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Opinión

¿Qué podemos saber de los jaliscienses en twitter?

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Laboratorio de Innovación y Democracia,

Por Luis Sánchez Pérez*

Hoy, el INEGI trabaja con una herramienta de estadística experimental, que consiste en un sistema capaz de medir el estado de ánimo o bienestar subjetivo de los tuiteros en México, el cual funciona gracias al desarrollo de un algoritmo propio y machine learning —técnica para que las computadoras aprendan con inteligencia artificial—, junto a un análisis humano por parte de personal del instituto.

En 2015 el Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI), con la colaboración de investigadores de INFOTEC y del Centro Geo, así como con el apoyo del Positive Psychology Center of the University of Pennsylvania (PPC-UPenn), y de la Universidad Tec Milenio (UTM), publicó la primera versión del Estado de Ánimo de los Tuiteros en México.  En este estudio, se analizaron 65 millones de tuis georreferenciados en el país, destacó que los estados de Sonora y Coahuila tuvieron a los tuiteros más tristes, mientras que las entidades del Pacífico: Jalisco, Colima, Michoacán, Guerrero y Oaxaca tuvieron usuarios felices, resaltando aún más Nayarit y Quintana Roo como los más felices de esa red social.  Este estudio representó un paso hacia el uso de fuentes alternativas de Big Data para generar nuevas estadísticas experimentales.

Ahora para 2018 se sigue utilizando la misma metodología descrita en el 2015, en cuanto a la recolección, análisis, pre-procesamiento, clasificación del sentimiento y generación de indicadores.  La diferencia y principal mejora radica tanto en la temporalidad, que ahora es diaria, para clasificar los tuits y generar los indicadores, como en el procesamiento para distinguir los tuits de los visitantes (turistas) y de los locales.

Este año se trabaja una nueva aplicación con más funcionalidades para visualizar los resultados en la temporalidad seleccionada, el sentimiento de todos los tuiteros por entidad federativa, de los tuiteros locales o de los visitantes, así como ver la nube de #hatshtags por día o las noticias de un día en particular, para que el usuario pueda tener más elementos para tratar de entender el sentimiento de ese día.

Con esta nueva referencia, los gobiernos estatales tienen más oportunidades de conocer qué tan satisfactoria y feliz es la vida de los ciudadanos en relación consigo mismo, con su ciudad y con su gobierno e instituciones y  conocer la imagen que dan a sus visitantes.

Si bien, el Gobierno de Jalisco actualmente cuenta con el Monitoreo de Indicadores del Desarrollo (MIDE) Jalisco para dar seguimiento a las metas vinculadas al Plan Estatal de Desarrollo (PED) vigente, esta medición en temas como salud, educación, movilidad, vivienda o seguridad no han arrojado resultados del todo autocríticos y valorativos, que representen verdaderamente la percepción de los ciudadanos. Además de generar cuestionamientos por parte académicos y sociedad civil.

Por ello, exhortamos al gobierno del Estado a hacer un nuevo replanteamiento sobre la medición del bienestar, que tanto ha presumido esta administración, y considerar esta nueva herramienta del INEGI (única en el mundo) para analizar cómo están impactando en el ánimo de los ciudadanos las acciones que se realizan. Mejorar las condiciones de seguridad -que pedimos a gritos en las calles-, mayores oportunidades para los jóvenes, mejor transporte público, condiciones dignas para el respeto de los Derechos Humanos, en general mejorar la calidad de vida de los habitantes, que refleje un ánimo positivo de los jaliscienses, no solo en redes sociales, si no en el entorno cotidiano.

El best-seller, Meik Wiking en su obra “Lykke. En busca de la gente más feliz del mundo” señala que “El Informe Mundial de la Felicidad de la ONU muestra que, aproximadamente, tres cuartas partes de la diferencia en los niveles de felicidad de los países del mundo se reduce a seis factores: apoyo social, dinero, salud, libertad, confianza y bondad».

 

*Investigador de Medios de Información y Mecanismos de Participación Ciudadana en el Laboratorio de Innovación Democrática (LID) y Consejero en Defensa de las Audiencias del Sistema de Radio, Televisión y Cinematografía de la Universidad de Guadalajara (UdeG).

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Opinión

Ojo, así se roban tus datos personales

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Columna de Ana Olvera sobre el robo de datos personales

Estimado lector, para mí es un privilegio volver a escribir estas líneas luego de una muy larga ausencia. Sin embargo volveremos a encontrarnos en esta columna cada quincena, analizando los temas de actualidad relacionados con la protección de nuestros datos personales y la privacidad que acontecen tanto en nuestro País como en el mundo.

Evidentemente no podemos dejar de comentar lo sucedido en días pasados en Guadalajara, donde existía -y seguramente siguen existiendo- un call center debidamente instalado para llevar a  cabo extorsiones que se extendían no solo al resto de Jalisco, sino hasta a otros veinte estados más de nuestra República, afectando a más de 26 mil personas con llamadas fraudulentas y extorsiones.

Afortunadamente se desmanteló y según declaraciones oficiales se están realizando colaboraciones con instituciones de las demás entidades afectadas, para descubrir a todas las víctimas y por supuesto, invitarlas a denunciar, lo que resulta en una tarea titánica para las autoridades; pero al parecer no lo fue para aquellos cuyo modus vivendi consistía en realizar este tipo de nada honrosas actividades.

Datos personales de los afectados

En ese sentido caben muchas reflexiones, pero la primera es preguntarnos de dónde obtenían la materia prima, es decir, los datos personales de aquellos afectados. Aunque las respuestas pueden variar, quiero que centremos nuestra atención en dos fuentes principales.

La primera y la originaria por excelencia siempre seremos, desafortunadamente, Usted y yo, querido lector. Es decir, nosotros como titulares, dueños de esos datos personales que elegimos, muchas veces sin pararnos a reflexionar en ello, a quién, cómo y para qué le compartimos esta importantísima información.

Y digo que muchas veces sin reflexionarlo lo suficiente, porque participamos a otras personas de manera voluntaria, para poder obtener un bien o servicio; para pedir nuestros alimentos cuando no tenemos tiempo de prepararlos en casa; al inscribirnos a un curso o a nuestros hijos a la escuela, por citar ejemplos cotidianos. Pero también lo hacemos de manera involuntaria, por ejemplo cuando descargamos aplicaciones en nuestro teléfono inteligente o tableta y compartimos datos que no son necesarios; cuando somos poco discretos en una conversación o bien, ¿cuántas veces no hemos tirado a la basura documentación que contiene nuestro nombre u otros datos más sensibles, como nuestra CLABE interbancaria? Seguramente, muchas veces.

Ignoramos el valor de nuestros datos

La segunda causa de obtención de esta información es por medio de aquellos que manejan datos personales, es decir, los responsables si son particulares, o bien los sujetos obligados de orden público. Según me ha tocado atestiguar, parece que cuando la información no nos pertenece, dejamos de tener cuidado en su manejo. Se despersonaliza y solo vemos números, estadísticas, pero olvidamos que detrás de esas cifras, direcciones o palabras, se encuentra una persona que puede verse perjudicada por nuestro descuido de custodia de la información durante el ciclo de vida de los datos personales.

En fin, aunque difícilmente sabremos cómo se obtuvo esa información, es una realidad que decenas de miles de personas se vieron seriamente perjudicadas no solo en su patrimonio, sino muy seguramente hasta en su tranquilidad diaria, por este tipo de acciones ilegales. La invitación es a que le demos la importancia debida a esta información que es tan importante. La que nada más y nada menos, nos hace únicos y nos permite interactuar con el resto de quienes nos rodean. Si tenemos conciencia de la importancia de nuestros datos personales, seguramente nos daremos cuenta de la relevancia que también tiene la información relativa a otras personas. 

La tarea primordial

En un entorno tan cambiante como el que vive nuestro mundo y especialmente, nuestro Estado de Derecho, la tarea primordial con la que contamos es velar porque nuestros derechos a la protección de datos personales y la privacidad no sean violentados y es más, que puedan ser garantizados, sobre todo ante la inminente desaparición de los Órganos Garantes en la materia, de lo que hablaremos en nuestra próxima entrega.

Sobre la autora

Ana Olvera es profesora investigadora de tiempo completo en la Universidad Autónoma del Estado de Hidalgo, con intereses en privacidad, bioética y neuroderechos.

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Opinión

La extinción de los institutos de transparencia: ¿falta de empatía o indiferencia?

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A veces, hablar de datos personales, de su protección y nuestra privacidad, resulta sumamente abstracto. Aunque incluso trabajemos con ellos, pensemos en la recepcionista de un consultorio médico o el propio profesional de la salud. O en la persona a la que le pedimos la pizza o la comida que consumiremos en ese momento.

Ahora pensemos en las veces que entramos a ciertas redes sociales, como X, Facebook o LinkedIn y encontramos explicaciones acerca de lo importante que es proteger nuestros datos personales, o bien, explicaciones de las resoluciones (que a veces se adjuntan completas) y que más bien, parecen para un público un poco más especializado, que tal vez no seremos nosotros -que solo buscamos un momento de distracción-. En no pocas ocasiones, este tipo de situaciones pasan desapercibidas hasta que somos víctimas de robo de identidad, alguna extorsión o una estafa.

En este sentido cabe preguntarnos al menos dos cosas. La primera, la razón por la que optamos por la indiferencia ante la violación de la privacidad, que se arraiga en una compleja red de factores. La omnipresencia de la tecnología ha normalizado la vigilancia, desensibilizando a muchos ante la vulneración de sus datos personales. La complejidad de las políticas de privacidad y los algoritmos opacos genera una sensación de impotencia, alimentando la resignación. Además, la gratificación inmediata de los servicios digitales y la falta de consecuencias tangibles de la pérdida de privacidad fomentan una actitud apática e incluso, indolente. A esto se suma la polarización social, que fragmenta la empatía y dificulta la acción colectiva en defensa de un derecho fundamental.

La falta de involucramiento nos aísla de nuestra comunidad. Nos desconectamos de los problemas que nos afectan a todos, como la pobreza, la desigualdad, la violencia, la inseguridad y el cambio climático. Nos volvemos indiferentes al sufrimiento de los demás, perdiendo nuestra capacidad de empatía y solidaridad.

Pero la segunda es igualmente preocupante. ¿Qué pasó con el trabajo de los organismos garantes? ¿Fue acaso incapacidad de transmitir e incluso educar al pueblo mexicano? ¿De “conectar”, empatizar? Por que los festivales, las fotos, los congresos o simposios, salvo muy honrosas excepciones, siempre iban dirigidos a cualquier público distinto a lo que han dado por llamar “el ciudadano de a pie”. O como dirían los políticos en este momento histórico, “el pueblo bueno”, ese que difícilmente, con la pobre comunicación de los “expertos” y además con pocos recursos a la mano, comprendió la importancia de un andamiaje institucional como el que logró crearse en materia de transparencia y protección de datos personales. Tal vez eso explique la indiferencia en su defensa.

No cabe duda que asistimos y en gran mayoría, las y los mexicanos solo estamos meramente atestiguando los cambios estructurales que nuestro país esta viviendo. En ese sentido, claro que vivimos una transformación. No sé cuál. Pero bien haríamos en hacer a un lado esa indiferencia, para al menos intentar entender cómo afectarán al ejercicio y garantía de nuestros derechos fundamentales.

No involucrarse en la vida del país también tiene un costo personal. Cuando nos alejamos de los asuntos públicos, renunciamos a nuestro derecho a ser escuchados y a contribuir al bienestar de nuestra sociedad. Nos convertimos en meros espectadores de nuestro propio destino, sin voz ni voto. En un mundo cada vez más interconectado, los problemas que enfrentamos son complejos y requieren soluciones colectivas. La participación ciudadana es esencial para construir un futuro más justo, próspero y sostenible para todos. No podemos permitirnos el lujo de la indiferencia.

Es hora de despertar de la apatía y asumir nuestra responsabilidad como mexicanos. Involucrémonos en los asuntos públicos, hagamos oír nuestra voz, exijamos transparencia y rendición de cuentas. Solo así podremos construir el país que queremos y merecemos.

Sobre la autora

Ana Olvera es profesora investigadora de tiempo completo en la Universidad Autónoma del Estado de Hidalgo, con intereses en privacidad, bioética y neuroderechos.
 

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