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Opinión

El espejo y la boleta: reflexiones en torno al 1 de julio

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En 1960, el gobierno de la república que encabezó Adolfo López Mateos, conmemoró el 50 aniversario de la Revolución Mexicana, con una compilación de ensayos sobre los logros del movimiento y sus tareas pendientes. En un ambicioso e inusitado ejercicio –que combinó la autocrítica con la promoción–, el propio López Mateos prologó el volumen resultante, que fue editado por el Fondo de Cultura Económica.

Mediante la revisión de cuatro ejes (economía, sociedad, política y cultura), la gesta de 1910 fue analizada a medio siglo de su puesta en marcha; en sus páginas se desmenuzan los alcances revolucionarios, “tanto en lo que atañe a lo material como a lo espiritual”[1]. Para cumplir con la tarea, en la obra se dieron cita las plumas de Edmundo O’Gorman, Jorge Castañeda, Jesús Reyes Heroles, Emilio Portes Gil, Jaime Torres Bodet, Pablo González Casanova, José Luis Martínez y muchos otros. Ha sido de mis hallazgos más afortunados en una librería de viejo.

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México entonces, México ahora

Pero si algo salta a la vista en aquellos textos –encargados por el llamado “último presidente popular de México”, quizá porque todavía le aplaudían­–, es la perpetuidad que tienen en la agenda nacional temas como el combate a la pobreza, la desigualdad o el rezago educativo. Temas que, a más de cien años del inicio de la Revolución, continúan presentes.

En el sexenio de López Mateos, nuestro país crecía en un promedio de 6% anual; en el de Enrique Peña Nieto, el promedio ha sido de 2%, según los datos del Fondo Monetario Internacional. Pese a las obvias diferencias macroeconómicas y de contexto, entre un periodo y otro, los retos a superar son gravemente coincidentes.

Foto: Archivo Casasola, Autor: Casasola, Lugar de asunto: México, 1961

El país impostergable

Quien sea que se convierta esta semana en presidente, tiene frente a sí un cúmulo de retos que exigen soluciones razonadas. Pero como ciudadanos, también tenemos por delante un ejercicio de introspección impostergable. Hoy inicia la veda electoral que marca el INE y que culminará en la elección del domingo. Quizá es buen momento para aprovechar los tres días en que gozaremos del silencio de las campañas, para construir reflexiones en el mismo espíritu de aquel libro.

En los últimos tres años, por ejemplo, los feminicidios en el país se han incrementado hasta alcanzar no menos de 7 por día, según las estadísticas que recogen ONU Mujeres y el Instituto Nacional de las Mujeres. Pese a que vivimos en una alerta de género perpetua, estos actos de violencia siguen encontrando voces que los justifican hasta alcanzar extremos tan absurdos como peligrosos. Al hacerlo, las mujeres que los padecen sufren una doble victimización. A ello se le añade la desigualdad de oportunidades laborales, que restringe el acceso de las mujeres a ciertos sectores o profesiones, y la disparidad de salarios.

En otra tendencia violenta, esta contienda electoral nos deja, hasta el día de hoy, 140 políticos asesinados. Del total, 47 fueron candidatos a un puesto de elección popular. Al estar sobreexpuestos frente a la brutalidad criminal, comenzamos a ver como “normales” este tipo de homicidios. Pese al gran número de candidatos muertos, la atención parece concentrarse en otros aspectos de la contienda, y las autoridades estatales o municipales tampoco parecen muy interesadas en encontrar a los responsables. La pérdida del asombro se combina con nuestro escepticismo hacia el sistema de partidos. Pero esa normalización de la violencia política no sólo cuartea nuestros procesos democráticos, sino que se lleva vidas humanas en el proceso.

La violencia no sabe de sexenios.

https://www.facebook.com/cuarta.mx/videos/405212019957620/

Desde la raíz

Por otro lado, siguiendo la máxima que vincula los índices delictivos y de violencia con el rezago educativo, no sorprende que nuestro país mantenga índices de escolarización bajos, en el nivel medio superior. De acuerdo con el diagnóstico de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE), aunque la cobertura de educación básica es casi universal, el índice de escolarización de quienes tienen 15 a 19 años, es de apenas 54%. México ocupa el puesto más bajo en un grupo de países cuya media se ubica en el 84%. Parte de la solución se encuentra desde la etapa formativa básica; es decir, en el preescolar, la primaria y la secundaria. Los maestros de esos niveles desempeñan un papel fundamental en la construcción de ciudadanía y, desde luego, en la formación en todas las disciplinas académicas.

Teniendo en cuenta lo anterior, es indispensable que continuemos formando a los formadores. Que garanticemos en las aulas la presencia de profesoras y profesores capacitados, en constante actualización. Si bien sería un error dar marcha atrás a la Reforma Educativa, por ejemplo, también es necesario que a los docentes se les otorguen incentivos para continuar en la ruta de la profesionalización. Tal como está, la reforma le otorga un peso importante a la evaluación docente (lo cual es fundamental), pero no plantea la suficiente retribución a quienes dedican su vida a la enseñanza.

Una legislación persecutoria es incompatible con la meta de una educación de calidad. Pero si una educación de calidad es la raíz del progreso en todas sus dimensiones, entonces el Estado debe liberarla de las maquinaciones políticas y sindicales. Los maestros, por su parte, deben refrendar su compromiso ante la tarea que les fue encomendada. Y las familias, finalmente, tenemos la responsabilidad de involucrarnos y reforzar lo aprendido en las aulas, con una genuina formación en valores.

En casa y afuera

Pero además de la confrontación de cifras y leyes, también es urgente el fortalecimiento de nuestras instituciones, que se encuentran bajo una especie de asedio. No importa cuántas veces propongamos, aprobemos o deroguemos; si las instituciones están cojas, las reformas estarán mancas. No se puede operar sin un andamiaje institucional adecuado y libre de corrupción.

Combatir esta última es otro de los grandes retos que enfrentamos. El Sistema Nacional Anticorrupción es clave para lograr, entre otros objetivos, la desarticulación de redes de sobornos y la vigilancia del gasto público. Dándole entrada, además, a la sociedad civil en su conjunto. Para lograrlo, también los sistemas estatales deberán servir el propósito para el que fueron creados; deben evitar convertirse en vehículos del revanchismo político, como llega a suceder en algunas entidades.

Donald Trump

Foto: EFE

En suma, unas instituciones fuertes contribuyen a enviar el mensaje de que el país no es presa de intimidaciones. Algo de lo que puede beneficiarse, por ejemplo, la renegociación del Tratado de Libre Comercio con América del Norte, o todo aquello que se enmarque en la relación bilateral con Estados Unidos. Si bien el presidente Donald Trump lo dejó claro desde la elección estadounidense de 2016, la actual crisis migratoria que se vive en la frontera, reafirma la complejidad de la situación.

Pese a que las condiciones son disparejas, es evidente que contamos con capacidad de negociación. Este es un buen momento para hacer un despliegue de la diplomacia cultural de nuestro país, por ejemplo, que ha sido gravemente desaprovechada. Teniendo en cuenta que la renegociación del TLCAN se enfrenta con obstáculos aún mayores que cuando el tratado fue firmado, el próximo presidente deberá reforzar nuestra capacidad negociadora; la diplomacia cultural es el puente ideal para ayudar en la creación de consensos y el mantenimiento del diálogo. Ante la retórica del odio, la sagacidad diplomática. Frente a la obstinación, la diversificación de relaciones y el multilateralismo.

El México que viene

Hace algunas semanas (en una entrevista para El País), el ministro de la Suprema Corte José Ramón Cossío, señalaba que en México está en juego una recomposición de las élites (económicas, políticas, sociales, culturales, etc.). Bajo esta lógica, no sólo son cuatro los proyectos de nación y sus respectivos candidatos, los que se enfrentan en la elección. Sino que la disputa también es entre los grupos que ven representados sus intereses en esas cuatro opciones.

Es verdad que el 1 de julio podríamos presenciar el cambio de unas élites por otras, o bien el mantenimiento del status quo; percibo difícil pensar en escenarios alternos. Pero, en cualquier caso, tendríamos la ocasión justa de aprovechar una coyuntura de ese carácter. A riesgo de parecer ingenuo, me atrevo a decir que ello abre la puerta para exigir más a la clase política y levantar la mano para incidir en la agenda nacional. Si tal recomposición es posible, existiría la oportunidad de avanzar en la lucha por los derechos LGBT, la equidad de género, la exigencia de soluciones sustentables en los sectores productivos, el combate eficaz al crimen organizado, la reducción de la pobreza y un larguísimo etcétera.

Con seguridad, Elecciones Jalisco 2018, inseguridad, crimen organizado

Foto: Especial

Cambiando el sentido de lo anterior, tampoco sería descabellado pensar en relajar un poco nuestro rígido sistema presidencialista, para ensayar con los gobiernos de coalición. Pese a que la Reforma Político-Electoral de 2014 contempla esta figura, no contamos con un terreno adecuado ni la voluntad de echarla a andar. Dice el texto emitido por el Gobierno de la República, a propósito de la aprobación de la reforma, que “en un gobierno de coalición los acuerdos construidos serán públicos y transparentes. Irán más allá de los temas de coyuntura, al tiempo que su implementación será más eficiente, más expedita y con beneficios concretos para los mexicanos”.

El México deseable

Si ya estamos enfrascados en “coaliciones Frankenstein” durante el proceso electoral (donde conviven fuerzas políticas heterogéneas y con objetivos dispares), quizá es el momento propicio para no quedarnos sólo en el pragmatismo electoral y plantear opciones colaborativas de gobernabilidad. Es célebre la hazaña de Abraham Lincoln cuando, tras convertirse en presidente de Estados Unidos, decidió integrar en su gabinete a quienes habían sido sus rivales en las contiendas electorales donde participó. Ese “equipo de rivales” fue decisivo durante la Guerra Civil estadounidense, como lo apunta Doris Kearns Goodwin, en su libro de 2005 sobre el tema.

Evidentemente, replicar algo así en México no es tan sencillo como cabría esperar; menos aún, teniendo actores políticos que se distinguen por su intransigencia o su tendencia a atacar a sus rivales políticos. Pero es innegable que nos merecemos un gobierno que genuinamente integre distintas visiones en su práctica. Que demuestre su voluntad de trabajar en conjunto con otras fuerzas políticas, buscando logros compartidos. Que se aleje de los ataques socarrones y las descalificaciones pueriles, que no contribuyen en nada al debate público. Aunado, por supuesto, a un Congreso de la Unión que cumpla a cabalidad su papel como contrapeso efectivo al poder ejecutivo. Si tales escenarios son posibles, ello nos daría una señal de que vamos alcanzando la madurez política.

Al cruzar el Rubicón

Este domingo, vayamos a votar por el proyecto de nación que más nos convenza. Votemos teniendo en mente el abandono del anacronismo y pensando en soluciones modernas y pertinentes, que resuelvan los problemas urgentes a los que nos enfrentamos.  La agenda de lo absurdo la podemos olvidar, cuando tengamos las seis papeletas en la mano. Pensemos en el candidato, pero también en el gabinete que se conformará, el cual diseñará y ejecutará la dirección que la administración decida tomar.  Ejerzamos el sufragio a favor del estado de derecho.

Pero eso sí, votemos por la convicción de hacerlo. Por ejercer nuestro derecho inalienable como ciudadanos. No acudamos a las urnas por miedo, o a raíz de las intimidaciones. Quien recurre al miedo como herramienta para convocar al voto, daña nuestra democracia y pone en evidencia las carencias del proyecto que defiende. Eso es inaceptable y es una forma de terrorismo.

Cuando tuve la fortuna de colaborar por primera vez en Cuarta, me prometí no hablar sobre ningún tema electoral hasta el fin de las campañas. No obstante, la situación que vivimos es apremiante y pudieron más mis ganas de contribuir al debate con algunas reflexiones.

Si tenemos suerte, quizá en cincuenta o cien años también se conmemore otro tipo de revolución: la de las conciencias.

Cristian J. Vargas Díaz es Licenciado en Relaciones Internacionales por la Universidad de Guadalajara, e “intrigoso” como consecuencia. Les debe a Ray Bradbury, Juan Rulfo y Thomas Mann su gusto por la literatura y su vejez prematura. Cinéfilo y “seriéfago” enfermizo, sigue aprendiendo a escribir.

[1] Beltrán E. et al., (1963), México a 50 años de Revolución. México Distrito Federal: Fondo de Cultura Económica.

Bolígrafo 

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Guadalajara y su caótico transporte público. Parte 3

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Guadalajara y su caótico transporte. Parte 3, escribe Sergio E. Gómez Partida

En Jalisco, durante años, los gobiernos de todos los colores han repetido la misma liturgia burocrática: más rutas, más unidades, más inversión, más modernización.
Cambian los logotipos, las campañas y las promesas, pero el viacrucis del usuario permanece intacto. El caos ya no es una falla del sistema. El caos es el sistema.

La burocracia mexicana posee una habilidad admirable para medir aquello que menos importa. Nos dicen cuántos millones se invirtieron, cuántos camiones se compraron o cuántos kilómetros se “modernizaron”. Pero evitan cuidadosamente responder las preguntas incómodas: ¿cuántas horas pierde una persona cada semana esperando un camión que nunca pasó?, ¿cuántas mujeres sienten miedo al regresar de noche en transporte público?, ¿cuántos usuarios terminan viajando hacinados como mercancía de traslado y no como ciudadanos?, ¿cuántas personas renunciaron al transporte público por su pésimo servicio?

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Una política pública que mide únicamente el gasto o el esfuerzo, pero ignora el resultado, termina confundiendo movimiento con progreso. Guadalajara lleva años moviéndose en círculos.

El transporte público es, por naturaleza, un monopolio natural. El usuario no puede “cambiar de proveedor” cuando la ruta falla. Si el camión no pasa, pasa lleno o simplemente ignora la parada, el ciudadano queda atrapado. Esa asimetría obliga al Estado a regular con firmeza. El problema es que aquí la regulación parece haberse diseñado con la delicadeza del pétalo de una rosa en la mano pública de quien no quiere incomodar a nadie, especialmente a los concesionarios.
Es una de las grandes contradicciones del modelo tapatío: los subsidios multimillonarios entregados a empresas privadas que operan el servicio sin que existan mecanismos serios y transparentes de evaluación del desempeño-resultados se convierten en incentivos perversos. La lógica termina siendo tan absurda como predecible: si el concesionario sabe que el dinero llegará de cualquier manera, ¿para qué mejorar el servicio?, ¿para qué invertir en mantenimiento?, ¿para qué capacitar operadores?, ¿para qué reducir tiempos de espera o evitar sobrecupos? El subsidio deja de ser una herramienta de equilibrio social y se convierte en premio institucional a la mediocridad.

Bajo este esquema, se socializan las pérdidas y se privatizan las ganancias. El ciudadano financia el sistema mediante impuestos o tarifa, soporta el mal servicio y todavía debe agradecer que el camión aparezca. Una obra maestra de la administración pública latinoamericana: convertir al usuario en rehén financiero de su propio deterioro.

Mientras tanto, la autoridad presume convenios “innovadores”. Hace apenas unos días, la Secretaría de Transporte de Jalisco anunció un acuerdo con Uber para otorgar traslados gratuitos a mujeres en situación de violencia. La medida fue presentada como un avance humanitario. Y en el caso individual, ciertamente puede representar ayuda urgente para muchas mujeres. El problema no está en la víctima. El problema es el mensaje político detrás de la solución. El Estado acaba admitiendo, sin decirlo abiertamente, que el propio sistema público que regula no puede garantizar seguridad mínima a las personas.
La solución no consistió en mejorar paraderos, iluminar zonas inseguras, aumentar frecuencias nocturnas o profesionalizar operadores. No. La salida rápida fue delegar la responsabilidad a una aplicación privada que cobra tarifas elevadas, se apropia de 1/3 del valor del negocio sin asumir riesgo ni inversión y llena el vacío dejado por el desastre institucional.
La ironía es clara: después de décadas hablando de fortalecer el transporte público, la solución oficial parece resumirse en una frase vergonzosa y simple: “si el camión no sirve, tome Uber”. Hablamos de una versión gubernamental de poner cubetas cuando el techo lleva veinte años colapsándose.

La violencia en el transporte no comienza cuando aparece un delito. Comienza mucho antes, como lo señalaba Galtung: la violencia estructural empieza cuando el Estado falla y una persona debe esperar cuarenta minutos en una parada oscura. Empieza cuando una unidad va tan saturada que el cuerpo deja de tener espacio propio y, si logra entrar, asume las condiciones de un cuadrúpedo en traslado al matadero. Por eso resulta tan revelador que los funcionarios presuman reuniones, adquisiciones o videos estéticamente editados en sus redes sociales; el secuestro comunicacional cosmético es parte del mismo caos y pasa en todos los sectores de la vida pública. Sucede que medir resultados obliga a rendir cuentas. Y rendir cuentas arruina muchas narrativas oficiales.

La tragedia de Guadalajara no es solamente técnica. Es moral. Una ciudad revela sus verdaderas prioridades en la manera en que mueve a quienes la sostienen todos los días. No en los renders futuristas, no en los discursos sobre innovación, no en las conferencias llenas de Canvas y adjetivos motivacionales. Una ciudad se define por el respeto que tiene hacia el tiempo, la seguridad y el agotamiento de su gente.
La pregunta ya no es si el sistema necesita cambios. Eso resulta evidente incluso para quienes jamás se han subido a un camión… que casualmente suelen ser quienes diseñan buena parte de estas políticas públicas. La verdadera pregunta es cuánto tiempo más seguiremos confundiendo subsidios con soluciones, ocurrencias mediáticas con transformación y movilidad con simple capacidad de sobrevivir al trayecto diario. Cuando una ciudad normaliza que trasladarse sea una forma cotidiana de desgaste, termina erosionando algo más profundo que la eficiencia urbana: erosiona la confianza pública.


Sobre el autor

Sergio E. Gómez Partida es consultor en evaluación, gestión para resultados y planificación en sectores público y privado. Información de contacto: sgpartida@gmail.com; en X: @SergioGmezP.

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México: Un Estado capturado y erosionado

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México, un estado capturado y erosionado

El Estado surgió entre los siglos 16 y 18 como solución a la violencia feudal, a las guerras incitadas por la religión y a la excesiva dispersión del poder. Cuando los individuos se reunieron para constituir una entidad soberana, en la cual delegaron un poder absoluto sobre ellos, lo hicieron para protegerse y poder vivir con seguridad en sus bienes y en su persona.

Surgió así el Estado con la promesa fundacional de centralizar autoridad, monopolizar la violencia legítima y producir previsibilidad para enfrentar entornos inestables e inciertos. La teoría política lo concibe como un aparato racional diseñado para limitar y regular conductas, contener el caos y garantizar seguridad, impuestos y justicia.

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El Estado moderno en México, y el que sentó las bases para lo que tenemos en la actualidad, surgió después de la Revolución iniciada en 1910, de ahí surgió un régimen para controlar el proceso de distribución del poder político y las instituciones que buscaban materializar los preceptos del proceso revolucionario. Conocidos estos antecedentes, ¿cómo podemos clasificar en la actualidad al Estado mexicano? De un tiempo a esta parte se han suscitado debates en torno a la eficacia y funcionalidad del Estado en nuestro país. Algunos consideran que estamos en un Estado fallido. Yo no soy de los que piensan así. 

Un Estado fallido se materializa cuando se ha perdido por completo la capacidad de ejercer control efectivo sobre el territorio, garantizar seguridad básica, monopolizar el uso legítimo de la fuerza y sostener instituciones funcionales. En el caso de México, aplicar esa categoría exige mesura en el análisis, porque el país todavía mantiene capacidades firmes en materia fiscal, diplomática, financiera y administrativa. Lo que no se puede negar es que existen ciertos episodios que muestran zonas de fragilidad institucional, captura criminal y erosión de la potestad operativa que alimentan ese debate.

¿Qué es lo que estimula esa narrativa? Dos casos recientes han sido utilizados para estimularla.  Las versiones sobre una presunta participación de la Agencia Central de Inteligencia (CIA, por sus siglas en inglés) en operaciones vinculadas con Chihuahua y las acusaciones políticas y judiciales contra Rubén Rocha Moya en el contexto de investigaciones criminales impulsadas desde Estados Unidos (sobre lo cual escribí en mi colaboración anterior). Ambos episodios permiten analizar qué dimensiones de la gobernabilidad muestran deterioro. 

El problema aparece en la desigualdad territorial del poder del Estado. Hay regiones donde grupos criminales ejercen funciones propias del Estado tales como control social, seguridad, movilidad, tributaciones, economía local y coerción. Esa fragmentación parcial del monopolio de la fuerza genera percepciones de que el Estado no mantiene con éxito ciertas atribuciones que le son propias. Por ello, una categoría más precisa para México sería la de un Estado con capacidades erosionadas en ciertas regiones. 

Hasta el momento, no existe todavía evidencia pública concluyente que pruebe una intervención unilateral abierta de la CIA en Chihuahua fuera de los mecanismos de cooperación bilateral en seguridad. Sin embargo, el simple hecho de que esas versiones resulten creíbles para amplios sectores sociales revela una pérdida de confianza en la autonomía operativa del Estado mexicano, y ahí habita un punto nodal de la gobernabilidad, porque cuando un Estado no logra convencer plenamente de que controla su seguridad interior, se abre espacio para narrativas de tutela externa. Si bien es cierto que la cooperación entre México y Estados Unidos en inteligencia no es nueva y que existe desde hace décadas en temas de narcotráfico, terrorismo, lavado de dinero y tráfico de armas, el problema surge cuando la cooperación no es del todo transparente y alimenta posibilidades de opacidad, las autoridades mexicanas se perciben como subordinadas y las agencias extranjeras parecen tener más capacidad de investigación que las instituciones locales.

Por otro lado, las acusaciones y señalamientos en contra de Rubén Rocha Moya deben analizarse bajo las ópticas jurídicas y políticas. Hasta ahora, muchas versiones han circulado en medios, columnas y rumores vinculados a investigaciones estadounidenses sobre narcotráfico y redes de protección política. No obstante, todavía no existe una sentencia judicial firme que pruebe responsabilidad penal directa del gobernador, pero el daño político no depende exclusivamente de una condena judicial. En materia de gobernabilidad, la percepción pública importa, y mucho, porque impacta la legitimidad institucional.

En el caso Rocha Moya se perciben, por lo menos, tres aristas. La dificultad para separar poder político y estructuras criminales en regiones históricamente penetradas por el narcotráfico; la dependencia creciente de información e investigaciones provenientes de Estados Unidos, y la debilidad de las capacidades mexicanas para cerrar rápidamente controversias mediante investigaciones transparentes y creíbles. Cuando las acusaciones más graves sobre actores políticos mexicanos parecen investigarse más enérgicamente fuera del país que dentro del mismo, surge una percepción de vacío institucional o de encubrimiento, ambos igual de graves. Eso fortalece la narrativa de fragilidad estatal.

Estos dos botones de muestra nos revelan que un grave riesgo para la gobernabilidad mexicana es la normalización gradual de esquemas excepcionales como la dependencia de inteligencia extranjera; la existencia de gobiernos subnacionales colonizados y condicionados por grupos del crimen organizado, así como la normalización y aceptación social de que existen zonas en donde la ley opera parcialmente. Todo ello conlleva una erosión gradual de la legitimidad institucional del Estado.

En términos prospectivos, el desafío para el Estado mexicano no es sólo combatir al crimen organizado, sino reconstruir capacidad institucional civil, credibilidad judicial y soberanía operativa. Si esos elementos no se fortalecen, la discusión sobre un Estado fallido seguirá apareciendo cada vez que surjan casos donde el poder criminal, la presión estadounidense y la fragilidad política parezcan cruzarse.

Siguiendo los criterios clásicos, México no es un Estado fallido, pero exhibe con progresiva claridad los síntomas de un Estado disfuncional, capturado y erosionado con regiones en donde el crimen organizado cogobierna y el gobierno no puede o no quiere ejercer su potestad y atribuciones. 


Sobre el autor

José de Jesús Gómez Valle es analista político. Profesor Investigador en el CUCSH de la UdeG. Contacta: jose.gomezvalle@gmail.com y en X: @jgomezvalle.

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