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Una NAVE que aterriza en la Galería Juan Soriano

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cristina martienez avendaño opinion

La cultura y el arte en nuestra ciudad ha ido transmutando para adaptarse a las nuevas dinámicas y contextos que son nuestro día a día. Como alguna vez una querida maestra me inculcó: El Público General, NO EXISTE, por lo cual crear y gestionar actividades, programas y proyectos culturales debe pensarse desde el receptor para que sea casi garantizado el éxito de lo que se quiere compartir.

Los centros culturales tienen la capacidad de ofrecer diferentes actividades que llaman a una diversidad públicos. La Casa de la Cultura Jalisciense Agustín Yáñez fue el primer espacio de este tipo en Latinoamérica, un edificio del arquitecto Julio de la Peña, donde se imaginaron múltiples revoluciones sociales por medio de la educación y que actualmente ocupa la Escuela de Artes de Jalisco y ahora en conjunto con la OPD Museos de Jalisco (MEG) se inauguró el Núcleo de Artes Vivas y Educación (NAVE).

NAVE llega a instalarse en la Galería Juan Soriano como un espacio rehabilitado al que después de su deterioro se le regresa la dignidad, con la intención de reactivar su vocación y ser una herramienta de formación artística.

En su reciente inauguración, con presencia de la Secretaria de Cultura, Lourdes González, y Miriam Villaseñor, directora del MEG, se informó que fueron invertidos para este espacio un millón ciento noventa y tres mil pesos y el propósito será atender como propuesta cultural y artística, principalmente a las zonas que tiene vecinas como el barrio de Analco y Mexicaltzingo planificando que haya una congruencia entre la ubicación del lugar y su contexto inmediato siendo una herramienta de formación artística.

Aprovechar este tipo de proyectos que ya existen como la Licenciatura en Artes que sucede en el lugar y encabeza Aristeo Mora, se abren como parte de NAVE doce de sus clases para que los interesados de acuerdo con la variedad de materias, horarios y días disponibles puedan sumarse aprendiendo en comunidad, impactando no solo en los alumnos, sino también en la planilla docente que permite compartir su quehacer diario en un formato de aprendizaje horizontal.

En su reciente inauguración no solo se abren clases de la licenciatura, también se convoca a la inscripción en los tres laboratorios que se titulan, Memoria Viva, Comunicación digital y Encuentros y Feminismos, contenidos muy pertinentes y contemporáneos para reflexionar. Así mismo otro apartado llamado Campo el cual cambiará cada semestre de acuerdo con la Licenciatura en Artes y otros agentes culturales de la ciudad.

Nombrando las temáticas que se ofrecen destacan las que vinculan con su entorno ya que también se ofertan Actividades en comunidad, el primero llamado Entre Vecinos que brindará un enlace entre el desarrollo cultural y las colonias aledañas, y las clases de danzón que seguramente reunirá a interesados de distintas edades. Faltan más contenidos que en este breve espacio de expresión que se me otorga no podría terminar de describir como las Residencias Artísticas, Ateneo (charlas aleatorias) y como sede de Eventos especiales ya programados desde marzo hasta diciembre.

Este primer semestre donde la NAVE despegó, augura éxito pues quien coordina es Ro Orozco, una agente cultural, comprometida activista de los derechos culturales y gestora que bajo el colectivo Culturaula, ha logrado defender y promover los principios de la cultura comunitaria siendo una experta en la animación sociocultural, Ro mencionó en la ceremonia de apertura, que ya son más de 160 inscritos en las actividades y agradeció al equipo de docentes y colaboradores, pues son los que hacen posible este nuevo inicio al proyecto que resguarda ahora la Galería Juan Soriano, deseamos que surjan más iniciativas como esta y continúe con la aceptación y vocación de su comienzo.

 

 

Sobre la autora
Cristina Martínez Avendaño es licenciada en Diseño para la Comunicación Gráfica por la Universidad Enrique Díaz de León y maestra Gestión y Desarrollo Cultural por la Universidad de Guadalajara.

 

 

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Ojo, así se roban tus datos personales

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Columna de Ana Olvera sobre el robo de datos personales

Estimado lector, para mí es un privilegio volver a escribir estas líneas luego de una muy larga ausencia. Sin embargo volveremos a encontrarnos en esta columna cada quincena, analizando los temas de actualidad relacionados con la protección de nuestros datos personales y la privacidad que acontecen tanto en nuestro País como en el mundo.

Evidentemente no podemos dejar de comentar lo sucedido en días pasados en Guadalajara, donde existía -y seguramente siguen existiendo- un call center debidamente instalado para llevar a  cabo extorsiones que se extendían no solo al resto de Jalisco, sino hasta a otros veinte estados más de nuestra República, afectando a más de 26 mil personas con llamadas fraudulentas y extorsiones.

Afortunadamente se desmanteló y según declaraciones oficiales se están realizando colaboraciones con instituciones de las demás entidades afectadas, para descubrir a todas las víctimas y por supuesto, invitarlas a denunciar, lo que resulta en una tarea titánica para las autoridades; pero al parecer no lo fue para aquellos cuyo modus vivendi consistía en realizar este tipo de nada honrosas actividades.

Datos personales de los afectados

En ese sentido caben muchas reflexiones, pero la primera es preguntarnos de dónde obtenían la materia prima, es decir, los datos personales de aquellos afectados. Aunque las respuestas pueden variar, quiero que centremos nuestra atención en dos fuentes principales.

La primera y la originaria por excelencia siempre seremos, desafortunadamente, Usted y yo, querido lector. Es decir, nosotros como titulares, dueños de esos datos personales que elegimos, muchas veces sin pararnos a reflexionar en ello, a quién, cómo y para qué le compartimos esta importantísima información.

Y digo que muchas veces sin reflexionarlo lo suficiente, porque participamos a otras personas de manera voluntaria, para poder obtener un bien o servicio; para pedir nuestros alimentos cuando no tenemos tiempo de prepararlos en casa; al inscribirnos a un curso o a nuestros hijos a la escuela, por citar ejemplos cotidianos. Pero también lo hacemos de manera involuntaria, por ejemplo cuando descargamos aplicaciones en nuestro teléfono inteligente o tableta y compartimos datos que no son necesarios; cuando somos poco discretos en una conversación o bien, ¿cuántas veces no hemos tirado a la basura documentación que contiene nuestro nombre u otros datos más sensibles, como nuestra CLABE interbancaria? Seguramente, muchas veces.

Ignoramos el valor de nuestros datos

La segunda causa de obtención de esta información es por medio de aquellos que manejan datos personales, es decir, los responsables si son particulares, o bien los sujetos obligados de orden público. Según me ha tocado atestiguar, parece que cuando la información no nos pertenece, dejamos de tener cuidado en su manejo. Se despersonaliza y solo vemos números, estadísticas, pero olvidamos que detrás de esas cifras, direcciones o palabras, se encuentra una persona que puede verse perjudicada por nuestro descuido de custodia de la información durante el ciclo de vida de los datos personales.

En fin, aunque difícilmente sabremos cómo se obtuvo esa información, es una realidad que decenas de miles de personas se vieron seriamente perjudicadas no solo en su patrimonio, sino muy seguramente hasta en su tranquilidad diaria, por este tipo de acciones ilegales. La invitación es a que le demos la importancia debida a esta información que es tan importante. La que nada más y nada menos, nos hace únicos y nos permite interactuar con el resto de quienes nos rodean. Si tenemos conciencia de la importancia de nuestros datos personales, seguramente nos daremos cuenta de la relevancia que también tiene la información relativa a otras personas. 

La tarea primordial

En un entorno tan cambiante como el que vive nuestro mundo y especialmente, nuestro Estado de Derecho, la tarea primordial con la que contamos es velar porque nuestros derechos a la protección de datos personales y la privacidad no sean violentados y es más, que puedan ser garantizados, sobre todo ante la inminente desaparición de los Órganos Garantes en la materia, de lo que hablaremos en nuestra próxima entrega.

Sobre la autora

Ana Olvera es profesora investigadora de tiempo completo en la Universidad Autónoma del Estado de Hidalgo, con intereses en privacidad, bioética y neuroderechos.

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La extinción de los institutos de transparencia: ¿falta de empatía o indiferencia?

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A veces, hablar de datos personales, de su protección y nuestra privacidad, resulta sumamente abstracto. Aunque incluso trabajemos con ellos, pensemos en la recepcionista de un consultorio médico o el propio profesional de la salud. O en la persona a la que le pedimos la pizza o la comida que consumiremos en ese momento.

Ahora pensemos en las veces que entramos a ciertas redes sociales, como X, Facebook o LinkedIn y encontramos explicaciones acerca de lo importante que es proteger nuestros datos personales, o bien, explicaciones de las resoluciones (que a veces se adjuntan completas) y que más bien, parecen para un público un poco más especializado, que tal vez no seremos nosotros -que solo buscamos un momento de distracción-. En no pocas ocasiones, este tipo de situaciones pasan desapercibidas hasta que somos víctimas de robo de identidad, alguna extorsión o una estafa.

En este sentido cabe preguntarnos al menos dos cosas. La primera, la razón por la que optamos por la indiferencia ante la violación de la privacidad, que se arraiga en una compleja red de factores. La omnipresencia de la tecnología ha normalizado la vigilancia, desensibilizando a muchos ante la vulneración de sus datos personales. La complejidad de las políticas de privacidad y los algoritmos opacos genera una sensación de impotencia, alimentando la resignación. Además, la gratificación inmediata de los servicios digitales y la falta de consecuencias tangibles de la pérdida de privacidad fomentan una actitud apática e incluso, indolente. A esto se suma la polarización social, que fragmenta la empatía y dificulta la acción colectiva en defensa de un derecho fundamental.

La falta de involucramiento nos aísla de nuestra comunidad. Nos desconectamos de los problemas que nos afectan a todos, como la pobreza, la desigualdad, la violencia, la inseguridad y el cambio climático. Nos volvemos indiferentes al sufrimiento de los demás, perdiendo nuestra capacidad de empatía y solidaridad.

Pero la segunda es igualmente preocupante. ¿Qué pasó con el trabajo de los organismos garantes? ¿Fue acaso incapacidad de transmitir e incluso educar al pueblo mexicano? ¿De “conectar”, empatizar? Por que los festivales, las fotos, los congresos o simposios, salvo muy honrosas excepciones, siempre iban dirigidos a cualquier público distinto a lo que han dado por llamar “el ciudadano de a pie”. O como dirían los políticos en este momento histórico, “el pueblo bueno”, ese que difícilmente, con la pobre comunicación de los “expertos” y además con pocos recursos a la mano, comprendió la importancia de un andamiaje institucional como el que logró crearse en materia de transparencia y protección de datos personales. Tal vez eso explique la indiferencia en su defensa.

No cabe duda que asistimos y en gran mayoría, las y los mexicanos solo estamos meramente atestiguando los cambios estructurales que nuestro país esta viviendo. En ese sentido, claro que vivimos una transformación. No sé cuál. Pero bien haríamos en hacer a un lado esa indiferencia, para al menos intentar entender cómo afectarán al ejercicio y garantía de nuestros derechos fundamentales.

No involucrarse en la vida del país también tiene un costo personal. Cuando nos alejamos de los asuntos públicos, renunciamos a nuestro derecho a ser escuchados y a contribuir al bienestar de nuestra sociedad. Nos convertimos en meros espectadores de nuestro propio destino, sin voz ni voto. En un mundo cada vez más interconectado, los problemas que enfrentamos son complejos y requieren soluciones colectivas. La participación ciudadana es esencial para construir un futuro más justo, próspero y sostenible para todos. No podemos permitirnos el lujo de la indiferencia.

Es hora de despertar de la apatía y asumir nuestra responsabilidad como mexicanos. Involucrémonos en los asuntos públicos, hagamos oír nuestra voz, exijamos transparencia y rendición de cuentas. Solo así podremos construir el país que queremos y merecemos.

Sobre la autora

Ana Olvera es profesora investigadora de tiempo completo en la Universidad Autónoma del Estado de Hidalgo, con intereses en privacidad, bioética y neuroderechos.
 

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