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Opinión

El legado de Cuauhtémoc Cárdenas

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Cuauhtémoc Cárdenas Solórzano, referente de la izquierda y de la transición democrática de México.
Cuauhtémoc Cárdenas fue una figura decisiva en la democratización de México. Foto: Especial.

La muerte de Cuauhtémoc Cárdenas Solórzano nos brinda la oportunidad de analizar cuáles son sus principales aportaciones a la democratización del sistema político mexicano. Sin duda, la suya es una trayectoria de luces y sombras, pero es incuestionable que su contribución, consciente y activa, fue determinante para acabar con un sistema de partido hegemónico que gobernó más de setenta años de forma autoritaria, sin frenos ni contrapesos y con nula transparencia. Es decir, su legado más profundo deberíamos encontrarlo en haber contribuido determinantemente a modificar las condiciones políticas, institucionales e incluso culturales que hacían posible la reproducción del presidencialismo a la mexicana.

Cárdenas arrojó luz sobre las tinieblas del discrecionalismo presidencial y puso en evidencia que la principal debilidad democrática del régimen priista residía en la ausencia de competencia por el poder dentro del propio partido gobernante. De esa manera, la sucesión presidencial dejó de ser un asunto reservado a las élites corporativas y comenzó a convertirse en una disputa pública. La ruptura de 1987 y la candidatura de 1988 hicieron visible una crisis de legitimidad que el régimen ya no pudo administrar con sus mecanismos tradicionales y con sus reglas informales.

La controvertida y cuestionada elección presidencial de 1988 debe entenderse como el momento en que una parte sustancial de la sociedad mexicana descubrió que podía disputar el poder y construir una alternativa nacional; atrás quedaba la irónica sentencia popular «gánale al PRI»; la tristemente famosa caída y callada del sistema se convirtió en una situación señera de la crisis de credibilidad electoral y de la necesidad de construir instituciones independientes del gobierno. En ese momento, Cárdenas demostró que el régimen no era invencible y que la legitimidad del poder no podía ni debía seguir descansando en la capacidad del Gobierno para administrar y manipular los resultados electorales.

Con la fundación del Partido de la Revolución Democrática, Cárdenas contribuyó a que la izquierda mexicana transitara de la resistencia política a la construcción de una alternativa de gobierno, modificando el sistema de partidos que pasó de uno hegemónico a uno de pluralismo moderado, al tiempo que obligó al régimen a reconocer nuevos interlocutores y amplió las posibilidades de representación de sectores históricamente excluidos. También permitió articular una izquierda que hasta entonces enfrentaba enormes dificultades para competir nacionalmente y que había estado fragmentada entre distintas sectas, corrientes, movimientos y organizaciones. Atrás quedaba la izquierda del «somos pocos, pero sectarios», la izquierda maximalista y de la inercia de la inexistencia que llenaba plazas públicas, pero que no ganaba elecciones.

Uno de los aspectos que hay que agregarle a la presión política surgida en 1988 es la manera en que contribuyó de manera notable a acelerar una transformación institucional que tuvo momentos decisivos en las reformas electorales posteriores, particularmente en 1996, cuando se consolidó la autonomía del Instituto Federal Electoral respecto del Poder Ejecutivo. Es necesario resaltar que la autonomía electoral fue resultado de múltiples actores, negociaciones y luchas opositoras; no fue obra exclusiva de Cárdenas. Sin embargo, el movimiento que encabezó fue factor fundamental para elevar el costo político de mantener un sistema electoral subordinado al gobierno.

Sin duda, Cárdenas Solórzano ayudó mucho a modificar la relación entre poder y legitimidad. El gobierno dejó de concentrar para sí el control político de la organización y calificación de las elecciones. La reforma de 1996 y las elecciones competitivas de 1997 fueron parte de ese proceso, y posteriormente la alternancia presidencial del año 2000 no se puede explicar sin esa transformación previa.

Cárdenas entendió que la democracia no podía agotarse en la alternancia partidista, la competencia electoral o la llegada de una nueva fuerza política a la Presidencia. En diversas oportunidades y ante distintos foros planteó que el cambio democrático debía traducirse también en mejores condiciones de vida, distribución del ingreso, empleo, oportunidades e igualdad. Este planteamiento nos obliga a distinguir entre democracia electoral y democratización sustantiva. Lo que su trayectoria deja como advertencia es que un país puede tener elecciones competitivas y, sin embargo, mantener profundas desigualdades, concentración del poder económico, debilidad del Estado de derecho y ciudadanía con escasa capacidad para influir en las decisiones públicas.

Por eso, su legado no debería utilizarse únicamente para reivindicar una determinada corriente ideológica. Su mayor enseñanza es que ningún partido, presidente o movimiento puede apropiarse de la democracia ni considerarla una conquista terminada. El ingeniero Cárdenas fue un democratizador antes que un beneficiario de la democracia. Su mayor aportación no fue ocupar cargos públicos, sino desafiar las reglas de un sistema que impedía la competencia real por el poder.

La democratización mexicana fue resultado de movimientos sociales, luchas ciudadanas, partidos, organizaciones civiles y múltiples liderazgos. Sin embargo, Cárdenas logró articular políticamente una ruptura que cambió el rumbo del sistema. El legado que hoy deja es colectivo y su liderazgo no debe ser soslayado. Hoy, a la luz de su trayectoria, cabe preguntarnos: ¿qué tan democrático puede considerarse un sistema político cuando las elecciones existen, pero persisten las desigualdades, la concentración de decisiones, la debilidad de los contrapesos y las dificultades para que la ciudadanía incida efectivamente en el poder?

La democracia mexicana no comenzó ni terminó con Cuauhtémoc Cárdenas, pero sería históricamente incorrecto y mezquino explicar la democratización del país sin reconocer que su liderazgo fue uno de los factores decisivos para hacer posible la transición. Una democracia también debe honrar a quienes hicieron posible que el poder pudiera cambiar de manos, incluso cuando ellos mismos no consiguieron conquistarlo.

Al hacer una lectura analítica de la trayectoria política, los principios democráticos y las posiciones públicas de Cuauhtémoc Cárdenas, encontramos elementos de enorme vigencia que podrían ser particularmente severos en cinco terrenos de la actualidad: la concentración del poder, el debilitamiento de los contrapesos, la subordinación institucional, la relación con personajes cuestionados y la confusión entre legitimidad electoral y legitimidad democrática.

En 1988, Cárdenas encabezó una movilización política para terminar con un sistema en el que el partido gobernante confundía sus intereses con los del Estado y donde la Presidencia concentraba facultades metaconstitucionales y una capacidad extraordinaria para determinar el rumbo de las instituciones.

Décadas después, un movimiento surgido de las luchas democráticas llega al poder y enfrenta la misma tentación histórica de confundir mayoría electoral con hegemonía política, legitimidad popular con ausencia de controles y transformación institucional con subordinación de las instituciones al proyecto gobernante. Hoy en día, la mejor manera de honrar el legado de Cuauhtémoc Cárdenas no es convertirlo en un símbolo de legitimación partidista; por el contrario, se deben utilizar sus principios para someter a escrutinio democrático a todos los gobiernos, incluido el que se proclama heredero de las luchas que él encabezó.


Sobre el autor

José de Jesús Gómez Valle es analista político. Profesor Investigador en el CUCSH de la UdeG. Contacta: jose.gomezvalle@gmail.com y en X: @jgomezvalle.

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