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Opinión

No al Mundial en México, un llamado por la paz

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Por la Justicia y la Libertad de México

Hoy, en este momento crucial para nuestra nación, es imperativo que los juristas asumamos nuestra responsabilidad histórica. México demanda líderes que defiendan la democracia y los derechos de cada ciudadano. Este es un llamado a la acción para que, desde nuestra trinchera, nos unamos a la lucha por la justicia y la libertad que México merece. Nadie puede sustituir nuestro esfuerzo en la construcción de un país con un mejor horizonte.

El régimen actual ha adoptado viejas prácticas y solo dialoga con sus integrantes, no así con valiosos funcionarios, estudiantes, empresarios o inversionistas. Esta falta de diálogo va en contra de los ideales de la sociedad mexicana.

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Un totalitarismo mayor que el de Díaz Ordaz

Se ha propuesto una reforma a la ley de amparo, una iniciativa que, de ser aprobada, dejaría indefensos a millones de mexicanos. Este acto, presentado el quince de septiembre en plenas fiestas patrias, representa una traición a la nación en pleno festejo, una consolidación del autoritarismo. Esto nos obliga a comparar a la actual gobernante con Gustavo Díaz Ordaz, pero a diferencia de la década de los 60, hoy la inseguridad, la violencia, y el pacto del gobierno con el crimen organizado son realidades que no se padecían. En 1968, México era un país con una relativa estabilidad social, a pesar de los conflictos políticos. Hoy, el autoritarismo se asienta sobre un panorama de violencia sistémica y una ingobernabilidad que nos ha llevado a cifras récord de inseguridad. Es por ello que el totalitarismo del actual régimen resulta ser aún mayor que el de Díaz Ordaz.

La analogía es contundente: el mundial de fútbol de 2026, al igual que los Juegos Olímpicos de 1968, es un evento de talla mundial. Pero mientras en el 68 no se padecía la violencia y la inseguridad actual, hoy la aprobación de la reforma a la ley de amparo, sumada a la ingobernabilidad, representa un riesgo que pone en entredicho la viabilidad de que México sea sede de un evento de tal magnitud.

El futuro de los jóvenes mexicanos

Con esta reforma, el futuro de los jóvenes se ve complicado por la falta de una seguridad jurídica. Ante la falta de empleos y la escasez de oportunidades educativas y de preparación, la vulnerabilidad de los jóvenes mexicanos es un riesgo que crece cada día. En un país donde la justicia es debilitada, los jóvenes no encuentran los apoyos necesarios para el desarrollo de sus talentos y se ven orillados a la delincuencia. Esto es una traición al futuro de una nación que necesita a sus jóvenes para avanzar, innovar y construir un futuro próspero.

Por eso, hacemos un llamado a todos los jóvenes de México para que se sumen a este gran movimiento. Ustedes, que participan de manera decisiva en el progreso de la nación, son la fuerza que se opone a este régimen totalitario. Su visión y su energía son indispensables para construir un horizonte en el que la justicia y la dignidad sean la base de la sociedad.

Un llamado urgente a la comunidad internacional y la FIFA

Ante esta grave situación, extendemos un llamado a la comunidad internacional, a las organizaciones dedicadas a la protección de los derechos humanos y, de manera particular, a la Federación Internacional de Fútbol Asociación (FIFA). La ingobernabilidad y la falta de seguridad jurídica que se generarían con la reforma a la ley de amparo son un riesgo real y palpable para la estabilidad del país. Un entorno sin garantías de justicia pone en peligro la seguridad de los ciudadanos y, en consecuencia, la de cualquier visitante. Por ello, instamos a la FIFA a tomar una decisión contundente: la cancelación de la sede del mundial de futbol en nuestro país hasta que se garantice un entorno de justicia y seguridad para todos los mexicanos.

La resistencia liderada por abogados de México

Nosotros como abogados, en estos casi seis años de gobierno, nos hemos encontrado al México de los antiguos reclamos y las nuevas demandas, el México de las esperanzas, el que exige respuestas, el que ya no puede esperar, ese es el México que nos convoca hoy, al que habremos de darle seguridad. Nosotros como mexicanos no podemos esperar más a las exigencias de justicia y de dignidad, demanda que ha incumplido el régimen actual ante la falta de diálogo.

Los abogados hemos sido tolerantes hasta excesos criticables. Hemos encontrado al México que ya no puede esperar. Ese es el México que nos convoca, y es por eso que hemos iniciado este movimiento en contra de la reforma a la ley de amparo. Somos los abogados de México los que encabezamos esta nueva etapa y es nuestra capacidad, nuestra propia iniciativa y nuestro trabajo lo que nos dará la fuerza para impedir la publicación de esta reforma.

Un llamado a la unidad nacional

Este movimiento trasciende partidos y colores. Es imperativo llamar a todos los miembros de la oposición, a todos los partidos sin distinción, a los ex integrantes del poder judicial, a los ex ministros de la corte, a los médicos, a los agricultores, a los emprendedores, y a todos los disidentes del actual régimen que no están de acuerdo con la forma de gobierno. Hacemos un llamado a los militares que, en silencio, tampoco están de acuerdo con este régimen.

Esta lucha afecta a todos, desde el señor que vende fruta en la esquina hasta el dueño de las grandes empresas. Las compañías mexicanas, y las transnacionales con presencia en nuestro país, también se ven afectadas. La falta de certeza jurídica pone en riesgo las inversiones, los empleos y la estabilidad económica. La unión de todas estas voces y la fuerza de la sociedad civil es la única vía para enfrentar el totalitarismo y defender los pilares de la República.

Una alianza invencible

Por ello, solicitamos a la senadora Lilly Téllez que se una a nuestra resistencia, pues hemos visto su fuerza, templanza y valor. Consideramos que su voz puede hacer eco en el Senado y en medios de comunicación internacionales como Fox News, ayudando a que nuestra causa obtenga la atención y la fuerza que necesita para tener un mejor horizonte en México. La unión entre la senadora Lilly Téllez y los abogados de México será invencible, toda vez que contará con el respaldo de todo el gremio de juristas del país. La experiencia, el conocimiento y la convicción de los abogados, sumados a la voz y el liderazgo de la senadora, crearán una fuerza imparable para defender la justicia y la libertad que México merece.

Y a los sesenta millones de mexicanos que hoy viven en los Estados Unidos, les preguntamos: ¿De qué lado estarán? ¿Del lado de la justicia o del autoritarismo? ¿Del lado de la libertad o de la opresión? No pueden ser indiferentes al futuro de la nación que los vio nacer. El destino de México nos une a todos.

¡Vivan los profesionistas de México! ¡Viva el Tribunal de Justicia Administrativa! ¡Viva la ley de amparo! ¡Vivan los abogados de la República Mexicana! ¡Viva México!

Sobre el autor

Fernando Arango Ávila es jurista y académico. Doctor en Ciencias de lo Fiscal, y actualmente cursa un posdoctorado en Derecho. Actualmente, combina su experiencia práctica con su labor investigativa. Escribe: drarango83@gmail.com.

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Opinión

El castigo cotidiano de trasladarse en Guadalajara. Parte 1

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El castigo cotidiano de trasladarse en Guadalajara

Uno termina por sospechar que en Guadalajara el tiempo no transcurre: se embotella. Las horas que se van en el traslado se descuentan de casi todo lo demás: del sueño, de la mesa, de la conversación, del trabajo, de la serenidad. Moverse por la ciudad se ha vuelto una rutina cara, riesgosa y desgastante. Y como ocurre con cualquier problema público, conviene empezar por lo más sencillo: nombrar el problema, identificar sus causas y seguir sus consecuencias. Solo así se entiende cómo el derecho a la ciudad terminó convertido, para demasiados, en una forma cotidiana de castigo.

A los tapatíos se nos empuja, por distintas vías, a desertar del transporte público y buscar refugio en la salida individual: el coche propio, el auto de plataforma, la motocicleta —esa que hoy se compra con la facilidad con que antes se adquiría una licuadora— y, más recientemente, el patín eléctrico, que suele circular con la desenvoltura de quien supone que toda banqueta es suya. No es exactamente libertad de elección; a veces se parece más a una rendición administrada.

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¿Qué fue primero? ¿El huevo del caos en el transporte público o la gallina del éxodo individual?

Los datos oficiales ayudan a poner cada cosa en su lugar. De acuerdo con la ficha del Instituto de Información Estadística y Geográfica de Jalisco, elaborada con base en cifras definitivas del INEGI sobre vehículos de motor registrados en circulación, Jalisco cerró 2024 con 4 millones 910 mil 287 unidades. Son 300 mil 756 más que en 2023, es decir, un crecimiento anual de 6.5 %. Traducido al idioma de la vida diaria: en un solo año se agregó otra ciudad de motores, mientras la infraestructura sigue presentándose como si bastara con cortar listones, inaugurar un puente y sonreír para la foto.

La presión, además, se concentra en el Área Metropolitana de Guadalajara. Según esa misma ficha del IIEG, los diez municipios del AMG reúnen 3 millones 115 mil 838 vehículos, es decir, 63.5 % del total estatal. La tasa por habitante tampoco deja mucho espacio para el autoengaño: Guadalajara ya tiene 82.3 vehículos por cada 100 habitantes. No es una estampa de prosperidad, sino de dependencia. Una ciudad que obliga a moverse con más fierro, más combustible y menos paciencia no presume desarrollo: revela que no ha sabido ofrecer alternativas suficientes.

El desglose por tipo de vehículo también dice más de lo que aparenta. En 2024, Jalisco registró 2 millones 747 mil 726 automóviles, 1 millón 190 mil 848 camiones y camionetas de carga, 957 mil 771 motocicletas y 13 mil 942 camiones para pasajeros, de acuerdo con el IIEG con base en INEGI. El mayor salto relativo fue el de las motocicletas: 14.2 % en un solo año. Los automóviles crecieron 5.5 %; la carga, 3.2 %; y los camiones para pasajeros, 8.9 %. El mensaje es bastante claro: mientras el discurso oficial invoca la movilidad integral, la calle se sigue llenando, sobre todo, de salidas individuales. Es decir, en la Perla Tapatía estamos a escasos pasos de que cada par de piernas requiera su propio chasis para desplazarse.

La discusión de fondo, en realidad, no pasa por averiguar si todavía caben más coches, sino por entender por qué la política pública insiste en tratar esto como un problema de carriles y no de modelo urbano. El crecimiento del parque vehicular, por sí solo, no demuestra la mala calidad del transporte público; sería demasiado cómodo afirmarlo así. Pero sí enciende una alarma seria sobre una ciudad que empuja a sus habitantes hacia la salida individual. Y ahí aparece una vieja costumbre muy local: administrar el síntoma para no corregir la enfermedad. Se interviene un crucero, se presume una obra, se anuncia una “solución integral” y, mientras tanto, la congestión conserva su puesto como política no escrita.

En Jalisco, a ratos da la impresión de que la política pública de movilidad del Estado se parece más a un esquema colonial de venta de indulgencias: el desorden se disimula, el costo se traslada al ciudadano y luego se ofrece alguna corrección parcial como si fuera redención: se tolera el colapso a cambio de multas, se dispersan concesiones con criterios políticos, se condicionan tarifas o subsidios a la inscripción bancaria de una institución de cuestionado comportamiento financiero y se externalizan los costos hacia el ciudadano.

Ahí caben las licencias expedidas sin el rigor técnico deseable, la sincronización deficiente de semáforos, trabajos urbanos realizados en horas de máxima demanda y una convivencia vial donde carga pesada, transporte público, autos y motocicletas compiten por el mismo espacio bajo una coordinación con frecuencia insuficiente. No hace falta exagerar para advertirlo: muchas fallas no provienen del azar, sino de decisiones de gestión que vuelven más lentos, más tensos y más inseguros los trayectos cotidianos.

La especulación del suelo, por su parte, ha expandido la mancha urbana hacia zonas de baja densidad y nula cobertura de transporte, obligando a los habitantes a depender del vehículo privado por diseño, no por elección.

A esto hay que añadir una traza urbana diseñada bajo el capricho y el beneficio de la especulación del suelo. Padecemos un reglamento que permite a las aseguradoras congelar arterias principales durante horas, incluso tras un pequeño choque, priorizando sus ahorros en personal por encima del interés público y convirtiendo un accidente menor en una instalación artística sobre el pavimento.

Las consecuencias son conocidas, aunque a veces prefiramos no mirarlas de frente: más vehículos significan mayor presión sobre las vialidades, más exposición a siniestros y una factura ambiental que la ciudad paga, aunque no la anote en ningún presupuesto. El parque vehicular crece con una velocidad que rebasa la capacidad institucional para ordenar la movilidad.

En la vida doméstica, el fenómeno deja de ser estadística y se vuelve rutina. Cada vehículo nuevo implica combustible, mantenimiento, seguro, refrendos y, sobre todo, tiempo. Mucho tiempo. La paradoja es cruel: miles de familias compran una promesa de movilidad y reciben, a cambio, congestión financiada a plazos. Hay algo profundamente injusto en esa escena: una necesidad colectiva convertida en gasto privado, y ese gasto presentado luego como si fuera libertad de elección.

La próxima vez que alguien pregunte por qué el tráfico en Guadalajara se vive como una forma de penitencia, convendría responder con menos resignación y más memoria. No se trata de mala suerte ni de una maldición bíblica aplicada al periférico. Es el resultado de decisiones públicas y privadas que han hecho del automóvil la salida más accesible, más rentable y del transporte colectivo la promesa más incumplida. Cuestionar o señalar la incapacidad o errores de la autoridad debería ser nuestra decisión individual para lograr un mejor estado de lo colectivo, porque mientras los funcionarios cortan listones, los tapatíos cortamos horas de sueño, comida, presupuesto y paciencia.


Sobre el autor

Sergio E. Gómez Partida es consultor en evaluación, gestión para resultados y planificación en sectores público y privado. Información de contacto: sgpartida@gmail.com; en X: @SergioGmezP.

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Guadalajara y su caótico transporte público. Parte 3

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Guadalajara y su caótico transporte. Parte 3, escribe Sergio E. Gómez Partida

En Jalisco, durante años, los gobiernos de todos los colores han repetido la misma liturgia burocrática: más rutas, más unidades, más inversión, más modernización.
Cambian los logotipos, las campañas y las promesas, pero el viacrucis del usuario permanece intacto. El caos ya no es una falla del sistema. El caos es el sistema.

La burocracia mexicana posee una habilidad admirable para medir aquello que menos importa. Nos dicen cuántos millones se invirtieron, cuántos camiones se compraron o cuántos kilómetros se “modernizaron”. Pero evitan cuidadosamente responder las preguntas incómodas: ¿cuántas horas pierde una persona cada semana esperando un camión que nunca pasó?, ¿cuántas mujeres sienten miedo al regresar de noche en transporte público?, ¿cuántos usuarios terminan viajando hacinados como mercancía de traslado y no como ciudadanos?, ¿cuántas personas renunciaron al transporte público por su pésimo servicio?

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Una política pública que mide únicamente el gasto o el esfuerzo, pero ignora el resultado, termina confundiendo movimiento con progreso. Guadalajara lleva años moviéndose en círculos.

El transporte público es, por naturaleza, un monopolio natural. El usuario no puede “cambiar de proveedor” cuando la ruta falla. Si el camión no pasa, pasa lleno o simplemente ignora la parada, el ciudadano queda atrapado. Esa asimetría obliga al Estado a regular con firmeza. El problema es que aquí la regulación parece haberse diseñado con la delicadeza del pétalo de una rosa en la mano pública de quien no quiere incomodar a nadie, especialmente a los concesionarios.
Es una de las grandes contradicciones del modelo tapatío: los subsidios multimillonarios entregados a empresas privadas que operan el servicio sin que existan mecanismos serios y transparentes de evaluación del desempeño-resultados se convierten en incentivos perversos. La lógica termina siendo tan absurda como predecible: si el concesionario sabe que el dinero llegará de cualquier manera, ¿para qué mejorar el servicio?, ¿para qué invertir en mantenimiento?, ¿para qué capacitar operadores?, ¿para qué reducir tiempos de espera o evitar sobrecupos? El subsidio deja de ser una herramienta de equilibrio social y se convierte en premio institucional a la mediocridad.

Bajo este esquema, se socializan las pérdidas y se privatizan las ganancias. El ciudadano financia el sistema mediante impuestos o tarifa, soporta el mal servicio y todavía debe agradecer que el camión aparezca. Una obra maestra de la administración pública latinoamericana: convertir al usuario en rehén financiero de su propio deterioro.

Mientras tanto, la autoridad presume convenios “innovadores”. Hace apenas unos días, la Secretaría de Transporte de Jalisco anunció un acuerdo con Uber para otorgar traslados gratuitos a mujeres en situación de violencia. La medida fue presentada como un avance humanitario. Y en el caso individual, ciertamente puede representar ayuda urgente para muchas mujeres. El problema no está en la víctima. El problema es el mensaje político detrás de la solución. El Estado acaba admitiendo, sin decirlo abiertamente, que el propio sistema público que regula no puede garantizar seguridad mínima a las personas.
La solución no consistió en mejorar paraderos, iluminar zonas inseguras, aumentar frecuencias nocturnas o profesionalizar operadores. No. La salida rápida fue delegar la responsabilidad a una aplicación privada que cobra tarifas elevadas, se apropia de 1/3 del valor del negocio sin asumir riesgo ni inversión y llena el vacío dejado por el desastre institucional.
La ironía es clara: después de décadas hablando de fortalecer el transporte público, la solución oficial parece resumirse en una frase vergonzosa y simple: “si el camión no sirve, tome Uber”. Hablamos de una versión gubernamental de poner cubetas cuando el techo lleva veinte años colapsándose.

La violencia en el transporte no comienza cuando aparece un delito. Comienza mucho antes, como lo señalaba Galtung: la violencia estructural empieza cuando el Estado falla y una persona debe esperar cuarenta minutos en una parada oscura. Empieza cuando una unidad va tan saturada que el cuerpo deja de tener espacio propio y, si logra entrar, asume las condiciones de un cuadrúpedo en traslado al matadero. Por eso resulta tan revelador que los funcionarios presuman reuniones, adquisiciones o videos estéticamente editados en sus redes sociales; el secuestro comunicacional cosmético es parte del mismo caos y pasa en todos los sectores de la vida pública. Sucede que medir resultados obliga a rendir cuentas. Y rendir cuentas arruina muchas narrativas oficiales.

La tragedia de Guadalajara no es solamente técnica. Es moral. Una ciudad revela sus verdaderas prioridades en la manera en que mueve a quienes la sostienen todos los días. No en los renders futuristas, no en los discursos sobre innovación, no en las conferencias llenas de Canvas y adjetivos motivacionales. Una ciudad se define por el respeto que tiene hacia el tiempo, la seguridad y el agotamiento de su gente.
La pregunta ya no es si el sistema necesita cambios. Eso resulta evidente incluso para quienes jamás se han subido a un camión… que casualmente suelen ser quienes diseñan buena parte de estas políticas públicas. La verdadera pregunta es cuánto tiempo más seguiremos confundiendo subsidios con soluciones, ocurrencias mediáticas con transformación y movilidad con simple capacidad de sobrevivir al trayecto diario. Cuando una ciudad normaliza que trasladarse sea una forma cotidiana de desgaste, termina erosionando algo más profundo que la eficiencia urbana: erosiona la confianza pública.


Sobre el autor

Sergio E. Gómez Partida es consultor en evaluación, gestión para resultados y planificación en sectores público y privado. Información de contacto: sgpartida@gmail.com; en X: @SergioGmezP.

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