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Opinión

Marco Rubio y su amenaza a la clase política 

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Opinión de Fernando Arango

El poderoso secretario de estado de Estados Unidos, Marco Rubio, se encuentra de visita en México, el “eco” de las declaraciones de la senadora Lily Téllez y del presidente Donald Trump han puesto en la mira a la clase política mexicana, sugiriendo una complicidad con los cárteles que podría tener graves consecuencias legales. 

En Estados Unidos, la designación de los cárteles como Organizaciones Terroristas Extranjeras (FTO) por el gobierno de Trump no es una medida simbólica, sino una herramienta jurídica que transforma el crimen organizado en terrorismo. Esto abre la puerta para que cualquier funcionario extranjero que colabore con estas organizaciones sea sujeto a las más severas penas, incluyendo la pena de muerte.

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El panorama político y de seguridad en México se encuentra bajo la intensa luz de la atención internacional, luego de una serie de declaraciones contundentes que han reavivado el debate sobre la infiltración del crimen organizado en las esferas de poder. 

Las palabras de la senadora Lily Téllez en la cadena Fox News, seguidas por las del presidente de Estados Unidos, Donald Trump, han puesto sobre la mesa una pregunta incómoda con implicaciones legales de gran calado.

En una entrevista que resonó fuertemente a nivel binacional, la senadora Téllez afirmó de manera categórica que México es un «narco-estado». A la pregunta directa de la comunicadora sobre la presunta alianza entre el gobierno mexicano y los cárteles, la senadora respondió: «Sí, el partido (Morena) está financiado. Le han dado los cárteles tanto dinero a estos políticos, narco-políticos de Morena para entrar en funciones, para conseguir el poder». Añadió que el gobierno mexicano «protege a los cárteles» y que la presidenta Sheinbaum «no quiere que el fuerte liderazgo estadounidense ayude a México a derrotar a los cárteles».

Estas declaraciones encontraron un eco casi inmediato en el discurso del presidente Donald Trump. En una entrevista exclusiva con The Daily Caller, revelada el 2 de septiembre de 2025, el mandatario estadounidense sentenció: «México es dirigido por cárteles. Ningún espacio para la duda». El presidente Trump detalló que ofreció ayuda a la presidenta Sheinbaum para combatir a los grupos delictivos, pero que esta la rechazó. Cuando la reportera Reagan Reese le preguntó el motivo de la negativa, Trump se limitó a decir: «Ella, la presidenta, tiene mucho miedo. México está dirigido por los cárteles».

El telón de fondo de estas declaraciones no podría ser más relevante, dado que el secretario de Estado, Marco Rubio, se encuentra en una visita oficial a México, con una agenda dominada por temas de seguridad, migración y economía. Las palabras de Téllez y Trump, sumadas a la presencia del alto funcionario estadounidense, crean un escenario de intensa presión diplomática y política para el gobierno mexicano.

La raíz de la violencia en México: ¿Un narcoestado protegido por la 4T?

Las acusaciones de la senadora Lily Téllez, respaldadas por las recientes y contundentes declaraciones del presidente de los Estados Unidos, Donald Trump, han puesto al descubierto una posible verdad que explicaría la escalada de violencia en México: la supuesta protección que el régimen de la Cuarta Transformación (4T) brinda a los cárteles del narcotráfico. Según esta visión, la inseguridad que azota al país no sería un problema de incapacidad gubernamental, sino el resultado directo de una red de complicidad entre el poder político y el crimen organizado.

“El presidente Trump no dejó lugar a dudas al sentenciar que «México es dirigido por cárteles», una afirmación que va más allá de la crítica diplomática y que señala una profunda infiltración criminal en las estructuras del Estado. La senadora Téllez ha sido aún más explícita, al acusar a políticos de Morena de ser «narco-políticos» financiados por los cárteles para obtener poder y protección”.

En lugar de una estrategia de seguridad fallida, la situación podría ser el reflejo de un acuerdo tácito: la impunidad a cambio de protección política y financiera. Esta presunta protección explica por qué la violencia persiste:

Protección y territorio: Si las acusaciones son ciertas, el gobierno actual, en lugar de combatir a los cárteles, les estaría garantizando un espacio de operación. Esto explicaría por qué, a pesar de las promesas de paz, la violencia sigue en aumento y las zonas bajo control de la delincuencia se expanden.

Financiamiento de campañas y corrupción: La denuncia de que políticos de la 4T han sido financiados por el crimen organizado sugiere que los cárteles no solo buscan operar libremente, sino también influir en la toma de decisiones. Esto convierte a los proyectos de infraestructura, como el Tren Maya, en posibles vetas de negocios ilícitos.

Consecuencias para el pueblo: La consecuencia más devastadora de esta supuesta protección es el miedo y la indefensión del pueblo mexicano. Con el Estado, que debería ser el principal protector, presuntamente coludido con la delincuencia, los ciudadanos quedan a merced de los cárteles. La violencia, el secuestro y la extorsión se convierten en el pan de cada día, con la frustración de saber que quienes deberían impartir justicia podrían ser parte del problema.

En este contexto, las acusaciones no son simples señalamientos políticos; son una posible clave para entender la cruda realidad que enfrenta el pueblo de México. La postura de la administración estadounidense, que incluso ha designado a los cárteles como organizaciones terroristas, sugiere que el problema ha trascendido las fronteras y requiere de una respuesta contundente. 

El vínculo expuesto

La presunta conexión entre la élite política mexicana y los cárteles no es un rumor; es una narrativa que cobra fuerza con cada nueva revelación. La denuncia de la periodista Anabel Hernández sobre el presunto financiamiento del narcotráfico a la campaña de Andrés Manuel López Obrador ha puesto el foco en la raíz del problema. Si estas acusaciones son ciertas, el régimen de la 4T, en lugar de combatir la corrupción, la habría institucionalizado, permitiendo que los cárteles operen con impunidad. Este presunto encubrimiento ha transformado a México, una nación orgullosa, en un territorio donde la ley y el orden han sido sustituidos por el miedo.

El marco legal y las graves implicaciones para los políticos mexicanos

El potencial de estas acusaciones va mucho más allá del debate político. En los Estados Unidos, el marco legal ha evolucionado para tratar a los cárteles de la droga no solo como organizaciones criminales, sino como entidades terroristas. El 20 de enero de 2025, el presidente Donald J. Trump emitió una orden ejecutiva para designar a ciertos cárteles internacionales como «Organizaciones Terroristas Extranjeras (FTO)».

Esta designación no es meramente simbólica; es una poderosa herramienta jurídica. Bajo la Ley Patriota, si se demuestra que un funcionario colaboró con un cártel designado como FTO, su conducta se tipificaría como conspiración para cometer actos de terrorismo y apoyo material a una organización terrorista. Si las acciones de los cárteles financiados por esta red resultaron en la muerte de un ciudadano estadounidense, la Ley de Control Integral del Abuso de Drogas y Prevención de 1988 autoriza la pena de muerte para crímenes que vinculan el narcotráfico con asesinatos, el presidente Trump de manera contundente ha manifestado, que en 2024 hubo en los Estados Unidos trescientos mil víctimas mortales por el uso del fentanilo.

A continuación, se detalla la presunta responsabilidad de algunos de los personajes señalados en la presunta “Lista Marco”, en alusión al secretario de estado Marco Rubio, y por la senadora Téllez, delineada de manera precisa con base en las leyes que hemos analizado:

Andrés Manuel López Obrador: Traición a la Patria y conspiración internacional

La denuncia de la periodista Anabel Hernández y las acusaciones de la senadora Téllez lo señalan por tener conocimiento y participación en una red de financiamiento ilícito vinculada a cárteles del narcotráfico. En México, esto sería delincuencia organizada y lavado de dinero, además de traición a la patria, al permitir que entidades criminales se infiltraran en el aparato político. En EE. UU., su presunta colaboración lo haría susceptible de cargos de conspiración y apoyo material a una organización terrorista, con la posibilidad de enfrentar la pena de muerte bajo la ley estadounidense si se vincula a las muertes de ciudadanos de ese país.

Adán Augusto López: Crimen organizado y conspiración internacional

La acusación contra el actual senador se centra en el grupo criminal «La Barredora» y sus presuntos negocios con el Tren Maya. Su presunta conducta de usar un proyecto nacional para facilitar operaciones criminales, como el suministro de huachicol, es un acto de crimen organizado y corrupción en México, que también podría considerarse traición a la patria. En EE. UU., sería acusado de conspiración internacional, lavado de dinero, y facilitación de una empresa terrorista, al lucrarse de un grupo criminal designado como FTO.

Claudia Sheinbaum: Omisión, encubrimiento y apoyo a organizaciones criminales

En su calidad de Jefa del Ejecutivo Federal, las acusaciones en su contra se centran en la presunta omisión y encubrimiento de actividades criminales. Si permitió que las redes del narcotráfico se infiltraran en la administración federal, su conducta podría interpretarse como una violación de su deber constitucional, lo que en México se tipificaría como traición a la patria. En EE. UU., esta omisión deliberada podría considerarse como apoyo material a una organización terrorista, haciéndola susceptible a la jurisdicción extraterritorial.

Marina del Pilar Ávila, Alfonso Durazo, Rubén Rocha Moya Américo Villarreal, Layda Sansores, Alfredo Ramírez Bedolla, Miguel Ángel Navarro, Enrique Alfaro, Samuel García, Cruz Pérez Cuéllar, Manuel Bartlett, Mario Delgado, Ricardo Monreal: Colusión y facilitación de delitos

Su presunto papel en la defensa pública de los acusados los haría cómplices. Si utilizan su plataforma para defender a los criminales y obstaculizar la justicia, sus acciones podrían ser catalogadas como colusión con el crimen organizado y, en un sentido más amplio, como traición a la patria. En EE. UU., si se demuestra que su apoyo ayudó a los cárteles a evadir la justicia o a consolidar su poder, podrían ser acusados de conspiración y facilitación de una empresa terrorista. Las autoridades de EE. UU. podrían argumentar que su apoyo político es un tipo de «apoyo material», exponiéndolos a un proceso de extradición y a un juicio con el riesgo de ser sentenciados a la pena de muerte si se les vincula con la muerte de ciudadanos estadounidenses, reiterando las cifras de mortandad por el fentanilo advertido por el Presidente Trump en Estados Unidos hubo en dos mil veinticuatro trescientos mil fallecidos por el uso de esa mortífera droga.  

De la política a la cárcel

Bajo la Ley Patriota, cualquier individuo que ofrezca «apoyo material» a una FTO puede ser perseguido judicialmente, sin importar su estatus oficial en su país de origen. En este supuesto, la presunta colaboración de políticos de la 4T, como el senador Adán Augusto López y la presidenta Claudia Sheinbaum, en la facilitación de las operaciones de los cárteles, los expondría a cargos de conspiración, lavado de dinero e incluso apoyo a empresas terroristas. La negativa de la presidenta Sheinbaum a aceptar la ayuda de EE. UU. podría ser interpretada como un encubrimiento que la haría susceptible a la jurisdicción estadounidense.

El Canto de la Sirena: El ‘Encanto’ de Sheinbaum y la Realidad de la Violencia

Las palabras del presidente Donald Trump han añadido una dimensión personal y alarmante a las acusaciones contra la presidenta Claudia Sheinbaum. Aunque Trump la ha calificado de «encantadora», el mandatario estadounidense pudo haber disfrazado esta descripción con un matiz de advertencia, con el mítico canto de las sirenas, que atrae a los navegantes hacia su perdición. Este «encanto» no es un halago, sino una crítica a lo que él percibe como una estrategia para ocultar la grave situación que se vive en México.

Según el presidente Trump, la negativa de Sheinbaum a aceptar la ayuda de Estados Unidos para combatir a los cárteles no se debe a un tema de soberanía, sino a un presunto encubrimiento. La presidenta, en esta interpretación, no quiere que el mundo sepa lo que realmente está pasando en el país: la violencia extrema, los secuestros, la extorsión y el control territorial de los cárteles. En este contexto, su «encanto» se convierte en una herramienta para desviar la atención de la realidad.

La analogía de Berlín 1936: De la propaganda nazi al Mundial 2026

Esta estrategia de encubrimiento encuentra un eco preocupante en un evento histórico. Un año antes de los Juegos Olímpicos de 1936, el régimen nazi en Alemania intensificó su persecución a los judíos, un hecho que buscó ocultar a la comunidad internacional. Con las Olimpiadas como telón de fondo, Hitler y su gobierno orquestaron una campaña de propaganda masiva para presentar una Alemania pacífica, moderna y tolerante, limpiando las calles de símbolos antisemitas y deteniendo temporalmente la violencia para proyectar una imagen positiva al mundo.

De manera similar, el próximo Mundial de Fútbol de 2026, en el que México será uno de los países anfitriones, podría convertirse en el escenario perfecto para que el gobierno de la 4T intente una operación de relaciones públicas. Según las acusaciones, la administración de Sheinbaum podría buscar «disfrazar» el violento México, ocultando las estadísticas de violencia y minimizando la crisis de seguridad. El objetivo sería proyectar una imagen de estabilidad y control ante los ojos de millones de turistas y de la prensa internacional, mientras que la realidad que padecen millones de mexicanos por el encubrimiento a los cárteles se mantendría en la oscuridad.

Esta analogía subraya la idea de que el «encanto» de la presidenta Sheinbaum, al igual que la propaganda nazi en su momento, podría ser una fachada para encubrir la presunta colusión con el crimen organizado. La negativa a aceptar la ayuda de EE. UU. y el supuesto deseo de que el mundo no conozca la verdad, serían piezas de una estrategia más amplia para mantener el control y el poder, sin importar el costo humano para el pueblo mexicano.

En conclusión, el marco legal estadounidense y mexicano ofrece múltiples vías para la persecución de los delitos de crimen organizado y corrupción. Si las acusaciones de la senadora Téllez y el presidente Trump fueran verídicas, el presunto encadenamiento de responsabilidades, desde el más alto nivel del poder hasta sus defensores en el Congreso, podría exponer a los acusados a consecuencias legales severas que trascienden las fronteras nacionales.

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El castigo cotidiano de trasladarse en Guadalajara. Parte 1

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El castigo cotidiano de trasladarse en Guadalajara

Uno termina por sospechar que en Guadalajara el tiempo no transcurre: se embotella. Las horas que se van en el traslado se descuentan de casi todo lo demás: del sueño, de la mesa, de la conversación, del trabajo, de la serenidad. Moverse por la ciudad se ha vuelto una rutina cara, riesgosa y desgastante. Y como ocurre con cualquier problema público, conviene empezar por lo más sencillo: nombrar el problema, identificar sus causas y seguir sus consecuencias. Solo así se entiende cómo el derecho a la ciudad terminó convertido, para demasiados, en una forma cotidiana de castigo.

A los tapatíos se nos empuja, por distintas vías, a desertar del transporte público y buscar refugio en la salida individual: el coche propio, el auto de plataforma, la motocicleta —esa que hoy se compra con la facilidad con que antes se adquiría una licuadora— y, más recientemente, el patín eléctrico, que suele circular con la desenvoltura de quien supone que toda banqueta es suya. No es exactamente libertad de elección; a veces se parece más a una rendición administrada.

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¿Qué fue primero? ¿El huevo del caos en el transporte público o la gallina del éxodo individual?

Los datos oficiales ayudan a poner cada cosa en su lugar. De acuerdo con la ficha del Instituto de Información Estadística y Geográfica de Jalisco, elaborada con base en cifras definitivas del INEGI sobre vehículos de motor registrados en circulación, Jalisco cerró 2024 con 4 millones 910 mil 287 unidades. Son 300 mil 756 más que en 2023, es decir, un crecimiento anual de 6.5 %. Traducido al idioma de la vida diaria: en un solo año se agregó otra ciudad de motores, mientras la infraestructura sigue presentándose como si bastara con cortar listones, inaugurar un puente y sonreír para la foto.

La presión, además, se concentra en el Área Metropolitana de Guadalajara. Según esa misma ficha del IIEG, los diez municipios del AMG reúnen 3 millones 115 mil 838 vehículos, es decir, 63.5 % del total estatal. La tasa por habitante tampoco deja mucho espacio para el autoengaño: Guadalajara ya tiene 82.3 vehículos por cada 100 habitantes. No es una estampa de prosperidad, sino de dependencia. Una ciudad que obliga a moverse con más fierro, más combustible y menos paciencia no presume desarrollo: revela que no ha sabido ofrecer alternativas suficientes.

El desglose por tipo de vehículo también dice más de lo que aparenta. En 2024, Jalisco registró 2 millones 747 mil 726 automóviles, 1 millón 190 mil 848 camiones y camionetas de carga, 957 mil 771 motocicletas y 13 mil 942 camiones para pasajeros, de acuerdo con el IIEG con base en INEGI. El mayor salto relativo fue el de las motocicletas: 14.2 % en un solo año. Los automóviles crecieron 5.5 %; la carga, 3.2 %; y los camiones para pasajeros, 8.9 %. El mensaje es bastante claro: mientras el discurso oficial invoca la movilidad integral, la calle se sigue llenando, sobre todo, de salidas individuales. Es decir, en la Perla Tapatía estamos a escasos pasos de que cada par de piernas requiera su propio chasis para desplazarse.

La discusión de fondo, en realidad, no pasa por averiguar si todavía caben más coches, sino por entender por qué la política pública insiste en tratar esto como un problema de carriles y no de modelo urbano. El crecimiento del parque vehicular, por sí solo, no demuestra la mala calidad del transporte público; sería demasiado cómodo afirmarlo así. Pero sí enciende una alarma seria sobre una ciudad que empuja a sus habitantes hacia la salida individual. Y ahí aparece una vieja costumbre muy local: administrar el síntoma para no corregir la enfermedad. Se interviene un crucero, se presume una obra, se anuncia una “solución integral” y, mientras tanto, la congestión conserva su puesto como política no escrita.

En Jalisco, a ratos da la impresión de que la política pública de movilidad del Estado se parece más a un esquema colonial de venta de indulgencias: el desorden se disimula, el costo se traslada al ciudadano y luego se ofrece alguna corrección parcial como si fuera redención: se tolera el colapso a cambio de multas, se dispersan concesiones con criterios políticos, se condicionan tarifas o subsidios a la inscripción bancaria de una institución de cuestionado comportamiento financiero y se externalizan los costos hacia el ciudadano.

Ahí caben las licencias expedidas sin el rigor técnico deseable, la sincronización deficiente de semáforos, trabajos urbanos realizados en horas de máxima demanda y una convivencia vial donde carga pesada, transporte público, autos y motocicletas compiten por el mismo espacio bajo una coordinación con frecuencia insuficiente. No hace falta exagerar para advertirlo: muchas fallas no provienen del azar, sino de decisiones de gestión que vuelven más lentos, más tensos y más inseguros los trayectos cotidianos.

La especulación del suelo, por su parte, ha expandido la mancha urbana hacia zonas de baja densidad y nula cobertura de transporte, obligando a los habitantes a depender del vehículo privado por diseño, no por elección.

A esto hay que añadir una traza urbana diseñada bajo el capricho y el beneficio de la especulación del suelo. Padecemos un reglamento que permite a las aseguradoras congelar arterias principales durante horas, incluso tras un pequeño choque, priorizando sus ahorros en personal por encima del interés público y convirtiendo un accidente menor en una instalación artística sobre el pavimento.

Las consecuencias son conocidas, aunque a veces prefiramos no mirarlas de frente: más vehículos significan mayor presión sobre las vialidades, más exposición a siniestros y una factura ambiental que la ciudad paga, aunque no la anote en ningún presupuesto. El parque vehicular crece con una velocidad que rebasa la capacidad institucional para ordenar la movilidad.

En la vida doméstica, el fenómeno deja de ser estadística y se vuelve rutina. Cada vehículo nuevo implica combustible, mantenimiento, seguro, refrendos y, sobre todo, tiempo. Mucho tiempo. La paradoja es cruel: miles de familias compran una promesa de movilidad y reciben, a cambio, congestión financiada a plazos. Hay algo profundamente injusto en esa escena: una necesidad colectiva convertida en gasto privado, y ese gasto presentado luego como si fuera libertad de elección.

La próxima vez que alguien pregunte por qué el tráfico en Guadalajara se vive como una forma de penitencia, convendría responder con menos resignación y más memoria. No se trata de mala suerte ni de una maldición bíblica aplicada al periférico. Es el resultado de decisiones públicas y privadas que han hecho del automóvil la salida más accesible, más rentable y del transporte colectivo la promesa más incumplida. Cuestionar o señalar la incapacidad o errores de la autoridad debería ser nuestra decisión individual para lograr un mejor estado de lo colectivo, porque mientras los funcionarios cortan listones, los tapatíos cortamos horas de sueño, comida, presupuesto y paciencia.


Sobre el autor

Sergio E. Gómez Partida es consultor en evaluación, gestión para resultados y planificación en sectores público y privado. Información de contacto: sgpartida@gmail.com; en X: @SergioGmezP.

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Guadalajara y su caótico transporte público. Parte 3

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Guadalajara y su caótico transporte. Parte 3, escribe Sergio E. Gómez Partida

En Jalisco, durante años, los gobiernos de todos los colores han repetido la misma liturgia burocrática: más rutas, más unidades, más inversión, más modernización.
Cambian los logotipos, las campañas y las promesas, pero el viacrucis del usuario permanece intacto. El caos ya no es una falla del sistema. El caos es el sistema.

La burocracia mexicana posee una habilidad admirable para medir aquello que menos importa. Nos dicen cuántos millones se invirtieron, cuántos camiones se compraron o cuántos kilómetros se “modernizaron”. Pero evitan cuidadosamente responder las preguntas incómodas: ¿cuántas horas pierde una persona cada semana esperando un camión que nunca pasó?, ¿cuántas mujeres sienten miedo al regresar de noche en transporte público?, ¿cuántos usuarios terminan viajando hacinados como mercancía de traslado y no como ciudadanos?, ¿cuántas personas renunciaron al transporte público por su pésimo servicio?

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Una política pública que mide únicamente el gasto o el esfuerzo, pero ignora el resultado, termina confundiendo movimiento con progreso. Guadalajara lleva años moviéndose en círculos.

El transporte público es, por naturaleza, un monopolio natural. El usuario no puede “cambiar de proveedor” cuando la ruta falla. Si el camión no pasa, pasa lleno o simplemente ignora la parada, el ciudadano queda atrapado. Esa asimetría obliga al Estado a regular con firmeza. El problema es que aquí la regulación parece haberse diseñado con la delicadeza del pétalo de una rosa en la mano pública de quien no quiere incomodar a nadie, especialmente a los concesionarios.
Es una de las grandes contradicciones del modelo tapatío: los subsidios multimillonarios entregados a empresas privadas que operan el servicio sin que existan mecanismos serios y transparentes de evaluación del desempeño-resultados se convierten en incentivos perversos. La lógica termina siendo tan absurda como predecible: si el concesionario sabe que el dinero llegará de cualquier manera, ¿para qué mejorar el servicio?, ¿para qué invertir en mantenimiento?, ¿para qué capacitar operadores?, ¿para qué reducir tiempos de espera o evitar sobrecupos? El subsidio deja de ser una herramienta de equilibrio social y se convierte en premio institucional a la mediocridad.

Bajo este esquema, se socializan las pérdidas y se privatizan las ganancias. El ciudadano financia el sistema mediante impuestos o tarifa, soporta el mal servicio y todavía debe agradecer que el camión aparezca. Una obra maestra de la administración pública latinoamericana: convertir al usuario en rehén financiero de su propio deterioro.

Mientras tanto, la autoridad presume convenios “innovadores”. Hace apenas unos días, la Secretaría de Transporte de Jalisco anunció un acuerdo con Uber para otorgar traslados gratuitos a mujeres en situación de violencia. La medida fue presentada como un avance humanitario. Y en el caso individual, ciertamente puede representar ayuda urgente para muchas mujeres. El problema no está en la víctima. El problema es el mensaje político detrás de la solución. El Estado acaba admitiendo, sin decirlo abiertamente, que el propio sistema público que regula no puede garantizar seguridad mínima a las personas.
La solución no consistió en mejorar paraderos, iluminar zonas inseguras, aumentar frecuencias nocturnas o profesionalizar operadores. No. La salida rápida fue delegar la responsabilidad a una aplicación privada que cobra tarifas elevadas, se apropia de 1/3 del valor del negocio sin asumir riesgo ni inversión y llena el vacío dejado por el desastre institucional.
La ironía es clara: después de décadas hablando de fortalecer el transporte público, la solución oficial parece resumirse en una frase vergonzosa y simple: “si el camión no sirve, tome Uber”. Hablamos de una versión gubernamental de poner cubetas cuando el techo lleva veinte años colapsándose.

La violencia en el transporte no comienza cuando aparece un delito. Comienza mucho antes, como lo señalaba Galtung: la violencia estructural empieza cuando el Estado falla y una persona debe esperar cuarenta minutos en una parada oscura. Empieza cuando una unidad va tan saturada que el cuerpo deja de tener espacio propio y, si logra entrar, asume las condiciones de un cuadrúpedo en traslado al matadero. Por eso resulta tan revelador que los funcionarios presuman reuniones, adquisiciones o videos estéticamente editados en sus redes sociales; el secuestro comunicacional cosmético es parte del mismo caos y pasa en todos los sectores de la vida pública. Sucede que medir resultados obliga a rendir cuentas. Y rendir cuentas arruina muchas narrativas oficiales.

La tragedia de Guadalajara no es solamente técnica. Es moral. Una ciudad revela sus verdaderas prioridades en la manera en que mueve a quienes la sostienen todos los días. No en los renders futuristas, no en los discursos sobre innovación, no en las conferencias llenas de Canvas y adjetivos motivacionales. Una ciudad se define por el respeto que tiene hacia el tiempo, la seguridad y el agotamiento de su gente.
La pregunta ya no es si el sistema necesita cambios. Eso resulta evidente incluso para quienes jamás se han subido a un camión… que casualmente suelen ser quienes diseñan buena parte de estas políticas públicas. La verdadera pregunta es cuánto tiempo más seguiremos confundiendo subsidios con soluciones, ocurrencias mediáticas con transformación y movilidad con simple capacidad de sobrevivir al trayecto diario. Cuando una ciudad normaliza que trasladarse sea una forma cotidiana de desgaste, termina erosionando algo más profundo que la eficiencia urbana: erosiona la confianza pública.


Sobre el autor

Sergio E. Gómez Partida es consultor en evaluación, gestión para resultados y planificación en sectores público y privado. Información de contacto: sgpartida@gmail.com; en X: @SergioGmezP.

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