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Opinión

El triunfo en las urnas y el enorme reto de cumplirle a los votantes

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Amlo, expectativas de gobierno, el enorme reto de Amlo

Triunfo en las urnas…

La pasada jornada electoral mexicana configuró un escenario de renovadas oportunidades y retos para el sistema político mexicano. Sin duda, el gran bono de legitimidad con el que arriban gobernantes y legisladores otorga una condición requerida para la gobernabilidad democrática: El consentimiento de la sociedad en aceptar a sus líderes políticos.

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Sin embargo, como lo demuestra la historia contemporánea de nuestro país, el consenso social emanado de las urnas no es suficiente. Se requiere de liderazgo, claridad y consistencia sostenidas para dar rumbo y mantener la conducción efectiva de las instituciones públicas a fin de garantizar el contenido sustantivo de equidad, bienestar y progresividad de los derechos humanos en el diseño, ejecución y evaluación de las políticas y programas de gobierno. Los cuales deben expresarse en la agenda pública también conocida como agenda de gobierno.

Transitar de plataformas electorales y promesas expuestas durante las campañas políticas a compromisos de gobierno de corto, mediano y largo plazo, que sean posibles de traducir en acciones concretas, implica una mezcla de ingredientes políticos, institucionales e incluso culturales que permita cumplir con la palabra pública empeñada durante el proceso electoral.

Llega entonces el momento en que el sistema electoral y el de partidos interactúan para producir efectos en el sistema de gobierno.

El futuro próximo

En los próximos meses tanto el poder ejecutivo como el legislativo, federal y estatal, formularán sus respectivos planes nacional y estatal, sectoriales, regionales e institucionales; así como la agenda parlamentaria del Congreso de la Unión y de Jalisco. Ahí se fijarán los ejes de trabajo para los próximos tres y seis años.

El contenido y alcance de los instrumentos de planeación representan el primer peldaño de un conjunto de piezas que hacen funcionar al gobierno. Aunque sin lugar a dudas es el presupuesto de egresos en el que se constatará si las promesas se quedan en planes o cuentan con la suficiencia presupuestaría que las conviertan en realidad y así, la ciudadanía podrá evaluar si la oferta política que utilizaron los candidatos en campaña tiene suficiente viabilidad para convertirse en acciones de gobierno. También permitirá apreciar la auténtica orientación y carácter de la clase política respecto a la congruencia de su actuación. Esos primeros pasos de un gobierno fortalecen o erosionan la democracia.

Para llevar a cabo la transición de promesas electorales en actos de gobierno contamos con marco jurídico robusto en la materia. La Constitución de la República en el artículo 26 y la Ley de Planeación del estado de Jalisco y sus municipios en su artículo 9, refieren la existencia y funcionamiento del sistema de planeación democrática del desarrollo, como el mecanismo para que la ciudadanía tome parte en el diseño de los planes de gobierno. Sin embargo, existen fuertes críticas respecto de la  vigencia y desgaste del modelo de planeación nacional, ya que se trata de un esquema con más de 30 años, que al parecer, ha logrado buenos documentos de planeación, pero insuficientes capacidades institucionales en la materia.

La real incidencia de la sociedad

Una pieza complementaria que puede potenciar la incidencia de la sociedad en la agenda de gobierno es el repertorio de instrumentos jurídicos establecidos en el Código Electoral y de Participación Social de Jalisco.

Figuras como el presupuesto participativo, referéndum, plebiscito, contraloría social, iniciativa popular y gobierno abierto, permiten desarrollar esquemas de comunicación y cooperación entre los sectores público, social y privado en la formación de los planes de gobierno, y más aún en el día a día de las decisiones políticas.

El espíritu de los mecanismos de participación social es que los poderes públicos sean intervenidos legal y legítimamente con las propuestas de organizaciones civiles, empresarios y grupos de interés para ser incluidas en el proceso de decisión política. El objetivo es corregir desviaciones en la gestión pública y de esa manera hacer valer la voluntad del pueblo. Claro, ello en el entorno de reglas y procedimientos que concretan las figuras de democracia directa.

Hay que recordar que la democracia mide sus frutos no sólo en la determinación de ganadores, sino en la capacidad de confeccionar políticas públicas que respondan a las demandas ciudadanas en congruencia con la visión de la renovada clase política que ocupará los puestos de mando público. ¿Cómo hacerlo?, ¿con quiénes? y ¿bajo qué reglas formales e informales se producirán?

¿De qué manera la ciudadanía podrá mantener control e incidencia en las decisiones y actos de gobierno, y de esta manera conservar el carácter democrático del sistema de gobierno aún fuera de una contienda electoral?

Gobierno responsable

Los puntos clave para dar respuesta a estas interrogantes corren por dos vías. Por un lado, se requiere de un gobierno responsable, con funcionarios profesionales que actúen en un entorno institucional que los vigile e incentive hacia el correcto desempeño de sus tareas.

Por otro lado, se requiere contar con el acompañamiento y corrección de la ciudadanía a través de instrumentos efectivos -no simulados, como ha sido una práctica asistencialista y clientelar del sistema político- que favorezcan y permitan la deliberación, discusión y cooperación social. Esta participación tiene que materliazarse en fijar temas y propuestas que impacten en las decisiones de políticas y la agenda de gobierno, así como en el diseño presupuestario. El gobierno y parlamento abierto son la llave para el ingreso de la administración jalisciense a la gobernanza democrática.

La democracia no es solamente un proceso electoral, sino un sistema de gobierno en el que interactúan agentes, recursos y normas que procuran relaciones de cooperación y coordinación entre la sociedad y su gobierno.

En la ruta que marquen nuestros gobernantes será imprescindible el acompañamiento, e incluso la corrección fraterna de la sociedad civil.

Gilberto Tinajero es maestro en Gestión Pública por la Universidad de Guadalajara. Profesor de posgrado en temas de diseño institucional, rendición de cuentas, acceso a la información pública y participación ciudadana. Coordinador del Seminario de Investigación anual del Laboratorio de Innovación Democrática (LID).

 

Bolígrafo         Laboratorio de Innovación

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Guadalajara y su caótico transporte público. Parte 3

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Guadalajara y su caótico transporte. Parte 3, escribe Sergio E. Gómez Partida

En Jalisco, durante años, los gobiernos de todos los colores han repetido la misma liturgia burocrática: más rutas, más unidades, más inversión, más modernización.
Cambian los logotipos, las campañas y las promesas, pero el viacrucis del usuario permanece intacto. El caos ya no es una falla del sistema. El caos es el sistema.

La burocracia mexicana posee una habilidad admirable para medir aquello que menos importa. Nos dicen cuántos millones se invirtieron, cuántos camiones se compraron o cuántos kilómetros se “modernizaron”. Pero evitan cuidadosamente responder las preguntas incómodas: ¿cuántas horas pierde una persona cada semana esperando un camión que nunca pasó?, ¿cuántas mujeres sienten miedo al regresar de noche en transporte público?, ¿cuántos usuarios terminan viajando hacinados como mercancía de traslado y no como ciudadanos?, ¿cuántas personas renunciaron al transporte público por su pésimo servicio?

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Una política pública que mide únicamente el gasto o el esfuerzo, pero ignora el resultado, termina confundiendo movimiento con progreso. Guadalajara lleva años moviéndose en círculos.

El transporte público es, por naturaleza, un monopolio natural. El usuario no puede “cambiar de proveedor” cuando la ruta falla. Si el camión no pasa, pasa lleno o simplemente ignora la parada, el ciudadano queda atrapado. Esa asimetría obliga al Estado a regular con firmeza. El problema es que aquí la regulación parece haberse diseñado con la delicadeza del pétalo de una rosa en la mano pública de quien no quiere incomodar a nadie, especialmente a los concesionarios.
Es una de las grandes contradicciones del modelo tapatío: los subsidios multimillonarios entregados a empresas privadas que operan el servicio sin que existan mecanismos serios y transparentes de evaluación del desempeño-resultados se convierten en incentivos perversos. La lógica termina siendo tan absurda como predecible: si el concesionario sabe que el dinero llegará de cualquier manera, ¿para qué mejorar el servicio?, ¿para qué invertir en mantenimiento?, ¿para qué capacitar operadores?, ¿para qué reducir tiempos de espera o evitar sobrecupos? El subsidio deja de ser una herramienta de equilibrio social y se convierte en premio institucional a la mediocridad.

Bajo este esquema, se socializan las pérdidas y se privatizan las ganancias. El ciudadano financia el sistema mediante impuestos o tarifa, soporta el mal servicio y todavía debe agradecer que el camión aparezca. Una obra maestra de la administración pública latinoamericana: convertir al usuario en rehén financiero de su propio deterioro.

Mientras tanto, la autoridad presume convenios “innovadores”. Hace apenas unos días, la Secretaría de Transporte de Jalisco anunció un acuerdo con Uber para otorgar traslados gratuitos a mujeres en situación de violencia. La medida fue presentada como un avance humanitario. Y en el caso individual, ciertamente puede representar ayuda urgente para muchas mujeres. El problema no está en la víctima. El problema es el mensaje político detrás de la solución. El Estado acaba admitiendo, sin decirlo abiertamente, que el propio sistema público que regula no puede garantizar seguridad mínima a las personas.
La solución no consistió en mejorar paraderos, iluminar zonas inseguras, aumentar frecuencias nocturnas o profesionalizar operadores. No. La salida rápida fue delegar la responsabilidad a una aplicación privada que cobra tarifas elevadas, se apropia de 1/3 del valor del negocio sin asumir riesgo ni inversión y llena el vacío dejado por el desastre institucional.
La ironía es clara: después de décadas hablando de fortalecer el transporte público, la solución oficial parece resumirse en una frase vergonzosa y simple: “si el camión no sirve, tome Uber”. Hablamos de una versión gubernamental de poner cubetas cuando el techo lleva veinte años colapsándose.

La violencia en el transporte no comienza cuando aparece un delito. Comienza mucho antes, como lo señalaba Galtung: la violencia estructural empieza cuando el Estado falla y una persona debe esperar cuarenta minutos en una parada oscura. Empieza cuando una unidad va tan saturada que el cuerpo deja de tener espacio propio y, si logra entrar, asume las condiciones de un cuadrúpedo en traslado al matadero. Por eso resulta tan revelador que los funcionarios presuman reuniones, adquisiciones o videos estéticamente editados en sus redes sociales; el secuestro comunicacional cosmético es parte del mismo caos y pasa en todos los sectores de la vida pública. Sucede que medir resultados obliga a rendir cuentas. Y rendir cuentas arruina muchas narrativas oficiales.

La tragedia de Guadalajara no es solamente técnica. Es moral. Una ciudad revela sus verdaderas prioridades en la manera en que mueve a quienes la sostienen todos los días. No en los renders futuristas, no en los discursos sobre innovación, no en las conferencias llenas de Canvas y adjetivos motivacionales. Una ciudad se define por el respeto que tiene hacia el tiempo, la seguridad y el agotamiento de su gente.
La pregunta ya no es si el sistema necesita cambios. Eso resulta evidente incluso para quienes jamás se han subido a un camión… que casualmente suelen ser quienes diseñan buena parte de estas políticas públicas. La verdadera pregunta es cuánto tiempo más seguiremos confundiendo subsidios con soluciones, ocurrencias mediáticas con transformación y movilidad con simple capacidad de sobrevivir al trayecto diario. Cuando una ciudad normaliza que trasladarse sea una forma cotidiana de desgaste, termina erosionando algo más profundo que la eficiencia urbana: erosiona la confianza pública.


Sobre el autor

Sergio E. Gómez Partida es consultor en evaluación, gestión para resultados y planificación en sectores público y privado. Información de contacto: sgpartida@gmail.com; en X: @SergioGmezP.

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México: Un Estado capturado y erosionado

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México, un estado capturado y erosionado

El Estado surgió entre los siglos 16 y 18 como solución a la violencia feudal, a las guerras incitadas por la religión y a la excesiva dispersión del poder. Cuando los individuos se reunieron para constituir una entidad soberana, en la cual delegaron un poder absoluto sobre ellos, lo hicieron para protegerse y poder vivir con seguridad en sus bienes y en su persona.

Surgió así el Estado con la promesa fundacional de centralizar autoridad, monopolizar la violencia legítima y producir previsibilidad para enfrentar entornos inestables e inciertos. La teoría política lo concibe como un aparato racional diseñado para limitar y regular conductas, contener el caos y garantizar seguridad, impuestos y justicia.

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El Estado moderno en México, y el que sentó las bases para lo que tenemos en la actualidad, surgió después de la Revolución iniciada en 1910, de ahí surgió un régimen para controlar el proceso de distribución del poder político y las instituciones que buscaban materializar los preceptos del proceso revolucionario. Conocidos estos antecedentes, ¿cómo podemos clasificar en la actualidad al Estado mexicano? De un tiempo a esta parte se han suscitado debates en torno a la eficacia y funcionalidad del Estado en nuestro país. Algunos consideran que estamos en un Estado fallido. Yo no soy de los que piensan así. 

Un Estado fallido se materializa cuando se ha perdido por completo la capacidad de ejercer control efectivo sobre el territorio, garantizar seguridad básica, monopolizar el uso legítimo de la fuerza y sostener instituciones funcionales. En el caso de México, aplicar esa categoría exige mesura en el análisis, porque el país todavía mantiene capacidades firmes en materia fiscal, diplomática, financiera y administrativa. Lo que no se puede negar es que existen ciertos episodios que muestran zonas de fragilidad institucional, captura criminal y erosión de la potestad operativa que alimentan ese debate.

¿Qué es lo que estimula esa narrativa? Dos casos recientes han sido utilizados para estimularla.  Las versiones sobre una presunta participación de la Agencia Central de Inteligencia (CIA, por sus siglas en inglés) en operaciones vinculadas con Chihuahua y las acusaciones políticas y judiciales contra Rubén Rocha Moya en el contexto de investigaciones criminales impulsadas desde Estados Unidos (sobre lo cual escribí en mi colaboración anterior). Ambos episodios permiten analizar qué dimensiones de la gobernabilidad muestran deterioro. 

El problema aparece en la desigualdad territorial del poder del Estado. Hay regiones donde grupos criminales ejercen funciones propias del Estado tales como control social, seguridad, movilidad, tributaciones, economía local y coerción. Esa fragmentación parcial del monopolio de la fuerza genera percepciones de que el Estado no mantiene con éxito ciertas atribuciones que le son propias. Por ello, una categoría más precisa para México sería la de un Estado con capacidades erosionadas en ciertas regiones. 

Hasta el momento, no existe todavía evidencia pública concluyente que pruebe una intervención unilateral abierta de la CIA en Chihuahua fuera de los mecanismos de cooperación bilateral en seguridad. Sin embargo, el simple hecho de que esas versiones resulten creíbles para amplios sectores sociales revela una pérdida de confianza en la autonomía operativa del Estado mexicano, y ahí habita un punto nodal de la gobernabilidad, porque cuando un Estado no logra convencer plenamente de que controla su seguridad interior, se abre espacio para narrativas de tutela externa. Si bien es cierto que la cooperación entre México y Estados Unidos en inteligencia no es nueva y que existe desde hace décadas en temas de narcotráfico, terrorismo, lavado de dinero y tráfico de armas, el problema surge cuando la cooperación no es del todo transparente y alimenta posibilidades de opacidad, las autoridades mexicanas se perciben como subordinadas y las agencias extranjeras parecen tener más capacidad de investigación que las instituciones locales.

Por otro lado, las acusaciones y señalamientos en contra de Rubén Rocha Moya deben analizarse bajo las ópticas jurídicas y políticas. Hasta ahora, muchas versiones han circulado en medios, columnas y rumores vinculados a investigaciones estadounidenses sobre narcotráfico y redes de protección política. No obstante, todavía no existe una sentencia judicial firme que pruebe responsabilidad penal directa del gobernador, pero el daño político no depende exclusivamente de una condena judicial. En materia de gobernabilidad, la percepción pública importa, y mucho, porque impacta la legitimidad institucional.

En el caso Rocha Moya se perciben, por lo menos, tres aristas. La dificultad para separar poder político y estructuras criminales en regiones históricamente penetradas por el narcotráfico; la dependencia creciente de información e investigaciones provenientes de Estados Unidos, y la debilidad de las capacidades mexicanas para cerrar rápidamente controversias mediante investigaciones transparentes y creíbles. Cuando las acusaciones más graves sobre actores políticos mexicanos parecen investigarse más enérgicamente fuera del país que dentro del mismo, surge una percepción de vacío institucional o de encubrimiento, ambos igual de graves. Eso fortalece la narrativa de fragilidad estatal.

Estos dos botones de muestra nos revelan que un grave riesgo para la gobernabilidad mexicana es la normalización gradual de esquemas excepcionales como la dependencia de inteligencia extranjera; la existencia de gobiernos subnacionales colonizados y condicionados por grupos del crimen organizado, así como la normalización y aceptación social de que existen zonas en donde la ley opera parcialmente. Todo ello conlleva una erosión gradual de la legitimidad institucional del Estado.

En términos prospectivos, el desafío para el Estado mexicano no es sólo combatir al crimen organizado, sino reconstruir capacidad institucional civil, credibilidad judicial y soberanía operativa. Si esos elementos no se fortalecen, la discusión sobre un Estado fallido seguirá apareciendo cada vez que surjan casos donde el poder criminal, la presión estadounidense y la fragilidad política parezcan cruzarse.

Siguiendo los criterios clásicos, México no es un Estado fallido, pero exhibe con progresiva claridad los síntomas de un Estado disfuncional, capturado y erosionado con regiones en donde el crimen organizado cogobierna y el gobierno no puede o no quiere ejercer su potestad y atribuciones. 


Sobre el autor

José de Jesús Gómez Valle es analista político. Profesor Investigador en el CUCSH de la UdeG. Contacta: jose.gomezvalle@gmail.com y en X: @jgomezvalle.

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