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Opinión

Argentina. El sueño de una economía estable

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Argentina es uno de los países más hermosos de América Latina. También es uno de los países más apasionados, eso se ve reflejado en su afición por el futbol y los últimos acontecimientos que se han vivido en aquel país.

El argentino es seguro de sí mismo, es apasionado, se siente bello por dentro y por fuera y a pesar del fuerte estigma que cargan de ser “sencillitos y carismáticos”, los argentinos fuera de ese país son los mejores aliados para una buena charla y pasar un excelente rato.

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Argentina ha pasado por diversos acontecimientos políticos y económicos. Son un gran ejemplo de lo que podríamos llamar “resistencia”. Han tenido momentos de éxito y para posicionarse como un ejemplo mundial de tenacidad y han tenido momentos malos: golpes de estado, dictaduras, desapariciones, muertes, violaciones a derechos humanos, etc. 

Se caracterizan por darle nombre a algunos de los movimientos políticos de sus mandatos como el Peronismo (1940), de izquierda,  el Kirchnerismo (2003-2015), de centro izquierda y ahora el llamado Macrismo de Mauricio Macri (2015-2019) actual presidente de la Argentina que impulsa un gobierno liberalista.

El sueño liberalista

Lamentablemente, el sueño de ese nuevo gobierno liberalista no ha dado los frutos esperados y los argentinos continúan resistiendo. El país está viviendo un estado de recesión, esto quiere decir que no han tenido crecimiento económico durante más de dos trimestres y, por el contrario, han decrecido.

Sufren de inflación que ellos mismos provocan, ya que, ante tantos movimientos económicos, los argentinos con mayor poder adquisitivo han desarrollado la mala costumbre de comprar dólares cuando éste comienza a subir de precio, por lo que el gobierno se ve obligado a subir las tasas de interés y por lo tanto, generar inflación nacional. Aunado a un periodo de sequía donde la producción de soya y maíz se vio afectado este año y ha caído un 30% en comparación al 2017.

Así, el presidente Macri ha tenido que tomar medidas drásticas para contrarrestar esta recesión. Ha hecho un acuerdo con el Fondo Monetario Internacional (FMI) para contar con financiamiento y combatir esta crisis. Está generando confianza y credibilidad nuevamente al cambiar su equipo económico, le apostó a movimientos en los líderes del Banco Central de Argentina para estabilizar el tipo de cambio. Deberán bajar también las tasas de interés. Y se espera que en 2019 se tenga una gran cosecha en la soya y en el maíz. También el presidente ha anunciado que después de 17 años, Argentina volverá a exportar carne a los Estados Unidos, esto impulsará el crecimiento.

El G20

Parece fácil pero ante un gobierno (izquierda y derecha) que ha tenido cinco recesiones  en un periodo de 10 años se requiere de mucha disciplina económica, mucho coraje y sobre todo de esa resistencia que los caracteriza.  Si logran disciplinarse, seguir las recomendaciones del FMI y de las organizaciones internacionales: bajar sus niveles de corrupción y empezar a trabajar en equipo con  los argentinos con mayor poder adquisitivo La Argentina podrá darnos un ejemplo de lo que se debe de hacer para alcanzar el éxito.

Se celebrará en Buenos Argentina décimo tercera Cumbre del G20, la primera a realizarse en Sudamérica. Inicialmente 19 países fueron quienes integraron el grupo del G20 en el año 2008, sin embargo este año el país recibirá a 26 líderes mundiales. Estos 20 países que se reúnen en esta cumbre representan el 81% del Producto Interno Bruto (PIB) mundial con una tasa del 61% de la población en el mundo y realizan el 75% del comercio global.

El Grupo de G20 está conformado por 19 países: Alemania, Arabia Saudita, Argentina, Australia, Brasil, Canadá, China, Corea del Sur, Estados Unidos, Francia, India, Indonesia, Italia, Japón, México, Reino Unido, Rusia, Sudáfrica y Turquía. El invitado permanente es España y los países invitados en esta cumbre son: Chile, Holanda, Jamaica, Singapur, Ruanda y Senegal.

Los temas que se abordarán en esta cumbre serán:

  1. El Futuro del Trabajo: Debido a la creciente tasa de desempleo a niveles mundiales

  2. Infraestructura para el Desarrollo

  3. Futuro alimentario sostenible: 795 millones de personas a nivel global no cuentan con alimentos saludables

  4. Perspectiva de género: Una de cada 5 mujeres han aceptado haber sufrido violencia física o sexual en manos de su pareja.

Esta reunión será un acontecimiento muy importante para este país. Estados Unidos a través de la OPIC (Compañía de Inversiones Privadas en el Extranjero del Gobierno de los Estados Unidos), ya ha anunciado su interés por promover las inversiones público-privadas en Argentina. De hecho abrió sus oficinas en el 2018 en Buenos Aires.

En el marco de esta cumbre, el presidente Donald Trump sostendrá una reunión con el mandatario de Argentina, en la casa Rosada y firmará un acuerdo de inversión y asesoramiento para generar inversiones directas de empresas estadounidenses de hasta 20 mil millones de dólares anuales en energías convencionales y no convencionales.  También firmará una carta intención con la OPIC para ampliar créditos a empresas estadounidenses que ya tengan inversiones en Argentina o quieran hacerlas.

Es muy interesante como Estados Unidos tiene puestos sus ojos en Argentina, este país ya cuenta con inversión de China y Estados Unidos se había quedado atrás.

Desde México deseamos que nuestros hermanos argentinos puedan encontrar esa estabilidad económica que tanto han buscado. Esperamos que las políticas públicas de ideología liberalistas de Macri puedan contribuir a un mejor desarrollo económico. Y que juntos, la América Latina se fortalezca cada día más.


Evelyn Villanueva Macdonel. Estudió Negocios Internacionales en Guadalajara y es maestra en Economía en Italia. Apasionada por México, sus tradiciones y cultura. Emprendedora, empresaria y desarrolladora de nuevos proyectos. En la actualidad se desempeña en el LID como investigadora en temas de desigualdad socioeconómica.

Etiquetas: Bolígrafo      Laboratorio de Innovación y Democracia

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Opinión

Guadalajara y su caótico transporte público. Parte 3

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Guadalajara y su caótico transporte. Parte 3, escribe Sergio E. Gómez Partida

En Jalisco, durante años, los gobiernos de todos los colores han repetido la misma liturgia burocrática: más rutas, más unidades, más inversión, más modernización.
Cambian los logotipos, las campañas y las promesas, pero el viacrucis del usuario permanece intacto. El caos ya no es una falla del sistema. El caos es el sistema.

La burocracia mexicana posee una habilidad admirable para medir aquello que menos importa. Nos dicen cuántos millones se invirtieron, cuántos camiones se compraron o cuántos kilómetros se “modernizaron”. Pero evitan cuidadosamente responder las preguntas incómodas: ¿cuántas horas pierde una persona cada semana esperando un camión que nunca pasó?, ¿cuántas mujeres sienten miedo al regresar de noche en transporte público?, ¿cuántos usuarios terminan viajando hacinados como mercancía de traslado y no como ciudadanos?, ¿cuántas personas renunciaron al transporte público por su pésimo servicio?

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Una política pública que mide únicamente el gasto o el esfuerzo, pero ignora el resultado, termina confundiendo movimiento con progreso. Guadalajara lleva años moviéndose en círculos.

El transporte público es, por naturaleza, un monopolio natural. El usuario no puede “cambiar de proveedor” cuando la ruta falla. Si el camión no pasa, pasa lleno o simplemente ignora la parada, el ciudadano queda atrapado. Esa asimetría obliga al Estado a regular con firmeza. El problema es que aquí la regulación parece haberse diseñado con la delicadeza del pétalo de una rosa en la mano pública de quien no quiere incomodar a nadie, especialmente a los concesionarios.
Es una de las grandes contradicciones del modelo tapatío: los subsidios multimillonarios entregados a empresas privadas que operan el servicio sin que existan mecanismos serios y transparentes de evaluación del desempeño-resultados se convierten en incentivos perversos. La lógica termina siendo tan absurda como predecible: si el concesionario sabe que el dinero llegará de cualquier manera, ¿para qué mejorar el servicio?, ¿para qué invertir en mantenimiento?, ¿para qué capacitar operadores?, ¿para qué reducir tiempos de espera o evitar sobrecupos? El subsidio deja de ser una herramienta de equilibrio social y se convierte en premio institucional a la mediocridad.

Bajo este esquema, se socializan las pérdidas y se privatizan las ganancias. El ciudadano financia el sistema mediante impuestos o tarifa, soporta el mal servicio y todavía debe agradecer que el camión aparezca. Una obra maestra de la administración pública latinoamericana: convertir al usuario en rehén financiero de su propio deterioro.

Mientras tanto, la autoridad presume convenios “innovadores”. Hace apenas unos días, la Secretaría de Transporte de Jalisco anunció un acuerdo con Uber para otorgar traslados gratuitos a mujeres en situación de violencia. La medida fue presentada como un avance humanitario. Y en el caso individual, ciertamente puede representar ayuda urgente para muchas mujeres. El problema no está en la víctima. El problema es el mensaje político detrás de la solución. El Estado acaba admitiendo, sin decirlo abiertamente, que el propio sistema público que regula no puede garantizar seguridad mínima a las personas.
La solución no consistió en mejorar paraderos, iluminar zonas inseguras, aumentar frecuencias nocturnas o profesionalizar operadores. No. La salida rápida fue delegar la responsabilidad a una aplicación privada que cobra tarifas elevadas, se apropia de 1/3 del valor del negocio sin asumir riesgo ni inversión y llena el vacío dejado por el desastre institucional.
La ironía es clara: después de décadas hablando de fortalecer el transporte público, la solución oficial parece resumirse en una frase vergonzosa y simple: “si el camión no sirve, tome Uber”. Hablamos de una versión gubernamental de poner cubetas cuando el techo lleva veinte años colapsándose.

La violencia en el transporte no comienza cuando aparece un delito. Comienza mucho antes, como lo señalaba Galtung: la violencia estructural empieza cuando el Estado falla y una persona debe esperar cuarenta minutos en una parada oscura. Empieza cuando una unidad va tan saturada que el cuerpo deja de tener espacio propio y, si logra entrar, asume las condiciones de un cuadrúpedo en traslado al matadero. Por eso resulta tan revelador que los funcionarios presuman reuniones, adquisiciones o videos estéticamente editados en sus redes sociales; el secuestro comunicacional cosmético es parte del mismo caos y pasa en todos los sectores de la vida pública. Sucede que medir resultados obliga a rendir cuentas. Y rendir cuentas arruina muchas narrativas oficiales.

La tragedia de Guadalajara no es solamente técnica. Es moral. Una ciudad revela sus verdaderas prioridades en la manera en que mueve a quienes la sostienen todos los días. No en los renders futuristas, no en los discursos sobre innovación, no en las conferencias llenas de Canvas y adjetivos motivacionales. Una ciudad se define por el respeto que tiene hacia el tiempo, la seguridad y el agotamiento de su gente.
La pregunta ya no es si el sistema necesita cambios. Eso resulta evidente incluso para quienes jamás se han subido a un camión… que casualmente suelen ser quienes diseñan buena parte de estas políticas públicas. La verdadera pregunta es cuánto tiempo más seguiremos confundiendo subsidios con soluciones, ocurrencias mediáticas con transformación y movilidad con simple capacidad de sobrevivir al trayecto diario. Cuando una ciudad normaliza que trasladarse sea una forma cotidiana de desgaste, termina erosionando algo más profundo que la eficiencia urbana: erosiona la confianza pública.


Sobre el autor

Sergio E. Gómez Partida es consultor en evaluación, gestión para resultados y planificación en sectores público y privado. Información de contacto: sgpartida@gmail.com; en X: @SergioGmezP.

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México: Un Estado capturado y erosionado

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México, un estado capturado y erosionado

El Estado surgió entre los siglos 16 y 18 como solución a la violencia feudal, a las guerras incitadas por la religión y a la excesiva dispersión del poder. Cuando los individuos se reunieron para constituir una entidad soberana, en la cual delegaron un poder absoluto sobre ellos, lo hicieron para protegerse y poder vivir con seguridad en sus bienes y en su persona.

Surgió así el Estado con la promesa fundacional de centralizar autoridad, monopolizar la violencia legítima y producir previsibilidad para enfrentar entornos inestables e inciertos. La teoría política lo concibe como un aparato racional diseñado para limitar y regular conductas, contener el caos y garantizar seguridad, impuestos y justicia.

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El Estado moderno en México, y el que sentó las bases para lo que tenemos en la actualidad, surgió después de la Revolución iniciada en 1910, de ahí surgió un régimen para controlar el proceso de distribución del poder político y las instituciones que buscaban materializar los preceptos del proceso revolucionario. Conocidos estos antecedentes, ¿cómo podemos clasificar en la actualidad al Estado mexicano? De un tiempo a esta parte se han suscitado debates en torno a la eficacia y funcionalidad del Estado en nuestro país. Algunos consideran que estamos en un Estado fallido. Yo no soy de los que piensan así. 

Un Estado fallido se materializa cuando se ha perdido por completo la capacidad de ejercer control efectivo sobre el territorio, garantizar seguridad básica, monopolizar el uso legítimo de la fuerza y sostener instituciones funcionales. En el caso de México, aplicar esa categoría exige mesura en el análisis, porque el país todavía mantiene capacidades firmes en materia fiscal, diplomática, financiera y administrativa. Lo que no se puede negar es que existen ciertos episodios que muestran zonas de fragilidad institucional, captura criminal y erosión de la potestad operativa que alimentan ese debate.

¿Qué es lo que estimula esa narrativa? Dos casos recientes han sido utilizados para estimularla.  Las versiones sobre una presunta participación de la Agencia Central de Inteligencia (CIA, por sus siglas en inglés) en operaciones vinculadas con Chihuahua y las acusaciones políticas y judiciales contra Rubén Rocha Moya en el contexto de investigaciones criminales impulsadas desde Estados Unidos (sobre lo cual escribí en mi colaboración anterior). Ambos episodios permiten analizar qué dimensiones de la gobernabilidad muestran deterioro. 

El problema aparece en la desigualdad territorial del poder del Estado. Hay regiones donde grupos criminales ejercen funciones propias del Estado tales como control social, seguridad, movilidad, tributaciones, economía local y coerción. Esa fragmentación parcial del monopolio de la fuerza genera percepciones de que el Estado no mantiene con éxito ciertas atribuciones que le son propias. Por ello, una categoría más precisa para México sería la de un Estado con capacidades erosionadas en ciertas regiones. 

Hasta el momento, no existe todavía evidencia pública concluyente que pruebe una intervención unilateral abierta de la CIA en Chihuahua fuera de los mecanismos de cooperación bilateral en seguridad. Sin embargo, el simple hecho de que esas versiones resulten creíbles para amplios sectores sociales revela una pérdida de confianza en la autonomía operativa del Estado mexicano, y ahí habita un punto nodal de la gobernabilidad, porque cuando un Estado no logra convencer plenamente de que controla su seguridad interior, se abre espacio para narrativas de tutela externa. Si bien es cierto que la cooperación entre México y Estados Unidos en inteligencia no es nueva y que existe desde hace décadas en temas de narcotráfico, terrorismo, lavado de dinero y tráfico de armas, el problema surge cuando la cooperación no es del todo transparente y alimenta posibilidades de opacidad, las autoridades mexicanas se perciben como subordinadas y las agencias extranjeras parecen tener más capacidad de investigación que las instituciones locales.

Por otro lado, las acusaciones y señalamientos en contra de Rubén Rocha Moya deben analizarse bajo las ópticas jurídicas y políticas. Hasta ahora, muchas versiones han circulado en medios, columnas y rumores vinculados a investigaciones estadounidenses sobre narcotráfico y redes de protección política. No obstante, todavía no existe una sentencia judicial firme que pruebe responsabilidad penal directa del gobernador, pero el daño político no depende exclusivamente de una condena judicial. En materia de gobernabilidad, la percepción pública importa, y mucho, porque impacta la legitimidad institucional.

En el caso Rocha Moya se perciben, por lo menos, tres aristas. La dificultad para separar poder político y estructuras criminales en regiones históricamente penetradas por el narcotráfico; la dependencia creciente de información e investigaciones provenientes de Estados Unidos, y la debilidad de las capacidades mexicanas para cerrar rápidamente controversias mediante investigaciones transparentes y creíbles. Cuando las acusaciones más graves sobre actores políticos mexicanos parecen investigarse más enérgicamente fuera del país que dentro del mismo, surge una percepción de vacío institucional o de encubrimiento, ambos igual de graves. Eso fortalece la narrativa de fragilidad estatal.

Estos dos botones de muestra nos revelan que un grave riesgo para la gobernabilidad mexicana es la normalización gradual de esquemas excepcionales como la dependencia de inteligencia extranjera; la existencia de gobiernos subnacionales colonizados y condicionados por grupos del crimen organizado, así como la normalización y aceptación social de que existen zonas en donde la ley opera parcialmente. Todo ello conlleva una erosión gradual de la legitimidad institucional del Estado.

En términos prospectivos, el desafío para el Estado mexicano no es sólo combatir al crimen organizado, sino reconstruir capacidad institucional civil, credibilidad judicial y soberanía operativa. Si esos elementos no se fortalecen, la discusión sobre un Estado fallido seguirá apareciendo cada vez que surjan casos donde el poder criminal, la presión estadounidense y la fragilidad política parezcan cruzarse.

Siguiendo los criterios clásicos, México no es un Estado fallido, pero exhibe con progresiva claridad los síntomas de un Estado disfuncional, capturado y erosionado con regiones en donde el crimen organizado cogobierna y el gobierno no puede o no quiere ejercer su potestad y atribuciones. 


Sobre el autor

José de Jesús Gómez Valle es analista político. Profesor Investigador en el CUCSH de la UdeG. Contacta: jose.gomezvalle@gmail.com y en X: @jgomezvalle.

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