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Opinión

Ricardo Anaya, na na na na na…

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Ricardo Anaya…

Parte de nuestra responsabilidad como ciudadanos durante este periodo electoral será informarnos sobre la situación actual de nuestro País y cuál de los candidatos presidenciales será el más adecuado para dirigirnos en los próximos años.

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Definitivamente, resulta fácil encontrar información en línea sobre cualquiera de esos personajes; sin embargo, los análisis profundos de sus propuestas, historiales o la investigación de las realidades que podrán o no podrán hacer es lo que realmente nos debería de interesar.

Durante campañas electorales, las promesas son muchas, las realidades son pocas. Cuando vemos un debate entre líderes políticos todos van contra todos, uno menciona que el otro hizo “tantas” cosas mal, el otro le responde que es mentira que no tiene los datos correctos.  Es un ir y venir de información que me parece que no lleva a nada.

En el programa “Si me dicen no vengo”, dedicado al debate político podemos ver claramente cómo uno desperdicia una hora valiosa de tiempo para ver a estas personas “tirarse” unas a otras, sin dejar nada claro y responder mediocremente las preguntas que entre ellos se hacen. Es ridículo el tipo de debates que tenemos en México. Confunden a la audiencia,  no son claros, no se sabes si todo es mentira, o solo una parte o qué está sucediendo en ese lugar.

Definitivamente creo que alguna persona con preparación y criterio debería revisar la información que los candidatos presentan en este periodo, alguien que asuma las funciones de un réferi, que avale si la información presentada es real. De lo contrario el debate se vuelve un juego de palabras donde el ganador es aquel que mejor habla o mejor estrategia tiene. Y el votante se queda “a medias”.

Seguramente este tipo de debates los vamos a ver en los próximos meses y los candidatos a la presidencia de este país serán los protagonistas. Uno de los precandidatos que mejor maneja los números y que yo podría considerar el señor “estadística” es el joven Ricardo Anaya, un personaje muy peculiar y muy interesante porque no figuraba en el clima político, ni social de este país y luego surgió con más fuerza hace unos 3 años.

Ricardo es una persona estudiada, tiene licenciatura en Derecho, Maestría en Derecho Fiscal, Doctorado en Ciencias Políticas y Sociales por la UNAM, tiene toda la “facha” de haber sido un chico brillante. Es casado, tiene 38 años y cumple 39 este mes. El precandidato más joven en esta contienda, sin embargo físicamente no luce como un hombre menor de cuarenta años, Ricardo representa más edad de la que tiene y se le podría calcular unos 45 años. Tiene tres hijos, dos niños y una niña que no viven en México.

Hace poco comenzó a figurar ya que en 2014 fue nombrado presidente interino del Partido Acción Nacional, así pues sabemos que toda su carrera profesional la tiene hecha en gobierno, fue diputado, fue secretario particular del gobernador de Querétaro y durante la presidencia del señor Felipe Calderón en 2011 fue subsecretario de planeación turística. Así como lo está leyendo un abogado en Secretaría de Turismo del Gobierno Federal, qué interesante como designan algunos puestos en este país. De 2015 a 2017 al ser presidente del PAN, adquirió una popularidad respetable ya que logró el triunfo del Partido Acción Nacional (PAN) en 7 de 12 gubernaturas que se disputaron.

Gracias a su capacidad para procesar datos mentalmente y poderlos expresar de una manera muy certera Ricardo se posiciona en las mentes del pueblo mexicano, así misteriosamente se registró como único precandidato a la Presidencia de la República Mexicana por la Coalición por México al Frente (PAN,PRD, MC) dejando fuera las aspiraciones del resto de los precandidatos como Miguel Ángel Mancera y mucho antes las aspiraciones del ambicioso Felipe Calderón, por empujar la candidatura de su esposa, Margarita Zavala como candidata a la presidencia de la República.

Estos expresidentes del PAN siempre tienen ese deseo interno de que sus esposas continúen su legado, como si viviéramos en un estilo de monarquía. Al ex presidente Vicente Fox le pasó lo mismo, cuando Martha Sahagún también contendía para la precandidatura a la presidencia. ¿Qué no tienen más miembros interesantes en el PAN? ¿O de plano se vuelve un círculo tan pequeño que las asignaciones más importantes se las quedan entre familia? No lo sabemos, pero lo podemos deducir de acuerdo a cómo vamos recibiendo a los precandidatos de este partido político.

Ricardo no permitió por ningún motivo que fuera la esposa de Calderón la que se designara como la precandidata en Acción Nacional y mucho menos en el Frente. Ella tuvo que buscar sus propios medios. Y ahora, el joven Ricardo se perfila como uno de los favoritos de esta contienda. Me parece que tiene poca experiencia para un papel tan grande como es ser el Presidente de México, no ha sido gobernador de ningún Estado de la República, ha laborado pocos años en cada uno de los puestos en los que ha estado, algunas veces parece ingenuo e inclusive incómodo al comenzar las precampañas. Por el perfil que él tiene, creo que preferiría hacer una conferencia a nivel Nacional y decirnos cómo es que su excelencia, mención honorífica, manejador número uno de las estadísticas en México, tiene ese plan maestro para sacar a este país adelante porque él, él sabe cómo.

El na na na na na

Pero las elecciones en México no son así, Ricardo tendrá que hacer todo el trabajo de territorio, ir ciudad por ciudad, municipio por municipio, pueblo por pueblo  ensuciándose la camisa que luce perfectamente planchada, así es, tendrá que ensuciarse su camisa, sudar, caminar, hablar con personas, no solo emitir sus discursos políticos y  recitar de memoria sus números, sino tratar de hacer empatía con la gente menos afortunada, que no se sentirá identificado con él en lo absoluto y que como ya vimos en el súper video viral “na na na na na, na na na, na na na na na”, el joven Ricardo sonríe con dificultad.

Es un candidato interesante ya que representa a esta nueva generación mileniall, sin embargo en su canal de YouTube tiene poco más de 8,000 subscriptores, aunque algunos de sus videos tienen más de un millón de visualizaciones. En otros espacios, nos adentraremos en el análisis de sus propuestas que creemos estarán plagada de estadísticas, números, proyecciones y esperemos haga honor a su profesión plasmándonos propuestas de reformas a las leyes.

Desde este lado de la trinchera observamos que el equipo de trabajo que lo está respaldando parece entender perfectamente cómo funcionan las redes sociales, parece que traen un plan estratégico para poder meterlo en el primer o segundo lugar de esta contienda, aunque leyendo la trayectoria de Ricardo y su ambición por ser siempre el número uno, se puede uno imaginar que el joven ya viene bien preparado con todo el arsenal listo para que ningún peje, jaguar, bronco o llámese como se llame pueda obstaculizar el objetivo final de este perfeccionista.

 

Por Evelyn Villanueva Macdonel estudió Negocios Internacionales en Guadalajara, actualmente termina una maestría en Economía en Italia. Apasionada por México, sus tradiciones y cultura. Emprendedora, empresaria y desarrolladora de nuevos proyectos. Completamente a favor de romper esquemas, innovar y transformar. En la actualidad se desempeña en el LID como Investigadora en temas de desigualdad socioeconómica.

 

Bolígrafo     Laboratorio de Innovación     Ricardo Anaya

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Guadalajara y su caótico transporte público. Parte 3

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Guadalajara y su caótico transporte. Parte 3, escribe Sergio E. Gómez Partida

En Jalisco, durante años, los gobiernos de todos los colores han repetido la misma liturgia burocrática: más rutas, más unidades, más inversión, más modernización.
Cambian los logotipos, las campañas y las promesas, pero el viacrucis del usuario permanece intacto. El caos ya no es una falla del sistema. El caos es el sistema.

La burocracia mexicana posee una habilidad admirable para medir aquello que menos importa. Nos dicen cuántos millones se invirtieron, cuántos camiones se compraron o cuántos kilómetros se “modernizaron”. Pero evitan cuidadosamente responder las preguntas incómodas: ¿cuántas horas pierde una persona cada semana esperando un camión que nunca pasó?, ¿cuántas mujeres sienten miedo al regresar de noche en transporte público?, ¿cuántos usuarios terminan viajando hacinados como mercancía de traslado y no como ciudadanos?, ¿cuántas personas renunciaron al transporte público por su pésimo servicio?

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Una política pública que mide únicamente el gasto o el esfuerzo, pero ignora el resultado, termina confundiendo movimiento con progreso. Guadalajara lleva años moviéndose en círculos.

El transporte público es, por naturaleza, un monopolio natural. El usuario no puede “cambiar de proveedor” cuando la ruta falla. Si el camión no pasa, pasa lleno o simplemente ignora la parada, el ciudadano queda atrapado. Esa asimetría obliga al Estado a regular con firmeza. El problema es que aquí la regulación parece haberse diseñado con la delicadeza del pétalo de una rosa en la mano pública de quien no quiere incomodar a nadie, especialmente a los concesionarios.
Es una de las grandes contradicciones del modelo tapatío: los subsidios multimillonarios entregados a empresas privadas que operan el servicio sin que existan mecanismos serios y transparentes de evaluación del desempeño-resultados se convierten en incentivos perversos. La lógica termina siendo tan absurda como predecible: si el concesionario sabe que el dinero llegará de cualquier manera, ¿para qué mejorar el servicio?, ¿para qué invertir en mantenimiento?, ¿para qué capacitar operadores?, ¿para qué reducir tiempos de espera o evitar sobrecupos? El subsidio deja de ser una herramienta de equilibrio social y se convierte en premio institucional a la mediocridad.

Bajo este esquema, se socializan las pérdidas y se privatizan las ganancias. El ciudadano financia el sistema mediante impuestos o tarifa, soporta el mal servicio y todavía debe agradecer que el camión aparezca. Una obra maestra de la administración pública latinoamericana: convertir al usuario en rehén financiero de su propio deterioro.

Mientras tanto, la autoridad presume convenios “innovadores”. Hace apenas unos días, la Secretaría de Transporte de Jalisco anunció un acuerdo con Uber para otorgar traslados gratuitos a mujeres en situación de violencia. La medida fue presentada como un avance humanitario. Y en el caso individual, ciertamente puede representar ayuda urgente para muchas mujeres. El problema no está en la víctima. El problema es el mensaje político detrás de la solución. El Estado acaba admitiendo, sin decirlo abiertamente, que el propio sistema público que regula no puede garantizar seguridad mínima a las personas.
La solución no consistió en mejorar paraderos, iluminar zonas inseguras, aumentar frecuencias nocturnas o profesionalizar operadores. No. La salida rápida fue delegar la responsabilidad a una aplicación privada que cobra tarifas elevadas, se apropia de 1/3 del valor del negocio sin asumir riesgo ni inversión y llena el vacío dejado por el desastre institucional.
La ironía es clara: después de décadas hablando de fortalecer el transporte público, la solución oficial parece resumirse en una frase vergonzosa y simple: “si el camión no sirve, tome Uber”. Hablamos de una versión gubernamental de poner cubetas cuando el techo lleva veinte años colapsándose.

La violencia en el transporte no comienza cuando aparece un delito. Comienza mucho antes, como lo señalaba Galtung: la violencia estructural empieza cuando el Estado falla y una persona debe esperar cuarenta minutos en una parada oscura. Empieza cuando una unidad va tan saturada que el cuerpo deja de tener espacio propio y, si logra entrar, asume las condiciones de un cuadrúpedo en traslado al matadero. Por eso resulta tan revelador que los funcionarios presuman reuniones, adquisiciones o videos estéticamente editados en sus redes sociales; el secuestro comunicacional cosmético es parte del mismo caos y pasa en todos los sectores de la vida pública. Sucede que medir resultados obliga a rendir cuentas. Y rendir cuentas arruina muchas narrativas oficiales.

La tragedia de Guadalajara no es solamente técnica. Es moral. Una ciudad revela sus verdaderas prioridades en la manera en que mueve a quienes la sostienen todos los días. No en los renders futuristas, no en los discursos sobre innovación, no en las conferencias llenas de Canvas y adjetivos motivacionales. Una ciudad se define por el respeto que tiene hacia el tiempo, la seguridad y el agotamiento de su gente.
La pregunta ya no es si el sistema necesita cambios. Eso resulta evidente incluso para quienes jamás se han subido a un camión… que casualmente suelen ser quienes diseñan buena parte de estas políticas públicas. La verdadera pregunta es cuánto tiempo más seguiremos confundiendo subsidios con soluciones, ocurrencias mediáticas con transformación y movilidad con simple capacidad de sobrevivir al trayecto diario. Cuando una ciudad normaliza que trasladarse sea una forma cotidiana de desgaste, termina erosionando algo más profundo que la eficiencia urbana: erosiona la confianza pública.


Sobre el autor

Sergio E. Gómez Partida es consultor en evaluación, gestión para resultados y planificación en sectores público y privado. Información de contacto: sgpartida@gmail.com; en X: @SergioGmezP.

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México: Un Estado capturado y erosionado

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México, un estado capturado y erosionado

El Estado surgió entre los siglos 16 y 18 como solución a la violencia feudal, a las guerras incitadas por la religión y a la excesiva dispersión del poder. Cuando los individuos se reunieron para constituir una entidad soberana, en la cual delegaron un poder absoluto sobre ellos, lo hicieron para protegerse y poder vivir con seguridad en sus bienes y en su persona.

Surgió así el Estado con la promesa fundacional de centralizar autoridad, monopolizar la violencia legítima y producir previsibilidad para enfrentar entornos inestables e inciertos. La teoría política lo concibe como un aparato racional diseñado para limitar y regular conductas, contener el caos y garantizar seguridad, impuestos y justicia.

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El Estado moderno en México, y el que sentó las bases para lo que tenemos en la actualidad, surgió después de la Revolución iniciada en 1910, de ahí surgió un régimen para controlar el proceso de distribución del poder político y las instituciones que buscaban materializar los preceptos del proceso revolucionario. Conocidos estos antecedentes, ¿cómo podemos clasificar en la actualidad al Estado mexicano? De un tiempo a esta parte se han suscitado debates en torno a la eficacia y funcionalidad del Estado en nuestro país. Algunos consideran que estamos en un Estado fallido. Yo no soy de los que piensan así. 

Un Estado fallido se materializa cuando se ha perdido por completo la capacidad de ejercer control efectivo sobre el territorio, garantizar seguridad básica, monopolizar el uso legítimo de la fuerza y sostener instituciones funcionales. En el caso de México, aplicar esa categoría exige mesura en el análisis, porque el país todavía mantiene capacidades firmes en materia fiscal, diplomática, financiera y administrativa. Lo que no se puede negar es que existen ciertos episodios que muestran zonas de fragilidad institucional, captura criminal y erosión de la potestad operativa que alimentan ese debate.

¿Qué es lo que estimula esa narrativa? Dos casos recientes han sido utilizados para estimularla.  Las versiones sobre una presunta participación de la Agencia Central de Inteligencia (CIA, por sus siglas en inglés) en operaciones vinculadas con Chihuahua y las acusaciones políticas y judiciales contra Rubén Rocha Moya en el contexto de investigaciones criminales impulsadas desde Estados Unidos (sobre lo cual escribí en mi colaboración anterior). Ambos episodios permiten analizar qué dimensiones de la gobernabilidad muestran deterioro. 

El problema aparece en la desigualdad territorial del poder del Estado. Hay regiones donde grupos criminales ejercen funciones propias del Estado tales como control social, seguridad, movilidad, tributaciones, economía local y coerción. Esa fragmentación parcial del monopolio de la fuerza genera percepciones de que el Estado no mantiene con éxito ciertas atribuciones que le son propias. Por ello, una categoría más precisa para México sería la de un Estado con capacidades erosionadas en ciertas regiones. 

Hasta el momento, no existe todavía evidencia pública concluyente que pruebe una intervención unilateral abierta de la CIA en Chihuahua fuera de los mecanismos de cooperación bilateral en seguridad. Sin embargo, el simple hecho de que esas versiones resulten creíbles para amplios sectores sociales revela una pérdida de confianza en la autonomía operativa del Estado mexicano, y ahí habita un punto nodal de la gobernabilidad, porque cuando un Estado no logra convencer plenamente de que controla su seguridad interior, se abre espacio para narrativas de tutela externa. Si bien es cierto que la cooperación entre México y Estados Unidos en inteligencia no es nueva y que existe desde hace décadas en temas de narcotráfico, terrorismo, lavado de dinero y tráfico de armas, el problema surge cuando la cooperación no es del todo transparente y alimenta posibilidades de opacidad, las autoridades mexicanas se perciben como subordinadas y las agencias extranjeras parecen tener más capacidad de investigación que las instituciones locales.

Por otro lado, las acusaciones y señalamientos en contra de Rubén Rocha Moya deben analizarse bajo las ópticas jurídicas y políticas. Hasta ahora, muchas versiones han circulado en medios, columnas y rumores vinculados a investigaciones estadounidenses sobre narcotráfico y redes de protección política. No obstante, todavía no existe una sentencia judicial firme que pruebe responsabilidad penal directa del gobernador, pero el daño político no depende exclusivamente de una condena judicial. En materia de gobernabilidad, la percepción pública importa, y mucho, porque impacta la legitimidad institucional.

En el caso Rocha Moya se perciben, por lo menos, tres aristas. La dificultad para separar poder político y estructuras criminales en regiones históricamente penetradas por el narcotráfico; la dependencia creciente de información e investigaciones provenientes de Estados Unidos, y la debilidad de las capacidades mexicanas para cerrar rápidamente controversias mediante investigaciones transparentes y creíbles. Cuando las acusaciones más graves sobre actores políticos mexicanos parecen investigarse más enérgicamente fuera del país que dentro del mismo, surge una percepción de vacío institucional o de encubrimiento, ambos igual de graves. Eso fortalece la narrativa de fragilidad estatal.

Estos dos botones de muestra nos revelan que un grave riesgo para la gobernabilidad mexicana es la normalización gradual de esquemas excepcionales como la dependencia de inteligencia extranjera; la existencia de gobiernos subnacionales colonizados y condicionados por grupos del crimen organizado, así como la normalización y aceptación social de que existen zonas en donde la ley opera parcialmente. Todo ello conlleva una erosión gradual de la legitimidad institucional del Estado.

En términos prospectivos, el desafío para el Estado mexicano no es sólo combatir al crimen organizado, sino reconstruir capacidad institucional civil, credibilidad judicial y soberanía operativa. Si esos elementos no se fortalecen, la discusión sobre un Estado fallido seguirá apareciendo cada vez que surjan casos donde el poder criminal, la presión estadounidense y la fragilidad política parezcan cruzarse.

Siguiendo los criterios clásicos, México no es un Estado fallido, pero exhibe con progresiva claridad los síntomas de un Estado disfuncional, capturado y erosionado con regiones en donde el crimen organizado cogobierna y el gobierno no puede o no quiere ejercer su potestad y atribuciones. 


Sobre el autor

José de Jesús Gómez Valle es analista político. Profesor Investigador en el CUCSH de la UdeG. Contacta: jose.gomezvalle@gmail.com y en X: @jgomezvalle.

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