Opinión
Comprar casa no siempre es buena idea

Desde hace dos años soy parte de un proyecto de investigación en el Global Urban Futures Project (GUF), un centro de investigación de la New School University, en Nueva York. Durante los últimos 15 meses hemos estado trabajando en recolectar y analizar indicadores del desempeño urbano en una muestra de 170 ciudades alrededor del mundo. Como resultado, hemos logrado identificar algunas tendencias para las que se pueden comenzar a esbozar algunas hipótesis que nos dan pie para iniciar futuras investigaciones.
Por ejemplo, identificamos que, al controlar por la región del mundo en la que se encuentra una ciudad, parece que existe una relación entre poseer una vivienda y el tamaño de la economía de las ciudades. Pero al analizar con más detalle este hallazgo, la relación que encontramos parece contraintuitiva.
La gráfica anterior fue elaborada por una compañera en el equipo de investigación, Beryl Oranga. Se trata de una gráfica de dispersión en la que en el eje vertical se tiene el porcentaje de la población que es dueña de su vivienda, y en el eje horizontal se tiene el Producto Interno Bruto per Cápita de la ciudad (medido en poder de compra en dólares americanos a precios constantes de 2012).
Cada punto en la gráfica representa la intersección entre el porcentaje de la población que es dueña de su vivienda y el PIB per cápita de cada ciudad en un año determinado. Los datos son para el periodo entre el 2000 y el 2016, y en la gráfica hay 173 puntos de 31 ciudades diferentes en 4 regiones del mundo[1]. Además, Beryl Oranga otorgó a los puntos un color distintivo para identificar las regiones a las que pertenecen las ciudades.
Quiénes tienen casa propia
Al controlar los datos por región del mundo, la gráfica nos permite observar una tendencia interesante. Las ciudades de África y de Asia muestran bajos niveles de PIB per cápita, pero se distribuyen a lo largo del eje vertical. Esto significa que el rango de porcentaje de población que es dueña de su vivienda es demasiado amplio como para identificar alguna tendencia.
En cambio, las ciudades América Latina y de Europa sí muestran cierto grado de agrupamiento. Las ciudades de Latinoamérica se encuentran agrupadas en bajos niveles de PIB, pero con altos porcentajes de población que es dueña de su vivienda. Las ciudades de Europa se ubican en niveles de PIB per cápita altos, pero con niveles de población que son dueñas de su vivienda más bajos que los niveles de Latino América.
Relación ingreso vs. propiedad
Esta distribución y agrupamiento da lugar para plantear un par de hipótesis. Primero, es muy probable que si se recaban datos de más ciudades alrededor del mundo se pueda comprobar la existencia de una correlación negativa entre el nivel de PIB per cápita y el porcentaje de la población que es dueña de su vivienda. Es decir, que la relación entre estos dos indicadores sería inversamente proporcional –que al aumentar el nivel de PIB per cápita en una ciudad, la proporción de personas que son dueñas de su vivienda disminuiría.
Estaríamos ante una relación contraintuitiva. Uno esperaría que la correlación fuera positiva, es decir, que en la medida en que la ciudad y sus habitantes tengan más recursos, más personas sean dueñas de su vivienda. Pero no, es posible que la relación podría ser exactamente al revés.
¿Por qué? Esta pregunta nos da pie a la segunda hipótesis que me gustaría plantear. Nótese cómo en la gráfica las ciudades con Mayor PIB per cápita son dos ciudades europeas. Se trata de Helsinki (Finlandia) con porcentajes de población que es dueña de su vivienda alrededor del 50%, y Copenhague (Dinamarca), con porcentajes de población propietaria de su vivienda alrededor del 17%. ¿Cómo es posible que, en dos de las ciudades más ricas del mundo, la mitad de sus habitantes en el caso de Helsinki y la mayoría en el caso de Copenhague, no sean dueños de sus viviendas?
Menos dueños de casas
Una de las principales características de estas ciudades es que se encuentran en países escandinavos con un sistema de seguridad social fuerte y envidiable. Países en los que los ciudadanos gozan de amplios derechos sociales como seguro de desempleo, jubilaciones decentes, y cobertura de salud. En cambio, las ciudades latinoamericanas se caracterizan, precisamente, por lo contrario. Sus sistemas de seguridad social son muy precarios, si no es que inexistentes. Se trata de ciudades en las que, si las personas dejan de trabajar, entonces no tienen recursos ni siquiera para asegurar sus alimentos.
Esto me hace pensar que, si en la gráfica anterior sustituyéramos el eje horizontal, y en lugar del PIB per cápita insertáramos algún tipo de indicador del sistema de seguridad social, muy probablemente la correlación también sería negativa. Es decir, que en la medida en que el nivel de cobertura de la seguridad social aumente, en esa medida también disminuiría el porcentaje de la población que es propietaria de su vivienda. ¿Por qué?
Una posible explicación, y esta constituye la segunda hipótesis que me propongo plantear en este texto, es que en países en que el sistema de seguridad social es muy precario, el ser propietario de una vivienda podría ser una estrategia para subsanar la falta de sistemas de seguridad social. En México solemos pensar en la vivienda como parte del patrimonio de las personas, pero es muy probable que también esté desempeñando la función de sustituto del sistema de seguridad social. Es decir, que el ser dueña de una vivienda se convierte en la forma de asegurar el futuro y el retiro.
Efectos adversos
Sin embargo, poseer una vivienda también puede tener efectos perversos. Primero, las personas que adquieren una vivienda lo hacen invirtiendo una considerable cantidad de su ingreso mensual en el pago de su hipoteca, lo que disminuye el ingreso disponible para otro tipo de gastos como educación, alimentación o el cuidado de la salud. Segundo, con las tendencias actuales de dispersión de las ciudades Latinoamericanas, las personas que compran una vivienda en las periferias se ven obligadas a dedicar una considerable cantidad de horas para sus transportes cotidianos, lo que disminuye su calidad de vida y absorbe gran parte de su ingreso mensual. Tercero, en muchos casos, las personas que compran una vivienda en las periferias pierden su inversión y en lugar de aumentar su patrimonio, lo disminuyen.
En México tenemos un grave problema de viviendas de interés social abandonadas en las orillas de las ciudades. Las personas ya no pueden rentar ni vender esas propiedades, por lo que están optando por regresarse a la ciudad central, dejar de pagar sus mensualidades, y dejarlas perder.
Por el contrario, es probable que en ciudades donde el sistema de seguridad social es más robusto, donde el retiro y la pensión están aseguradas, entonces la gente no tenga la necesidad de construir su patrimonio a través de hacerse de bienes inmuebles. Es probable que el retiro, el bienestar en el futuro, y el patrimonio, se aseguren a través de otras estrategias, pero no a través de comprar vivienda. Desde luego, hay que tomar en cuenta otro tipo de explicaciones alternativas para los casos de Helsinki y Copenhague, pero de cualquier manera vale la pena poner a prueba las hipótesis, incluso para descartarlas.
Ciudades mexicanas, y latinoamericanas
¿Qué implicaciones podrían tener estas hipótesis para las ciudades mexicanas, y latinoamericanas? Si resultaran ciertas, entonces tendríamos que cuestionarnos si los esfuerzos de política urbana deberían estar enfocados en aumentar el número de personas que son dueñas de sus viviendas, o en fortalecer los sistemas de seguridad social en nuestras ciudades. Poner a prueba estas dos hipótesis requiere de más investigación, recolección de datos para una muestra más amplia de ciudades, y mayor análisis. Esperemos que cada vez más investigadores se interesen por estudiar con mayor profundidad la relación entre la tenencia de la vivienda, los sistemas de seguridad social, y el desarrollo económico y de bienestar en las ciudades.
[1] Los datos corresponden a las siguientes regiones y ciudades: De África, Alejandría, Cairo, Casablanca, Khartoum, Marrakech, Mombasa, Nairobi, y Rabat; de América, Belo Horizonte, Bogotá, Buenos Aires, Córdoba, Curitiba, Guatemala, Guayaquil, La Paz (Bolivia), Lima, Río de Janeiro, Rosario, Sao Paulo, Salta, Salvador de Bahía y Tegucigalpa; de Asia, Bandung, Yakarta, Katmandú y Tokio; y de Europa, Copenhague, Helsinki, y Sofía.
*David López García es Coordinador del Laboratorio de Innovación Democrática (LID).
Opinión
Ojo, así se roban tus datos personales

Estimado lector, para mí es un privilegio volver a escribir estas líneas luego de una muy larga ausencia. Sin embargo volveremos a encontrarnos en esta columna cada quincena, analizando los temas de actualidad relacionados con la protección de nuestros datos personales y la privacidad que acontecen tanto en nuestro País como en el mundo.
Evidentemente no podemos dejar de comentar lo sucedido en días pasados en Guadalajara, donde existía -y seguramente siguen existiendo- un call center debidamente instalado para llevar a cabo extorsiones que se extendían no solo al resto de Jalisco, sino hasta a otros veinte estados más de nuestra República, afectando a más de 26 mil personas con llamadas fraudulentas y extorsiones.
Afortunadamente se desmanteló y según declaraciones oficiales se están realizando colaboraciones con instituciones de las demás entidades afectadas, para descubrir a todas las víctimas y por supuesto, invitarlas a denunciar, lo que resulta en una tarea titánica para las autoridades; pero al parecer no lo fue para aquellos cuyo modus vivendi consistía en realizar este tipo de nada honrosas actividades.
Datos personales de los afectados
En ese sentido caben muchas reflexiones, pero la primera es preguntarnos de dónde obtenían la materia prima, es decir, los datos personales de aquellos afectados. Aunque las respuestas pueden variar, quiero que centremos nuestra atención en dos fuentes principales.
La primera y la originaria por excelencia siempre seremos, desafortunadamente, Usted y yo, querido lector. Es decir, nosotros como titulares, dueños de esos datos personales que elegimos, muchas veces sin pararnos a reflexionar en ello, a quién, cómo y para qué le compartimos esta importantísima información.
Y digo que muchas veces sin reflexionarlo lo suficiente, porque participamos a otras personas de manera voluntaria, para poder obtener un bien o servicio; para pedir nuestros alimentos cuando no tenemos tiempo de prepararlos en casa; al inscribirnos a un curso o a nuestros hijos a la escuela, por citar ejemplos cotidianos. Pero también lo hacemos de manera involuntaria, por ejemplo cuando descargamos aplicaciones en nuestro teléfono inteligente o tableta y compartimos datos que no son necesarios; cuando somos poco discretos en una conversación o bien, ¿cuántas veces no hemos tirado a la basura documentación que contiene nuestro nombre u otros datos más sensibles, como nuestra CLABE interbancaria? Seguramente, muchas veces.
Ignoramos el valor de nuestros datos
La segunda causa de obtención de esta información es por medio de aquellos que manejan datos personales, es decir, los responsables si son particulares, o bien los sujetos obligados de orden público. Según me ha tocado atestiguar, parece que cuando la información no nos pertenece, dejamos de tener cuidado en su manejo. Se despersonaliza y solo vemos números, estadísticas, pero olvidamos que detrás de esas cifras, direcciones o palabras, se encuentra una persona que puede verse perjudicada por nuestro descuido de custodia de la información durante el ciclo de vida de los datos personales.
En fin, aunque difícilmente sabremos cómo se obtuvo esa información, es una realidad que decenas de miles de personas se vieron seriamente perjudicadas no solo en su patrimonio, sino muy seguramente hasta en su tranquilidad diaria, por este tipo de acciones ilegales. La invitación es a que le demos la importancia debida a esta información que es tan importante. La que nada más y nada menos, nos hace únicos y nos permite interactuar con el resto de quienes nos rodean. Si tenemos conciencia de la importancia de nuestros datos personales, seguramente nos daremos cuenta de la relevancia que también tiene la información relativa a otras personas.
La tarea primordial
En un entorno tan cambiante como el que vive nuestro mundo y especialmente, nuestro Estado de Derecho, la tarea primordial con la que contamos es velar porque nuestros derechos a la protección de datos personales y la privacidad no sean violentados y es más, que puedan ser garantizados, sobre todo ante la inminente desaparición de los Órganos Garantes en la materia, de lo que hablaremos en nuestra próxima entrega.
Sobre la autora
Ana Olvera es profesora investigadora de tiempo completo en la Universidad Autónoma del Estado de Hidalgo, con intereses en privacidad, bioética y neuroderechos.
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Opinión
La extinción de los institutos de transparencia: ¿falta de empatía o indiferencia?

A veces, hablar de datos personales, de su protección y nuestra privacidad, resulta sumamente abstracto. Aunque incluso trabajemos con ellos, pensemos en la recepcionista de un consultorio médico o el propio profesional de la salud. O en la persona a la que le pedimos la pizza o la comida que consumiremos en ese momento.
Ahora pensemos en las veces que entramos a ciertas redes sociales, como X, Facebook o LinkedIn y encontramos explicaciones acerca de lo importante que es proteger nuestros datos personales, o bien, explicaciones de las resoluciones (que a veces se adjuntan completas) y que más bien, parecen para un público un poco más especializado, que tal vez no seremos nosotros -que solo buscamos un momento de distracción-. En no pocas ocasiones, este tipo de situaciones pasan desapercibidas hasta que somos víctimas de robo de identidad, alguna extorsión o una estafa.
En este sentido cabe preguntarnos al menos dos cosas. La primera, la razón por la que optamos por la indiferencia ante la violación de la privacidad, que se arraiga en una compleja red de factores. La omnipresencia de la tecnología ha normalizado la vigilancia, desensibilizando a muchos ante la vulneración de sus datos personales. La complejidad de las políticas de privacidad y los algoritmos opacos genera una sensación de impotencia, alimentando la resignación. Además, la gratificación inmediata de los servicios digitales y la falta de consecuencias tangibles de la pérdida de privacidad fomentan una actitud apática e incluso, indolente. A esto se suma la polarización social, que fragmenta la empatía y dificulta la acción colectiva en defensa de un derecho fundamental.
La falta de involucramiento nos aísla de nuestra comunidad. Nos desconectamos de los problemas que nos afectan a todos, como la pobreza, la desigualdad, la violencia, la inseguridad y el cambio climático. Nos volvemos indiferentes al sufrimiento de los demás, perdiendo nuestra capacidad de empatía y solidaridad.
Pero la segunda es igualmente preocupante. ¿Qué pasó con el trabajo de los organismos garantes? ¿Fue acaso incapacidad de transmitir e incluso educar al pueblo mexicano? ¿De “conectar”, empatizar? Por que los festivales, las fotos, los congresos o simposios, salvo muy honrosas excepciones, siempre iban dirigidos a cualquier público distinto a lo que han dado por llamar “el ciudadano de a pie”. O como dirían los políticos en este momento histórico, “el pueblo bueno”, ese que difícilmente, con la pobre comunicación de los “expertos” y además con pocos recursos a la mano, comprendió la importancia de un andamiaje institucional como el que logró crearse en materia de transparencia y protección de datos personales. Tal vez eso explique la indiferencia en su defensa.
No cabe duda que asistimos y en gran mayoría, las y los mexicanos solo estamos meramente atestiguando los cambios estructurales que nuestro país esta viviendo. En ese sentido, claro que vivimos una transformación. No sé cuál. Pero bien haríamos en hacer a un lado esa indiferencia, para al menos intentar entender cómo afectarán al ejercicio y garantía de nuestros derechos fundamentales.
No involucrarse en la vida del país también tiene un costo personal. Cuando nos alejamos de los asuntos públicos, renunciamos a nuestro derecho a ser escuchados y a contribuir al bienestar de nuestra sociedad. Nos convertimos en meros espectadores de nuestro propio destino, sin voz ni voto. En un mundo cada vez más interconectado, los problemas que enfrentamos son complejos y requieren soluciones colectivas. La participación ciudadana es esencial para construir un futuro más justo, próspero y sostenible para todos. No podemos permitirnos el lujo de la indiferencia.
Es hora de despertar de la apatía y asumir nuestra responsabilidad como mexicanos. Involucrémonos en los asuntos públicos, hagamos oír nuestra voz, exijamos transparencia y rendición de cuentas. Solo así podremos construir el país que queremos y merecemos.
Sobre la autora
Ana Olvera es profesora investigadora de tiempo completo en la Universidad Autónoma del Estado de Hidalgo, con intereses en privacidad, bioética y neuroderechos.
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