La gestión cultural, en los espacios que no lo son…

Hoy quiero platicarles de mi primera experiencia directa en el ámbito de la «Gestión Cultural», no sin antes ponerlos en contexto de cómo comenzó el proyecto del Balbuena 143 (La Interzona del Cadáver Exquisito).
Cadáver exquisito es un juego para crear obras «al alimón» en colaboración de varios autores desarrollado en la época del surrealismo. Se calificaba como un ejercicio lúdico, anónimo y grupal, donde el resultado se nombraba como «Cadáver Exquisito». La Interzona es una referencia literaria introducida por Burroughs para denominar ese lugar que parece no estar en ninguna geografía, una realidad alterada o un gran suburbio que va desde Ciudad de México hasta Panamá.
Pues conceptualmente así se creó el proyecto del Balbuena 143, coordinado por Lorena Muro y Enrique Ochoa, quienes en sociedad con Francisco Barreda, Rogelio Flores y Miguel Méndez comenzaron la aventura en 2016. El objetivo fue generar un espacio cultural teniendo como sustento la venta de comidas y bebidas. Así, comenzó el juego para todos de llenar un lugar con propuestas de bebidas, alimentos, eventos y exposiciones.
Este espacio pequeño, con una gran barra con flores, se convirtió en el lugar donde todos se encontraban, el gancho del lugar no era ni la comida, ni la bebida, ni siquiera el arte que te pudieras encontrar en las paredes, era la certeza de encontrarse con amigos y ser atendidos con la calidez que dan los amigos cuando te reciben en su casa.
La barra siempre atendida por Lorena y Enrique tuvo el apoyo de sus hijos y de otras personas, como Irene Zamora, quienes atraían las nuevas generaciones del arte tapatío. El Balbuena 143 se convirtió rápidamente en el lugar común para muchos artistas plásticos, escritores, músicos y videastas.
Pero hay que decir las cosas claras… un proyecto con estas características rara vez es un negocio, es un ejercicio sustentable, donde las ganancias se reinvierten constantemente en mantener el lugar, la calidad de los productos y darles salarios dignos al personal que atiende el espacio.
El Balbuena 143, en esta primera etapa, aportó una cartelera de exposiciones y subastas organizadas por Francisco Barreda, murales coordinados por Miguel Méndez (Menaze) y música programada por Rogelio Flores. Era el sitio ideal para los festejos de cumpleaños y, por supuesto, los «after» de las inauguraciones de las galerías de arte de Guadalajara.
Así fluyeron sus primeros años hasta que, por un lado, mi papá Francisco Barreda enfermó y enfocado en su salud dejó la coordinación de las exposiciones. Luego vino la pandemia, el gran parteaguas para los lugares de reunión.
El Balbuena 143 cerró, como todos, y uno de sus últimos días abierto fue la clausura de la exposición «Juguetes Rabiosos» en el MURA. Ese día mi papá expresó sus ganas de ir y estuvo por última vez con los amigos que lo acompañaron ese día.
Poco después, este proyecto cambió de manos. Lorena y Enrique, los socios mayoritarios, le pasaron la batuta a Álvaro Dorantes, quien con amplia experiencia en el manejo de proyectos con una connotación cultural como El Escarabajo Scratch, La Occidental, el Andén y el Coltrane, resultaba el relevo ideal por su experiencia para enfrentar el tiempo pospandémico y ponerlo en marcha manteniendo su identidad. Su interés radicaba en ofrecer bebidas y comidas que no pudieras encontrar en otro lugar, retomando como cerveza de la casa la «Estocolmo 65», acompañada de bocadillos de carne ahumada diseñados por Daniel Armas.
Así, sin más, el Balbuena 143 reabrió sus puertas en febrero de 2021. Se comenzó por cambiar el mural de la fachada. Miguel Ángel López y Miguel Méndez (Menaze) lo intervinieron «al alimón» para dejarla lista en esta nueva etapa. Arrancamos con una exposición de fotografía de mi papá, Francisco Barreda, ya sin él en este plano, y llenamos la contra barra con objetos que él hizo o tenía en su espacio de trabajo, a manera de homenaje. La música que le gustaba y unas canciones en vivo de Gerardo Enciso completaron la noche.
En esta etapa estuvieron en la barra apoyando Robert y Lesli, y después, por unos meses, mi hermana Sara Barreda, quien además manejó las redes y desarrolló una playlist de música especial para el lugar. Ellos tuvieron la gran tarea de recibir de nuevo a los amigos, quienes comenzaban a salir temerosos por los riesgos de contagio. Se comenzó con participaciones musicales, el dúo de Viceversa, proyecto de Luis Palomar y Juan Carlos Urive, y el exitoso concierto gestionado por Miguel Méndez del proyecto de Ciprianodonte, con Odiseo, Azucena y Daniel Kitroser, con dos fechas vendidas por anticipado que incluían cena y bebidas preparadas por Daniel Armas.
Después se presentaron los Afrodisaicos, también se organizó una subasta en coordinación con Galería Axolote, y por supuesto, fue el after de la expo homenaje dedicada a mi papá Francisco Barreda, «Instantáneas de una Época», curada por Verónica López como parte del Festival de Mayo en el ExConvento del Carmen. También hubo eventos especiales, como recibir a un grupo de ciclistas comandado por Lorenzo Arcos, El Camaleón.
Fue entonces cuando comenzó para mí el reto de coordinar las exposiciones de la Galería Balbuena 143. Tomar el lugar de mi papá era una gran responsabilidad. Mis primeros invitados fueron el fotógrafo Miguel Arechiga, después Margarita Rodríguez con su arte-objeto, y luego Gabriel Mariscal, pintor, todos con una gran trayectoria. Para noviembre, invité a Alberto Peredo, quien con sus alumnos hizo la exposición de MUDA acompañada de performances extraordinarios. Cerrando el año, Miguel Méndez gestionó la exposición de Sandra Carvajal, pintora abstracta, para cerrar el 2022.
Para reabrir en abril, se sumaron al proyecto Adriana Arizaga y Takachi, para apoyar a Álvaro Dorantes, dándole continuidad a lo que venía fluyendo de una manera natural y sin mucho orden administrativo.
Comenzamos con dos potentes exposiciones de arte urbano, y una subasta en coproducción de Galería Axolote, dirigida por José Ramón Vázquez, además del inolvidable festejo de cumpleaños de Miguel Méndez (Menaze). Le siguió una exposición muy femenina «Panteras Negras», un proyecto de 10 artistas con grabados producidos por «Gráfica 52» inspirados en Boolay, la producción de teatro de Claudia Herrera. A la par se generó la exposición exprés de la obra plástica de Ricardo Yáñez, que duró solo una noche, para darle a este autor un espacio para disfrutar y festejar con sus amigos el reconocimiento que le otorgaron en el marco de la 53ª edición de la Feria Municipal del Libro y la Cultura de Guadalajara y del nombramiento de la ciudad como «Capital Mundial del Libro».
Por parte de la barra se comenzó a introducir deliciosos cócteles, variedad de cervezas artesanales y se renovó el menú con las propuestas del chef Carlos Secada y apoyado por Chuy, quien se encargó de la barra en los últimos meses.
Continuó el proyecto coordinado por Yamir Yedet y «Cabezas Cuadradas», quien creó la exposición «Make Street Art», que buscaba mostrar el trabajo detrás de los grandes murales que vemos en las calles a través de fotografías y los dibujos originales de sus creadores. Este evento fue acompañado de los «Drink and Draw» los sábados, donde se invitaba a los amigos a tomar algo en el Balbuena 143 mientras dibujaban.
Siguió una exposición abstracta de mosaico y vitral de Aldo Villarello, y después la exposición de Salvador Rodríguez «Embozados», una muestra de pequeño formato y gráfica de personajes en la pandemia. A la par se recibió a los músicos del grupo de La Barranca, invitados por Rogelio Flores después de un concierto. También se organizó una lectura poética coordinada por Adriana Arizaga.
Siguió la inigualable exposición colectiva «Las Buenas Costumbres», curada por Germán Laris y museografiada por el grupo de Artes de Jalisco. Esta exposición de 25 artistas vino a darle aires al Balbuena 143 de su primera época.
Ya para cerrar el año nos invitaron a participar como sede del Festival de Grabado en Jalisco de la mano con el «Taller del Barranco», promovido por El Infeliz y Paula Lukie. Fue prácticamente una exposición efímera con performance (pues solo duró una noche y tuvo un montaje sui generis dentro del propio evento de inauguración) y quien tuvo la suerte de verla pudo apreciar el excelente trabajo que están haciendo estos artistas del barrio de La Coronilla
en este proyecto totalmente alternativo.
De relevo a esta exposición Adriana Arizaga gestionó «Desbordados» del Taller Caudal Grafico y a la par muestra de Piezas únicas de Katerine Gutiérrez, diseñadora española inspirada en México. Con la que se cerró el año en cuanto a exposiciones.
Sin dejar de lado mi formación (arquitecta) busque a Pedro Alcocer y Sandra Valdez para solicitarles que hicieran un ejercicio de “Urbanismo Táctico” sobre la calle del Balbuena 143, estas son intervenciones temporales o efímeras que se hacen es espacios públicos para ganarle espacio al automóvil, la calle de Bernardo de Balbuena, entre Av. México y Justo Sierra, era el lugar ideal para hacer estos ejercicios que cada vez se puedan volver más permanentes, pues en las noches la cantidad de negocios (El Chancho, El Jamaica, El Balbuena 143, y las Pizas Ragazzi, entre otros) hacen que sea una calle casi peatonal.
Con el apoyo de los alumnos del ITESO y de los negocios de la zona se montaron cuatro intervenciones en la cuadra donde participaron los alumnos desarrollo los proyectos, la gestión de los tramites y la fabricación de las instalaciones, esto es sin duda el primer paso para que los servicios que ya se dan en esta cuadra puedan extenderse hacia el espacio público y cambiarle la imagen y el uso de la calle.
Contado así parece fácil, pero detrás existe un gran esfuerzo, colaboración y gestión de un equipo que por un lado coordinan los servicios de la barra y la atención, como por los que coordinan eventos de arte, que tiene que ver con cosas muy simples, como programación de fechas, hacer acuerdos con los artistas y organizadores, promocionarla, recibir la obra, hacer la museografía, las fichas, los texto de la exposición, etc.. Algunos artistas son expertos en esos temas y con otros aprendimos juntos.
Por esto les agradecemos muchísimos a todos los artistas y gestores que confiaron y apoyaron el proyecto del Balbuena 143, que creyeron en la importancia de que existan sitios para vernos e intercambiar ideas, acompañados de buena comida y bebidas. Sé que muchos aceptaron participar en este proyecto por la memoria a Paco Barreda y los que lo conocieron saben que él era el experto en reunir a los amigos.
El principal valor de un proyecto así radica en que no se debe de entender como un negocio, un bar, ni como una galería, pues su valor real es generar un espacio de convivencia cultural donde los amigos se sienten como en casa y los ajenos también, atendidos de manera excepcional, cual cadáver exquisito.
Sobre la autora
El desarrollo profesional y académico de Ursula Barreda se ha centrado en temas relacionados con la ciudad, el territorio, el arte, el patrimonio, el espacio público, la movilidad y la sustentabilidad.
Estudió el Doctorado de Ciudad, Territorio y Sustentabilidad en la Universidad de Guadalajara. Además, cuenta con publicaciones de artículos de investigación científica de temas relacionados al patrimonio, y el centro histórico.
El castigo cotidiano de trasladarse en Guadalajara. Parte 1

Uno termina por sospechar que en Guadalajara el tiempo no transcurre: se embotella. Las horas que se van en el traslado se descuentan de casi todo lo demás: del sueño, de la mesa, de la conversación, del trabajo, de la serenidad. Moverse por la ciudad se ha vuelto una rutina cara, riesgosa y desgastante. Y como ocurre con cualquier problema público, conviene empezar por lo más sencillo: nombrar el problema, identificar sus causas y seguir sus consecuencias. Solo así se entiende cómo el derecho a la ciudad terminó convertido, para demasiados, en una forma cotidiana de castigo.
A los tapatíos se nos empuja, por distintas vías, a desertar del transporte público y buscar refugio en la salida individual: el coche propio, el auto de plataforma, la motocicleta —esa que hoy se compra con la facilidad con que antes se adquiría una licuadora— y, más recientemente, el patín eléctrico, que suele circular con la desenvoltura de quien supone que toda banqueta es suya. No es exactamente libertad de elección; a veces se parece más a una rendición administrada.
¿Qué fue primero? ¿El huevo del caos en el transporte público o la gallina del éxodo individual?
Los datos oficiales ayudan a poner cada cosa en su lugar. De acuerdo con la ficha del Instituto de Información Estadística y Geográfica de Jalisco, elaborada con base en cifras definitivas del INEGI sobre vehículos de motor registrados en circulación, Jalisco cerró 2024 con 4 millones 910 mil 287 unidades. Son 300 mil 756 más que en 2023, es decir, un crecimiento anual de 6.5 %. Traducido al idioma de la vida diaria: en un solo año se agregó otra ciudad de motores, mientras la infraestructura sigue presentándose como si bastara con cortar listones, inaugurar un puente y sonreír para la foto.
La presión, además, se concentra en el Área Metropolitana de Guadalajara. Según esa misma ficha del IIEG, los diez municipios del AMG reúnen 3 millones 115 mil 838 vehículos, es decir, 63.5 % del total estatal. La tasa por habitante tampoco deja mucho espacio para el autoengaño: Guadalajara ya tiene 82.3 vehículos por cada 100 habitantes. No es una estampa de prosperidad, sino de dependencia. Una ciudad que obliga a moverse con más fierro, más combustible y menos paciencia no presume desarrollo: revela que no ha sabido ofrecer alternativas suficientes.
El desglose por tipo de vehículo también dice más de lo que aparenta. En 2024, Jalisco registró 2 millones 747 mil 726 automóviles, 1 millón 190 mil 848 camiones y camionetas de carga, 957 mil 771 motocicletas y 13 mil 942 camiones para pasajeros, de acuerdo con el IIEG con base en INEGI. El mayor salto relativo fue el de las motocicletas: 14.2 % en un solo año. Los automóviles crecieron 5.5 %; la carga, 3.2 %; y los camiones para pasajeros, 8.9 %. El mensaje es bastante claro: mientras el discurso oficial invoca la movilidad integral, la calle se sigue llenando, sobre todo, de salidas individuales. Es decir, en la Perla Tapatía estamos a escasos pasos de que cada par de piernas requiera su propio chasis para desplazarse.
La discusión de fondo, en realidad, no pasa por averiguar si todavía caben más coches, sino por entender por qué la política pública insiste en tratar esto como un problema de carriles y no de modelo urbano. El crecimiento del parque vehicular, por sí solo, no demuestra la mala calidad del transporte público; sería demasiado cómodo afirmarlo así. Pero sí enciende una alarma seria sobre una ciudad que empuja a sus habitantes hacia la salida individual. Y ahí aparece una vieja costumbre muy local: administrar el síntoma para no corregir la enfermedad. Se interviene un crucero, se presume una obra, se anuncia una “solución integral” y, mientras tanto, la congestión conserva su puesto como política no escrita.
En Jalisco, a ratos da la impresión de que la política pública de movilidad del Estado se parece más a un esquema colonial de venta de indulgencias: el desorden se disimula, el costo se traslada al ciudadano y luego se ofrece alguna corrección parcial como si fuera redención: se tolera el colapso a cambio de multas, se dispersan concesiones con criterios políticos, se condicionan tarifas o subsidios a la inscripción bancaria de una institución de cuestionado comportamiento financiero y se externalizan los costos hacia el ciudadano.
Ahí caben las licencias expedidas sin el rigor técnico deseable, la sincronización deficiente de semáforos, trabajos urbanos realizados en horas de máxima demanda y una convivencia vial donde carga pesada, transporte público, autos y motocicletas compiten por el mismo espacio bajo una coordinación con frecuencia insuficiente. No hace falta exagerar para advertirlo: muchas fallas no provienen del azar, sino de decisiones de gestión que vuelven más lentos, más tensos y más inseguros los trayectos cotidianos.
La especulación del suelo, por su parte, ha expandido la mancha urbana hacia zonas de baja densidad y nula cobertura de transporte, obligando a los habitantes a depender del vehículo privado por diseño, no por elección.
A esto hay que añadir una traza urbana diseñada bajo el capricho y el beneficio de la especulación del suelo. Padecemos un reglamento que permite a las aseguradoras congelar arterias principales durante horas, incluso tras un pequeño choque, priorizando sus ahorros en personal por encima del interés público y convirtiendo un accidente menor en una instalación artística sobre el pavimento.
Las consecuencias son conocidas, aunque a veces prefiramos no mirarlas de frente: más vehículos significan mayor presión sobre las vialidades, más exposición a siniestros y una factura ambiental que la ciudad paga, aunque no la anote en ningún presupuesto. El parque vehicular crece con una velocidad que rebasa la capacidad institucional para ordenar la movilidad.
En la vida doméstica, el fenómeno deja de ser estadística y se vuelve rutina. Cada vehículo nuevo implica combustible, mantenimiento, seguro, refrendos y, sobre todo, tiempo. Mucho tiempo. La paradoja es cruel: miles de familias compran una promesa de movilidad y reciben, a cambio, congestión financiada a plazos. Hay algo profundamente injusto en esa escena: una necesidad colectiva convertida en gasto privado, y ese gasto presentado luego como si fuera libertad de elección.
La próxima vez que alguien pregunte por qué el tráfico en Guadalajara se vive como una forma de penitencia, convendría responder con menos resignación y más memoria. No se trata de mala suerte ni de una maldición bíblica aplicada al periférico. Es el resultado de decisiones públicas y privadas que han hecho del automóvil la salida más accesible, más rentable y del transporte colectivo la promesa más incumplida. Cuestionar o señalar la incapacidad o errores de la autoridad debería ser nuestra decisión individual para lograr un mejor estado de lo colectivo, porque mientras los funcionarios cortan listones, los tapatíos cortamos horas de sueño, comida, presupuesto y paciencia.
Sobre el autor
Sergio E. Gómez Partida es consultor en evaluación, gestión para resultados y planificación en sectores público y privado. Información de contacto: sgpartida@gmail.com; en X: @SergioGmezP.
Guadalajara y su caótico transporte público. Parte 3

En Jalisco, durante años, los gobiernos de todos los colores han repetido la misma liturgia burocrática: más rutas, más unidades, más inversión, más modernización.
Cambian los logotipos, las campañas y las promesas, pero el viacrucis del usuario permanece intacto. El caos ya no es una falla del sistema. El caos es el sistema.
La burocracia mexicana posee una habilidad admirable para medir aquello que menos importa. Nos dicen cuántos millones se invirtieron, cuántos camiones se compraron o cuántos kilómetros se “modernizaron”. Pero evitan cuidadosamente responder las preguntas incómodas: ¿cuántas horas pierde una persona cada semana esperando un camión que nunca pasó?, ¿cuántas mujeres sienten miedo al regresar de noche en transporte público?, ¿cuántos usuarios terminan viajando hacinados como mercancía de traslado y no como ciudadanos?, ¿cuántas personas renunciaron al transporte público por su pésimo servicio?
Una política pública que mide únicamente el gasto o el esfuerzo, pero ignora el resultado, termina confundiendo movimiento con progreso. Guadalajara lleva años moviéndose en círculos.
El transporte público es, por naturaleza, un monopolio natural. El usuario no puede “cambiar de proveedor” cuando la ruta falla. Si el camión no pasa, pasa lleno o simplemente ignora la parada, el ciudadano queda atrapado. Esa asimetría obliga al Estado a regular con firmeza. El problema es que aquí la regulación parece haberse diseñado con la delicadeza del pétalo de una rosa en la mano pública de quien no quiere incomodar a nadie, especialmente a los concesionarios.
Es una de las grandes contradicciones del modelo tapatío: los subsidios multimillonarios entregados a empresas privadas que operan el servicio sin que existan mecanismos serios y transparentes de evaluación del desempeño-resultados se convierten en incentivos perversos. La lógica termina siendo tan absurda como predecible: si el concesionario sabe que el dinero llegará de cualquier manera, ¿para qué mejorar el servicio?, ¿para qué invertir en mantenimiento?, ¿para qué capacitar operadores?, ¿para qué reducir tiempos de espera o evitar sobrecupos? El subsidio deja de ser una herramienta de equilibrio social y se convierte en premio institucional a la mediocridad.
Bajo este esquema, se socializan las pérdidas y se privatizan las ganancias. El ciudadano financia el sistema mediante impuestos o tarifa, soporta el mal servicio y todavía debe agradecer que el camión aparezca. Una obra maestra de la administración pública latinoamericana: convertir al usuario en rehén financiero de su propio deterioro.
Mientras tanto, la autoridad presume convenios “innovadores”. Hace apenas unos días, la Secretaría de Transporte de Jalisco anunció un acuerdo con Uber para otorgar traslados gratuitos a mujeres en situación de violencia. La medida fue presentada como un avance humanitario. Y en el caso individual, ciertamente puede representar ayuda urgente para muchas mujeres. El problema no está en la víctima. El problema es el mensaje político detrás de la solución. El Estado acaba admitiendo, sin decirlo abiertamente, que el propio sistema público que regula no puede garantizar seguridad mínima a las personas.
La solución no consistió en mejorar paraderos, iluminar zonas inseguras, aumentar frecuencias nocturnas o profesionalizar operadores. No. La salida rápida fue delegar la responsabilidad a una aplicación privada que cobra tarifas elevadas, se apropia de 1/3 del valor del negocio sin asumir riesgo ni inversión y llena el vacío dejado por el desastre institucional.
La ironía es clara: después de décadas hablando de fortalecer el transporte público, la solución oficial parece resumirse en una frase vergonzosa y simple: “si el camión no sirve, tome Uber”. Hablamos de una versión gubernamental de poner cubetas cuando el techo lleva veinte años colapsándose.
La violencia en el transporte no comienza cuando aparece un delito. Comienza mucho antes, como lo señalaba Galtung: la violencia estructural empieza cuando el Estado falla y una persona debe esperar cuarenta minutos en una parada oscura. Empieza cuando una unidad va tan saturada que el cuerpo deja de tener espacio propio y, si logra entrar, asume las condiciones de un cuadrúpedo en traslado al matadero. Por eso resulta tan revelador que los funcionarios presuman reuniones, adquisiciones o videos estéticamente editados en sus redes sociales; el secuestro comunicacional cosmético es parte del mismo caos y pasa en todos los sectores de la vida pública. Sucede que medir resultados obliga a rendir cuentas. Y rendir cuentas arruina muchas narrativas oficiales.
La tragedia de Guadalajara no es solamente técnica. Es moral. Una ciudad revela sus verdaderas prioridades en la manera en que mueve a quienes la sostienen todos los días. No en los renders futuristas, no en los discursos sobre innovación, no en las conferencias llenas de Canvas y adjetivos motivacionales. Una ciudad se define por el respeto que tiene hacia el tiempo, la seguridad y el agotamiento de su gente.
La pregunta ya no es si el sistema necesita cambios. Eso resulta evidente incluso para quienes jamás se han subido a un camión… que casualmente suelen ser quienes diseñan buena parte de estas políticas públicas. La verdadera pregunta es cuánto tiempo más seguiremos confundiendo subsidios con soluciones, ocurrencias mediáticas con transformación y movilidad con simple capacidad de sobrevivir al trayecto diario. Cuando una ciudad normaliza que trasladarse sea una forma cotidiana de desgaste, termina erosionando algo más profundo que la eficiencia urbana: erosiona la confianza pública.
Sobre el autor
Sergio E. Gómez Partida es consultor en evaluación, gestión para resultados y planificación en sectores público y privado. Información de contacto: sgpartida@gmail.com; en X: @SergioGmezP.
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