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Opinión

Tres desgracias contemporáneas de México

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explosión en gasoducto, pemex

El viernes 18 de enero pasará a la historia como el día en que México fue testigo de tres desgracias, que describen en mucho la compleja situación de crisis que se vive en nuestro país, y ante la cual definitivamente no hay respuestas y soluciones que simplemente se puedan plantear en blanco y negro.

La primera 

La primer desgracia comenzó a ocurrir con el irracional acto de rapiña de los pobladores de Tlahuelilpan, Hidalgo, quienes ignorando por completo su propia seguridad y la de sus hijos, se dispusieron a aprovechar la fuga de combustible en un ducto de Pemex. Naturalmente, este acto es tanto reprobable como incomprensible, pero que puede tener su explicación en tres posibles incentivos.

En primer lugar, la impunidad: es decir, la expectativa presumible de que el aprovechamiento no tendría consecuencias legales para ellos, puesto que es sabida la debilidad institucional para hacer valer el Estado de derecho. Ello explica que ahí hubiera una toma clandestina, y posiblemente integrantes del crimen organizado atizando a los pobladores para aprovecharse del chorro.

En segundo lugar, la ignorancia: que puede explicar la gran irracionalidad que implica el estar dispuesto a correr hacia el chorro poniendo en riesgo su propia vida, y que también puede explicar el alto grado de manipulación y vulnerabilidad al que están expuestos amplios sectores de la población, no solo ante estos eventos catastróficos, sino ante los intereses partidistas que periódicamente se disputan su apoyo en las urnas.

Y en tercer lugar, la miseria, pues sin duda es previsible que entre los aprovechados hubiera también quien solo buscara solucionar en alguna medida su precaria condición económica, y mitigar la situación de desabasto que se ha padecido durante las últimas semanas. Tres incentivos, impunidad, ignorancia y miseria, que han cobrado la vida ya más de 90 personas.

La segunda 

La segunda desgracia fue la actuación del Estado ante el catastrófico evento. El gobierno del presidente López Obrador se ha embarcado en una loable cruzada contra el robo de combustible, delito cuyas pérdidas anuales se estiman alrededor de 60 mil millones de pesos anuales. Si bien, es innegable la importancia de hacer frente a este lastre, la estrategia emprendida por el Gobierno de México ha ocasionado también escasez de combustible en al menos siete estados del país.

En ese contexto, la actuación de las corporaciones militares, las policiales y las operativas de la paraestatal petrolera, ante el suicida acto de rapiña del viernes pasado, dejó por lo menos sembrada la duda sobre la capacidad estatal para lograr la protección, no solo de los ductos de Pemex, sino de las personas. El presidente de la república afirmó que su gobierno “mantendrá la política de respeto a los derechos humanos y la búsqueda de diálogo, partiendo de que en ningún momento se dará la orden de reprimir al pueblo”. Sin embargo, vale la pena preguntarse qué derecho humano se hubiera vulnerado con una actuación más decisiva. La intervención que los ciudadanos esperamos del Estado no es la de represión, ¿o es acaso la única forma de intervención que era posible en ese contexto?

explosión en gasoducto, pemex

Fotos: AFP.

¿Qué criterios justifican?

¿Qué criterios justifican que el dejar hacer y dejar pasar era la mejor alternativa? Sin embargo, como ya se ha dicho no hay respuestas que simplemente se puedan plantear en blanco y negro. Es posible que detrás de la actuación de cada funcionario, en diferentes momentos de esa crisis, hubiera habido negligencia, pero también ineficiencia, incapacidad o ignorancia, todas ellas acompañando a un puñado de buenas intenciones. El único resultado que se debió lograr era proteger la vida de las personas incluso contra su voluntad, y proteger la infraestructura pública y los bienes. Pero lo más probable es que no exista un protocolo que indique con una total certeza cómo lograr ambos resultados al mismo tiempo, en un contexto tan catastrófico como el del viernes pasado.

La tercera 

Y finalmente, la tercer desgracia es la que se ha presentado en reacciones documentadas en las redes sociales a partir de lo ocurrido, que describen sin lugar a dudas el alto grado de polarización social que se ha acentuado durante los últimos años, y que se enfatizó todavía más durante la campaña presidencial de 2018. Muchas personas –incluso algunos periodistas- han expresado no solo su indolencia ante la muerte de quienes participaron del acto de rapiña, sino en cierta forma su beneplácito bajo el argumento de que “ellos se lo buscaron”, “lo debieron haber pensado antes”, o “se lo tienen bien merecido”.

Estas opiniones han estado acompañadas de las descarnadas imágenes que han circulado en todas las redes sociales. Detrás de estas expresiones se esconden la intolerancia y el fanatismo, de quienes convalidan el argumento simplón de la diferenciación ética entre el bueno, y el malo, el chairo y el fifí, el mesías y la mafia del poder. Y por otro lado están quienes, ya sea por un motivo o por otro, politizan y lucran con la desgracia enarbolando el reclamo de los familiares de las víctimas de una indemnización a causa de los terribles hechos.

Dolorosa lección 

El presidente López Obrador afirma que esta es una dolorosa lección, y se ha comprometido a actuar en todo momento con la verdad ante esta tragedia. Esta es sin duda la primer catástrofe a la que se enfrenta este gobierno, ojalá todos capitalicemos en alguna forma esto como una lección de la cual se aprenda cómo combatir la impunidad, la ignorancia y la miseria, cómo mejorar la actuación de las fuerzas policiales para garantizar primero la vida de las personas, y cómo ser más tolerantes y comprensivos con el dolor humano.  


*Estuardo Gómez  es investigador del Laboratorio de Innovación Democrática (LID), y profesor de la Maestría en Políticas Públicas de la Universidad de Guadalajara.

 

Etiquetas: Bolígrafo    Laboratorio de Innovación Democrática 

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Opinión

Ojo, así se roban tus datos personales

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Columna de Ana Olvera sobre el robo de datos personales

Estimado lector, para mí es un privilegio volver a escribir estas líneas luego de una muy larga ausencia. Sin embargo volveremos a encontrarnos en esta columna cada quincena, analizando los temas de actualidad relacionados con la protección de nuestros datos personales y la privacidad que acontecen tanto en nuestro País como en el mundo.

Evidentemente no podemos dejar de comentar lo sucedido en días pasados en Guadalajara, donde existía -y seguramente siguen existiendo- un call center debidamente instalado para llevar a  cabo extorsiones que se extendían no solo al resto de Jalisco, sino hasta a otros veinte estados más de nuestra República, afectando a más de 26 mil personas con llamadas fraudulentas y extorsiones.

Afortunadamente se desmanteló y según declaraciones oficiales se están realizando colaboraciones con instituciones de las demás entidades afectadas, para descubrir a todas las víctimas y por supuesto, invitarlas a denunciar, lo que resulta en una tarea titánica para las autoridades; pero al parecer no lo fue para aquellos cuyo modus vivendi consistía en realizar este tipo de nada honrosas actividades.

Datos personales de los afectados

En ese sentido caben muchas reflexiones, pero la primera es preguntarnos de dónde obtenían la materia prima, es decir, los datos personales de aquellos afectados. Aunque las respuestas pueden variar, quiero que centremos nuestra atención en dos fuentes principales.

La primera y la originaria por excelencia siempre seremos, desafortunadamente, Usted y yo, querido lector. Es decir, nosotros como titulares, dueños de esos datos personales que elegimos, muchas veces sin pararnos a reflexionar en ello, a quién, cómo y para qué le compartimos esta importantísima información.

Y digo que muchas veces sin reflexionarlo lo suficiente, porque participamos a otras personas de manera voluntaria, para poder obtener un bien o servicio; para pedir nuestros alimentos cuando no tenemos tiempo de prepararlos en casa; al inscribirnos a un curso o a nuestros hijos a la escuela, por citar ejemplos cotidianos. Pero también lo hacemos de manera involuntaria, por ejemplo cuando descargamos aplicaciones en nuestro teléfono inteligente o tableta y compartimos datos que no son necesarios; cuando somos poco discretos en una conversación o bien, ¿cuántas veces no hemos tirado a la basura documentación que contiene nuestro nombre u otros datos más sensibles, como nuestra CLABE interbancaria? Seguramente, muchas veces.

Ignoramos el valor de nuestros datos

La segunda causa de obtención de esta información es por medio de aquellos que manejan datos personales, es decir, los responsables si son particulares, o bien los sujetos obligados de orden público. Según me ha tocado atestiguar, parece que cuando la información no nos pertenece, dejamos de tener cuidado en su manejo. Se despersonaliza y solo vemos números, estadísticas, pero olvidamos que detrás de esas cifras, direcciones o palabras, se encuentra una persona que puede verse perjudicada por nuestro descuido de custodia de la información durante el ciclo de vida de los datos personales.

En fin, aunque difícilmente sabremos cómo se obtuvo esa información, es una realidad que decenas de miles de personas se vieron seriamente perjudicadas no solo en su patrimonio, sino muy seguramente hasta en su tranquilidad diaria, por este tipo de acciones ilegales. La invitación es a que le demos la importancia debida a esta información que es tan importante. La que nada más y nada menos, nos hace únicos y nos permite interactuar con el resto de quienes nos rodean. Si tenemos conciencia de la importancia de nuestros datos personales, seguramente nos daremos cuenta de la relevancia que también tiene la información relativa a otras personas. 

La tarea primordial

En un entorno tan cambiante como el que vive nuestro mundo y especialmente, nuestro Estado de Derecho, la tarea primordial con la que contamos es velar porque nuestros derechos a la protección de datos personales y la privacidad no sean violentados y es más, que puedan ser garantizados, sobre todo ante la inminente desaparición de los Órganos Garantes en la materia, de lo que hablaremos en nuestra próxima entrega.

Sobre la autora

Ana Olvera es profesora investigadora de tiempo completo en la Universidad Autónoma del Estado de Hidalgo, con intereses en privacidad, bioética y neuroderechos.

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La extinción de los institutos de transparencia: ¿falta de empatía o indiferencia?

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A veces, hablar de datos personales, de su protección y nuestra privacidad, resulta sumamente abstracto. Aunque incluso trabajemos con ellos, pensemos en la recepcionista de un consultorio médico o el propio profesional de la salud. O en la persona a la que le pedimos la pizza o la comida que consumiremos en ese momento.

Ahora pensemos en las veces que entramos a ciertas redes sociales, como X, Facebook o LinkedIn y encontramos explicaciones acerca de lo importante que es proteger nuestros datos personales, o bien, explicaciones de las resoluciones (que a veces se adjuntan completas) y que más bien, parecen para un público un poco más especializado, que tal vez no seremos nosotros -que solo buscamos un momento de distracción-. En no pocas ocasiones, este tipo de situaciones pasan desapercibidas hasta que somos víctimas de robo de identidad, alguna extorsión o una estafa.

En este sentido cabe preguntarnos al menos dos cosas. La primera, la razón por la que optamos por la indiferencia ante la violación de la privacidad, que se arraiga en una compleja red de factores. La omnipresencia de la tecnología ha normalizado la vigilancia, desensibilizando a muchos ante la vulneración de sus datos personales. La complejidad de las políticas de privacidad y los algoritmos opacos genera una sensación de impotencia, alimentando la resignación. Además, la gratificación inmediata de los servicios digitales y la falta de consecuencias tangibles de la pérdida de privacidad fomentan una actitud apática e incluso, indolente. A esto se suma la polarización social, que fragmenta la empatía y dificulta la acción colectiva en defensa de un derecho fundamental.

La falta de involucramiento nos aísla de nuestra comunidad. Nos desconectamos de los problemas que nos afectan a todos, como la pobreza, la desigualdad, la violencia, la inseguridad y el cambio climático. Nos volvemos indiferentes al sufrimiento de los demás, perdiendo nuestra capacidad de empatía y solidaridad.

Pero la segunda es igualmente preocupante. ¿Qué pasó con el trabajo de los organismos garantes? ¿Fue acaso incapacidad de transmitir e incluso educar al pueblo mexicano? ¿De “conectar”, empatizar? Por que los festivales, las fotos, los congresos o simposios, salvo muy honrosas excepciones, siempre iban dirigidos a cualquier público distinto a lo que han dado por llamar “el ciudadano de a pie”. O como dirían los políticos en este momento histórico, “el pueblo bueno”, ese que difícilmente, con la pobre comunicación de los “expertos” y además con pocos recursos a la mano, comprendió la importancia de un andamiaje institucional como el que logró crearse en materia de transparencia y protección de datos personales. Tal vez eso explique la indiferencia en su defensa.

No cabe duda que asistimos y en gran mayoría, las y los mexicanos solo estamos meramente atestiguando los cambios estructurales que nuestro país esta viviendo. En ese sentido, claro que vivimos una transformación. No sé cuál. Pero bien haríamos en hacer a un lado esa indiferencia, para al menos intentar entender cómo afectarán al ejercicio y garantía de nuestros derechos fundamentales.

No involucrarse en la vida del país también tiene un costo personal. Cuando nos alejamos de los asuntos públicos, renunciamos a nuestro derecho a ser escuchados y a contribuir al bienestar de nuestra sociedad. Nos convertimos en meros espectadores de nuestro propio destino, sin voz ni voto. En un mundo cada vez más interconectado, los problemas que enfrentamos son complejos y requieren soluciones colectivas. La participación ciudadana es esencial para construir un futuro más justo, próspero y sostenible para todos. No podemos permitirnos el lujo de la indiferencia.

Es hora de despertar de la apatía y asumir nuestra responsabilidad como mexicanos. Involucrémonos en los asuntos públicos, hagamos oír nuestra voz, exijamos transparencia y rendición de cuentas. Solo así podremos construir el país que queremos y merecemos.

Sobre la autora

Ana Olvera es profesora investigadora de tiempo completo en la Universidad Autónoma del Estado de Hidalgo, con intereses en privacidad, bioética y neuroderechos.
 

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