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Opinión

Guadalajara y su caótico transporte público. Parte 1

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Luego de 28 años de historia, en 2022 salió de circulación la ruta 380. Foto: UdeG.

Concesiones y traiciones: Cómo la Alianza de Camioneros y el modelo MC secuestraron el transporte de Guadalajara (1980-2025).

Guadalajara no amaneció un día con caos de transporte. Lo construyó pacientemente durante cuatro décadas, ladrillo a ladrillo, concesión a concesión, sobrecosto a sobrecosto. Mientras la mancha metropolitana pasaba de 2.3 a más de seis millones de habitantes, el Estado se retiró de la operación pública, entregó la movilidad a operadores privados y permitió que la captura institucional se normalizara bajo el eufemismo de “modernización”.

Hoy, con el sello de Movimiento Ciudadano, el transporte se ha convertido en una vitrina de negocios públicos disfrazados de progreso, donde las promesas electorales se licúan y las obras se miden en plusvalías, no en minutos ahorrados. Esta no es una crisis técnica. Es una captura anunciada, financiada con dinero público y pagada por quienes ya no caben en los embudos viales que el poder planificó.

I. El gran retiro estatal y la génesis del desorden (1980-1994)
En 1980, el Área Metropolitana de Guadalajara (AMG) rondaba los 2.3 millones de habitantes y contaba con un sistema de transporte imperfecto, pero con cierto grado de coordinación estatal. La ideología de la época dictaba que el mercado resolvería lo que el Estado no podía. El resultado fue la retirada progresiva de la oferta pública y la apertura a concesiones por rutas.

Para 1989, cuando finalmente se inauguró la Línea 1 del Tren Eléctrico Urbano, la población ya superaba los 2.6 millones. Nueve años de retraso entre la necesidad evidente y la primera obra masiva. El Siteur nació como organismo paraestatal con mandato limitado: operar vías férreas, no planear movilidad metropolitana. Sin autoridad para integrar rutas, sin poder sobre concesionarios, sin visión de red, la modernidad nos cayó a “modo charro”.

La Línea 2 llegó en 1994. Fueron quince años sin expansión troncal significativa; mientras tanto, la ciudad crecía a razón de 70 mil habitantes anuales, dispersándose en periferias sin servicios, aunque con un naciente club de “planificadores urbanos” y jugosos contratos de urbanólogos para “definir el rumbo que soñábamos”.

La matemática era clara: por cada kilómetro de tren, llegaban decenas de miles de nuevos residentes. Nadie ajustó la ecuación, simplemente se asumió que los camiones concesionados absorberían la demanda. No lo hicieron, la saturaron mientras los políticos aprendían cómo anestesiar nuestra paciencia.

II. Corrupción, sobrecostos y la hipocresía de las transiciones
El desorden no fue accidental, fue financiado. La Línea 2 se convirtió en el primer escándalo de sobrecosto estructural. Durante la campaña de finales de 1994, Alberto Cárdenas Jiménez capitalizó el descontento por la negligencia criminal del PRI tras las explosiones de 1992.

El discurso panista prometió transparencia y fin al amiguismo. La realidad: El gobierno neopanista tomó posesión en 1995 y sobre el tema… Ni hubo voluntad política ni valor para investigar. El incremento brutal del costo de la Línea 2 se archivó como “complejidad técnica”. El PAN gobernó tres sexenios y el modelo de opacidad se mantuvo intacto.

La transición democrática no trajo rendición de cuentas; trajo cambio de logo y continuidad de negocio; apenas alcanzó a consolidarse un primer BRT, un intento de copy-paste de Bogotá, con cuestionables procesos de negociación en el sexenio de Emilio González Márquez.

Con la salida del PAN, regresó el partido y el patrón se repitió con la Línea 3: Medios como NTR documentaron que los estudios costo-beneficio aprobados por la entonces SHCP inflaron la estimación de la demanda en casi tres tantos respecto a los números reales demostrados ya puesta en operación. ¿Para qué? Simple: “subiendo el beneficio”, se puede “subir el costo” y justificar presupuestos hinchados, con su respectivo “moche” que caracteriza la obra pública cuando los controles son débiles.

El costo oficial rondó los 31 mil 500 millones de pesos (mdp); la obra se entregó con retraso y sobrecostos que nunca se auditaron con rigor independiente. Y no es un partido, es un sistema. Las transiciones (PRI → PAN → PRI → MC) han sido cosméticas. Ninguna ha servido para romper el pacto tácito entre gobierno y operadores concesionarios, con un apodo ganado a pulso: “El pulpo camionero”. La transparencia, efectividad y eficiencia en transporte es hoy equivalente a la que históricamente ha caracterizado al SIAPA en materia de agua.

III. Promesas licuadas: Alfaro, reestructurando; Lemus, LA “Línea 5” y el BRT con nombre de tren
Con la llegada de Movimiento Ciudadano al poder estatal y municipal, el transporte no mejoró; se mercantilizó. Enrique Alfaro prometió una reestructuración enfocada en la modernización y el cambio de modelo hacia un sistema integrado; causó tremendo desorden en los cambios y aumentos de sinuosidad de trazo; además, con la nomenclatura de rutas.

Fiel a su estilo, nos impuso un redondeo: aceptar el robo de 50 centavos de cambio al pagar cada viaje que vino con la “adaptación de la tarifa”, porque “los equipos no podían devolverlo”. Se inauguró un subsidio a los concesionarios, para que “los usuarios no nos viéramos afectados”, pero pagado “con el dinero de las personas, por supuesto”, como aclaraba la diputada que saltó al estrellato en aquella penosa entrevista en Canal 44. Pablo Lemus Navarro, durante su campaña a gobernador, prometió una línea de tren ligero por la carretera a Chapala.

La promesa sonó a progreso, a conexión real para el sur metropolitano. La realidad: en lugar de rieles, ofreció un sistema de camión sobre llantas articulado que, por pura fuerza de marketing político, bautizaron “Línea 5”. No es tren, usa llantas de hule; no tiene capacidad, frecuencia ni infraestructura segregada sobre rieles; se trata de un BRT convencional. Es un autobús con estación elevada y un nombre prestado para vender la ilusión de continuidad. La ingeniería política tapatía alcanzó su cenit: confundir modo de transporte con número de campaña.

IV. Línea 4: Inmobiliaria con tren de adorno y el embudo de López Mateos
Peor aún fue la concesión privada de la Línea 4 del Tren Ligero. Lejos de ser un proyecto de movilidad, constituye un mecanismo de valorización inmobiliaria. Los acuerdos con inversionistas incluyeron plusvalías de suelo, permisos de densificación y exenciones que más parecen fichas de desarrollador que contratos de transporte público.

La obra se realizó con un acuerdo de contraprestación de casi 50 mdp mensuales en un periodo de 36 años. La zona sur, históricamente de clase media en declive, vio multiplicar la vivienda vertical sin que la infraestructura vial se ampliara proporcionalmente. El resultado: López Mateos se consolidó en el embudo perfecto que sufrió la autorización de decenas de miles de nuevas unidades habitacionales y comerciales, pero dejaron una sola vía principal para ingreso y salida. Como si planear el tráfico fuera un concurso de eficiencia inversa.

Los tiempos de viaje en esa zona pasaron de duplicarse a triplicarse; la calidad del aire se deterioró y el nivel de vida colapsó bajo el peso de una movilidad que no sirve, sino que castiga.

V. Camiones de carga, espaldas rotas y muertes normalizados
Más allá de los sobrecostos y la política, está el usuario. Durante años se ha permitido la circulación de unidades con chasis diseñados para transporte de carga o ganado, adaptados con carrocería de pasajeros y un “faldón” para disimular el origen. La suspensión es rígida, pensada para toneladas estáticas o cuadrúpedos, no para cuerpos humanos. Resultado: vibración crónica, lesiones de columna y articulaciones que la salud pública nunca cuantificó.

Peor aún fue la normalización de la letalidad. En los 90 y 00, los medios publicaban anualmente las cifras de muertos por el transporte público: atropellamientos, volcaduras, colisiones por competencia de rutas. Eran récords que la autoridad permitía y la sociedad absorbía como “daño colateral”. Hoy, las estadísticas son más difusas. ¿Mejoraron los indicadores o simplemente se enterraron bajo clasificaciones jurídico-administrativas?

VI. ¿En qué gastamos? Tren vs BRT vs Teleféricos
Guadalajara se jacta de invertir en sistemas “modernos”, pero la comparación revela prioridades invertidas:

Guadalajara gasta en concreto cuando debería invertir en cobertura. La pregunta incómoda es clara: ¿Se puede revertir 40 años de captura con más obra? ¿O necesitamos primero recuperar la autoridad metropolitana, auditar concesiones y construir un sistema que priorice la vida sobre el negocio?

Mientras tanto, los usuarios seguimos subiendo, bajando y saltando en camiones y decisiones políticas que, claramente, no fueron hechos para nosotros.


Sobre el autor

Sergio E. Gómez Partida es consultor en evaluación, gestión para resultados y planificación en sectores público y privado. Información de contacto: sgpartida@gmail.com; en X: @SergioGmezP.

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