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Guadalajara y su caótico transporte público. Parte 2

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Guadalajara y su caótico transporte. Parte 2.
824 vehículos se suman diariamente a las calles de Jalisco. Foto: Siker / Especial.

Hay ciudades que se sueñan y ciudades que se padecen. Guadalajara, en este crepúsculo de la tercera década del siglo 21, pertenece a la segunda categoría, en las que vivir se trata más bien de sobrevivir. No es por fatalidad, sino por decisión.

El transporte público no es un mero servicio; es el termómetro de la voluntad política frente a la sociedad; el espejo donde una sociedad se mira y reconoce —o niega— su propio rostro. Cuando ese espejo devuelve una imagen borrosa, fragmentada, hostil, no es el cristal el que falla, es la mano que lo sostiene.

Los datos, esos fríos testigos de la realidad, han hablado con una claridad que ninguna pauta en redes o narrativa oficial pueden silenciar. El INEGI reporta una caída del 10 por ciento en el uso del transporte público en el Área Metropolitana de Guadalajara (AMG): casi 2.6 millones de viajes menos en un solo año. No se trata de una fluctuación estadística; es un éxodo silencioso, una deserción masiva de ciudadanos que, hartos de la incertidumbre, la incomodidad y el maltrato, optan por la solución individual. Y esa solución tiene un nombre y un número: 824 automóviles nuevos se incorporan cada día al parque vehicular de Jalisco, según documentó el periodista Agustín del Castillo con datos del IIEG. Cada uno de esos vehículos es un voto de desconfianza, una renuncia colectiva al espacio compartido.

Frente a esta evidencia, el discurso oficial responde con la misma receta de siempre: ambigüedad calculada y métricas de plastilina. Revisemos, con la lupa de la rendición de cuentas, el diseño del programa presupuestario “ST1 Operación y Regulación del Servicio de Transporte Público” para el ejercicio 2026:

El propósito declarado es tan emotivo como inalcanzable: “El Estado de Jalisco cuenta (sí, en presente) con un sistema de transporte público eficiente, accesible, incluyente, seguro, moderno, sustentable y amigable con el medio ambiente”. Siete adjetivos que, desmenuzados, se revelan como cáscaras vacías. ¿Qué significa “moderno”? ¿Un autobús con wifi que no pasa? ¿Qué es “sustentable” si las emisiones siguen creciendo y la renovación de la flota avanza a razón de 12 unidades por año —el 0.24 por ciento del parque convencional—? La ambigüedad no es un descuido; es una estrategia. Permite declarar victorias sin conquistar territorios, celebrar metas sin transformar realidades.

Los indicadores con los que pretenden medir este propósito no son mejores: el primer indicador, “Calificación promedio de la satisfacción de las personas usuarias”, se alimenta de la célebre encuesta del IMEPLAN, aquella que en 2023 nos regaló un inverosímil ocho de calificación tras un levantamiento cuestionado por su metodología y un costo de 350 mil pesos de recursos públicos. Preguntas que evitan el meollo —como la devolución del cambio— y otras que normalizan el subsidio sin regulación a concesionarios, como si fuera un derecho adquirido, no miden satisfacción; miden resignación.

El segundo indicador, “Porcentaje de nuevas unidades con accesibilidad universal”, propone incorporar 25 unidades anuales con esta característica. En un sistema que mueve más de 1.5 millones de viajes diarios en rutas convencionales con esas unidades, eso representa un avance del 0.5 por ciento anual. No es una meta; es una burla disfrazada de progreso.

El tercero, sobre “enfoque sostenible de reducción de emisiones”, es aún más elusivo: ni siquiera define qué significa ese “enfoque”, mientras la meta anual de 12 unidades equivale a renovar el parque convencional en… 417 años. La matemática del absurdo, elevada a política pública.

Pero el problema no es solo de diseño, es de fondo. El modelo de transporte en el AMG no está roto: fue concebido así. La concesión fragmentada, la ausencia de integración tarifaria y operativa, la priorización del negocio sobre el derecho a la movilidad, son características de un sistema que funciona exactamente como fue diseñado: para transferir recursos públicos a operadores privados que ostentan concesiones sin regulación, pero que externalizan los costos —tiempo, salud, dignidad— a los usuarios; acuerdos que pretenden ocultar algo tan elemental como el hecho de que les permitan usar vehículos con suspensión para cargar ganado, no personas.

La más reciente muestra, la Línea 4 del Tren Ligero, lejos de ser un proyecto de movilidad, se ha convertido en un mecanismo de valorización inmobiliaria, donde los acuerdos con desarrolladores incluyen plusvalías de suelo y exenciones. El resultado es una ciudad que se expande sin planificar, que densifica sin integrar, que promete conectividad y entrega congestión.

Ante este panorama, la respuesta ciudadana es racional, aunque trágica. Si el transporte público no ofrece certeza, comodidad ni respeto, ¿por qué insistir en usarlo? El automóvil —aunque sea prestado, viejo o financiado a 84 meses— se convierte en un refugio de autonomía. Cada uno de los 824 vehículos que se suman diariamente a las calles de Jalisco es un síntoma, no la enfermedad. La enfermedad es la falta de una visión integral que entienda la movilidad como un derecho, no como un mercado. Es la persistente especialidad de la casa: evaluar con instrumentos que miden la apariencia, no la esencia. Es la tentación de creer que un anuncio de inversión —como los 10 millones de pesos (mdp) para mantenimiento y 26 unidades adicionales que se presentaron el mismo día que la encuesta de 2023— puede compensar décadas de desinversión estructural.

Esta soledad urbana tiene un escenario concreto: el asiento vacío de un autobús que no llega, la parada bajo la lluvia, la carrera contra el tiempo en un tráfico que no cede. Pero esa soledad no es inevitable. Puede romperse con políticas que prioricen a las personas sobre los vehículos, con indicadores que midan lo que importa —tiempos de viaje, cobertura real, calidad percibida— y con una rendición de cuentas que no tema a la política ni caiga en el juego de (no) rendirlas (argumentando) con la transparencia. El periodismo, en su mejor versión, no cambia el mundo, pero puede cambiar la conversación. Esta discusión aspira a eso: a poner sobre la mesa que el transporte público no es un tema técnico, sino ético. No se resuelve con más encuestas sesgadas, sino con más escucha genuina. No avanza con metas mínimas, sino con ambición colectiva.

La evidencia es contundente: el modelo actual no solo es ineficiente; es injusto. Castiga a quienes menos tienen, que son quienes más dependen del transporte colectivo. Mientras los indicadores oficiales celebran avances simbólicos, la ciudad real se desplaza —literalmente— hacia la fragmentación. Perder 2.6 millones de viajes no es solo una cifra: son historias interrumpidas, oportunidades perdidas, vidas en pausa. Y sumar 824 autos diarios no es progreso: es la confirmación de que, ante la falla colectiva, optamos por la huida individual, como pasa con los tinacos o purificadores de agua bajo la tarja de la cocina, gracias al SIAPA.

¿Qué hacer? Primero, reconocer que el problema no es de percepción, sino de estructura; el servicio de transporte público siempre será un monopolio (como el del agua), importa más cómo se rinden cuentas que quién lo opera. Segundo, exigir indicadores que midan resultados reales, no intenciones declarativas. Tercero, integrar la planificación económico-urbana con la movilidad: no podemos seguir densificando sin conectar, ni conectar sin garantizar accesibilidad. Cuarto, y más importante, entender que el transporte público no es un gasto, sino una inversión en cohesión social, en productividad, en calidad de vida, no un simple escenario de ingresos y egresos.

Guadalajara está a tiempo de elegir. Puede seguir por la inercia del desencanto, donde cada día que pasa la velocidad comercial desciende por más autos y se pierden más viajes. O puede atreverse a imaginar un sistema que no solo mueva cuerpos, sino que dignifique trayectos. La diferencia entre una ciudad que se sueña y una que se padece no está en los recursos ni en las leyes, sino en la voluntad de enfrentar el problema desde una perspectiva estructural.

Las alternativas de modos de transporte ya están sobre la mesa: mientras el Tren Ligero exigió una inversión cercana a mil 460 mdp por kilómetro para mover entre 7 mil y 10 mil pasajeros por hora, el teleférico —el mismo que en la Ciudad de México ha demostrado su eficacia— requiere apenas entre 140 y 180 mdp por kilómetro, para mover entre 1,500 y 3,000 pasajeros por hora. Es decir, con el 10 por ciento de inversión se puede mover el 40 por ciento de personas respecto del tren, solo que de forma elevada, con mucho menores complicaciones y molestias durante la construcción, sin problemas durante inundaciones, con menor afectación por derecho de vía o derribo de árboles.

La voluntad, al final, se mide en hechos, no en adjetivos. Mientras eso no ocurra, seguiremos atrapados en esta geometría del desencanto: más vehículos, menos viajes; más promesas, menos certezas; más ciudad, menos comunidad.

La grandeza de una ciudad no se mide en rascacielos ni en anuncios espectaculares; se mide en la dignidad con la que sus habitantes se desplazan. Guadalajara puede seguir soñando con metrópolis de cartón, o puede atreverse a construir, por fin, la ciudad que merece. La elección, como siempre, es nuestra.


Sobre el autor

Sergio E. Gómez Partida es consultor en evaluación, gestión para resultados y planificación en sectores público y privado. Información de contacto: sgpartida@gmail.com; en X: @SergioGmezP.

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Llueve sobre mojado: Guadalajara se ahoga en 13 milímetros. Parte 2

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La semana pasada se registró una lluvia que dejó 100 automóviles varados en Periférico y 8 de Julio. Foto: Especial.

En la primera entrega establecimos que llamar “atípica” a la lluvia que inunda Guadalajara cada temporal es, con perdón, una mentira con permiso oficial: el problema es de drenaje y suelo, no de cielo. Toca ahora la parte incómoda que los boletines de gobierno omiten: la ciudad no se inunda igual para todos, y no es casualidad meteorológica, es geografía social con nombre de colonia.

Guadalajara ya tiene clasismo en el transporte público y clasismo en el acceso efectivo al agua potable (efectivo porque tener un tubo conectado no alcanza para definir “acceso”); faltaba documentar el clasismo hídrico de las inundaciones; aquí los datos lo confirman con una nitidez incómoda:

Al revisar los veinte eventos de inundación más severos de la última década en el AMG, la distribución por estrato económico es así de desigual: apenas tres colonias de estrato alto resultaron afectadas, una de medio-alto, dos de medio, cinco de medio-bajo, cinco de bajo y cuatro más de bajo con vulnerabilidad “muy alta” —la categoría reservada para Ferrocarril, Miramar, Juan de la Barrera y Las Pintas, entre otras—. En números llanos: catorce de veinte colonias castigadas pertenecen a estratos bajo y medio-bajo. No es que llueva más sobre los pobres; es que el agua, cuando no tiene a dónde ir, busca siempre el camino de menor resistencia institucional.

El gráfico de severidad por estrato lo confirma con crudeza: en una escala de 1 a 4, el daño patrimonial —agua y lodo entrando a las casas, entre 30 y 80 centímetros de altura— se concentra en los estratos bajo y medio-bajo. Los vehículos arrastrados sí aparecen también en zonas de estrato alto como Plaza del Sol o Jardines de la Patria, pero ahí debemos considerar una importante trampa contable: para esos autos existen pólizas de seguro, además de deducibles de impuestos. Para el menaje empapado de una vivienda en Ferrocarril o El Mante, no existe tal cosa.

En este punto conviene separar finanzas de economía, una distinción que un analista económico no podría pasar por alto y que, en este caso, resulta reveladora: en pesos “nominales”, quien más pierde es el estrato medio-alto, con un costo total promedio estimado de 760 mil pesos por evento, frente a 422 mil del estrato bajo (Baró-Suárez et al., 2011; Milenio, 2024). Visto así, el relato cómodo sería: “los inundados ricos pierden más”. Es el tipo de dato que un funcionario promedio citaría para minimizar el problema. Sin embargo, esa lectura es, en el mejor de los casos, incompleta y, en el peor, deliberadamente engañosa.

Sucede que, cuando esa misma pérdida se mide como porcentaje del ingreso anual —la única forma honesta de medir el golpe real a un hogar—, el cuento se invierte por completo. El daño patrimonial promedio en el estrato bajo equivale al 352 % de su ingreso anual estimado; en el estrato medio-bajo, al 220 %; mientras que en el estrato alto la misma categoría de daño representa apenas el 40 % de su ingreso. Quien gana menos pierde, en términos relativos, hasta nueve veces más que quien gana más. Esta cifra, que los comunicados de prensa no suelen destacar, desmiente la épica de “la inundación no distingue clases” con la que algunos suelen lavarse las manos.

Sí, es cierto: el agua arrastra por igual vehículos en Jardines de la Patria que menaje en Las Pintas, pero la familia de Las Pintas no tiene seguro, no tiene ahorro, no tiene deducción fiscal y probablemente tampoco tenga un segundo vehículo para moverse mientras tanto. Pierde su patrimonio completo y, además, pierde el día de trabajo, el transporte público que se detuvo y, algunas veces, el empleo informal que tampoco perdona ausencias. Es la lógica de siempre en un país desigual: el desastre llega parejo, la factura no.

La inadecuada planeación urbana de Guadalajara —igual que ciertos megaeventos deportivos que pasan por encima de todos los estratos imponiendo sus intereses— arrastra a ricos y pobres por igual en el momento del impacto; pero la cuenta, como siempre sucede en México y América Latina, se paga distinto según el código postal. Mientras los Arcos del Milenio sigan sin terminarse y el drenaje profundo siga esperando su turno en una lista de obras a “ejecutar poco a poco”, cada temporal seguirá siendo el mismo examen: la ciudad reprueba, y los que menos tienen son, otra vez, quienes pagan la colegiatura más cara.


Sobre el autor

Sergio E. Gómez Partida es consultor en evaluación, gestión para resultados y planificación en sectores público y privado. Información de contacto: sgpartida@gmail.com; en X: @SergioGmezP.

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Lemus y la crisis del agua en la Zona Metropolitana de Guadalajara

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El periodo estuvo marcado por tres factores estructurales que condicionaron la gobernabilidad: la crisis de seguridad derivada del operativo federal del 22 de febrero contra el CJNG, el deterioro financiero y operativo del Siapa y la persistencia de la crisis de desapariciones en Jalisco.

El segundo trimestre de 2026 representó para el gobierno de Pablo Lemus una etapa de alta tensión política y de fuerte presión sobre la narrativa de estabilidad que había intentado construir desde su primer año de gestión. Aunque el Ejecutivo estatal logró sostener niveles aceptables de operación institucional, particularmente en infraestructura, coordinación federal y preparación del Mundial 2026, el periodo estuvo marcado por tres factores estructurales que condicionaron la gobernabilidad: la crisis de seguridad derivada del operativo federal del 22 de febrero contra el CJNG, el deterioro financiero y operativo del Siapa y la persistencia de la crisis de desapariciones en Jalisco.

A diferencia del primer trimestre, donde predominaba todavía la expectativa política alrededor del gobierno, entre abril y junio comenzó a observarse un proceso más claro de desgaste gubernamental. El discurso de eficiencia y cercanía ciudadana empezó a enfrentar pruebas concretas de capacidad estatal, particularmente en materia de agua, seguridad y cohesión política.

Se hace aquí un balance de la gobernabilidad a partir de seis indicadores básicos: eficacia decisional, legitimidad, cohesión institucional, estabilidad política, conflictividad política y deterioro social y actos violentos.

Eficacia decisional. La eficacia decisional sigue siendo reactiva más que preventiva. La reestructuración del Siapa fue anunciada reiteradamente desde octubre de 2025 sin materializarse en un plan integral hasta bien entrado 2026, lo que generó señalamientos sobre la brecha entre el discurso de urgencia y los tiempos reales de ejecución. La cartera vencida del organismo y el déficit operativo evidencian que el rescate anunciado atiende síntomas de corto plazo (cambio de titular, presupuesto de emergencia) sin resolver el problema de fondo de financiamiento y gobernanza metropolitana del agua. El propio Gobernador reconoció públicamente un abandono institucional de años, lo que también desplaza la responsabilidad de su propia gestión, que ya lleva año y medio sin presentar una solución definitiva. 

No obstante, el gran déficit de eficacia permaneció en seguridad. Después de los hechos violentos derivados del operativo contra el CJNG en febrero, el gobierno dedicó buena parte del trimestre aquí analizado a administrar las consecuencias mediáticas y políticas de la crisis, más que a demostrar recuperación plena del control territorial. La eficacia decisional fue, por tanto, parcialmente positiva en infraestructura y coordinación administrativa, pero limitada en capacidad estructural de contención de crisis.

Legitimidad. En materia de legitimidad, el trimestre reveló una contradicción central. Mientras el gobierno intentó posicionar a Jalisco como una entidad lista para el Mundial y atractiva internacionalmente, persistieron crisis locales que cuestionan la narrativa de normalidad. El caso más evidente fue el tema de las desapariciones y la violencia criminal. Aunque el gobierno permitió manifestaciones y visibilización de colectivos, la percepción pública comenzó a consolidar la idea de que el gobierno administra políticamente la crisis, pero aún no modifica sus causas estructurales.

La legitimidad también se vio erosionada por la crisis de la calidad del agua; cientos de denuncias ciudadanas por agua contaminada con metales pesados, ausencia de cloro y fallas bacteriológicas, documentadas por monitoreos se hicieron públicas en momentos en que la ciudad se preparaba para recibir a millones de visitantes mundialistas. Investigadores de la UdeG y activistas señalaron que, pese al discurso de apertura técnica del nuevo director del Siapa no fueron efectivamente invitados o incorporados al diseño de la reingeniería.

Cohesión institucional. A diferencia de la etapa final del sexenio de Enrique Alfaro Ramírez, marcada por confrontaciones recurrentes con actores federales, el gobierno de Lemus privilegió la coordinación política e institucional. La relación con el gabinete federal de seguridad fue particularmente estrecha después del operativo contra el CJNG. Lemus presumió comunicación directa con el secretario de Seguridad Federal y con las Fuerzas Armadas.

Por otra parte, el gabinete estatal continuó mostrando alta rotación. El gobierno acumula, para junio de 2026, más de una decena de cambios en secretarías y direcciones en apenas año y medio de gestión, incluidos ajustes en la Comisión Estatal del Agua y en el Siapa, lo que muestra un síntoma de inestabilidad administrativa más que de fortalecimiento institucional. Los múltiples ajustes en el gabinete estatal, incluyendo cambios en la CEA, Ipejal, salud y juventudes, muestran un gobierno en constante reacomodo. Aunque oficialmente se presentan como movimientos para fortalecer áreas estratégicas, la frecuencia de los cambios sugieretensiones internas y necesidad de corregir rumbo sobre la marcha. La gobernanza del Siapa (centralizada en el Ejecutivo estatal) sigue dejando a los municipios en un rol secundario, lo que reproduce tensiones de fondo sobre quién es el responsable último del organismo.

Asimismo, la cohesión institucional tuvo dos focos de vulnerabilidad. Primero, el Siapa evidenció que la gobernanza metropolitana sigue siendo débil y altamente fragmentada, y segundo, el gobierno continúa dependiendo excesivamente de coordinación federal en seguridad, lo cual limita la autonomía efectiva del estado. En términos generales, hubo cohesión operativa, pero todavía no hay una consolidación institucional profunda.

Estabilidad política. El trimestre cerró sin amenazas reales de ruptura política o ingobernabilidad abierta, pero sí con incremento de presión estructural sobre el gobierno. Lemus logró evitar conflictos mayores con empresarios, universidades, iglesias y élites metropolitanas. El Mundial funcionó como un factor temporal de alineamiento político y económico. Sin embargo, la estabilidad política descansó más en la ausencia de una oposición articulada que en la resolución de los problemas de fondo.

El operativo federal de febrero dejó un impacto psicológico y político considerable. Aunque el gobierno insistió en que los hechos violentos fueron excepcionales y posteriores al operativo no hubo eventos de igual magnitud, la percepción de vulnerabilidad estatal aumentó. Además, comenzó a aparecer un fenómeno políticamente delicado: la sobreexposición internacional de Jalisco. El Mundial colocó al estado bajo observación global y obligó al gobierno a sostener una narrativa permanente de control y seguridad. Eso generó una paradoja, mientras más intentaba proyectarse estabilidad internacional, más visibles se volvían las contradicciones locales, particularmente desapariciones, agua y violencia.

La estabilidad sigue siendo, en buena medida, una estabilidad gestionada bajo presión más que construida sobre certidumbre institucional. 

Conflictividad política. La conflictividad política aumentó respecto al trimestre anterior, aunque sin alcanzar niveles críticos. El principal cambio fue discursivo. Comenzaron a crecer cuestionamientos públicos hacia la narrativa de un Jalisco seguro impulsada por el gobierno. Aquí aparece una contradicción entre el discurso de ciudad global preparada para el Mundial y la persistencia de crisis locales no resueltas.

La conflictividad más relevante no provino de partidos, sino de agendas sociales acumuladas como las de colectivos de búsqueda, usuarios afectados por el Siapa, críticas por seguridad, inconformidades metropolitanas y una percepción de desigualdad territorial.

Un aspecto poco observado es que el gobierno de Lemus enfrenta un tipo de conflictividad distinto al de Alfaro. Ya no predomina el choque frontal con actores políticos o mediáticos, ahora el desgaste surge de expectativas incumplidas de eficacia técnica. En otras palabras, el principal riesgo político para Lemus no es la confrontación abierta, sino la decepción gradual de sectores que esperaban un gobierno más eficiente y menos reactivo.

Deterioro social y episodios violentos. Este fue el indicador más negativo del trimestre. Aunque el gobierno destacó disminuciones estadísticas en homicidios e incidencia delictiva, el impacto de la violencia sigue condicionando la percepción pública. A ello se sumó la persistencia de la crisis de desapariciones, que continúa siendo el principal pasivo humanitario de Jalisco. El gobierno mostró apertura relativa hacia colectivos, pero todavía no logra modificar la percepción de insuficiencia institucional. El Mundial ayudó temporalmente a contener la percepción de deterioro mediante inversión urbana y narrativa internacional, pero no resolvió las causas estructurales.

En paralelo, la crisis del agua representa un deterioro social menos espectacular pero más profundo: agua de mala calidad, desconfianza en el servicio, sacrificio de obras en municipios con problemas de abastecimiento y contaminación (Autlán, Ciudad Guzmán, Puerto Vallarta). La combinación de violencia estructural (desigualdad en acceso a agua segura) y violencia criminal en proceso de contención configura un escenario donde la gobernabilidad se sostiene, pero el bienestar social sigue siendo frágil.

En conclusión, el segundo trimestre de 2026 deja una imagen dual del gobierno de Pablo Lemus. Por un lado, exhibió cierta eficacia decisional y una capacidad de coordinación interinstitucional notables para salir del paso y sacar adelante un evento de la magnitud del Mundial de Futbol, capitalizado políticamente como un éxito de gestión y reconocido (al menos en el discurso oficial) como la mejor sede del torneo. Por otro lado, persisten fallas estructurales que el trimestre no resolvió, sino que apenas administró: una crisis hídrica que combina colapso financiero, deterioro de infraestructura y riesgo sanitario; un patrón de toma de decisiones que privilegia el anuncio mediático sobre la planeación de fondo; y, sobre todo, una crisis de violencia y desapariciones que sitúa a Jalisco entre las entidades más afectadas del país, con episodios (hallazgos de fosas clandestinas) que contrastan de forma directa con la narrativa de normalidad y éxito proyectada durante el Mundial.

La principal tensión del trimestre es, en ese sentido, la que existe entre la gobernabilidad exhibida (eventos sin incidentes, obras entregadas, coordinación de seguridad visible) y la gobernabilidad de fondo (desapariciones, contaminación del agua, cartera vencida del Siapa, rotación constante de funcionarios), que sugiere una administración con capacidad operativa real, pero con una agenda de gestión todavía reactiva frente a los problemas estructurales más graves del estado.

El dato políticamente más relevante del trimestre analizado es que el gobierno todavía conserva control político, pero ya no controla completamente la narrativa pública. Eso, en clave de gobernabilidad significa que cuando un gobierno pierde el monopolio de la narrativa de eficacia, comienza la etapa más difícil de su administración.


Sobre el autor

José de Jesús Gómez Valle es analista político. Profesor Investigador en el CUCSH de la UdeG. Contacta: jose.gomezvalle@gmail.com y en X: @jgomezvalle.

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