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¿Cuántas más?, ¿cuántas menos?

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violencia a las mujeres

El 6 de junio finalizó el proceso electoral 2021, una situación que representa un desgaste en general para la sociedad y que es aún más complicado en medio de una pandemia. Con este se pone la atención en propuestas y colores que buscan dar una solución a problemáticas de seguridad, economía, salud, educación, entre otras; también es una de las primeras contiendas en las que el País pone en práctica distintos marcos institucionales para asegurar que la lucha feminista esté presente; no obstante, es imposible afirmar que estos fueron efectivos.

Este proceso electoral le costó la vida a decenas de mujeres -tanto precandidatas, candidatas y militantes de partidos-, según lo compartió la Observatoria Ciudadana Todas MX en rueda de prensa el pasado 1 de junio. Estas muertes no son casualidad, ellas representan una serie de factores que permiten concluir que aún no se tienen los elementos necesarios para asegurar la participación política de las mujeres en condiciones seguras.

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Cambios a ocho leyes 

El 13 de abril de 2020 se publicó en el DOF el Decreto por el que se reformaron y adicionaron diversas disposiciones a ocho leyes, en materia de violencia política contra las mujeres en razón de género; éstas serían las bases para que, en teoría, las elecciones 2021 se desarrollaran con respeto a la participación de las mujeres. Acompañando a esto, desde colectivas feministas se impulsaron iniciativas como la 3 de 3 Contra la Violencia y lineamientos para lograr paridad en gubernaturas, esfuerzos que demuestran como es el propio movimiento el que emprende acciones para la garantía de los derechos de las mujeres.

Habiendo modificado ocho leyes, que corresponden a distintas instancias encargadas de generar las condiciones adecuadas para que las mujeres no fueran víctimas de violencia política en el citado proceso electoral, es de gran preocupación el hecho de que se tenga constancia de asesinatos por estas condiciones. Sobre este punto es pertinente recordar que no se trata de un homicidio más, nos encontramos ante feminicidios con una variable que muestra el grado de peligrosidad que representa el buscar espacios de representación para las mujeres. Un análisis con enfoque de género sobre estas situaciones daría cuenta de cómo el quitarle la vida a una mujer que busca llegar al poder representa la máxima expresión de repudio hacia la reivindicación de nuestros derecho, así como que el sistema patriarcal se vale de todos los medios existentes para mantener su dominación, aún cuando eso signifique terminar con vidas.

Sobre este tipo de asesinatos y el contexto que los reviste vale la pena comenzar a acuñar el concepto que la analista Viridiana Ríos establece como “candidatxscidio”, aquel punto de encuentro entre grupos criminales, violencia generalizada, captura del poder y en palabras de la autora un intento deliberado de controlar gobiernos locales y un reflejo de la incapacidad del gobierno por controlar al crimen.

Esto pone en evidencia distintas situaciones, por un lado un patrón que manifiesta como las mujeres que luchan por la garantía de sus derechos –activistas, defensoras de derechos y políticas- invariablemente están en un constante riesgo; así como la falta de una respuesta institucional ante ello; también se demuestra como  las mencionadas reformas dejaron de lado el contexto feminicida del país, de manera que se minimizó el riesgo de perder la vida al querer ejercer derechos civiles y políticos.

Al hablar de la protección de un derecho tan básico como lo es la propia vida, se esperaría que las autoridades emprendan todas las acciones necesarias para prevenir las lesiones a esta. Se habla de accionar mecanismos jurídicos, legislativos, políticos, administrativos, culturales y los que sean necesarios para evitar  la violación de un derecho, es  aquí donde el contexto tiene un rol fundamental para que el actuar de las autoridades sea efectivo.

Sobre la muerte por violencia política de la cual fueron víctimas decenas de mujeres en el proceso electoral de 2021, se debió tomar en consideración que históricamente las mujeres han sido impedidas de llegar al poder, era de esperar que las condiciones particulares de ellas las orillaran a ser víctimas de un feminicidio. Por ello se insiste en que se debieron tomar las previsiones necesarias para actuar de inmediato ante la mínima sospecha de violencia en su contra; lógicamente para poder ejercer derechos civiles y políticos en espacios de representación popular, primero se tiene que estar viva, pero las autoridades fallan con esta pre condición, haciendo imposible que se garantice el resto de  derechos.

Son necesarias las garantías 

Erradicar la muerte de mujeres por violencia política no es tarea sencilla, pero es evidente que la creación de mecanismos de protección que permitan una adecuada evaluación del riesgo que corre la mujer y la implementación de  medidas inmediatas para evitarlo es de extrema necesidad. En este punto regreso a la idea de cómo cualquier mujer que decide levantar la voz y luchar por sus derechos incrementa su vulnerabilidad, pues tampoco en estos espacios se cuenta con la protección necesaria para garantizar que no serán sujetas de violaciones a su vida e integridad.

Para lo anterior, es urgente que las instancias encargadas de salvaguardar los derechos de las mujeres que deciden estar en espacios de representación política actúen con perspectiva de género y diseñen políticas, planes, directrices o los instrumentos que consideren apropiados para actuar con celeridad y sin imponer obstáculos para salvaguardar a las mujeres con indicios de riesgo en el tema. Para esto es necesaria la correcta articulación de Fiscalías Especializadas, Subsecretarías de Derechos Humanos, Comisiones y Sistemas ya existentes de atención a víctimas, para la creación de rutas de acción integrales enfocadas en los feminicidios en contextos de violencia política.

Las víctimas de los multicitados asesinatos por violencia política en razón de género no pueden ser olvidadas, sus casos deben servir de ejemplo para demostrar que lejos de las divisiones partidistas se deben se debe actuar en conjunto para exigir el goce de derechos político y civiles en condiciones libres de violencia, donde las mujeres verdaderamente puedan acceder al poder y no pierdan la vida en el intento.

 

Sobre la autora

Abogada en formación por el ITESO, con experiencia en investigación jurídica enfocada en Derecho Internacional de los Derechos Humanos, análisis de políticas anticorrupción y líneas efectivas de combate. Co-coordinadora de las colectivas MagistradaYA y Designaciones Jalisco. Escribe a: dbonillacastaneda@gmail.com

 

 

 

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Guadalajara y su caótico transporte público. Parte 3

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Guadalajara y su caótico transporte. Parte 3, escribe Sergio E. Gómez Partida

En Jalisco, durante años, los gobiernos de todos los colores han repetido la misma liturgia burocrática: más rutas, más unidades, más inversión, más modernización.
Cambian los logotipos, las campañas y las promesas, pero el viacrucis del usuario permanece intacto. El caos ya no es una falla del sistema. El caos es el sistema.

La burocracia mexicana posee una habilidad admirable para medir aquello que menos importa. Nos dicen cuántos millones se invirtieron, cuántos camiones se compraron o cuántos kilómetros se “modernizaron”. Pero evitan cuidadosamente responder las preguntas incómodas: ¿cuántas horas pierde una persona cada semana esperando un camión que nunca pasó?, ¿cuántas mujeres sienten miedo al regresar de noche en transporte público?, ¿cuántos usuarios terminan viajando hacinados como mercancía de traslado y no como ciudadanos?, ¿cuántas personas renunciaron al transporte público por su pésimo servicio?

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Una política pública que mide únicamente el gasto o el esfuerzo, pero ignora el resultado, termina confundiendo movimiento con progreso. Guadalajara lleva años moviéndose en círculos.

El transporte público es, por naturaleza, un monopolio natural. El usuario no puede “cambiar de proveedor” cuando la ruta falla. Si el camión no pasa, pasa lleno o simplemente ignora la parada, el ciudadano queda atrapado. Esa asimetría obliga al Estado a regular con firmeza. El problema es que aquí la regulación parece haberse diseñado con la delicadeza del pétalo de una rosa en la mano pública de quien no quiere incomodar a nadie, especialmente a los concesionarios.
Es una de las grandes contradicciones del modelo tapatío: los subsidios multimillonarios entregados a empresas privadas que operan el servicio sin que existan mecanismos serios y transparentes de evaluación del desempeño-resultados se convierten en incentivos perversos. La lógica termina siendo tan absurda como predecible: si el concesionario sabe que el dinero llegará de cualquier manera, ¿para qué mejorar el servicio?, ¿para qué invertir en mantenimiento?, ¿para qué capacitar operadores?, ¿para qué reducir tiempos de espera o evitar sobrecupos? El subsidio deja de ser una herramienta de equilibrio social y se convierte en premio institucional a la mediocridad.

Bajo este esquema, se socializan las pérdidas y se privatizan las ganancias. El ciudadano financia el sistema mediante impuestos o tarifa, soporta el mal servicio y todavía debe agradecer que el camión aparezca. Una obra maestra de la administración pública latinoamericana: convertir al usuario en rehén financiero de su propio deterioro.

Mientras tanto, la autoridad presume convenios “innovadores”. Hace apenas unos días, la Secretaría de Transporte de Jalisco anunció un acuerdo con Uber para otorgar traslados gratuitos a mujeres en situación de violencia. La medida fue presentada como un avance humanitario. Y en el caso individual, ciertamente puede representar ayuda urgente para muchas mujeres. El problema no está en la víctima. El problema es el mensaje político detrás de la solución. El Estado acaba admitiendo, sin decirlo abiertamente, que el propio sistema público que regula no puede garantizar seguridad mínima a las personas.
La solución no consistió en mejorar paraderos, iluminar zonas inseguras, aumentar frecuencias nocturnas o profesionalizar operadores. No. La salida rápida fue delegar la responsabilidad a una aplicación privada que cobra tarifas elevadas, se apropia de 1/3 del valor del negocio sin asumir riesgo ni inversión y llena el vacío dejado por el desastre institucional.
La ironía es clara: después de décadas hablando de fortalecer el transporte público, la solución oficial parece resumirse en una frase vergonzosa y simple: “si el camión no sirve, tome Uber”. Hablamos de una versión gubernamental de poner cubetas cuando el techo lleva veinte años colapsándose.

La violencia en el transporte no comienza cuando aparece un delito. Comienza mucho antes, como lo señalaba Galtung: la violencia estructural empieza cuando el Estado falla y una persona debe esperar cuarenta minutos en una parada oscura. Empieza cuando una unidad va tan saturada que el cuerpo deja de tener espacio propio y, si logra entrar, asume las condiciones de un cuadrúpedo en traslado al matadero. Por eso resulta tan revelador que los funcionarios presuman reuniones, adquisiciones o videos estéticamente editados en sus redes sociales; el secuestro comunicacional cosmético es parte del mismo caos y pasa en todos los sectores de la vida pública. Sucede que medir resultados obliga a rendir cuentas. Y rendir cuentas arruina muchas narrativas oficiales.

La tragedia de Guadalajara no es solamente técnica. Es moral. Una ciudad revela sus verdaderas prioridades en la manera en que mueve a quienes la sostienen todos los días. No en los renders futuristas, no en los discursos sobre innovación, no en las conferencias llenas de Canvas y adjetivos motivacionales. Una ciudad se define por el respeto que tiene hacia el tiempo, la seguridad y el agotamiento de su gente.
La pregunta ya no es si el sistema necesita cambios. Eso resulta evidente incluso para quienes jamás se han subido a un camión… que casualmente suelen ser quienes diseñan buena parte de estas políticas públicas. La verdadera pregunta es cuánto tiempo más seguiremos confundiendo subsidios con soluciones, ocurrencias mediáticas con transformación y movilidad con simple capacidad de sobrevivir al trayecto diario. Cuando una ciudad normaliza que trasladarse sea una forma cotidiana de desgaste, termina erosionando algo más profundo que la eficiencia urbana: erosiona la confianza pública.


Sobre el autor

Sergio E. Gómez Partida es consultor en evaluación, gestión para resultados y planificación en sectores público y privado. Información de contacto: sgpartida@gmail.com; en X: @SergioGmezP.

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México: Un Estado capturado y erosionado

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México, un estado capturado y erosionado

El Estado surgió entre los siglos 16 y 18 como solución a la violencia feudal, a las guerras incitadas por la religión y a la excesiva dispersión del poder. Cuando los individuos se reunieron para constituir una entidad soberana, en la cual delegaron un poder absoluto sobre ellos, lo hicieron para protegerse y poder vivir con seguridad en sus bienes y en su persona.

Surgió así el Estado con la promesa fundacional de centralizar autoridad, monopolizar la violencia legítima y producir previsibilidad para enfrentar entornos inestables e inciertos. La teoría política lo concibe como un aparato racional diseñado para limitar y regular conductas, contener el caos y garantizar seguridad, impuestos y justicia.

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El Estado moderno en México, y el que sentó las bases para lo que tenemos en la actualidad, surgió después de la Revolución iniciada en 1910, de ahí surgió un régimen para controlar el proceso de distribución del poder político y las instituciones que buscaban materializar los preceptos del proceso revolucionario. Conocidos estos antecedentes, ¿cómo podemos clasificar en la actualidad al Estado mexicano? De un tiempo a esta parte se han suscitado debates en torno a la eficacia y funcionalidad del Estado en nuestro país. Algunos consideran que estamos en un Estado fallido. Yo no soy de los que piensan así. 

Un Estado fallido se materializa cuando se ha perdido por completo la capacidad de ejercer control efectivo sobre el territorio, garantizar seguridad básica, monopolizar el uso legítimo de la fuerza y sostener instituciones funcionales. En el caso de México, aplicar esa categoría exige mesura en el análisis, porque el país todavía mantiene capacidades firmes en materia fiscal, diplomática, financiera y administrativa. Lo que no se puede negar es que existen ciertos episodios que muestran zonas de fragilidad institucional, captura criminal y erosión de la potestad operativa que alimentan ese debate.

¿Qué es lo que estimula esa narrativa? Dos casos recientes han sido utilizados para estimularla.  Las versiones sobre una presunta participación de la Agencia Central de Inteligencia (CIA, por sus siglas en inglés) en operaciones vinculadas con Chihuahua y las acusaciones políticas y judiciales contra Rubén Rocha Moya en el contexto de investigaciones criminales impulsadas desde Estados Unidos (sobre lo cual escribí en mi colaboración anterior). Ambos episodios permiten analizar qué dimensiones de la gobernabilidad muestran deterioro. 

El problema aparece en la desigualdad territorial del poder del Estado. Hay regiones donde grupos criminales ejercen funciones propias del Estado tales como control social, seguridad, movilidad, tributaciones, economía local y coerción. Esa fragmentación parcial del monopolio de la fuerza genera percepciones de que el Estado no mantiene con éxito ciertas atribuciones que le son propias. Por ello, una categoría más precisa para México sería la de un Estado con capacidades erosionadas en ciertas regiones. 

Hasta el momento, no existe todavía evidencia pública concluyente que pruebe una intervención unilateral abierta de la CIA en Chihuahua fuera de los mecanismos de cooperación bilateral en seguridad. Sin embargo, el simple hecho de que esas versiones resulten creíbles para amplios sectores sociales revela una pérdida de confianza en la autonomía operativa del Estado mexicano, y ahí habita un punto nodal de la gobernabilidad, porque cuando un Estado no logra convencer plenamente de que controla su seguridad interior, se abre espacio para narrativas de tutela externa. Si bien es cierto que la cooperación entre México y Estados Unidos en inteligencia no es nueva y que existe desde hace décadas en temas de narcotráfico, terrorismo, lavado de dinero y tráfico de armas, el problema surge cuando la cooperación no es del todo transparente y alimenta posibilidades de opacidad, las autoridades mexicanas se perciben como subordinadas y las agencias extranjeras parecen tener más capacidad de investigación que las instituciones locales.

Por otro lado, las acusaciones y señalamientos en contra de Rubén Rocha Moya deben analizarse bajo las ópticas jurídicas y políticas. Hasta ahora, muchas versiones han circulado en medios, columnas y rumores vinculados a investigaciones estadounidenses sobre narcotráfico y redes de protección política. No obstante, todavía no existe una sentencia judicial firme que pruebe responsabilidad penal directa del gobernador, pero el daño político no depende exclusivamente de una condena judicial. En materia de gobernabilidad, la percepción pública importa, y mucho, porque impacta la legitimidad institucional.

En el caso Rocha Moya se perciben, por lo menos, tres aristas. La dificultad para separar poder político y estructuras criminales en regiones históricamente penetradas por el narcotráfico; la dependencia creciente de información e investigaciones provenientes de Estados Unidos, y la debilidad de las capacidades mexicanas para cerrar rápidamente controversias mediante investigaciones transparentes y creíbles. Cuando las acusaciones más graves sobre actores políticos mexicanos parecen investigarse más enérgicamente fuera del país que dentro del mismo, surge una percepción de vacío institucional o de encubrimiento, ambos igual de graves. Eso fortalece la narrativa de fragilidad estatal.

Estos dos botones de muestra nos revelan que un grave riesgo para la gobernabilidad mexicana es la normalización gradual de esquemas excepcionales como la dependencia de inteligencia extranjera; la existencia de gobiernos subnacionales colonizados y condicionados por grupos del crimen organizado, así como la normalización y aceptación social de que existen zonas en donde la ley opera parcialmente. Todo ello conlleva una erosión gradual de la legitimidad institucional del Estado.

En términos prospectivos, el desafío para el Estado mexicano no es sólo combatir al crimen organizado, sino reconstruir capacidad institucional civil, credibilidad judicial y soberanía operativa. Si esos elementos no se fortalecen, la discusión sobre un Estado fallido seguirá apareciendo cada vez que surjan casos donde el poder criminal, la presión estadounidense y la fragilidad política parezcan cruzarse.

Siguiendo los criterios clásicos, México no es un Estado fallido, pero exhibe con progresiva claridad los síntomas de un Estado disfuncional, capturado y erosionado con regiones en donde el crimen organizado cogobierna y el gobierno no puede o no quiere ejercer su potestad y atribuciones. 


Sobre el autor

José de Jesús Gómez Valle es analista político. Profesor Investigador en el CUCSH de la UdeG. Contacta: jose.gomezvalle@gmail.com y en X: @jgomezvalle.

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