Del servicio público al crimen de Estado

El panorama regulatorio en México acaba de experimentar una transformación significativa. El 16 de julio de 2025, el Diario Oficial de la Federación publicó un Decreto que reforma y adiciona diversas disposiciones de la Ley Federal para la Prevención e Identificación de Operaciones con Recursos de Procedencia Ilícita (LFPIORPI), conocida como Ley Antilavado. Estas modificaciones no solo refuerzan las capacidades del Estado para combatir el lavado de dinero, sino que también integran explícitamente la lucha contra el financiamiento al terrorismo.
Si bien estos cambios son cruciales y representan un avance, la reforma omite un punto fundamental: la falta de una regulación específica y estricta para el sector público. Este, por su naturaleza, se ha convertido en una de las principales vulnerabilidades en la lucha contra la corrupción y el lavado de dinero en el país.
1. La nueva Ley Antilavado: Alcances y avances
La reforma a la Ley Antilavado fortalece la capacidad del Estado mexicano para combatir ilícitos financieros. Uno de los cambios más relevantes es la ampliación del objeto de la ley para incluir la investigación y persecución del financiamiento al terrorismo. Además, se endurecen las reglas para identificar al Beneficiario Controlador (BC), reduciendo el umbral de control del 50% a más del 25% del capital social, lo que obliga a quienes realizan actividades vulnerables a recabar documentación exhaustiva y a identificar al BC incluso si el cliente es una persona física.
Asimismo, la reforma introduce ajustes cruciales en las Actividades Vulnerables y sus umbrales de reporte. El sector de los Activos Virtuales (criptomonedas) ha sido objeto de cambios significativos, con una reducción drástica en el umbral para presentar avisos y la obligación de reportar incluso el cobro de comisiones. Para todos los sectores, se extiende el plazo para conservar la información y documentación de 5 a 10 años. Se impone la obligación de presentar Informes en ceros y, en caso de sospecha, emitir Avisos de 24 Horas a la autoridad, una medida de agilización y contundencia. También se introduce una definición formal de Personas Políticamente Expuestas (PEP) y se exige un seguimiento intensificado de sus operaciones.
2. El sector público: Un vínculo débil en la cadena de prevención
A pesar de los importantes avances de la nueva ley, un eslabón clave en la cadena de prevención permanece débil. La reforma no cataloga al servicio público como una actividad vulnerable ni impone a los funcionarios las mismas obligaciones de transparencia que a los actores del sector privado. La Ley Antilavado debería establecer que los servidores públicos, por su acceso a recursos y su posición de poder, son inherentemente vulnerables a la corrupción y el enriquecimiento ilícito. El servicio público implica la gestión de recursos de la nación y el manejo de información sensible para la seguridad del Estado. Por lo tanto, las actividades de los funcionarios, desde el manejo de presupuestos hasta la adjudicación de contratos, deben ser objeto del más alto escrutinio.
La urgencia de esta medida se ve respaldada por una serie de casos que han generado un severo cuestionamiento público. El ejemplo más reciente es el de Francisco Javier Antonio Martínez, un exfuncionario de la 4T, cuya historia de «taquero a millonario» expone una riqueza inexplicable, evidenciada por una costosa colección de vehículos de lujo que contrasta con sus ingresos declarados por tanto es imperativo que obligue a los funcionarios a rendir cuentas en plazos perentorios, como las 24 horas que se exigen al sector privado.
La clase política como actividad vulnerable
La justificación para esta reforma se encuentra en una serie de casos que han generado un severo cuestionamiento público y han revelado la necesidad de un mayor escrutinio. Se ha señalado, por ejemplo, al ministro de la Corte, Arístides Guerrero, por presuntamente no dar a conocer información sobre sus bienes y tarjetas de crédito, lo que genera una patente falta de transparencia. Por otro lado, la ostentación de bienes inmuebles ha levantado suspicacias, como en el caso del legislador Gerardo Fernández Noroña, quien presumió una casa de 12 millones de pesos, un valor que se cuestiona si puede ser cubierto con el salario de un legislador. En la misma línea, se le atribuye al vocero de Morena, Arturo Ávila, la posesión de una casa de lujo en los Estados Unidos.
Estos señalamientos, así como las detenciones de altos mandos, como la de un vicealmirante de la Marina y un miembro del SAT en Matamoros por el delito de «huachicol fiscal», o el sonado caso del General Cienfuegos detenido en el aeropuerto de Los Ángeles, evidencian que los actos de corrupción no se limitan a un solo poder o institución, sino que permean en todos los niveles del gobierno y las fuerzas armadas. La falta de transparencia en sus declaraciones patrimoniales o la imposibilidad de justificar sus bienes solo refuerza la necesidad de una catalogación como actividad vulnerable en la Ley Antilavado.
La legislación actual reconoce a las personas políticamente expuestas (PEP), pero esta categorización resulta insuficiente. Es imperativo que se abra un capítulo exclusivo en las actividades vulnerables de dicha ley para toda la clase política y los servidores públicos, dada la altísima incidencia de corrupción en este sector. Desde el Presidente de la República y los miembros de su gabinete, hasta gobernadores, presidentes municipales, ministros de la corte, jueces, magistrados, y miembros del SAT, la Sedena y la Marina, miembros del congreso de la unión, a mayor abundamiento diputados, senadores, toda persona que desempeñe un cargo público debe ser catalogada como actividad vulnerable. Esto garantizaría una mayor transparencia en el ejercicio de sus funciones y al concluir sus cargos.
3. Propuesta de reforma al Código Penal Federal: Un nuevo capítulo sobre traición a la Patria
Para que estas medidas tengan un verdadero efecto disuasorio, es indispensable una reforma al Código Penal Federal que eleve la penalidad para los servidores públicos que quebranten la Ley Antilavado. Se propone que estos actos sean catalogados como traición a la patria, un delito que refleje la gravedad del daño causado al socavar los cimientos del Estado. La pena por este delito sería de 40 a 60 años de prisión, destitución e inhabilitación perpetua. Para que esta reforma sea realmente efectiva, debe ir acompañada de la eliminación del fuero constitucional en estos casos. El fuero fue creado para proteger a los legisladores de represalias políticas, no para blindarlos ante actos de corrupción.
Se propone una reforma al Código Penal en la cual el funcionario o servidor público que infrinja la ley antilavado sea sujeto a la comisión del delito de traición a la patria. El pueblo les da la confianza para que desempeñen estos cargos públicos, y al cometer delitos como el lavado de dinero o el «huachicol fiscal», están traicionando claramente a la nación. Por lo tanto, el funcionario que quebranta la ley antilavado comete, por consecuencia, el delito de traición a la patria, el cual será exclusivamente para el sector ya comentado.
Para el delito de traición a la patria por cuestión de quebranto a la ley antilavado, no deberá de haber fuero constitucional, debido a que el funcionario lastimó a la nación con actos de corrupción en el ejercicio de sus funciones. Esto busca garantizar que quienes cometen estos delitos sean juzgados sin la protección que otorga el fuero.
Propuesta de reforma al Código Penal Federal
Capítulo II Bis. De la traición a la Patria cometida por servidores públicos
Artículo 127. Comete el delito de traición a la patria el servidor público que, por acción u omisión, en el ejercicio de su encargo o con motivo de este, se beneficie directamente o a través de interpósitas personas, de recursos de procedencia ilícita o participe en operaciones de financiamiento al terrorismo, en contravención a la Ley Federal para la Prevención e Identificación de Operaciones con Recursos de Procedencia Ilícita y demás disposiciones aplicables.
Artículo 128. Se considerará autor del delito de traición a la patria a todo miembro en activo o retirado de las Secretarías de la Defensa Nacional (Sedena), de Marina (Semar), a los miembros de la Suprema Corte de Justicia de la Nación, a magistrados, ministros, jueces locales y federales, a ministerios públicos, a gobernadores, a presidentes municipales, a regidores, a síndicos, a miembros del Servicio de Administración Tributaria (SAT), a miembros de la unidad de inteligencia financiera (UIF), a miembros de la Secretaría de Hacienda y Crédito Público (SHCP), diputados, senadores, todos los miembros del Congreso de la Unión, y a cualquier otro servidor público de cualquier nivel de gobierno, que incurra en los supuestos previstos en el artículo anterior.
Artículo 129. La pena de prisión señalada en el Artículo 126 del Código Penal Federal se aplicará, en su máximo, a los servidores públicos mencionados en el presente capítulo, sin importar si han sido declarados como «personas políticamente expuestas» por la Unidad de Inteligencia Financiera.
Artículo 130. Para los fines de esta reforma, se entenderá que el enriquecimiento inexplicable de un servidor público, la posesión de bienes que no correspondan a sus ingresos declarados o la participación en transacciones financieras sospechosas son indicios suficientes para iniciar una investigación por traición a la patria. La carga de la prueba para demostrar la licitud de los recursos recae en el servidor público.
4. Propuesta de reforma a la Ley Antilavado: Un nuevo capítulo de obligaciones
Además, se propone la inclusión de un nuevo capítulo en la Ley Antilavado, que establecerá explícitamente al servicio público como una actividad vulnerable:
Capítulo V Bis. De las obligaciones del servicio público
Artículo 26. El ejercicio del servicio público se considerará una actividad vulnerable por naturaleza, por lo que los funcionarios públicos estarán sujetos a las obligaciones de esta Ley y a las regulaciones específicas que de ella emanen.
Artículo 27. Los funcionarios públicos deberán rendir un informe completo de su situación patrimonial en un plazo máximo de 24 horas en caso de indicios de enriquecimiento ilícito, incluso si la operación no se concretó.
Artículo 28. Las personas sujetas a este capítulo deberán presentar una declaración de intereses, así como la información de todas sus cuentas bancarias, tarjetas de crédito, fideicomisos y empresas, tanto propias como de sus cónyuges y dependientes económicos, sin excepciones.
Artículo 29. Las autoridades competentes, como la Unidad de Inteligencia Financiera y la Secretaría de la Función Pública, podrán solicitar la información necesaria y realizar las investigaciones pertinentes sin necesidad de una orden judicial, siempre que existan indicios de un posible quebranto a la ley.
Conclusión contundente
La carencia de una regulación específica para la clase política, militar y judicial en la Ley Antilavado ha sido, a todas luces, el gran punto ciego en el análisis del gremio de abogados en México. Mientras las élites de juristas se enfocaban en la complejidad de las transacciones privadas, se pasó por alto que la corrupción en el sector público es la verdadera fuente de la impunidad y un factor determinante en el debilitamiento de las instituciones. Este fin de semana, los actos de corrupción expuestos al público—que involucraron a un miembro del SAT y a un vicealmirante de la Marina—son una demostración palpable de que la vulnerabilidad más grave reside en quienes, por su cargo, tienen la obligación de proteger a la nación y no de traicionarla. La propuesta de catalogar al servicio público como una actividad vulnerable no es solo una medida administrativa, sino una cuestión de seguridad nacional y de sanidad moral para el país.
El pueblo les confiere a estos servidores un mandato sagrado: el de administrar los recursos y velar por el bienestar de todos. Por ello, cuando un funcionario transgrede la Ley Antilavado, no solo comete un delito financiero, sino que traiciona la confianza de la nación que lo invistió de poder. En este sentido, la tipificación del lavado de dinero por parte de un funcionario como delito de traición a la patria es una medida de justicia elemental. Al usar sus cargos para enriquecerse ilícitamente, estos individuos lastiman profundamente a la nación, traicionan la esencia de la democracia y minan los cimientos del Estado de derecho. Es un acto de felonía que debe ser castigado con la máxima severidad, sin la protección de privilegios como el fuero constitucional.
De manera destacada y lamentable, esta omisión en el análisis de la Ley Antilavado había sido una constante en los círculos legales del país. A la fecha, el único que ha tenido la visión de proponer esta reforma integral es el suscrito autor del presente artículo, ya que he señalado la necesidad de catalogar a los políticos como una actividad vulnerable y de sancionar sus actos ilícitos como traición a la patria, haciendo evidente que la verdadera lucha contra la corrupción debe comenzar por los que tienen el deber de servir. El futuro de México y la integridad de sus instituciones dependen de que esta visión sea adoptada con la urgencia que la situación demanda.
Sobre el autor
Fernando Arango Ávila es jurista y académico. Doctor en Ciencias de lo Fiscal, y actualmente cursa un posdoctorado en Derecho. Actualmente, combina su experiencia práctica con su labor investigativa. Escribe: drarango83@gmail.com.
El castigo cotidiano de trasladarse en Guadalajara. Parte 1

Uno termina por sospechar que en Guadalajara el tiempo no transcurre: se embotella. Las horas que se van en el traslado se descuentan de casi todo lo demás: del sueño, de la mesa, de la conversación, del trabajo, de la serenidad. Moverse por la ciudad se ha vuelto una rutina cara, riesgosa y desgastante. Y como ocurre con cualquier problema público, conviene empezar por lo más sencillo: nombrar el problema, identificar sus causas y seguir sus consecuencias. Solo así se entiende cómo el derecho a la ciudad terminó convertido, para demasiados, en una forma cotidiana de castigo.
A los tapatíos se nos empuja, por distintas vías, a desertar del transporte público y buscar refugio en la salida individual: el coche propio, el auto de plataforma, la motocicleta —esa que hoy se compra con la facilidad con que antes se adquiría una licuadora— y, más recientemente, el patín eléctrico, que suele circular con la desenvoltura de quien supone que toda banqueta es suya. No es exactamente libertad de elección; a veces se parece más a una rendición administrada.
¿Qué fue primero? ¿El huevo del caos en el transporte público o la gallina del éxodo individual?
Los datos oficiales ayudan a poner cada cosa en su lugar. De acuerdo con la ficha del Instituto de Información Estadística y Geográfica de Jalisco, elaborada con base en cifras definitivas del INEGI sobre vehículos de motor registrados en circulación, Jalisco cerró 2024 con 4 millones 910 mil 287 unidades. Son 300 mil 756 más que en 2023, es decir, un crecimiento anual de 6.5 %. Traducido al idioma de la vida diaria: en un solo año se agregó otra ciudad de motores, mientras la infraestructura sigue presentándose como si bastara con cortar listones, inaugurar un puente y sonreír para la foto.
La presión, además, se concentra en el Área Metropolitana de Guadalajara. Según esa misma ficha del IIEG, los diez municipios del AMG reúnen 3 millones 115 mil 838 vehículos, es decir, 63.5 % del total estatal. La tasa por habitante tampoco deja mucho espacio para el autoengaño: Guadalajara ya tiene 82.3 vehículos por cada 100 habitantes. No es una estampa de prosperidad, sino de dependencia. Una ciudad que obliga a moverse con más fierro, más combustible y menos paciencia no presume desarrollo: revela que no ha sabido ofrecer alternativas suficientes.
El desglose por tipo de vehículo también dice más de lo que aparenta. En 2024, Jalisco registró 2 millones 747 mil 726 automóviles, 1 millón 190 mil 848 camiones y camionetas de carga, 957 mil 771 motocicletas y 13 mil 942 camiones para pasajeros, de acuerdo con el IIEG con base en INEGI. El mayor salto relativo fue el de las motocicletas: 14.2 % en un solo año. Los automóviles crecieron 5.5 %; la carga, 3.2 %; y los camiones para pasajeros, 8.9 %. El mensaje es bastante claro: mientras el discurso oficial invoca la movilidad integral, la calle se sigue llenando, sobre todo, de salidas individuales. Es decir, en la Perla Tapatía estamos a escasos pasos de que cada par de piernas requiera su propio chasis para desplazarse.
La discusión de fondo, en realidad, no pasa por averiguar si todavía caben más coches, sino por entender por qué la política pública insiste en tratar esto como un problema de carriles y no de modelo urbano. El crecimiento del parque vehicular, por sí solo, no demuestra la mala calidad del transporte público; sería demasiado cómodo afirmarlo así. Pero sí enciende una alarma seria sobre una ciudad que empuja a sus habitantes hacia la salida individual. Y ahí aparece una vieja costumbre muy local: administrar el síntoma para no corregir la enfermedad. Se interviene un crucero, se presume una obra, se anuncia una “solución integral” y, mientras tanto, la congestión conserva su puesto como política no escrita.
En Jalisco, a ratos da la impresión de que la política pública de movilidad del Estado se parece más a un esquema colonial de venta de indulgencias: el desorden se disimula, el costo se traslada al ciudadano y luego se ofrece alguna corrección parcial como si fuera redención: se tolera el colapso a cambio de multas, se dispersan concesiones con criterios políticos, se condicionan tarifas o subsidios a la inscripción bancaria de una institución de cuestionado comportamiento financiero y se externalizan los costos hacia el ciudadano.
Ahí caben las licencias expedidas sin el rigor técnico deseable, la sincronización deficiente de semáforos, trabajos urbanos realizados en horas de máxima demanda y una convivencia vial donde carga pesada, transporte público, autos y motocicletas compiten por el mismo espacio bajo una coordinación con frecuencia insuficiente. No hace falta exagerar para advertirlo: muchas fallas no provienen del azar, sino de decisiones de gestión que vuelven más lentos, más tensos y más inseguros los trayectos cotidianos.
La especulación del suelo, por su parte, ha expandido la mancha urbana hacia zonas de baja densidad y nula cobertura de transporte, obligando a los habitantes a depender del vehículo privado por diseño, no por elección.
A esto hay que añadir una traza urbana diseñada bajo el capricho y el beneficio de la especulación del suelo. Padecemos un reglamento que permite a las aseguradoras congelar arterias principales durante horas, incluso tras un pequeño choque, priorizando sus ahorros en personal por encima del interés público y convirtiendo un accidente menor en una instalación artística sobre el pavimento.
Las consecuencias son conocidas, aunque a veces prefiramos no mirarlas de frente: más vehículos significan mayor presión sobre las vialidades, más exposición a siniestros y una factura ambiental que la ciudad paga, aunque no la anote en ningún presupuesto. El parque vehicular crece con una velocidad que rebasa la capacidad institucional para ordenar la movilidad.
En la vida doméstica, el fenómeno deja de ser estadística y se vuelve rutina. Cada vehículo nuevo implica combustible, mantenimiento, seguro, refrendos y, sobre todo, tiempo. Mucho tiempo. La paradoja es cruel: miles de familias compran una promesa de movilidad y reciben, a cambio, congestión financiada a plazos. Hay algo profundamente injusto en esa escena: una necesidad colectiva convertida en gasto privado, y ese gasto presentado luego como si fuera libertad de elección.
La próxima vez que alguien pregunte por qué el tráfico en Guadalajara se vive como una forma de penitencia, convendría responder con menos resignación y más memoria. No se trata de mala suerte ni de una maldición bíblica aplicada al periférico. Es el resultado de decisiones públicas y privadas que han hecho del automóvil la salida más accesible, más rentable y del transporte colectivo la promesa más incumplida. Cuestionar o señalar la incapacidad o errores de la autoridad debería ser nuestra decisión individual para lograr un mejor estado de lo colectivo, porque mientras los funcionarios cortan listones, los tapatíos cortamos horas de sueño, comida, presupuesto y paciencia.
Sobre el autor
Sergio E. Gómez Partida es consultor en evaluación, gestión para resultados y planificación en sectores público y privado. Información de contacto: sgpartida@gmail.com; en X: @SergioGmezP.
Guadalajara y su caótico transporte público. Parte 3

En Jalisco, durante años, los gobiernos de todos los colores han repetido la misma liturgia burocrática: más rutas, más unidades, más inversión, más modernización.
Cambian los logotipos, las campañas y las promesas, pero el viacrucis del usuario permanece intacto. El caos ya no es una falla del sistema. El caos es el sistema.
La burocracia mexicana posee una habilidad admirable para medir aquello que menos importa. Nos dicen cuántos millones se invirtieron, cuántos camiones se compraron o cuántos kilómetros se “modernizaron”. Pero evitan cuidadosamente responder las preguntas incómodas: ¿cuántas horas pierde una persona cada semana esperando un camión que nunca pasó?, ¿cuántas mujeres sienten miedo al regresar de noche en transporte público?, ¿cuántos usuarios terminan viajando hacinados como mercancía de traslado y no como ciudadanos?, ¿cuántas personas renunciaron al transporte público por su pésimo servicio?
Una política pública que mide únicamente el gasto o el esfuerzo, pero ignora el resultado, termina confundiendo movimiento con progreso. Guadalajara lleva años moviéndose en círculos.
El transporte público es, por naturaleza, un monopolio natural. El usuario no puede “cambiar de proveedor” cuando la ruta falla. Si el camión no pasa, pasa lleno o simplemente ignora la parada, el ciudadano queda atrapado. Esa asimetría obliga al Estado a regular con firmeza. El problema es que aquí la regulación parece haberse diseñado con la delicadeza del pétalo de una rosa en la mano pública de quien no quiere incomodar a nadie, especialmente a los concesionarios.
Es una de las grandes contradicciones del modelo tapatío: los subsidios multimillonarios entregados a empresas privadas que operan el servicio sin que existan mecanismos serios y transparentes de evaluación del desempeño-resultados se convierten en incentivos perversos. La lógica termina siendo tan absurda como predecible: si el concesionario sabe que el dinero llegará de cualquier manera, ¿para qué mejorar el servicio?, ¿para qué invertir en mantenimiento?, ¿para qué capacitar operadores?, ¿para qué reducir tiempos de espera o evitar sobrecupos? El subsidio deja de ser una herramienta de equilibrio social y se convierte en premio institucional a la mediocridad.
Bajo este esquema, se socializan las pérdidas y se privatizan las ganancias. El ciudadano financia el sistema mediante impuestos o tarifa, soporta el mal servicio y todavía debe agradecer que el camión aparezca. Una obra maestra de la administración pública latinoamericana: convertir al usuario en rehén financiero de su propio deterioro.
Mientras tanto, la autoridad presume convenios “innovadores”. Hace apenas unos días, la Secretaría de Transporte de Jalisco anunció un acuerdo con Uber para otorgar traslados gratuitos a mujeres en situación de violencia. La medida fue presentada como un avance humanitario. Y en el caso individual, ciertamente puede representar ayuda urgente para muchas mujeres. El problema no está en la víctima. El problema es el mensaje político detrás de la solución. El Estado acaba admitiendo, sin decirlo abiertamente, que el propio sistema público que regula no puede garantizar seguridad mínima a las personas.
La solución no consistió en mejorar paraderos, iluminar zonas inseguras, aumentar frecuencias nocturnas o profesionalizar operadores. No. La salida rápida fue delegar la responsabilidad a una aplicación privada que cobra tarifas elevadas, se apropia de 1/3 del valor del negocio sin asumir riesgo ni inversión y llena el vacío dejado por el desastre institucional.
La ironía es clara: después de décadas hablando de fortalecer el transporte público, la solución oficial parece resumirse en una frase vergonzosa y simple: “si el camión no sirve, tome Uber”. Hablamos de una versión gubernamental de poner cubetas cuando el techo lleva veinte años colapsándose.
La violencia en el transporte no comienza cuando aparece un delito. Comienza mucho antes, como lo señalaba Galtung: la violencia estructural empieza cuando el Estado falla y una persona debe esperar cuarenta minutos en una parada oscura. Empieza cuando una unidad va tan saturada que el cuerpo deja de tener espacio propio y, si logra entrar, asume las condiciones de un cuadrúpedo en traslado al matadero. Por eso resulta tan revelador que los funcionarios presuman reuniones, adquisiciones o videos estéticamente editados en sus redes sociales; el secuestro comunicacional cosmético es parte del mismo caos y pasa en todos los sectores de la vida pública. Sucede que medir resultados obliga a rendir cuentas. Y rendir cuentas arruina muchas narrativas oficiales.
La tragedia de Guadalajara no es solamente técnica. Es moral. Una ciudad revela sus verdaderas prioridades en la manera en que mueve a quienes la sostienen todos los días. No en los renders futuristas, no en los discursos sobre innovación, no en las conferencias llenas de Canvas y adjetivos motivacionales. Una ciudad se define por el respeto que tiene hacia el tiempo, la seguridad y el agotamiento de su gente.
La pregunta ya no es si el sistema necesita cambios. Eso resulta evidente incluso para quienes jamás se han subido a un camión… que casualmente suelen ser quienes diseñan buena parte de estas políticas públicas. La verdadera pregunta es cuánto tiempo más seguiremos confundiendo subsidios con soluciones, ocurrencias mediáticas con transformación y movilidad con simple capacidad de sobrevivir al trayecto diario. Cuando una ciudad normaliza que trasladarse sea una forma cotidiana de desgaste, termina erosionando algo más profundo que la eficiencia urbana: erosiona la confianza pública.
Sobre el autor
Sergio E. Gómez Partida es consultor en evaluación, gestión para resultados y planificación en sectores público y privado. Información de contacto: sgpartida@gmail.com; en X: @SergioGmezP.
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