer a un lado esa indiferencia, para al menos intentar entender cómo afectarán al ejercicio y garantía de nuestros derechos fundamentales.

No involucrarse en la vida del país también tiene un costo personal. Cuando nos alejamos de los asuntos públicos, renunciamos a nuestro derecho a ser escuchados y a contribuir al bienestar de nuestra sociedad. Nos convertimos en meros espectadores de nuestro propio destino, sin voz ni voto. En un mundo cada vez más interconectado, los problemas que enfrentamos son complejos y requieren soluciones colectivas. La participación ciudadana es esencial para construir un futuro más justo, próspero y sostenible para todos. No podemos permitirnos el lujo de la indiferencia.

Es hora de despertar de la apatía y asumir nuestra responsabilidad como mexicanos. Involucrémonos en los asuntos públicos, hagamos oír nuestra voz, exijamos transparencia y rendición de cuentas. Solo así podremos construir el país que queremos y merecemos.

Sobre la autora

Ana Olvera es profesora investigadora de tiempo completo en la Universidad Autónoma del Estado de Hidalgo, con intereses en privacidad, bioética y neuroderechos.
 

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