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Opinión

La raíz mexicana que desafía a Trump

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Donald Trump y la identidad mexicana de Los Ángeles y San Diego, ciudades de Estados Unidos con una profunda herencia histórica y cultural de México.
Las declaraciones de Donald Trump sobre Los Ángeles y San Diego reabren el debate sobre la identidad mexicana. Foto: AP.

Hay palabras que no sólo ofenden; hay palabras que rasgan el velo de la historia y exhiben, con una crudeza escalofriante, el verdadero desdén que anida en las cúpulas del poder estadounidense. Durante la campaña por la carrera para gobernador en Nebraska, el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, pronunció una frase ante el conflicto en Medio Oriente que debería erizar la piel de cualquier persona con memoria, dignidad y sangre en las venas:

“Es un precio pequeño a pagar por mantener al mundo seguro, por mantener a nuestro país seguro. Pueden destruir una ciudad. Que destruyan Los Ángeles, que destruyan San Diego. Eso… es un precio muy pequeño que pagar”

La ligereza con la que se pone en la mira del sacrificio a dos de las metrópolis más vitales del continente no es un simple exabrupto de templete: es una declaración de guerra simbólica contra el corazón mismo de nuestra gente. No es casualidad que las ciudades que Trump ofrece con desparpajo como carne de cañón sean, precisamente, los dos bastiones donde late con mayor vigor la herencia mexicana. Porque conviene recordar una verdad histórica y demográfica incontestable: Los Ángeles y San Diego son territorios administrados por Washington, pero en su alma, en sus calles, en sus cocinas y en su lenguaje cotidiano, son hoy más mexicanas que en aquel aciago 1848 en que se firmó el Tratado de Guadalupe Hidalgo.

Los Ángeles no es una urbe estadounidense más; es, por derecho propio y por peso demográfico, la segunda concentración urbana con más mexicanos en el planeta, solo por detrás de la Ciudad de México. Y San Diego, hermanada indisolublemente con Tijuana a través del cruce fronterizo más transitado del mundo, conforma un organismo binacional vivo donde la frontera no es un muro, sino una cicatriz por la que corre la misma sangre trabajadora. 

Decir: “Que destruyan Los Ángeles, que destruyan San Diego” es decir, entre líneas, pero a los cuatro vientos, que la vida de los millones de migrantes y mexicoamericanos que sostienen la economía de esa nación vale menos que sus ambiciones geopolíticas.

Por eso, estas palabras no pueden pasar desapercibidas de este lado del Río Bravo. El Estado mexicano y su Presidencia en turno tienen la obligación moral, histórica y política de levantar la voz. No se gobierna únicamente para quienes habitamos dentro del trazo cartográfico nacional: se debe velar por la integridad, el respeto y la dignidad de los 60 millones de connacionales que viven del otro lado de la línea. Son hermanos que sostienen con remesas el suelo patrio y con su sudor la infraestructura del vecino del norte. No son ciudadanos de segunda ni peones desechables en el tablero bélico de un imperio.

Frente a este agravio, el destino parece estar orquestando un reacomodo geopolítico sin precedentes en las elecciones de noviembre. Por primera vez en la historia contemporánea, la Alta California y Texas, tierras que jamás perdieron su esencia mexicana, se encuentran en la antesala de una sacudida. En California, el estado que Trump invita a bombardear con indolencia, el demócrata Xavier Becerra avanza con paso firme hacia la gubernatura, encarnando la dignidad de una comunidad que responde al odio con liderazgo y poder político. Al mismo tiempo, en el bastión texano, Gina Hinojosa, hija de Brownsville y orgullosa de sus raíces, desafía la maquinaria hostil de Greg Abbott, abriendo una grieta en décadas de políticas discriminatorias y persecución racial.

Si miramos el mapa completo, la frontera sur de los Estados Unidos está viviendo una metamorfosis silenciosa pero colosal. De California a Texas, pasando por Arizona y Nuevo México, donde la gobernadora Michelle Lujan Grisham frenó en seco la burda provocación trumpista de rebautizar su estado como «Nuevo América», los territorios arrebatados en el siglo XIX están siendo guiados por una visión que reivindica sus raíces originales.

Esta no es una victoria de fusiles ni de invasiones armadas; es el triunfo definitivo del soft power, de la tenacidad, la música, la lengua, la familia y la memoria. Podrán haber firmado tratados hace casi dos siglos, podrán levantar muros de concreto y concertina, pero el supremacismo blanco debe entender que hay cosas que ningún decreto puede arrancar: jamás podrán borrar una identidad milenaria que florece en el asfalto. Las barras y las estrellas podrán gobernar administrativamente el territorio, pero en el alma de esa tierra jamás podrán someter al águila devorando a la serpiente, erguida y triunfante sobre su nopal.


Sobre el autor

Fernando Arango Ávila es jurista y académico. Doctor en Ciencias de lo Fiscal, y actualmente cursa un posdoctorado en Derecho. Actualmente, combina su experiencia práctica con su labor investigativa. Escribe: drarango83@gmail.com.

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