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Opinión

¡Bienvenidos a Tapatiolandia! Parte 2

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¡Bienvenidos a Tapatiolandia! Parte 2

Segunda entrega: la ciudad que reparte peor a quien tiene menos, y no quiere enterarse.

En Tapatiolandia, cruzar la calle no cuesta lo mismo en todos lados. En las zonas donde más gente se apretuja por cuarto, una de cada tres personas vive en manzanas sin un solo paso peatonal; en las zonas más holgadas, una de cada siete. El peatón es el mismo; la calle que le toca, no.

No es metáfora: es el censo. Al procesar los datos del INEGI de las 13,791 manzanas de Guadalajara (INEGI, 2022), dividiendo la población en cinco partes iguales según el hacinamiento en su zona, resalta la desigualdad. Una aclaración necesaria: ni el hacinamiento ni la escolaridad son responsabilidad del municipio. Los usamos como lo que son, marcadores de dónde vive quien tiene menos. Lo que comparamos es parte de lo que sí le toca por mandato constitucional (Art. 115, CPEUM): calles, alumbrado, parques y jardines. La selección corresponde a elementos con un mínimo que toda calle habitada debería tener, sin importar cuánta demanda exista por cada uno.

Primera vara: ¿a quién le toca lo peor?

Del quinto más hacinado al más holgado, esto encontramos:

  • Cruces. El INEGI define el paso peatonal como el espacio señalizado, a nivel de calle, para que el peatón cruce con seguridad; el paso de cebra de toda la vida, no el puente (anti)peatonal. Sin uno solo en sus calles: 35% de la población de las zonas más hacinadas contra 15% de las más holgadas. Esto es más del doble.
  • Luz. El INEGI solo pregunta si hay al menos una luminaria en cada lado de la manzana: el mínimo de los mínimos. Viven con luz en todas sus calles 9.7% de los más apretados contra 17.1% de los más holgados. Y sin luz en ninguna: 5.6% contra 3.3%.
  • Parques. Medimos algo muy simple: cuánta gente tiene un parque a 500 metros de su casa, unos siete minutos caminando. En las zonas más hacinadas, uno de cada cuatro no tiene ningún parque. En las más holgadas, casi todos: nueve de cada diez. Y si pedimos un parque de verdad, de al menos media hectárea (unas dos terceras partes de una cancha de futbol), casi la mitad de quienes viven más apretados se queda sin él, contra uno de cada cuatro de quienes viven más holgados. Al que tiene menos espacio dentro de casa, la ciudad también le da menos espacio afuera.
  • Sombra. Con árboles en todas sus calles: 48.8% contra 63.4%.

Y el pavimento. En Tapatiolandia casi todas las calles lo tienen; lo que nadie sabe es si todavía lo merecen. Como nadie mide su estado, la prioridad no la fija un diagnóstico, sino el bache más famoso en redes, el jitomatazo vecinal o la llanta reventada de alguien con influencia. Se pavimenta por decibel.

Johan Galtung dibujó la violencia como un triángulo parcialmente oculto. En la punta visible está la directa: el asalto, los golpes. Debajo, donde no se ve, están la violencia estructural, la que decide quién recibe qué, y la cultural, la que lo vuelve normal (Galtung, 1969, 1990). En esa zona invisible vive la decisión, pública y del mercado, de dejar en penumbra a los barrios con menores ingresos. Después nos sorprende que ahí crezca la otra violencia, como si la calle oscura, el cruce sin rayas y el parque que no existe no moldearan también la conducta de quien los habita. Es el clasismo desde lo público: no se declara, se presupuesta.

Segunda vara: lo que hay contra lo que se necesita

La otra regla de cualquier planificación sin simulación es cruzar la oferta con la demanda. Un árbol no vale lo mismo en cualquier esquina: importan su especie y su estado frente al microclima, las partículas, el sol y el viento que experimentan las personas y que el árbol ayuda a mejorar. Un parque no es un número de metros cuadrados: importa qué ofrece (una pista, juegos para la primera infancia, canchas) frente a quién vive cerca, con qué edades y con qué ingresos. Una calle de barrio no necesita la misma carpeta que una avenida por la que circula transporte pesado. Sin ese cruce, las soluciones se avientan desde la ocurrencia o, peor, desde lo que aconsejan proveedores, políticos o grupos de poder.

Tapatiolandia cuenta oferta y nunca pregunta por la demanda. Sus árboles pasarán de 1,063,678 a 1,113,678, exactamente cincuenta mil más, con una meta de plantación de sesenta mil (Gobierno de Guadalajara, 2025, p. 143). El plan no aclara si son sesenta mil en el trienio o en un año, ni explica por qué plantar sesenta mil deja solo cincuenta mil más: ¿cuántos se secan, se talan o se caen? Sin especie, sin microclima, sin dónde y sin balance. Mientras tanto, faltan precisamente en las zonas más hacinadas. De los parques mide a los usuarios de espacios deportivos, de 17 mil a 19 mil (p. 93): cuenta a quien llega, no a quien no tiene a dónde llegar. Del alumbrado mide el “porcentaje de puntos de luz encendidos”, de 98.2% a 99% (p. 117). Un foco que no existe no se puede apagar. Y del estado del pavimento, ni un indicador.

Eso sí, el presupuesto de servicios públicos creció 34.3% en 2025 y superó los 3 mil millones de pesos: una “inversión histórica” (p. 148). Histórica, como la de cada año. En México los presupuestos se aprueban en pesos corrientes y engordan, por lo menos, al ritmo de la inflación que pronostica el Banco de México; con ese método, cualquier tesorería rompe récord cada diciembre sin mover un dedo. Presumir “el presupuesto más grande de la historia” es como presumir que este año tienes más años que el pasado: cierto, inevitable e irrelevante. Ojo, un 34% no lo explica una inflación de alrededor de 4%; aquí sí hay dinero fresco. Razón de más para preguntar lo único histórico que no dicen: cuánto de ese aumento llega a las calles sin luz y sin cruce, y con qué criterio. Histórica, sin duda. Con mapa, no.

Lo que sí decidió esta administración

La brecha es herencia de décadas. Lo que no es herencia es la manera en que este gobierno decidió mirarla:

El mapa. Trazó sus 11 comunidades “tomando como base la división de la ciudad que ha hecho la Comisaría de Seguridad Ciudadana en 11 polígonos” (p. 63). La ciudad de 15 minutos se dibujó sobre el mapa de las patrullas.

La confesión. Admite que los servicios no están “equitativamente distribuidos entre las distintas zonas de la ciudad” (p. 60), y no fija un solo indicador por comunidad. En sus fichas técnicas de 2026, la desagregación territorial dice “Municipal” 254 veces y está vacía otras 507 (Gobierno de Guadalajara, 2026).

La promesa sin vara. Escribió que priorizaría las colonias “de mayores índices de marginación” (p. 163) y no creó indicador alguno para verificarlo. En obra pública, las “zonas prioritarias” del enunciado se vuelven “diferentes puntos de la ciudad” en el indicador, y los diagnósticos territoriales se miden como elaborados entre elaborados: siempre dan 100% (Gobierno de Guadalajara, 2026).

No pedimos la planificación con metas por territorio con la que China sacó de la pobreza extrema a cerca de 800 millones de personas ni siquiera planificación para adultos. Pedimos planificación sin simulación. Y no es ciencia espacial: con el censo por manzana y un sistema de información geográfica, este cruce cuesta una tarde de trabajo. Los datos del censo son de 2020 y los parques salen del mapa colaborativo OpenStreetMap, que puede tener huecos (OpenStreetMap, 2026); para un ejercicio periodístico bastan. A un gobierno con 3 mil millones de pesos solo para servicios no deberían bastarle.

El corolario

El problema de fondo no es exclusivo de Guadalajara. La ley deja a los gobiernos locales un margen tan amplio que cada tres o seis años se planea soñando y nunca se planifica. Bienvenidos a FODAlandia, provincia de todo el país: primero se redacta la misión y se proclama la visión, y después, si sobra tiempo, se diagnostica. Se fija el rumbo antes de saber dónde se está parado. El plan de Guadalajara no es la excepción: su visión de ciudad aparece en las páginas 59 y 60; el pobre diagnóstico de su primer eje, hasta la 71. Primero se decidió a dónde ir; después se buscó el mapa para justificarlo.

Pero Tapatiolandia no puede esconderse en el promedio nacional (“mal de muchos…”): tuvo los datos, admitió la brecha por escrito y eligió el mapa de las patrullas. Una ciudad que reparte peor a quien tiene menos, y que no quiere enterarse, no necesita enemigos: le basta su plan. En Tapatiolandia, la luz, la sombra y el cruce seguro también tienen código postal.

En la próxima entrega, el dinero: cuánto cuesta gobernar Guadalajara en detalle y cuánto llega a donde hace falta.


Sobre el autor

Sergio E. Gómez Partida es consultor en evaluación, gestión para resultados y planificación en sectores público y privado. Información de contacto: sgpartida@gmail.com; en X: @SergioGmezP.

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