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Opinión

Operación Teocaltiche: ¿Justicia auténtica o pantomima sangrienta?

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Humberto Mendoza es un profesional comprometido en el campo del diseño y evaluación de políticas públicas en Jalisco. Es licenciado en Administración Gubernamental y Políticas Públicas Locales por la Universidad de Guadalajara con un Máster en Antropología en la Universitat Autònoma de Barcelona.

La intervención en Teocaltiche subraya una verdad cruda y frecuentemente disfrazada: las autoridades, aunque aparentemente activas, a menudo actúan como meros espectadores en el teatro del crimen organizado. La Operación Teocaltiche, con sus revelaciones de policías corruptos, arsenales ilegales y narcotúneles, es solo el último acto de una tragicomedia donde el Estado finge sorpresa ante la evidencia de su propia complicidad.

Esta ficción, como la relata Ricardo Raphael de la Madrid en «Hijo de la Guerra», se desdibuja en las historias de personajes como el Z9, cuyas vidas entrelazan la realidad y la ficción de manera indistinguible. Sus relatos resuenan con una verdad incómoda: el crimen organizado y el Estado no son entidades separadas y antagónicas, sino colaboradores en una danza macabra de poder y supervivencia.

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Las «empresas criminales», como las denomina Raphael, no son aberraciones en el cuerpo político, sino síntomas de su enfermedad inherente. Operan con la impunidad otorgada no solo por la corrupción, sino también por una cultura política que ve en la violencia y el autoritarismo herramientas legítimas para la gestión social y política.

La ineficacia histórica de las «depuraciones» policiales, evidente en repetidas intervenciones en lugares como Teocaltiche, no es un fallo del sistema, sino una característica de este. El Estado, al fallar en perseguir el crimen financieramente y liberar activamente fondos congelados de narcotraficantes, no es un adversario del narco, sino un facilitador.

Y así, mientras comunidades enteras huyen de sus hogares en lugares asediados por la violencia, como la región Altos Norte de Jalisco, la pregunta no debería ser a qué cártel ha golpeado más la última operación. La verdadera pregunta es, ¿cuándo dejará el Estado de ser un espectador pasivo o, peor aún, un actor activo en su propio debilitamiento?

El término «mexicanización», usado temerosamente para describir una caída en el abismo de la violencia y la corrupción desenfrenadas, no debe verse como una condición exclusiva de México. Es un reflejo de una tendencia latinoamericana hacia la autodestrucción estatal, donde la línea entre el gobernante y el gobernado, el protector y el perpetrador, se desdibuja trágicamente.

Hasta que no enfrentemos esta realidad, cualquier intento de «pax narca» será una farsa, un interludio breve en un ciclo interminable de violencia y muerte. Solo al desenmascarar y desmantelar la ficción de un Estado como entidad separada y moralmente superior al crimen organizado, podemos empezar a reconstruir una sociedad donde la seguridad y la justicia no sean meras ilusiones.

 

 

Sobre el autor
Humberto Mendoza es un profesional comprometido en el campo del diseño y evaluación de políticas públicas en Jalisco. Es licenciado en Administración Gubernamental y Políticas Públicas Locales por la Universidad de Guadalajara con un Máster en Antropología en la Universitat Autònoma de Barcelona. Actualmente, lidera el Órgano Técnico de Administración y Planeación Legislativa en el Congreso de Jalisco.

 

 

 

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