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Opinión

Cómo exentar el pago del predial en GDL… sin morir en el intento

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ursula barreda

¿Sabías que podrías estar en condiciones de recibir un descuento del 100 por ciento en el pago del impuesto predial y no te has dado cuenta?

Estamos en octubre, justo por estas fechas es cuando se comienzan a trabajar en los ayuntamientos los proyectos de “Ley de Ingresos”, estos marcan las cifras que durante el siguiente año cobrará el gobierno municipal por servicios, impuestos y sanciones; además en estos documentos también se establecen los descuentos que otorga el municipio y de qué manera los otorga (requisitos).

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Desde hace más de 20 años el municipio de Guadalajara otorga descuentos a los propietarios de fincas con valor patrimonial, como un estímulo simbólico para los propietarios que hacen el esfuerzo por mantener estas añosas fincas a las que se les tiene que dar mantenimientos costosos, rehabilitaciones integrales o inclusive restauraciones, y que para hacerlo tienen que pasar por un maratón de trámites, pero eso es tema para otra columna.

Creo que todos los que hemos vivido en una casa con más de 50 años de antigüedad nos hemos podido dar cuenta el gran trabajo que es mantenerlas y conservarlas, pues si no lo sabías este trabajo se premia con un descuento que van desde el 40 por ciento hasta el 100 por ciento de descuento en el predial. Pero ojo, no es automático, lo tienes que solicitar.

Cómo puedes saber si tu casa es acreedora a un descuento:

Lo primero es “la ubicación”, averigua si tu casa está en algún “perímetro de protección” el del Centro de Guadalajara va desde la Zona de la Normal, calle Maestros, a Belisario Domínguez, desde el Centro Médico hasta la Central Vieja de Autobuses y el Parque del Agua Azul, por la de Washington, hasta la Glorieta Minerva y por López Mateos, hasta avenida México y luego por avenida de las Américas hasta José María Vigil, la zona del Panteón de Mezquitán y cerrando de nuevo en la Normal. Todo este gran polígono que abarca muchos barrios tradicionales, como Analco, Mexicaltzingo, la Concha, San Juan de Dios, Sagrado Corazón, la Perla, el Retiro, el Santuario, Capilla de Jesús, La Americana, San Antonio, la Moderna, Lafayette, Arcos Vallarta, la Obrera, Vallarta Poniente, Ladrón de Guevara, Santa Teresita, Villaseñor, Mezquitán, etc.

Además de este gran perímetro en Guadalajara, también tienen protección algunos barrios y colonias, por ejemplo: Mezquitán, Atemajac, Huentitán el Alto y el Bajo, Oblatos, Tetlán San Andrés, Jardines del Bosque y Chapalita.

Lo segundo es “la clasificación”, es necesario averiguar que etiqueta le pusieron a tu finca, dependiendo del año en que fue construida les llaman “históricas” (anteriores a 1900) o “artísticas” (de principios de 1900 como hasta los 60), la mayoría de las casas son denominadas como “ambientales”, algunas más “relevantes” o monumentos.

Aparte de estas clasificaciones podemos encontrar fincas “Armónicas” y “No Armónicas” y algunos años también otorgaron descuentos a las fincas clasificadas como actuales armónicas (nuevas, pero adaptadas al entorno de barrio).

Si hasta aquí… ya se hicieron bolas los invito a ver una “Guía rápida” que subí al Facebook hace unos años, la página se llama “casas patrimoniales Guadalajara” podrán ver el mapa y esto de las clasificaciones con imágenes; además de ejemplos de un premio que da el Gobierno Municipal como otro incentivo a este tipo de fincas.

Con esta información, podrás darte idea de si tu casa es o no acreedora a un descuento.

Atención, alcalde Lemus y diputados 

La solicitud explícita de esta opinión va dirigida a los funcionarios encargados de la redacción de la Ley, a los regidores y al presidente municipal que la revisan, la autorizan y la mandan a aprobación al Congreso y a los Diputados que la aprueban.

Por favor, hagan que el otorgamiento del descuento sea un “trámite simple”, de preferencia al presentarte en Tesorería a pagar.

La información del Inventario ya se encuentra en línea en el Visor Urbano, por lo que los usuarios de Tesorería pueden usar esta gran herramienta en la que ha trabajado mucho el municipio para ubicar la finca y saber que clasificación tiene para otorgarle el descuento correspondiente, si existe alguna duda (seguro serán pocos casos); entonces sí turnarlos a un funcionario específico que los atienda de la dependencia correspondiente.

Las fincas, no cambian de un año a otro, se supone que para hacerlo es necesario tramitar un permiso, (así que hagan lo propio internamente para tener actualizado el inventario de fincas con valor patrimonial) para que los ciudadanos, con una sola vuelta a la Tesorería Municipal puedan obtener el descuento y pagar, sugiero manejar un formato pre llenado donde se complete a mano la dirección y la firma del propietario o su representante.

Ayúdenos para que en las ventanillas de pago se informe previo al pago de la posibilidad del descuento a todas las fincas que están en esta zona, ya que esto es el mejor medio de difusión del patrimonio de Guadalajara, pues muchos propietarios no saben que sus casas tienen valor y que se encuentran en perímetros de protección y esto provoca que en ocasiones modifiquen fachadas o incluso demuelan parte de sus fincas sin los tramites adecuados.

Consideren, por favor, que muchos propietarios son tan añosos como las casas y que para algunos es difícil estar dando vueltas para hacer los trámites, infórmenles que a veces les conviene económicamente más el descuento de Finca Patrimonial que el de la Tercera Edad, pues el descuento es sobre el total del valor del predial, no solo sobre el millón.

Convertir el trámite de un descuento en un maratón de visitas a varias dependencias, con la solicitud de un sin número de documentos, y además con la desinformación del tema de la mayoría de los funcionarios públicos se convierte más en un castigo que en un beneficio.

Si consideran que hacerlo simple no les conviene económicamente, pues mejor reduzcan el descuento o quítenlo de la Ley.

No presuman que dan incentivos a las fincas en Centro Histórico, cuando cada año hacen más complejo y difícil solicitarlo, pues somos muy pocos los que logramos completar el trámite a tiempo y obtener el descuento.

 

 

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Opinión

Guadalajara y su caótico transporte público. Parte 3

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Guadalajara y su caótico transporte. Parte 3, escribe Sergio E. Gómez Partida

En Jalisco, durante años, los gobiernos de todos los colores han repetido la misma liturgia burocrática: más rutas, más unidades, más inversión, más modernización.
Cambian los logotipos, las campañas y las promesas, pero el viacrucis del usuario permanece intacto. El caos ya no es una falla del sistema. El caos es el sistema.

La burocracia mexicana posee una habilidad admirable para medir aquello que menos importa. Nos dicen cuántos millones se invirtieron, cuántos camiones se compraron o cuántos kilómetros se “modernizaron”. Pero evitan cuidadosamente responder las preguntas incómodas: ¿cuántas horas pierde una persona cada semana esperando un camión que nunca pasó?, ¿cuántas mujeres sienten miedo al regresar de noche en transporte público?, ¿cuántos usuarios terminan viajando hacinados como mercancía de traslado y no como ciudadanos?, ¿cuántas personas renunciaron al transporte público por su pésimo servicio?

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Una política pública que mide únicamente el gasto o el esfuerzo, pero ignora el resultado, termina confundiendo movimiento con progreso. Guadalajara lleva años moviéndose en círculos.

El transporte público es, por naturaleza, un monopolio natural. El usuario no puede “cambiar de proveedor” cuando la ruta falla. Si el camión no pasa, pasa lleno o simplemente ignora la parada, el ciudadano queda atrapado. Esa asimetría obliga al Estado a regular con firmeza. El problema es que aquí la regulación parece haberse diseñado con la delicadeza del pétalo de una rosa en la mano pública de quien no quiere incomodar a nadie, especialmente a los concesionarios.
Es una de las grandes contradicciones del modelo tapatío: los subsidios multimillonarios entregados a empresas privadas que operan el servicio sin que existan mecanismos serios y transparentes de evaluación del desempeño-resultados se convierten en incentivos perversos. La lógica termina siendo tan absurda como predecible: si el concesionario sabe que el dinero llegará de cualquier manera, ¿para qué mejorar el servicio?, ¿para qué invertir en mantenimiento?, ¿para qué capacitar operadores?, ¿para qué reducir tiempos de espera o evitar sobrecupos? El subsidio deja de ser una herramienta de equilibrio social y se convierte en premio institucional a la mediocridad.

Bajo este esquema, se socializan las pérdidas y se privatizan las ganancias. El ciudadano financia el sistema mediante impuestos o tarifa, soporta el mal servicio y todavía debe agradecer que el camión aparezca. Una obra maestra de la administración pública latinoamericana: convertir al usuario en rehén financiero de su propio deterioro.

Mientras tanto, la autoridad presume convenios “innovadores”. Hace apenas unos días, la Secretaría de Transporte de Jalisco anunció un acuerdo con Uber para otorgar traslados gratuitos a mujeres en situación de violencia. La medida fue presentada como un avance humanitario. Y en el caso individual, ciertamente puede representar ayuda urgente para muchas mujeres. El problema no está en la víctima. El problema es el mensaje político detrás de la solución. El Estado acaba admitiendo, sin decirlo abiertamente, que el propio sistema público que regula no puede garantizar seguridad mínima a las personas.
La solución no consistió en mejorar paraderos, iluminar zonas inseguras, aumentar frecuencias nocturnas o profesionalizar operadores. No. La salida rápida fue delegar la responsabilidad a una aplicación privada que cobra tarifas elevadas, se apropia de 1/3 del valor del negocio sin asumir riesgo ni inversión y llena el vacío dejado por el desastre institucional.
La ironía es clara: después de décadas hablando de fortalecer el transporte público, la solución oficial parece resumirse en una frase vergonzosa y simple: “si el camión no sirve, tome Uber”. Hablamos de una versión gubernamental de poner cubetas cuando el techo lleva veinte años colapsándose.

La violencia en el transporte no comienza cuando aparece un delito. Comienza mucho antes, como lo señalaba Galtung: la violencia estructural empieza cuando el Estado falla y una persona debe esperar cuarenta minutos en una parada oscura. Empieza cuando una unidad va tan saturada que el cuerpo deja de tener espacio propio y, si logra entrar, asume las condiciones de un cuadrúpedo en traslado al matadero. Por eso resulta tan revelador que los funcionarios presuman reuniones, adquisiciones o videos estéticamente editados en sus redes sociales; el secuestro comunicacional cosmético es parte del mismo caos y pasa en todos los sectores de la vida pública. Sucede que medir resultados obliga a rendir cuentas. Y rendir cuentas arruina muchas narrativas oficiales.

La tragedia de Guadalajara no es solamente técnica. Es moral. Una ciudad revela sus verdaderas prioridades en la manera en que mueve a quienes la sostienen todos los días. No en los renders futuristas, no en los discursos sobre innovación, no en las conferencias llenas de Canvas y adjetivos motivacionales. Una ciudad se define por el respeto que tiene hacia el tiempo, la seguridad y el agotamiento de su gente.
La pregunta ya no es si el sistema necesita cambios. Eso resulta evidente incluso para quienes jamás se han subido a un camión… que casualmente suelen ser quienes diseñan buena parte de estas políticas públicas. La verdadera pregunta es cuánto tiempo más seguiremos confundiendo subsidios con soluciones, ocurrencias mediáticas con transformación y movilidad con simple capacidad de sobrevivir al trayecto diario. Cuando una ciudad normaliza que trasladarse sea una forma cotidiana de desgaste, termina erosionando algo más profundo que la eficiencia urbana: erosiona la confianza pública.


Sobre el autor

Sergio E. Gómez Partida es consultor en evaluación, gestión para resultados y planificación en sectores público y privado. Información de contacto: sgpartida@gmail.com; en X: @SergioGmezP.

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Opinión

México: Un Estado capturado y erosionado

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México, un estado capturado y erosionado

El Estado surgió entre los siglos 16 y 18 como solución a la violencia feudal, a las guerras incitadas por la religión y a la excesiva dispersión del poder. Cuando los individuos se reunieron para constituir una entidad soberana, en la cual delegaron un poder absoluto sobre ellos, lo hicieron para protegerse y poder vivir con seguridad en sus bienes y en su persona.

Surgió así el Estado con la promesa fundacional de centralizar autoridad, monopolizar la violencia legítima y producir previsibilidad para enfrentar entornos inestables e inciertos. La teoría política lo concibe como un aparato racional diseñado para limitar y regular conductas, contener el caos y garantizar seguridad, impuestos y justicia.

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El Estado moderno en México, y el que sentó las bases para lo que tenemos en la actualidad, surgió después de la Revolución iniciada en 1910, de ahí surgió un régimen para controlar el proceso de distribución del poder político y las instituciones que buscaban materializar los preceptos del proceso revolucionario. Conocidos estos antecedentes, ¿cómo podemos clasificar en la actualidad al Estado mexicano? De un tiempo a esta parte se han suscitado debates en torno a la eficacia y funcionalidad del Estado en nuestro país. Algunos consideran que estamos en un Estado fallido. Yo no soy de los que piensan así. 

Un Estado fallido se materializa cuando se ha perdido por completo la capacidad de ejercer control efectivo sobre el territorio, garantizar seguridad básica, monopolizar el uso legítimo de la fuerza y sostener instituciones funcionales. En el caso de México, aplicar esa categoría exige mesura en el análisis, porque el país todavía mantiene capacidades firmes en materia fiscal, diplomática, financiera y administrativa. Lo que no se puede negar es que existen ciertos episodios que muestran zonas de fragilidad institucional, captura criminal y erosión de la potestad operativa que alimentan ese debate.

¿Qué es lo que estimula esa narrativa? Dos casos recientes han sido utilizados para estimularla.  Las versiones sobre una presunta participación de la Agencia Central de Inteligencia (CIA, por sus siglas en inglés) en operaciones vinculadas con Chihuahua y las acusaciones políticas y judiciales contra Rubén Rocha Moya en el contexto de investigaciones criminales impulsadas desde Estados Unidos (sobre lo cual escribí en mi colaboración anterior). Ambos episodios permiten analizar qué dimensiones de la gobernabilidad muestran deterioro. 

El problema aparece en la desigualdad territorial del poder del Estado. Hay regiones donde grupos criminales ejercen funciones propias del Estado tales como control social, seguridad, movilidad, tributaciones, economía local y coerción. Esa fragmentación parcial del monopolio de la fuerza genera percepciones de que el Estado no mantiene con éxito ciertas atribuciones que le son propias. Por ello, una categoría más precisa para México sería la de un Estado con capacidades erosionadas en ciertas regiones. 

Hasta el momento, no existe todavía evidencia pública concluyente que pruebe una intervención unilateral abierta de la CIA en Chihuahua fuera de los mecanismos de cooperación bilateral en seguridad. Sin embargo, el simple hecho de que esas versiones resulten creíbles para amplios sectores sociales revela una pérdida de confianza en la autonomía operativa del Estado mexicano, y ahí habita un punto nodal de la gobernabilidad, porque cuando un Estado no logra convencer plenamente de que controla su seguridad interior, se abre espacio para narrativas de tutela externa. Si bien es cierto que la cooperación entre México y Estados Unidos en inteligencia no es nueva y que existe desde hace décadas en temas de narcotráfico, terrorismo, lavado de dinero y tráfico de armas, el problema surge cuando la cooperación no es del todo transparente y alimenta posibilidades de opacidad, las autoridades mexicanas se perciben como subordinadas y las agencias extranjeras parecen tener más capacidad de investigación que las instituciones locales.

Por otro lado, las acusaciones y señalamientos en contra de Rubén Rocha Moya deben analizarse bajo las ópticas jurídicas y políticas. Hasta ahora, muchas versiones han circulado en medios, columnas y rumores vinculados a investigaciones estadounidenses sobre narcotráfico y redes de protección política. No obstante, todavía no existe una sentencia judicial firme que pruebe responsabilidad penal directa del gobernador, pero el daño político no depende exclusivamente de una condena judicial. En materia de gobernabilidad, la percepción pública importa, y mucho, porque impacta la legitimidad institucional.

En el caso Rocha Moya se perciben, por lo menos, tres aristas. La dificultad para separar poder político y estructuras criminales en regiones históricamente penetradas por el narcotráfico; la dependencia creciente de información e investigaciones provenientes de Estados Unidos, y la debilidad de las capacidades mexicanas para cerrar rápidamente controversias mediante investigaciones transparentes y creíbles. Cuando las acusaciones más graves sobre actores políticos mexicanos parecen investigarse más enérgicamente fuera del país que dentro del mismo, surge una percepción de vacío institucional o de encubrimiento, ambos igual de graves. Eso fortalece la narrativa de fragilidad estatal.

Estos dos botones de muestra nos revelan que un grave riesgo para la gobernabilidad mexicana es la normalización gradual de esquemas excepcionales como la dependencia de inteligencia extranjera; la existencia de gobiernos subnacionales colonizados y condicionados por grupos del crimen organizado, así como la normalización y aceptación social de que existen zonas en donde la ley opera parcialmente. Todo ello conlleva una erosión gradual de la legitimidad institucional del Estado.

En términos prospectivos, el desafío para el Estado mexicano no es sólo combatir al crimen organizado, sino reconstruir capacidad institucional civil, credibilidad judicial y soberanía operativa. Si esos elementos no se fortalecen, la discusión sobre un Estado fallido seguirá apareciendo cada vez que surjan casos donde el poder criminal, la presión estadounidense y la fragilidad política parezcan cruzarse.

Siguiendo los criterios clásicos, México no es un Estado fallido, pero exhibe con progresiva claridad los síntomas de un Estado disfuncional, capturado y erosionado con regiones en donde el crimen organizado cogobierna y el gobierno no puede o no quiere ejercer su potestad y atribuciones. 


Sobre el autor

José de Jesús Gómez Valle es analista político. Profesor Investigador en el CUCSH de la UdeG. Contacta: jose.gomezvalle@gmail.com y en X: @jgomezvalle.

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